domingo, 5 de abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN: ¡CRISTO VIVE!

Al despuntar el primer día de la semana, cuando todavía quedaban sombras de la noche, la piedra parece removida y el sepulcro abierto. No busquéis entre los muertos al que vive, no está aquí ha resucitado. El anuncio de Ángel disipa el miedo, despierta la esperanza y abre un camino nuevo para los discípulos.

Hoy la iglesia camina hacia la vida que ha vencido a la muerte. Cristo vive y su resurrección llena de luz el corazón del mundo y nuestra propia historia. ¡Feliz Pascua de Resurrección, hermanos! ¡Cristo vive! El Señor ha vencido a la muerte y nos abre el camino de la vida nueva.

La mañana de Pascua se abre como un camino en movimiento, hay pasos que se apresuran, corazones que buscan y una esperanza que comienza a abrirse paso. María Magdalena sale de madrugada. Pedro y el discípulo amado corren hacia el sepulcro, impulsados por un amor que no se ha apagado y por el deseo de volver a encontrar al Señor. En ese correr fiel, Dios va dejando entrever el misterio más grande. La vida nueva ya está actuando. La muerte ha sido atravesada y el amor permanece.

El sepulcro vacío no es ausencia, sino anuncio, no es final, es el comienzo. El Evangelio según San Juan, nos conduce esta mañana de Pascua, en el que la fe empieza a despertar y el corazón aprende a reconocer que Cristo vive.

La mañana de Pascua se abre con movimiento. María Magdalena busca cuando todavía está oscuro. Pedro y el discípulo amado corren hacia el sepulcro. El amor no se queda quieto cuando parece que el Señor falta. El sepulcro está abierto. No hay un cuerpo que detener, sino unos signos que invitan a creer. Los lienzos plegados hablan en silencio. La muerte no ha tenido la última palabra. Dios ha actuado. El Evangelio dice que el discípulo amado vio y creyó.

La fe pascual nace así, no de tenerlo todo claro, sino de un corazón dispuesto que reconoce la obra de Dios incluso antes de comprenderla plenamente. Pedro entra también. Su paso es más lento, marcado por la fragilidad, pero no se queda afuera. La Pascua alcanza tanto al amor entusiasta como al amor herido. Nadie queda excluido del encuentro con el resucitado. Cristo vive. Esta es la certeza que sostiene a la Iglesia.

No seguimos un recuerdo. Es una presencia real que ilumina nuestras búsquedas y renueva la esperanza. El sepulcro vacío abre un camino nuevo. Vivir desde la vida que no tiene fin, que no se apaga.

Hoy la iglesia nos invita a vivir la Pascua como un comienzo real. Rezamos el Regina Celli y lo ofrecemos por nuestras familias, por la comunidad para que la alegría de Cristo viva se haga vida. Busquemos un detalle concreto de vida nueva, una llamada pendiente, una palabra de reconciliación, un agradecimiento, un gesto de servicio en casa, una felicitación por la Pascua, que hoy se note que Cristo vive en ti. Elige una frase del Evangelio de esta mañana. Por ejemplo, vio y creyó. Llévala contigo todo el día. Repítela en algún momento de cansancio o deprisa como quien vuelve a sepulcro vacío para recordar que la esperanza tiene fundamento.

Que esta Pascua sea para nosotros un comienzo verdadero, una vida vivida contigo, desde ti y para ti. Que renueve nuestra fe, ensanche nuestra esperanza y nos llene de una alegría serena que nace del sepulcro vacío. Que nos encuentren caminando con el corazón renovado, viviendo desde la certeza de que Cristo vive y dejando que su resurrección sea principio de una vida nueva en nosotros y en el mundo.

Señor Jesús, Cristo vivo y resucitado, te alabamos porque has vencido a la muerte y has abierto para nosotros un camino nuevo. Haznos acoger esta vida que hoy se nos regala, fortalece nuestra fe todavía frágil y enséñanos a reconocer tu presencia en lo sencillo de cada día.  Que sepamos pasar de sepulcro vacío a una vida renovada por tu Espíritu siendo testigos serenos de tu resurrección, con esperanza, alegría y paz. 

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

VIGILIA PASCUAL: CRISTO HA RESUCITADO


Esta noche es distinta a todas las demás. No es una noche más. Es la noche en la que Dios ha cambiado la historia para siempre.

Hemos comenzado en la oscuridad, en silencio, casi a tientas. Y, de pronto, una llama ha roto la noche: un fuego pequeño, pero suficiente para encenderlo todo. Así actúa Dios: cuando parece que todo está perdido, Él enciende una luz. Y esa luz tiene un nombre: Jesucristo.

Esta noche hemos escuchado una larga historia. En realidad, no son muchas lecturas, sino una sola historia: la historia de un Dios que no se cansa de buscar al hombre. Desde la creación, cuando todo era bueno; pasando por el pecado, cuando el hombre se aleja; por la promesa, cuando Dios no abandona; y por la liberación, cuando abre el mar y rompe las cadenas. Es la historia de Dios contigo. Con tu vida. Con tus caídas y con tus esperanzas.

Y llegamos al Evangelio. Un sepulcro. Una piedra corrida. Un silencio extraño. Y unas mujeres que buscan… y no encuentran el cuerpo. Porque Cristo ya no está en el sepulcro. Porque Cristo ha resucitado. Y esto no es una idea bonita, ni un símbolo, ni un recuerdo. Es un acontecimiento real: Cristo vive. Y si Cristo vive, todo cambia.

Si Cristo vive, tu pecado no tiene la última palabra. Si Cristo vive, tu sufrimiento no es inútil. Si Cristo vive, tu muerte no es el final. Si Cristo vive, hay esperanza.

Pero esta noche no es solo para escuchar esto. Es para preguntarte: ¿Dónde está tu noche? ¿Dónde hay oscuridad en tu vida? ¿Dónde sientes que algo está muerto? ¿Dónde has perdido la esperanza? Ahí, precisamente ahí, Cristo ha resucitado para ti. No para otros. No en abstracto. Para ti.

Esta noche hemos renovado también nuestras promesas bautismales. Y eso significa algo muy concreto: tú ya has pasado con Cristo de la muerte a la vida. No eres el mismo. No estás condenado a repetir siempre lo mismo. No estás encerrado en tu pasado. Cristo vive, y vive en ti.

Por eso, esta noche no podemos quedarnos aquí. Las mujeres del Evangelio no se quedaron mirando el sepulcro: salieron corriendo. Porque cuando uno se encuentra con Cristo vivo, no puede callarlo. La Iglesia no vive de ideas. Vive de testigos. Y tú estás llamado a ser testigo: en tu casa, en tu trabajo, con tu familia, con tu vida.

Esta es la noche de la esperanza. La noche en la que todo vuelve a empezar. La noche en la que Dios dice: “La muerte no vencerá. El pecado no vencerá. El amor sí vencerá.

La resurrección no es un final feliz cualquiera. Es el inicio de algo nuevo, algo eterno. Es la victoria del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, de la esperanza sobre el miedo. Y no es solo la historia de Jesús. Es también nuestra historia. Porque si Él vive, nosotros también podemos vivir verdaderamente: con alegría, con sentido, con una esperanza que no se apaga, ni siquiera en medio de las pruebas.

Y en esta noche no podemos olvidar a una mujer: María. Ella fue la única que creyó cuando todo estaba oscuro, la que mantuvo la esperanza en el silencio del Sábado Santo. No vio todavía, pero creyó. Por eso, hoy es también su alegría.

Que María, Madre de la Esperanza, nos enseñe a creer cuando no vemos, a esperar cuando todo parece apagado y a vivir como hombres y mujeres que saben que Cristo ha resucitado. Y por eso, esta noche estalla en nosotros una alegría inmensa, es un fuego que arde, una noticia que no puede quedarse en silencio: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Por eso, no nos quedemos quietos. Levantémonos, como las mujeres del Evangelio, y salgamos a anunciarlo. Que el mundo vea en nosotros el rostro de los resucitados. Sonriamos, cantemos, perdonemos, amemos… porque la vida ha vencido.

Y esta noche, todo ha comenzado de nuevo. ¡Aleluya, aleluya!