domingo, 13 de septiembre de 2026

¿NO DEBÍAS TÚ TAMBIÉN TENER COMPASIÓN?

El Evangelio de este domingo nos invita a entrar en el corazón de la misericordia de Dios. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar y Jesús responde con una expresión que elimina todo límite: «setenta veces siete». No se trata de contar las ofensas, sino de aprender una actitud permanente de perdón.

La parábola del siervo despiadado presenta una enorme desproporción. Un hombre recibe de su señor el perdón de una deuda imposible de pagar, pero inmediatamente se muestra implacable con un compañero que le debe mucho menos. El centro del relato es el rey, imagen de Dios, que se compadece gratuitamente ante la súplica. Dios no comienza mirando nuestras cuentas, sino nuestra necesidad y nuestra miseria.

La primera lectura recuerda que el camino del perdón nace también de la memoria: recordar la alianza, los mandamientos y la misericordia recibida. El rencor se alimenta cuando conservamos la ofensa y la convertimos en el centro de nuestra mirada. Frente a ello, el creyente está llamado a recordar que Dios ha sido paciente con él y que su misericordia siempre ha sido mayor que su pecado.

San Pablo recuerda que «somos del Señor». Por eso nuestra vida no puede quedar encerrada en nosotros mismos, en nuestras heridas o en nuestras cuentas pendientes. Pertenecer a Cristo significa aprender a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios nos mira.

El siervo perdonado no supo reconocer el don recibido. Su problema no fue solamente no perdonar, sino haber olvidado la misericordia que acababa de experimentar. También nosotros podemos caer en esa contradicción cuando pedimos comprensión para nuestras faltas y, al mismo tiempo, somos implacables con las de los demás.

El perdón cristiano no es debilidad, ingenuidad ni aceptación del mal. Es la fuerza capaz de romper la espiral de odio, venganza y violencia. Perdonar significa renunciar a vivir como prisioneros de la ofensa y abrir un camino de reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ser un lugar donde el perdón se practique diariamente.

Para nosotros, hoy, la pregunta es muy concreta: ¿qué deuda sigo contabilizando?, ¿qué herida ocupa todavía el centro de mi vida?, ¿a quién sigo mirando únicamente como culpable? El primer paso puede ser volver a hacer memoria de las veces que Dios nos ha perdonado, esperado y levantado.

La misericordia recibida se convierte así en misericordia ofrecida. El cristiano no perdona porque el otro lo merezca, sino porque ha experimentado gratuitamente el amor de Dios. «Setenta veces siete» expresa una paciencia que no se cansa y un amor que busca siempre comenzar de nuevo.

Finalmente, la Palabra de Dios debe sanar nuestras raíces para que nuestra vida dé buenos frutos. Jesús, Palabra encarnada, nos enseña que la fe no consiste solamente en hablar, sino en vivir el amor. La Eucaristía alimenta esta vida nueva y nos fortalece para permanecer fieles a Cristo.

Perdonar es, por tanto, recordar que nosotros también hemos sido perdonados. Solo quien permanece en la memoria de la misericordia de Dios puede aprender a vivir con un corazón semejante al suyo.

FELIZ DOMINGO

VIRGEN DE LOS LIÑARES

Hoy celebramos un año mas la fiesta en Honor a Nuestra Señora la Virgen de los Liñares, donde cada año nos reunimos en torno a una mesa para recordar a todos nuestros seres queridos con los que compartíamos mesa y mantel, la fiesta mas entrañablemente familiar del año. También es un día para acercarse a la Capilla de la Virgen para rezar y pedir su intercesión para todo lo que nos preocupa, acompañarla en procesión alrededor de la Capilla y disfrutar de un día de amistad y fraternidad. Seguro que ella nos escucha. Muchos son los que se encuentran este día tras un año sin haberse visto, manteniendo así un lazo que la Virgen mantiene.

Nuestro Patrón San Miguel, siguiendo la tradición fue bajado en procesión en un ambiente lúdico y festivo hasta la estación, acompañado por una gran cantidad de parroquianos. Al llegar lo recibió la Virgen de los Liñares para después ir juntos hasta la Capilla, siempre en un ambiente festivo, con dos bandas de música que amenizaron el trayecto.

Dediquemos un minuto de nuestro tiempo para elevarle una pequeña oración:

Madre de misericordia, Virgen de los Liñares, pongo en tus manos mi vida, mi amor y todo lo que soy.
Te consagro mis trabajos, mis alegrías, mis dolores y mis preocupaciones.
Ayúdame a vivir en fidelidad a tu Hijo, Jesús, y guíame por el camino de la paz y la esperanza.
Te pido que protejas mi familia, que nos des la gracia de respetar y amar la vida, como tú amaste la vida del Hijo de Dios.
Te ruego que bendigas la educación de mis hijos y nos concedas la unidad y el amor en nuestro hogar.
Madre Santa, enséñame a acercarme siempre a Jesús, a buscar su perdón cuando caigo y a recibir los sacramentos con devoción.
Dame la paz de un corazón limpio y libre de maldad, para que pueda llevar la verdadera alegría y paz a los demás.
Que tu amor me sostenga y me guíe siempre hacia tu Hijo, para que viva en su luz y en su gracia.
Amén.

FELIZ LIÑARES

jueves, 10 de septiembre de 2026

SALMO 84: ¡QUÉ AMABLES SON TUS MORADAS!

El Salmo 84 es un hermoso canto de amor y deseo por la presencia de Dios, es un canto lleno de nostalgia, confianza y amor hacia la casa de Dios. El salmista no contempla el templo simplemente como un edificio sagrado, sino como el lugar privilegiado del encuentro con el Dios vivo.

2 ¡Qué amables son tus moradas, Yahvé Sebaot!
3 Mi ser languidece anhelando los atrios de Yahvé; mi mente y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo.
4 Hasta el gorrión ha encontrado una casa, para sí la golondrina un nido donde poner a sus crías: ¡Tus altares, Yahvé Sebaot, rey mío y Dios mío!
5 Dichosos los que moran en tu casa y pueden alabarte siempre;
6 dichoso el que saca de ti fuerzas cuando piensa en las subidas.
7 Al pasar por el valle del Bálsamo, lo van transformando en hontanar y las lluvias lo cubren de bendiciones.
8 Caminan de altura en altura, y Dios se les muestra en Sión.
9 ¡Yahvé, Dios Sebaot, escucha mi plegaria, hazme caso, oh Dios de Jacob!
10 Oh Dios, nuestro escudo, mira, fíjate en el rostro de tu ungido.
11 Vale más un día en tus atrios que mil en mis mansiones, pisar el umbral de la Casa de mi Dios que habitar en la tienda del malvado.
12 Porque Yahvé es almena y escudo, él otorga gracia y gloria; Yahvé no niega la felicidad al que camina con rectitud.


Su corazón desea profundamente estar en los atrios del Señor porque allí encuentra aquello que ninguna realidad humana puede ofrecerle plenamente: la presencia, la paz y la alegría de Dios. «Mi mente y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo» expresa que la fe no es solamente una idea o una obligación religiosa, sino una relación viva con Dios que transforma toda la persona.

Incluso los pequeños pájaros que encuentran refugio junto a los altares se convierten en una imagen de la acogida de Dios. En la casa del Señor hay espacio para todos. El Dios de Israel es presentado como Rey, pero también como Padre que ofrece protección y hogar. Por eso el salmista proclama dichosos a quienes viven en su presencia y pueden alabarle continuamente.

El camino hacia Dios, sin embargo, no aparece como un camino fácil. Se habla de «las subidas» y del paso por el valle del Bálsamo. Es una imagen de la existencia humana: hay momentos de cansancio, dificultades, pérdidas y valles oscuros. Pero quien pone su confianza en Dios descubre que incluso los lugares difíciles pueden convertirse en «hontanar», en fuente de agua y bendición. La fe no elimina las dificultades, pero permite atravesarlas con una esperanza nueva.

El peregrino camina «de altura en altura» hasta encontrarse con Dios en Sión. Esta imagen expresa el crecimiento espiritual: la vida cristiana es un camino, una peregrinación permanente hacia Dios. No se trata de llegar rápidamente, sino de avanzar confiando en Aquel que sostiene nuestras fuerzas.

El salmista termina proclamando una de las grandes verdades del Salmo: «Vale más un día en tus atrios que mil en mis mansiones». Con estas palabras reconoce que ninguna seguridad, riqueza o comodidad puede compararse con la presencia de Dios. El verdadero tesoro no está en poseer mucho, sino en vivir cerca del Señor.

Para nosotros, cristianos del siglo XXI, este Salmo conserva una enorme actualidad. También nosotros podemos experimentar la tentación de buscar nuestra seguridad exclusivamente en el dinero, el bienestar, el reconocimiento o las cosas materiales. El Salmo nos recuerda que necesitamos un hogar interior donde descansar, y ese hogar es Dios.

A la luz del Evangelio, esta casa de Dios alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es la verdadera presencia de Dios entre nosotros y quien nos conduce al Padre. La Iglesia, comunidad de los creyentes, está llamada a ser también casa acogedora donde cada persona pueda encontrar esperanza, fraternidad y consuelo.

El Salmo nos invita, por tanto, a recuperar el deseo de Dios, a valorar la oración y la celebración de la fe y a descubrir que nuestra vida es una peregrinación hacia el encuentro definitivo con Él. Cuando atravesemos nuestros propios «valles», recordemos que Dios puede convertirlos en fuentes de bendición. Y cuando sintamos cansancio, podemos repetir con confianza: «Yahvé es almena y escudo; Él otorga gracia y gloria».

La felicidad que Dios ofrece no consiste en una vida sin problemas, sino en caminar con Él con un corazón recto y confiado. Quien aprende a vivir en su presencia descubre que, aun en medio de las dificultades, nunca camina solo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

“DONDE DOS O TRES ESTÁN REUNIDOS EN MI NOMBRE”

Vivimos en una sociedad en la que cada vez resulta más difícil valorar lo común. El individualismo, la superficialidad de muchas relaciones y la búsqueda constante de aprobación pueden hacernos olvidar que necesitamos a los demás para crecer y vivir plenamente. Frente a esta realidad, el Evangelio nos recuerda que la fe cristiana nunca es una experiencia aislada, sino una llamada a vivir en comunidad.

Jesús presenta a la comunidad cristiana como un lugar de acogida, perdón, cuidado y reconciliación. Por eso habla de la corrección fraterna. Todos podemos equivocarnos y, cuando el pecado rompe la comunión, no se trata de juzgar ni de condenar, sino de ayudar al hermano a recuperar el camino. Corregir cristianamente exige diálogo, discreción, escucha, paciencia y, sobre todo, amor. Quien corrige debe hacerlo desde la humildad, reconociendo que también necesita ser corregido; y quien recibe la corrección ha de saber acogerla con sencillez.

La finalidad no es expulsar ni señalar al que ha fallado, sino ofrecer siempre una nueva oportunidad. La Iglesia no está llamada al puritanismo, sino a ser una comunidad donde el pecador pueda encontrar misericordia, acompañamiento y la posibilidad de comenzar de nuevo. El Buen Pastor busca a la oveja perdida y la devuelve al rebaño; de la misma manera, cada cristiano está llamado a cuidar de sus hermanos.

Esta responsabilidad pertenece a todos. Desde el Bautismo somos miembros de un solo cuerpo y estamos llamados a vivir como sacerdotes, profetas y servidores del Reino. No podemos pensar que los problemas de los demás no nos afectan. La fe nos hace responsables unos de otros y nos invita a estar atentos para que nadie se quede solo o se aleje sin que intentemos acercarnos.

En este contexto adquieren todo su significado las palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo». Cristo se hace presente en medio de la comunidad que se reúne para orar, celebrar, escuchar la Palabra, perdonar y caminar unida. No importa tanto el número como la calidad de la comunión. La presencia de Dios no depende de grandes multitudes, sino de corazones que se reúnen sinceramente en su nombre.

Nuestra parroquia está llamada, por tanto, a ser una comunidad real, formada por personas concretas, con sus historias, limitaciones, heridas y esperanzas. Una comunidad donde nadie sea un extraño y donde cada uno pueda sentirse acogido, sostenido y amado. La oración comunitaria fortalece nuestra fe y nos recuerda que no caminamos solos.

También hoy necesitamos recuperar el valor de la cercanía. A veces un mensaje, una llamada, una palabra de ánimo o simplemente hacer saber a alguien que le echamos de menos puede ser una auténtica forma de evangelización. El cristiano está llamado a hacerse presente, a ponerse al servicio del otro y a no pecar de omisión.

El Evangelio nos invita, finalmente, a construir una Iglesia donde el amor sea más fuerte que el conflicto, donde el perdón venza al resentimiento y donde la reconciliación haga posible comenzar de nuevo. Cristo nos enseña con su propia vida que quienes un día le abandonaron pudieron convertirse después en sus colaboradores. También nosotros estamos llamados a perdonar, a cuidar y a confiar en la posibilidad de la conversión.

Porque la comunidad cristiana no es simplemente un grupo de personas que se reúne; es una familia de creyentes que camina unida bajo la presencia de Cristo. Cuando nos reunimos en su nombre, cuando nos perdonamos y cuando cuidamos unos de otros, hacemos visible el Reino de Dios. Juntos somos más fuertes, juntos podemos sostenernos en la fe y juntos podemos llevar al mundo la Buena Noticia del Evangelio.

FELIZ DOMINGO

jueves, 3 de septiembre de 2026

SALMO 145: DIOS, REY DE MISERICORDIA Y DE VIDA

El Salmo 145 es una proclamación gozosa de la grandeza y bondad de Dios. El salmista no alaba a Dios solamente por lo que hace, sino por lo que Dios es: un Dios grande, misericordioso, compasivo, paciente y lleno de amor. Su grandeza no tiene límites y su reinado permanece para siempre. Frente a tantos poderes humanos que pasan y desaparecen, el salmo anuncia que solamente el Reino de Dios permanece eternamente.

1 Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendeciré tu nombre por siempre;
2 todos los días te bendeciré, alabaré tu nombre por siempre.
3 Grande es Yahvé, muy digno de alabanza, su grandeza carece de límites.
4 Una edad a otra encomiará tus obras, pregonará tus hechos portentosos.
5 El esplendor, la gloria de tu majestad, el relato de tus maravillas recitaré.
6 Del poder de tus portentos se hablará, y yo tus grandezas contaré;
7 se recordará tu inmensa bondad, se aclamará tu justicia.
8 Es Yahvé clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor;
9 bueno es Yahvé para con todos, tierno con todas sus creaturas.
10 Alábente, Yahvé, tus creaturas, bendígante tus fieles;
11 cuenten la gloria de tu reinado, narren tus proezas,
12 explicando tus proezas a los hombres, el esplendor y la gloria de tu reinado.
13 Tu reinado es un reinado por los siglos, tu gobierno, de edad en edad. Fiel es Yahvé en todo lo que dice, amoroso en todo lo que hace.
14 Yahvé sostiene a los que caen, endereza a todos los encorvados.
15 Los ojos de todos te miran esperando; tú les das a su tiempo el alimento.
16 Tú abres la mano y sacias de bienes a todo viviente.
17 Yahvé es justo cuando actúa, amoroso en todas sus obras.
18 Cerca está Yahvé de los que lo invocan, de todos los que lo invocan con sinceridad.
19 Cumple los deseos de sus leales, escucha su clamor y los libera.
20 Yahvé guarda a cuantos le aman, y extermina a todos los malvados.
21 ¡Que mi boca alabe a Yahvé, que bendigan los vivientes su nombre sacrosanto para siempre jamás!

La primera actitud del creyente es, por tanto, la alabanza. El salmista quiere bendecir a Dios todos los días y transmitir su nombre de una generación a otra. La fe no puede quedar encerrada en el corazón de cada persona: debe convertirse en testimonio. Los padres han de transmitir la fe a sus hijos, la comunidad cristiana debe anunciar el Evangelio y cada creyente está llamado a contar las maravillas que Dios ha realizado en su vida.

El centro del salmo aparece cuando proclama: «Es Yahvé clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor». Esta afirmación revela el rostro de Dios que encontrará su plenitud en Jesucristo. En Jesús descubrimos definitivamente que Dios no es un juez distante, sino un Padre que sale al encuentro del hombre, perdona al pecador, levanta al caído y ofrece una vida nueva. El Reino anunciado por Cristo es precisamente ese reinado de amor, misericordia y salvación.

El salmo presenta además a Dios como providencia para toda la creación. «Tú abres la mano y sacias de bienes a todo viviente». Toda criatura depende de Dios y recibe de Él la vida. Esto nos recuerda que la creación no nos pertenece de manera absoluta: somos administradores de los dones recibidos y estamos llamados a cuidarlos con responsabilidad.

Pero el salmo contempla especialmente a quienes sufren: «Yahvé sostiene a los que caen, endereza a todos los encorvados». Aquí encontramos una profunda enseñanza para nuestra vida cristiana. Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Está cerca del que cae, del que está cansado, del que vive angustiado y de quien clama sinceramente por su ayuda. La Iglesia, como comunidad de Cristo, está llamada a hacer visible esa cercanía mediante la acogida, la solidaridad, el perdón y el servicio.

Para nosotros hoy, este salmo constituye una invitación a recuperar la confianza en Dios en medio de un mundo marcado por incertidumbres, conflictos, soledad y preocupación. Cuando parece que todo depende de nuestras propias fuerzas, el salmista nos recuerda que Dios permanece fiel. Cuando nos sentimos caídos o encorvados por las dificultades, Dios puede levantarnos. Cuando experimentamos vacío o necesidad, podemos volver nuestros ojos hacia Aquel que abre su mano y sostiene la vida.

También nos enseña que la verdadera alabanza no consiste solamente en pronunciar palabras bonitas. Alabar a Dios significa reconocer su presencia y vivir de acuerdo con ella. Quien descubre la misericordia de Dios está llamado a ser misericordioso; quien ha recibido su perdón debe aprender a perdonar; quien ha experimentado su amor está llamado a amar.

El salmo termina como comenzó: con la alabanza. Toda la existencia del creyente queda orientada hacia Dios. Desde la primera hasta la última palabra, la vida se convierte en una respuesta agradecida al Señor. Dios reina, Dios sostiene, Dios alimenta, Dios escucha, Dios libera y Dios permanece fiel. Por eso podemos repetir con confianza: «Que mi boca alabe a Yahvé» y hacer de nuestra propia vida un testimonio de su amor.

domingo, 30 de agosto de 2026

«EL QUE QUIERA SEGUIRME QUE SE NIEGUE A SI MISMO»

El Evangelio nos presenta a Jesús anunciando a sus discípulos que su camino hacia Jerusalén pasa por la cruz. Pedro no comprende que el Mesías tenga que sufrir y pretende apartarlo de ese camino. Jesús le recuerda que está pensando según los criterios humanos y no según los de Dios. Ser discípulo significa aprender a mirar la vida desde la voluntad de Dios y no desde nuestras propias expectativas.

Cuando Jesús dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga», no nos está invitando a buscar el sufrimiento ni a aceptar pasivamente las desgracias. La cruz cristiana es consecuencia de una vida entregada al amor, al servicio y al Reino de Dios. Cada uno debe asumir su propia realidad, sus responsabilidades y dificultades, viviendo todo ello desde la fe y la confianza en Cristo.

San Pablo completa esta enseñanza cuando nos exhorta: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente». El cristiano está llamado a dejar que el Evangelio transforme su manera de pensar, de sentir y de actuar. No se trata de huir del mundo, sino de vivir en él construyendo el Reino de Dios mediante el amor, la justicia, el servicio y la fraternidad.

Jesús nos presenta también una gran paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará». Una vida centrada exclusivamente en uno mismo, en el bienestar, el dinero, el prestigio o la comodidad, puede terminar vacía. En cambio, quien entrega su vida por amor descubre un sentido más profundo y una verdadera felicidad.

También hoy seguir a Jesús puede exigirnos renunciar al egoísmo, perdonar, compartir nuestros bienes, acompañar al que sufre, cuidar a los enfermos y mayores, defender al débil y dar testimonio de nuestra fe cuando hacerlo resulte difícil. Como Jeremías, podemos encontrar incomprensión o rechazo, pero la fidelidad a Dios nos pide mantenernos firmes.

El mensaje para nosotros hoy es claro: seguir a Cristo es una decisión diaria. No consiste solamente en llamarnos cristianos, sino en dejar que Jesús transforme nuestra vida. La pregunta que debemos hacernos cada día es: «¿Qué quiere Dios de mí hoy?». Cuando ponemos nuestra vida al servicio de Dios y de los demás, descubrimos que la cruz no es el final del camino, sino el camino del amor que conduce a la verdadera vida.

La enseñanza de Jesús no es una llamada a sufrir, sino a amar hasta las últimas consecuencias. Quien deja de vivir únicamente para sí mismo y convierte su existencia en un don descubre que, paradójicamente, es precisamente entonces cuando encuentra la vida plena.

FELIZ DOMINGO

jueves, 27 de agosto de 2026

SALMO 144 BENDITO EL PUEBLO QUE TIENE A DIOS POR SEÑOR



El Salmo 144 es un salmo de confianza, súplica y acción de gracias que une dos dimensiones aparentemente distintas: la fragilidad del ser humano y la grandeza de Dios que lo sostiene.

1 Bendito Yahvé, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la batalla.
2 Es mi aliado y mi baluarte, mi alcázar y libertador, el escudo que me cobija, el que me somete pueblos.
3 ¿Qué es el hombre, Yahvé, para ocuparte, el ser humano para que pienses en él?
4 El hombre es semejante a un soplo, sus días, como sombra que pasa.
5 ¡Inclina, Yahvé, tus cielos y desciende, toca las montañas y que echen humo;
6 fulmina el rayo y dispérsalos, lanza tus flechas y trastórnalos!
7 Extiende tus manos desde lo alto, líbrame de las aguas caudalosas, sálvame de la mano de extranjeros,
8 cuya boca profiere falsedades y su diestra es diestra de mentira.
9 Te cantaré, oh Dios, un cántico nuevo, tañeré para ti el arpa de diez cuerdas,
10 tú que das a los reyes la victoria, que salvas a David tu servidor. De la espada funesta
11 sálvame, líbrame de la mano de extranjeros, cuya boca profiere falsedades y su diestra es diestra de mentira.
12 Sean nuestros hijos como plantas pomposas desde la juventud; nuestras hijas, columnas talladas, esculpidas como para un palacio.
13 Estén nuestros graneros rebosantes, repletos de frutos variados; que nuestras ovejas, a millares, se multipliquen en nuestros prados;
14 vuelvan cargadas nuestras bestias. Que no haya brechas ni aberturas, ni gritos en nuestras plazas.
15 ¡Feliz el pueblo a quien así sucede, feliz el pueblo cuyo Dios es Yahvé!

El comienzo presenta a Dios como «mi Roca», aliado, baluarte, alcázar, libertador y escudo. El lenguaje del combate debe entenderse, en su sentido bíblico, como la confesión de que la verdadera fuerza del creyente no procede de sí mismo, sino de Dios. Él es quien «adiestra» las manos y los dedos: capacita al hombre para afrontar las luchas de la vida. La imagen resulta especialmente significativa para la espiritualidad cristiana: no estamos llamados a vivir sin dificultades, sino a aprender a afrontarlas sostenidos por el Señor.

Pero inmediatamente aparece una de las grandes preguntas de la espiritualidad bíblica: «¿Qué es el hombre, Yahvé, para ocuparte, el ser humano para que pienses en él?». El salmista reconoce su pequeñez: el hombre es «semejante a un soplo» y sus días pasan «como sombra». La Biblia no presenta esta fragilidad para llevarnos al pesimismo, sino a la humildad y a la confianza. Precisamente porque somos pequeños, resulta admirable que Dios se ocupe de nosotros.

La súplica de los versículos siguientes emplea imágenes vigorosas —los cielos que se inclinan, los relámpagos, las aguas caudalosas— para expresar que Dios no permanece indiferente ante la angustia de su pueblo. El creyente clama frente a la mentira, la violencia y todo aquello que amenaza la vida. La petición de ser liberado de quienes «profieren falsedades» adquiere también una dimensión espiritual: pedir a Dios que nos libre de la mentira que destruye las relaciones, corrompe el corazón y nos aleja de la verdad.

En medio de la súplica aparece una hermosa respuesta: «Te cantaré… un cántico nuevo». La intervención de Dios produce alabanza. El «cántico nuevo» expresa la novedad que nace cuando una persona reconoce la acción salvadora del Señor. No se trata simplemente de repetir palabras religiosas, sino de contemplar la propia historia con ojos nuevos y descubrir en ella la fidelidad de Dios.

La parte final cambia el horizonte y presenta la bendición del pueblo: hijos que crecen, hijas que se edifican, graneros llenos, rebaños numerosos, hogares sin brechas ni gritos. Es una visión bíblica de la paz, la prosperidad y la seguridad. No debe interpretarse superficialmente como una promesa de ausencia total de problemas, sino como la imagen de una existencia reconciliada, fecunda y protegida.

El salmo culmina con una afirmación que concentra todo su mensaje: «¡Feliz el pueblo cuyo Dios es Yahvé!». La verdadera felicidad no está, por tanto, en poseer muchas cosas, en dominar o en sentirse autosuficiente. La felicidad consiste en pertenecer a Dios y confiar en Él. El salmo nos lleva desde el combate hasta la paz, desde la fragilidad hasta la confianza, desde la súplica hasta la alabanza.

Este salmo puede ayudarnos a transmitir tres verdades fundamentales de la fe: Dios es nuestra fuerza: no caminamos solos ante las dificultades. El hombre es frágil: reconocer nuestra pobreza no es una derrota, sino el comienzo de la confianza. La felicidad nace de la relación con Dios: «Feliz el pueblo cuyo Dios es Yahvé» resume una espiritualidad profundamente bíblica y cristiana.

Desde la perspectiva cristiana, este salmo puede leerse también a la luz de Cristo. En Él descubrimos de manera plena que Dios se acerca a la fragilidad humana y la asume. El Dios que «se inclina y desciende» encuentra su expresión definitiva en la Encarnación: Dios no permanece lejano, sino que entra en nuestra historia para salvarnos.

La pregunta «¿qué es el hombre para que pienses en él?» encuentra así una respuesta luminosa: el ser humano tiene un valor inmenso porque Dios lo conoce, lo ama y sale a su encuentro.

Por eso, el Salmo 144 puede convertirse en una oración cotidiana: Señor, sé mi roca en la dificultad, mi refugio en la angustia, mi verdad frente a la mentira y mi esperanza cuando me siento débil. Enséñame a confiar en Ti y haz de mi vida un «cántico nuevo».



domingo, 23 de agosto de 2026

Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?

 

Hay preguntas que no buscan simplemente información, sino que nos obligan a tomar una postura y a responder desde el corazón y desde la propia vida. Entre ellas se encuentra la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No es una pregunta dirigida únicamente a los Doce; atraviesa los siglos y llega también hasta nosotros.

Podemos saber muchas cosas sobre Jesús, conocer sus palabras, escuchar hablar de Él desde niños, admirar su enseñanza e incluso participar activamente en la vida de la Iglesia. Pero llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Es necesario responder personalmente: ¿quién es Jesús para mí y qué lugar ocupa realmente en mi vida?

Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Su confesión expresa el centro de la fe cristiana. Sin embargo, Jesús le recuerda que esa respuesta no procede únicamente de su inteligencia o de sus capacidades: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe es, ante todo, un don de Dios. Él sale a nuestro encuentro, ilumina nuestro corazón y nos concede reconocer a Cristo.

Por eso, la fe verdadera exige humildad. Nadie puede considerarse propietario de la verdad recibida. Creemos porque Dios se revela y porque su Espíritu actúa en nosotros. La vida cristiana no consiste solamente en conocer doctrinas sobre Jesús, sino en encontrarnos con Él y dejar que transforme nuestra existencia.

En este contexto aparece la imagen de la roca y de las llaves. Pedro recibe una misión dentro de la comunidad. Su autoridad no es un privilegio personal, sino un servicio a la Iglesia y a la misión salvadora de Cristo. Pedro mismo, con sus debilidades, miedos y negaciones, demuestra que la firmeza de la Iglesia no depende de la perfección de sus miembros.

La verdadera roca es Cristo y la confesión de fe en Él. La Iglesia no se sostiene sobre las capacidades humanas, sino sobre Jesucristo, el Mesías y el Hijo de Dios. Pedro recibe su misión precisamente desde esa fe y para servir a la comunidad. La autoridad cristiana, por tanto, nunca puede separarse del servicio, de la comunión y de la misión recibida de Cristo.

También nosotros estamos llamados a construir nuestra vida sobre esa roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras propias fuerzas, sino sobre Cristo. Y la pregunta del Evangelio continúa abierta: no basta saber qué dicen los demás acerca de Jesús; debemos preguntarnos qué significa Él realmente para nosotros.

San Pablo, contemplando el misterio de Dios, exclama: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». La fe no consiste en dominar completamente el misterio divino. Podemos conocer a Dios, experimentar su amor y descubrir su presencia, pero nunca podremos abarcarlo por completo.

Esta verdad adquiere una importancia especial cuando la vida no responde a nuestras expectativas. Muchas veces queremos comprender por qué sucede algo, por qué Dios permite determinadas situaciones o por qué atravesamos momentos de oscuridad. La Palabra nos invita entonces a confiar. No necesitamos tener todas las respuestas para seguir caminando con Dios.

La humildad cristiana comienza cuando dejamos de exigir que Dios encaje en nuestros planes. Él es «origen, guía y meta del universo». Todo procede de Él, todo encuentra en Él su fundamento y hacia Él se dirige nuestra existencia. Por eso la respuesta al misterio de Dios no consiste solamente en buscar explicaciones, sino también en aprender a adorar, agradecer y confiar.

La pregunta de Jesús tampoco se responde una sola vez. Cada etapa de nuestra vida vuelve a planteárnosla: en la alegría y en el sufrimiento, en la certeza y en la duda, en los momentos de fortaleza y en los de debilidad. Y nuestra respuesta no debe darse únicamente con palabras, sino con nuestra manera de vivir, amar, servir, perdonar y confiar.

Jesús no ha venido simplemente para ser admirado como personaje histórico ni para ser recordado en determinadas celebraciones. Ha venido para revelarnos el verdadero rostro de Dios: el rostro del amor. Por eso, nuestra fe no puede limitarse a conocerlo superficialmente o a acudir a Él únicamente en momentos solemnes.

Hoy, también nosotros debemos escuchar su pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». ¿Conocemos verdaderamente a Cristo o solamente sabemos cosas sobre Él? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su proclamación? ¿Vivimos en comunión con Él o nuestra relación depende de determinadas circunstancias?

Ante Cristo, especialmente ante Él crucificado y resucitado, cada uno debe responder desde lo más profundo del corazón. La Iglesia, con sus limitaciones y contradicciones, sigue proclamando con Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Y esa confesión sólo será verdaderamente nuestra cuando se convierta en una vida entregada a Él, sostenida por su gracia y orientada hacia el amor.

 FELIZ DOMINGO

jueves, 20 de agosto de 2026

SALMO 3: DIOS ES NUESTRO REFUGIO EN MEDIO DE LA DIFICULTAD

El Salmo 3 es una oración de confianza en Dios en medio de la persecución, el miedo y la sensación de estar rodeado por dificultades. Tradicionalmente se atribuye a David cuando huía de Absalón, aunque su mensaje trasciende aquella circunstancia concreta y puede convertirse en la oración de cualquier creyente que atraviesa una situación de angustia.

1 Yahveh, ¡cuán numerosos son mis adversarios, cuántos los que se alzan contra mí!
2 ¡Cuántos los que dicen de mi vida: «No hay salvación para él en Dios!»
3 Mas tú, Yahveh, escudo que me ciñes, mi gloria, el que realza mi cabeza.
4 A voz en grito clamo hacia Yahveh, y él me responde desde su santo monte.
5 Yo me acuesto y me duermo, me despierto, pues Yahveh me sostiene.
6 No temo a esas gentes que a millares se apostan en torno contra mí.
7 ¡Levántate, Yahveh! ¡Dios mío, sálvame! Tú hieres en la mejilla a todos mis enemigos, los dientes de los impíos tú los rompes.
8 De Yahveh la salvación. Tu bendición sobre tu pueblo.

El salmista comienza expresando con sinceridad su situación: son muchos los adversarios que se levantan contra él y muchos los que consideran que Dios ya no puede salvarlo. No es una oración de alguien que vive al margen del sufrimiento, sino de quien experimenta en su propia carne la angustia, la inseguridad y la soledad.

Sin embargo, en medio de esta situación aparece la gran afirmación de la fe: «Tú, Señor, eres escudo que me ciñes». El salmista descubre que su seguridad no depende de sus propias fuerzas ni de la desaparición de los problemas, sino de la presencia protectora de Dios. El Señor es quien sostiene su vida, quien devuelve la dignidad al que se siente derrotado y quien «realza su cabeza» cuando todo parece hundirse.

La oración ocupa un lugar fundamental. El salmista clama a Dios y confía en que Dios escucha. Esta certeza es esencial para la experiencia creyente: podemos presentar ante el Señor nuestros miedos, nuestras heridas, nuestras dudas y todo aquello que nos preocupa, porque Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento de sus hijos. Su respuesta no siempre llega de la manera que esperamos, pero su presencia nunca abandona al que confía en Él.

Uno de los aspectos más hermosos del salmo es la afirmación: «Yo me acuesto y me duermo, me despierto, pues Yahveh me sostiene». En medio del peligro, el creyente encuentra descanso porque sabe que no está solo. La fe no significa que desaparezca todo temor, sino que nos permite vivir el temor sin quedar dominados por él. Cuando ponemos nuestra vida en manos de Dios, podemos recuperar la paz interior y descubrir que nuestra existencia está sostenida por algo más fuerte que nuestras preocupaciones.

El salmista también pide a Dios que actúe contra sus enemigos. Estas expresiones pertenecen al lenguaje de la época y reflejan el deseo de que el mal sea derrotado. Para nosotros, cristianos, esta petición adquiere una dimensión nueva: no se trata de pedir el daño del enemigo, sino de pedir que Dios venza el mal, la injusticia, el odio, la mentira y todo aquello que destruye la vida y la dignidad humana.

El salmo alcanza su culminación en una confesión sencilla y poderosa: «De Yahveh la salvación». Toda la oración conduce hacia esta verdad. La salvación no nace de nuestras seguridades humanas, de nuestro poder o de nuestras riquezas, sino de Dios. Él es quien sostiene al débil, fortalece al que cae y abre un camino cuando parece que ya no existe salida.

Esta enseñanza conserva toda su actualidad. También nosotros podemos sentirnos rodeados por problemas familiares, dificultades económicas, enfermedades, soledad, incomprensiones, fracasos o incertidumbres ante el futuro. En esos momentos el Salmo 3 nos invita a no encerrarnos en la desesperanza, sino a levantar los ojos hacia Dios y confiar en Él.

Para el cristiano, esta confianza encuentra su plenitud en Jesucristo. Él mismo atravesó el sufrimiento, la incomprensión, la cruz y la muerte, poniendo toda su confianza en el Padre. Su resurrección nos revela que el dolor y la muerte no tienen la última palabra. Dios puede sacar vida incluso de las situaciones que nosotros consideramos perdidas.

El Salmo 3 nos invita, por tanto, a convertir nuestras dificultades en oración y nuestros miedos en confianza. Cuando nos sintamos acosados por los problemas, podemos recordar que Dios sigue siendo nuestro escudo, nuestra fuerza y nuestra esperanza. Y podremos hacer nuestra la última palabra del salmo: «De Yahveh la salvación. Tu bendición sobre tu pueblo». Porque quien pone su vida en las manos de Dios puede caminar en medio de la dificultad con la certeza de que nunca está solo.

domingo, 16 de agosto de 2026

SAN ROQUE DE MONTPELLIER: UN PEREGRINO AL SERVICIO DE LOS QUE SUFREN


Cada 16 de agosto, la Iglesia celebra la memoria de San Roque de Montpellier, uno de los santos que más profundamente han arraigado en la religiosidad popular de Galicia. Su figura está estrechamente unida a la peregrinación, a la atención de los enfermos y a la caridad cristiana. Según la tradición, nació en Montpellier a mediados del siglo XIV, en una familia acomodada, pero al quedar huérfano decidió entregar sus bienes a los necesitados y emprender el camino de peregrinación. Su viaje hacia Roma lo llevó a encontrarse con una realidad dolorosa: la peste que asolaba numerosas ciudades italianas. Allí San Roque no se apartó de los enfermos, sino que se acercó a ellos, los cuidó y puso su vida al servicio de quienes sufrían.

Esta actitud constituye el corazón de su mensaje cristiano. San Roque comprendió que seguir a Cristo significa acercarse al hermano que sufre. No se limitó a hablar de la misericordia, sino que la convirtió en una forma concreta de vivir. Allí donde otros veían peligro y enfermedad, él descubría un rostro humano que necesitaba ayuda, consuelo y compañía. Por eso su figura sigue teniendo una enorme actualidad en una sociedad en la que muchas personas padecen enfermedad, soledad, pobreza o abandono.

La tradición cuenta que, después de atender a numerosos enfermos, el propio Roque contrajo la peste y se retiró a un bosque para no contagiar a nadie. Allí, un perro comenzó a llevarle diariamente un pan y su dueño terminó encontrándolo y ayudándolo a recuperar la salud. Esta conocida tradición, aunque pertenece a la narración hagiográfica, expresa de manera muy hermosa la confianza en la providencia de Dios y recuerda que la ayuda puede llegar por los caminos más inesperados.

San Roque es representado habitualmente como peregrino, con bordón, sombrero, zurrón y otros atributos del camino, mostrando además la herida de su pierna. El perro que lo acompaña recuerda su experiencia de enfermedad y de auxilio, mientras que en algunas representaciones aparece también un ángel como signo de la presencia y protección de Dios. Su iconografía terminó vinculándose estrechamente con la peregrinación jacobea, hasta el punto de aparecer frecuentemente con la concha de vieira.

En Galicia su devoción alcanzó una fuerza extraordinaria, especialmente a causa de las epidemias que azotaron estas tierras durante los siglos XVI y posteriores. Su relación con los peregrinos y con Santiago de Compostela contribuyó también a extender su culto. En Santiago, después de la peste de 1517, se fundó una cofradía dedicada a San Roque y posteriormente se levantó un hospital destinado a atender a los enfermos de peste y otras enfermedades contagiosas.

Pero la verdadera importancia de San Roque no está solamente en pedir su protección frente a la enfermedad. Su vida nos invita a descubrir que la fe cristiana debe hacerse servicio. El discípulo de Jesús no puede permanecer indiferente ante el dolor de los demás. Como el Buen Samaritano del Evangelio, está llamado a detenerse, mirar, acercarse, curar las heridas y acompañar al que ha quedado al borde del camino.

San Roque nos recuerda también que todos somos peregrinos. Caminamos por esta vida hacia Dios y, durante nuestro camino, encontramos personas que necesitan de nosotros. A veces tendremos que detener nuestros propios proyectos para ayudar a alguien. Otras veces seremos nosotros quienes necesitemos ser sostenidos. La enfermedad y la fragilidad nos enseñan que nadie se basta completamente a sí mismo y que todos necesitamos de la comunidad, de la familia y, sobre todo, de la cercanía de Dios.

Por eso, celebrar hoy a San Roque nos invita a preguntarnos si nuestras comunidades cristianas son lugares donde el enfermo encuentra compañía, donde el anciano se siente querido, donde quien está solo encuentra una mano amiga y donde el pobre descubre un corazón dispuesto a compartir.

San Roque nos enseña que la santidad no consiste en vivir alejados de los problemas del mundo, sino en entrar en ellos llevando la compasión de Cristo. Su camino de peregrino se convierte así en camino de caridad; su enfermedad, en experiencia de fragilidad; su encuentro con los necesitados, en servicio; y su confianza en Dios, en testimonio de esperanza.

Hoy necesitamos recuperar precisamente esta mirada. En medio de una sociedad que muchas veces busca apartar el sufrimiento de la vista, San Roque nos enseña a no tener miedo de acercarnos al dolor. Nos recuerda que detrás de cada enfermedad hay una persona, detrás de cada soledad hay un corazón que espera compañía y detrás de cada necesidad existe un hermano al que Cristo nos confía.

Que San Roque interceda por nuestros enfermos, por quienes los cuidan, por los profesionales de la salud y por todas las personas que atraviesan momentos de sufrimiento. Y que su ejemplo nos ayude a comprender que el verdadero peregrino cristiano no es solamente quien llega a una meta, sino quien, mientras camina hacia Dios, se detiene para levantar al hermano que ha caído.

Su mensaje puede quedar resumido en tres palabras que siguen siendo plenamente actuales: PEREGRINACIÓN, MISERICORDIA Y SERVICIO.

 

TEN COMPASIÓN DE MÍ, SEÑOR


La Palabra de Dios nos invita a contemplar hoy el encuentro de Jesús con una mujer cananea, una extranjera que se acerca a Él movida por el sufrimiento de su hija. Su oración es sencilla y profunda: «Ten compasión de mí, Señor». En ella descubrimos que la fe nace muchas veces del reconocimiento humilde de nuestra necesidad y de la confianza en que Dios puede transformar aquello que nosotros no podemos solucionar.

La mujer cananea pertenece a un pueblo considerado extranjero y pagano. Sin embargo, no permite que las fronteras religiosas o culturales le impidan acercarse a Jesús. Su amor de madre y su confianza son mayores que cualquier obstáculo. Frente a ella aparecen los discípulos, preocupados más por apartarla que por escuchar su sufrimiento. El Evangelio nos hace así una pregunta muy actual: ¿somos capaces de acoger a quienes son diferentes de nosotros o seguimos levantando barreras entre «los nuestros» y «los demás»?

La actitud de Jesús conduce a una enseñanza fundamental. La salvación de Dios no está reservada a un pueblo, una cultura o un grupo determinado. Israel tuvo un papel fundamental en la historia de la salvación, pero su elección no significaba la exclusión de los demás pueblos. Ya el profeta Isaías anunciaba que la casa de Dios sería «casa de oración para todos los pueblos». En Cristo esta promesa alcanza su plenitud: Dios quiere que todos conozcan su misericordia y participen de su salvación.

La cananea destaca especialmente por su perseverancia. Jesús parece guardar silencio, los discípulos quieren que se marche y las palabras que recibe parecen cerrar toda esperanza. Pero ella no abandona. Continúa suplicando porque ama a su hija y porque confía en Jesús. Su fe no depende de obtener inmediatamente lo que pide. Es una fe capaz de esperar, insistir y permanecer junto al Señor incluso cuando no comprende sus caminos.

Por eso Jesús termina admirando su fe: «Mujer, qué grande es tu fe». La grandeza de aquella mujer no procede de su origen ni de su pertenencia religiosa, sino de su confianza. Ella reconoce en Jesús al Señor y pone en sus manos su dolor. Su humildad se convierte en fortaleza y su súplica en una verdadera profesión de fe. Su hija recibe la curación, pero el gran signo del relato es que aquella mujer, considerada extranjera, se convierte en ejemplo para todos los creyentes.

También nosotros atravesamos momentos en los que parece que Dios guarda silencio. Rezamos y no vemos respuesta; pedimos y las circunstancias no cambian; esperamos y la solución parece alejarse. El Evangelio nos enseña entonces a no abandonar. La fe madura precisamente cuando aprende a confiar también en los momentos de oscuridad. Como la cananea, estamos llamados a seguir diciendo: «Señor, ayúdame», poniendo nuestra vida en sus manos y aceptando que se cumpla su voluntad.

La fe no consiste solamente en conocer unas verdades, sino en encontrarnos personalmente con Jesucristo y confiar en Él. Es un don que Dios ofrece a todos y que nosotros debemos acoger y hacer crecer. La oración perseverante, especialmente cuando no entendemos lo que sucede, fortalece nuestra relación con Cristo y nos ayuda a descubrir que Dios nunca deja de acompañarnos.

El Evangelio también cuestiona nuestras actitudes ante los demás. Todavía hoy existen muchas fronteras que separan a las personas: diferencias de origen, cultura, condición social, ideas o circunstancias personales. Hay muchos hombres y mujeres que, como aquella mujer cananea, gritan desde el sufrimiento esperando ser escuchados. El discípulo de Jesús no puede responder con indiferencia. Está llamado a escuchar, acoger, acompañar y defender la dignidad de cada persona.

La Iglesia, por tanto, no puede convertirse en una comunidad cerrada. Está llamada a ser casa abierta, lugar de encuentro y espacio de fraternidad. La Eucaristía nos recuerda que todos estamos invitados a la mesa de Cristo y que nadie puede apropiarse de Dios ni convertir la fe en una propiedad exclusiva. Hemos recibido gratuitamente el amor de Dios para compartirlo con los demás, especialmente con quienes sufren, están alejados o se sienten excluidos.

La Palabra nos invita también a mirar nuestra propia vida. Quizá alguna vez hemos actuado como los discípulos, queriendo apartar aquello que nos incomoda. Quizá hemos juzgado a alguien por ser diferente o hemos pensado que determinadas personas están lejos de Dios. La cananea nos recuerda que Dios puede encontrarse allí donde nosotros no esperamos encontrarlo y que la fe puede florecer en el corazón de quien aparentemente está más lejos.

Finalmente, este Evangelio nos llama a vivir una fe que se transforme en amor concreto. No basta con afirmar que creemos en Dios si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. La verdadera fe abre el corazón, derriba fronteras y nos hace servidores de los demás. Jesús ha venido para ofrecer vida y salvación a todos, y la Iglesia tiene la misión de anunciar esta Buena Noticia con palabras y obras.

Que la oración de la mujer cananea sea también nuestra oración: «Ten compasión de mí, Señor». Que sepamos acudir a Cristo con humildad, perseverar cuando no comprendamos, confiar cuando Dios parezca guardar silencio y aceptar siempre su voluntad. Y que, al experimentar su misericordia, sepamos convertirnos en instrumentos de esa misma misericordia, haciendo de nuestras comunidades y de nuestra parroquia una verdadera casa de oración, acogida y fraternidad, donde todos puedan descubrir que en la mesa de Dios hay un lugar para cada persona.

 ¡FELIZ DOMINGO!