domingo, 1 de noviembre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS. LAS BIENAVENTURANZAS

El Evangelio de Mateo nos presenta uno de los textos más hermosos y profundos de todo el Nuevo Testamento: las Bienaventuranzas. Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar a sus discípulos y a la multitud. No pronuncia simplemente unas normas de comportamiento, sino que anuncia una manera nueva de entender la vida, de relacionarnos con Dios y de vivir con los demás.

Este Evangelio tiene un significado especial en la solemnidad de Todos los Santos, porque nos muestra el camino que conduce a la santidad. Los santos no son solamente aquellas personas extraordinarias que la Iglesia reconoce oficialmente, sino también tantos hombres y mujeres que, desde la sencillez de su vida cotidiana, han procurado vivir el Evangelio, amar a Dios y servir a sus hermanos.

Las Bienaventuranzas son el verdadero retrato de Jesús y, al mismo tiempo, el camino que estamos llamados a recorrer quienes queremos seguirlo.

Jesús comienza proclamando: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». La pobreza de espíritu no consiste únicamente en carecer de bienes materiales, sino en reconocer que necesitamos a Dios, abandonar la autosuficiencia y vivir con un corazón humilde, abierto y confiado. El Reino pertenece a quienes no hacen del dinero, del poder o del orgullo el centro de su existencia.

«Bienaventurados los mansos» nos recuerda que la verdadera fortaleza no está en imponer nuestra voluntad, sino en saber vivir sin violencia, con paciencia, respeto y comprensión. La mansedumbre no es debilidad, sino capacidad de responder al mal sin convertirnos nosotros mismos en instrumentos del mal.

«Bienaventurados los que lloran» nos habla de un Dios que no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Jesús promete consuelo a quienes atraviesan el dolor, pero también nos invita a acercarnos a quienes sufren, compartir sus lágrimas y no abandonar a nadie en sus momentos difíciles.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia» son aquellos que no se resignan ante las injusticias, que defienden la dignidad de las personas y trabajan para que todos puedan vivir con respeto y libertad. La santidad también consiste en comprometerse con un mundo más justo y humano.

«Bienaventurados los misericordiosos» nos sitúa ante el corazón mismo de Dios. Ser misericordioso significa saber perdonar, comprender, ayudar y ofrecer nuevas oportunidades. No podemos decir que amamos a Dios si permanecemos indiferentes ante las necesidades de nuestros hermanos.

«Bienaventurados los limpios de corazón» son quienes procuran vivir con sinceridad, sin doblez ni hipocresía, buscando el bien y la verdad en sus intenciones y en sus acciones. La limpieza de corazón nos permite descubrir a Dios en los acontecimientos de cada día.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz» nos recuerda que la paz no consiste simplemente en la ausencia de conflictos. Es una tarea que exige diálogo, reconciliación, respeto y fraternidad. El cristiano está llamado a construir puentes donde otros levantan muros.

Finalmente, Jesús proclama dichosos a quienes son perseguidos por causa de la justicia. Seguir el Evangelio no siempre resulta fácil. Defender la verdad, la dignidad humana y el amor puede provocar incomprensiones y rechazo. Sin embargo, Jesús nos asegura que permanecer fieles a Dios nunca es una vida perdida.

En esta solemnidad celebramos a todos los santos, conocidos y desconocidos, a quienes han alcanzado la plenitud de la vida junto a Dios. Pero esta celebración no debe hacernos pensar que la santidad está reservada a personas excepcionales o a quienes han realizado grandes obras. La santidad es una llamada universal. Todos estamos invitados a vivir en el amor de Dios, cada uno desde su propia realidad, sus capacidades y circunstancias.

Los santos fueron personas de carne y hueso, con dificultades, luchas, dudas y debilidades. Lo que los hizo santos fue su capacidad de dejarse transformar por Dios y hacer del amor el centro de sus vidas. Algunos destacaron por su entrega a los pobres, otros por su oración, su servicio, su sacrificio o su fidelidad en las pequeñas cosas de cada día.

El papa Francisco, en su exhortación Gaudete et exsultate, nos recuerda que las Bienaventuranzas son como el documento de identidad del cristiano y el camino que nos permite reflejar el rostro de Jesús en nuestra vida cotidiana.

Este Evangelio nos invita a revisar nuestra manera de vivir. En una sociedad que identifica muchas veces la felicidad con tener más, triunfar, sobresalir o acumular poder, Jesús nos propone un camino diferente: ser felices compartiendo, perdonando, sirviendo y amando.

Nos invita a no permanecer indiferentes ante el sufrimiento, a defender a quienes no tienen voz, a trabajar por la justicia y a construir la paz en nuestras familias, comunidades y sociedad. Nos recuerda que la verdadera grandeza no consiste en estar por encima de los demás, sino en saber ponernos a su servicio.

La santidad comienza en nuestra propia casa, en la manera de tratar a nuestra familia, en la paciencia con las personas difíciles, en la ayuda que prestamos sin esperar recompensa, en la capacidad de perdonar y en la alegría de hacer el bien, aunque nadie nos vea.

Ser santo no significa no equivocarse nunca, sino levantarse después de cada caída y volver a caminar con Jesús. Significa permitir que el Evangelio transforme nuestro corazón y que nuestras acciones sean reflejo del amor de Dios.

La solemnidad de Todos los Santos es también una celebración de esperanza. Nos recuerda que la vida no termina en la muerte, que estamos llamados a participar de la vida eterna y que nuestros hermanos que ya viven junto a Dios nos muestran que el camino de las Bienaventuranzas merece la pena.

En definitiva, Jesús no nos ofrece una felicidad superficial ni pasajera. Nos ofrece una vida plena, fundamentada en el amor, la misericordia y la entrega. Nos invita a comenzar aquí y ahora la construcción del Reino de Dios.

Ser santo es aprender a vivir como Jesús: con un corazón humilde, misericordioso, justo y lleno de amor. La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir las cosas ordinarias con un amor extraordinario.

FELIZ DOMINGO

jueves, 29 de octubre de 2026

SALMO 46. DIOS ES NUESTRO REFUGIO Y FORTALEZA

El Salmo 46 es un canto de confianza en Dios, refugio de su pueblo en medio de las dificultades, las guerras y las convulsiones del mundo, sabiendo que Dios, permanece junto a su pueblo incluso cuando todo parece desmoronarse.

1 Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro en la angustia, siempre a punto.
2 Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro en la angustia, siempre a punto.
3 Por eso no tememos si se altera la tierra, si los montes vacilan en el fondo del mar,
4 aunque sus aguas bramen y se agiten, y su ímpetu sacuda las montañas. (¡Con nosotros Yahvé Sebaot, nuestro baluarte el Dios de Jacob!)
5 ¡Un río! Sus brazos recrean la ciudad de Dios, santifican la morada del Altísimo.
6 Dios está en medio de ella, no vacila, Dios la socorre al despuntar el alba.
7 Braman las naciones, tiemblan los reinos, lanza él su voz, la tierra se deshace.
8 ¡Con nosotros Yahvé Sebaot, nuestro baluarte el Dios de Jacob!
9 Venid a ver los prodigios de Yahvé, que llena la tierra de estupor.
10 Detiene las guerras por todo el orbe; quiebra el arco, rompe la lanza, prende fuego a los escudos.
11 'Basta ya, sabed que soy Dios, excelso sobre los pueblos, sobre la tierra excelso'.


Sus primeras palabras expresan la certeza fundamental de la fe: «Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro en la angustia, siempre a punto». No se trata de una confianza ingenua, que ignore los problemas de la vida, sino de la seguridad de que ninguna dificultad tiene la última palabra cuando ponemos nuestra esperanza en el Señor.

El salmista describe una naturaleza estremecida: la tierra se altera, los montes vacilan y las aguas braman con violencia. Son imágenes que representan el caos, la inseguridad y todo aquello que amenaza con destruir nuestras certezas. Sin embargo, el creyente no vive dominado por el miedo, porque sabe que Dios es más fuerte que cualquier adversidad. La fe no significa que nunca atravesaremos momentos de sufrimiento, sino que no tendremos que afrontarlos solos.

En medio de este escenario aparece una imagen de serenidad: el río cuyos brazos alegran la ciudad de Dios. Frente a las aguas turbulentas que provocan temor, este río simboliza la vida, la paz y la bendición que proceden de la presencia divina. La ciudad permanece firme porque Dios habita en ella. El centro de su estabilidad no son sus murallas ni su poder, sino el Señor que la sostiene y la renueva.

La afirmación «Dios está en medio de ella, no vacila» constituye el corazón espiritual del salmo. La presencia de Dios no elimina mágicamente todas las dificultades, pero ofrece una esperanza que resiste incluso en las circunstancias más oscuras. La referencia al auxilio al despuntar el alba evoca la llegada de una nueva oportunidad, cuando la noche del sufrimiento parece interminable. Dios no abandona a los suyos y puede abrir caminos de vida allí donde nosotros solo vemos obstáculos.

El salmista contempla también a las naciones que se enfrentan y a los reinos que tiemblan. Frente a la violencia humana, proclama que el Señor tiene autoridad sobre la historia. Su poder no debe interpretarse como una invitación a dominar a los demás, sino como una llamada a reconocer que la fuerza destructiva de los seres humanos no es invencible. Por eso, el salmo termina con una visión profundamente esperanzadora: Dios detiene las guerras, quiebra los arcos, rompe las lanzas y destruye los escudos.

Desde la perspectiva cristiana, este mensaje alcanza una profundidad especial en Jesucristo. En él descubrimos al Dios que se acerca a nuestra fragilidad, comparte nuestro sufrimiento y nos ofrece una paz que no se basa en la ausencia de problemas, sino en la certeza de su amor. Jesús invita a confiar en el Padre, a no dejarnos dominar por el miedo y a trabajar por la reconciliación. Su entrega en la cruz y su resurrección anuncian que el mal, la violencia y la muerte no tendrán la victoria definitiva.

Este salmo también nos recuerda que la Iglesia está llamada a ser un espacio de acogida, esperanza y fraternidad. Una comunidad cristiana debe ayudar a quienes sufren, escuchar a quienes están solos, acompañar a quienes viven con miedo y comprometerse con quienes padecen las consecuencias de la guerra y la injusticia. No basta con proclamar que Dios es nuestra fortaleza: estamos llamados a convertirnos en signos de esa fortaleza para los demás.

En nuestros días, marcados por conflictos, incertidumbres, dificultades familiares y preocupaciones personales, este salmo conserva toda su actualidad. También nosotros experimentamos momentos en los que parece que los montes vacilan bajo nuestros pies. Podemos sentir inseguridad ante el futuro, temor por nuestros seres queridos o impotencia frente al sufrimiento del mundo. El salmo nos invita a detenernos, recuperar la confianza y recordar que Dios permanece fiel, incluso cuando no comprendemos lo que sucede.

Confiar en el Señor no significa cruzarse de brazos, sino encontrar en él la fuerza necesaria para actuar con responsabilidad, defender la dignidad humana, rechazar la violencia y construir la paz. Cada gesto de perdón, cada palabra de consuelo y cada esfuerzo por reconciliar a quienes están enfrentados pueden convertirse en una expresión concreta de la presencia de Dios.

El Salmo 46 concluye invitándonos a reconocer los prodigios del Señor. Aprender a descubrirlos exige una mirada agradecida, capaz de percibir la esperanza que nace en medio de las dificultades y el bien que tantas personas realizan silenciosamente. Allí donde alguien protege al débil, acompaña al que sufre o trabaja por la paz, se abre paso una luz que contradice la oscuridad.

La enseñanza central de este salmo es clara: cuando todo parece vacilar, Dios permanece; cuando el miedo amenaza con dominarnos, su presencia nos sostiene; y cuando la violencia parece imponerse, estamos llamados a ser constructores de su paz.



domingo, 25 de octubre de 2026

AMAR A DIOS Y AMAR AL PRÓJIMO

En este pasaje del Evangelio según san Mateo, un doctor de la Ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba y le pregunta cuál es el mandamiento principal. En el judaísmo existían numerosos preceptos religiosos y morales, y la cuestión consistía en determinar cuál debía ocupar el primer lugar. Jesús responde sin vacilación, uniendo dos mandamientos que proceden de la propia tradición bíblica: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo.

Con esta respuesta, Jesús no pretende abolir la Ley ni restar importancia a los mandamientos, sino revelar su verdadero sentido. Toda la vida religiosa adquiere su plenitud cuando nace del amor y conduce al amor. Por eso afirma que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. No se trata simplemente de cumplir unas normas externas, sino de transformar el corazón para que nuestros pensamientos, palabras y acciones estén guiados por el amor.

Amar a Dios con todo el corazón significa reconocerlo como el centro y el fundamento de nuestra existencia. No podemos reservarle únicamente unos momentos para la oración o el culto, como si la fe fuera una parte aislada de nuestra vida. Amar a Dios implica confiar en Él, escuchar su Palabra, buscar su voluntad y permitir que su presencia ilumine nuestras decisiones. Significa descubrir que nuestra vida tiene sentido cuando nos abrimos a su amor y respondemos a él con libertad y fidelidad.

Pero Jesús añade inmediatamente un segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. Y lo presenta como inseparable del primero. Aquí encontramos una de las enseñanzas más profundas del cristianismo: no podemos afirmar que amamos verdaderamente a Dios si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. El amor a Dios se expresa también en el amor concreto a las personas que encontramos cada día.

El prójimo no es solamente quien nos cae bien, quien comparte nuestras ideas o quien puede devolvernos un favor. Es también aquel que piensa de manera diferente, quien nos resulta difícil de comprender, quien necesita nuestra ayuda y quien vive al margen de la sociedad. Amar al prójimo supone reconocer en cada persona una dignidad que no depende de su posición social, de sus capacidades, de su origen ni de sus méritos. Es aprender a mirar a los demás sin desprecio, sin prejuicios y sin convertir nuestras diferencias en motivos de enfrentamiento.

La expresión «como a ti mismo» nos recuerda, además, que debemos reconocer el valor de nuestra propia vida. El amor cristiano no consiste en despreciarnos ni en olvidarnos de nuestra dignidad, sino en aprender a amar sin egoísmo, procurando para los demás el bien que también deseamos para nosotros. Quien conoce sus propias fragilidades está mejor dispuesto a comprender las debilidades ajenas, perdonar sus errores y ofrecer nuevas oportunidades.

Esta enseñanza adquiere una especial fuerza cuando la relacionamos con la primera lectura de este domingo, tomada del libro del Éxodo, que recuerda la obligación de proteger al emigrante, a la viuda, al huérfano y a quienes se encuentran en situación de necesidad. La fe bíblica no puede separarse de la justicia y de la compasión hacia los vulnerables.

Vivimos en una sociedad en la que hablamos mucho de derechos, libertad y bienestar, pero donde todavía existen soledad, exclusión, pobreza, enfrentamientos y personas que se sienten olvidadas. Ante esta realidad, Jesús nos invita a preguntarnos si nuestro amor es verdaderamente concreto. No basta con proclamar que creemos en Dios, acudir a la celebración de la Eucaristía o conocer las enseñanzas de la Iglesia si después cerramos nuestros ojos ante quien necesita una palabra de consuelo, una visita, una ayuda material o simplemente alguien que lo escuche.

También nuestras parroquias están llamadas a convertirse en comunidades donde estos dos amores sean visibles. La oración debe impulsarnos al servicio, y el servicio debe alimentar nuestra relación con Dios. Una parroquia cristiana no es únicamente un lugar donde se celebran sacramentos, sino una familia de fe que acoge, acompaña, perdona y sale al encuentro de quienes necesitan descubrir que Dios no los ha abandonado.

Este mandamiento nos invita asimismo a revisar nuestras relaciones familiares, nuestras amistades y nuestra manera de tratar a quienes no comparten nuestras opiniones. Amar significa saber escuchar, evitar las palabras que hieren, reconocer nuestros errores, pedir perdón y trabajar por la reconciliación. No siempre podremos resolver todos los problemas de los demás, pero siempre podemos evitar aumentar su sufrimiento y contribuir a que encuentren esperanza.

En definitiva, Jesús nos enseña que la santidad no consiste en realizar cosas extraordinarias, sino en vivir lo cotidiano de una manera extraordinaria: con amor, generosidad, justicia y misericordia. El cristiano está llamado a convertir cada encuentro en una oportunidad para hacer presente el amor de Dios.

La pregunta que este Evangelio nos deja no es solamente si conocemos el mandamiento más importante, sino si estamos dispuestos a vivirlo. Porque amar a Dios y amar al prójimo no son dos caminos diferentes, sino dos dimensiones inseparables de una misma respuesta al amor que hemos recibido.

La medida de nuestra fe no está únicamente en lo que decimos de Dios, sino también en el amor que somos capaces de ofrecer a nuestros hermanos. Cuando amamos de verdad, nuestra vida se convierte en testimonio del Evangelio y hacemos visible, en medio del mundo, el rostro misericordioso de Dios.

FELIZ DOMINGO

jueves, 22 de octubre de 2026

SALMO 64: DIOS ESCUCHA AL INOCENTE Y CONOCE LA VERDAD DEL CORAZÓN.

El Salmo 64 es una oración de súplica en la que el creyente acude a Dios buscando protección frente a la maldad, las calumnias y las intrigas de quienes intentan perjudicar al inocente. Es la oración de una persona que sufre la injusticia y que, en medio del miedo, descubre que puede confiar en el Señor.

1 Escucha, oh Dios, la voz de mi gemido, guarda mi vida del terror del enemigo;
2 Escucha, oh Dios, la voz de mi gemido, guarda mi vida del terror del enemigo;
3 ponme a salvo del plan de los malvados, de los malhechores que se movilizan,
4 que afilan su lengua como espada, asestan su flecha, palabra envenenada,
5 y disparan ocultos contra el íntegro, disparan de improviso y nada temen.
6 Se animan entre sí para el delito, calculando cómo tender trampas, se dicen: '¿Quién lo observará
7 y escrutará nuestros secretos?'. Los escruta el mismo que escruta al hombre por dentro, la mente oculta.
8 Dios ha disparado una saeta, repentinas han sido sus heridas;
9 los abate por causa de su lengua, quienes los ven menean la cabeza.
10 Todos se llenan de temor, anuncian la obra de Dios y meditan sobre su acción.

El salmista comienza pidiendo a Dios que escuche su gemido y guarde su vida del terror del enemigo. No oculta su sufrimiento ni pretende mostrarse más fuerte de lo que es. Se presenta ante Dios con sus angustias, convencido de que la oración es el lugar donde puede expresar su dolor y encontrar esperanza. La fe no significa vivir sin dificultades, sino saber que no estamos solos cuando atravesamos momentos de oscuridad.

El salmo denuncia especialmente la maldad que se sirve de la palabra. La lengua se convierte en espada y las palabras envenenadas, en flechas que hieren. No siempre se destruye a una persona mediante la violencia física; también se puede hacer mucho daño con la mentira, la difamación, los rumores y las acusaciones injustas. Las palabras pueden levantar, consolar y reconciliar, pero también pueden humillar, dividir y destruir la confianza.

Nos encontramos así ante una enseñanza profundamente actual. En nuestros hogares, comunidades, parroquias y lugares de trabajo pueden aparecer comentarios malintencionados, juicios precipitados y críticas que dañan la dignidad de los demás. También las redes sociales pueden convertirse en instrumentos para difundir falsedades y sembrar enfrentamientos. El salmo nos invita a examinar cómo hablamos, qué compartimos y qué actitud adoptamos cuando conocemos una injusticia.

El texto denuncia además las conspiraciones ocultas de quienes creen que nadie descubrirá sus intenciones. Los malvados se animan mutuamente, preparan sus trampas y piensan que sus secretos permanecerán escondidos. Sin embargo, el salmista afirma que Dios conoce el interior del ser humano. Ante Él no basta con aparentar bondad, porque el Señor conoce nuestras motivaciones, nuestros deseos y las intenciones que guardamos en el corazón.

Esta afirmación no pretende alimentar el miedo, sino recordar que nuestra vida está llamada a caminar en la verdad. Dios conoce también las heridas del inocente, sus lágrimas y sus esfuerzos por obrar rectamente. Cuando una persona es juzgada injustamente o sufre una calumnia, puede encontrar consuelo en saber que su dignidad no depende de la opinión de los demás. Aunque la verdad tarde en reconocerse, no queda fuera de la mirada de Dios.

En los últimos versículos, el salmista proclama que Dios no permanece indiferente ante la maldad. La imagen de la saeta expresa poéticamente cómo el Señor puede desbaratar los proyectos injustos y hacer que sus consecuencias queden al descubierto. No debemos interpretar estas palabras como una invitación a desear la desgracia de nuestros enemigos, sino como una profesión de confianza en la justicia divina. El creyente entrega a Dios su causa y renuncia a convertir el resentimiento en venganza.

Desde la perspectiva cristiana, esta oración encuentra una luz especial en Jesucristo. Jesús conoció las acusaciones falsas, la traición y la violencia de quienes rechazaron su mensaje. Sin embargo, no respondió al odio con más odio, sino que permaneció fiel al Padre y mostró el camino del perdón. En la cruz vemos que la maldad humana puede causar un sufrimiento inmenso, pero no tiene la última palabra: la resurrección manifiesta la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte.

El salmo concluye mostrando que la acción de Dios provoca reflexión y lleva a reconocer sus obras. La fe no consiste solamente en pedir protección cuando sufrimos; consiste también en aprender a descubrir la presencia del Señor, agradecer su fidelidad y vivir de acuerdo con su voluntad.

Para nosotros, hoy, este salmo es una llamada a confiar en Dios sin dejar de trabajar por la justicia, a defender la verdad sin recurrir a la violencia y a evitar que las palabras se conviertan en instrumentos de destrucción. También nos recuerda que debemos revisar nuestro propio comportamiento: podemos sentirnos víctimas de la maledicencia y, al mismo tiempo, caer en ella cuando hablamos de los demás sin caridad ni respeto.

La oración del salmista nos invita, en definitiva, a poner nuestras preocupaciones en manos del Señor y a procurar que nuestra palabra sea siempre instrumento de verdad, misericordia y paz. Quien confía en Dios no necesita responder al mal con el mal, porque sabe que la última palabra pertenece al Señor.

Conviene añadir una última idea: la versión completa del salmo termina afirmando que el justo se alegra en el Señor y encuentra refugio en Él. Esta conclusión refuerza el mensaje central: la confianza en Dios permite atravesar la injusticia sin perder la esperanza ni abandonar el camino del bien.

jueves, 15 de octubre de 2026

SALMO 63: SED DE DIOS, CONFIANZA Y ALABANZA

El Salmo 63 es una hermosa oración de búsqueda de Dios, de sed espiritual y de confianza en su amor. Nos recuerda que, incluso en los desiertos de nuestra vida, podemos encontrar en el Señor la fuerza que sostiene nuestra esperanza.

1 Cuando estaba en el desierto de Judá. Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua.

2 Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua.

3 Así como te veía en el santuario, contemplando tu fuerza y tu gloria,

4 -pues tu amor es mejor que la vida, por eso mis labios te alaban-,

5 así quiero bendecirte en mi vida, levantar mis manos en tu nombre;

6 me saciaré como de grasa y médula, mis labios te alabarán jubilosos.

7 Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti,

8 porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas;

9 mi ser se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene.

10 Mas los que tratan de acabar conmigo, ¡caigan en las honduras de la tierra!

11 ¡Sean pasados a filo de espada, sirvan de presa a los chacales!

El Salmo 63 es una oración nacida en el desierto de Judá, un lugar donde la falta de agua hace experimentar profundamente la fragilidad de la vida. En medio de esa soledad, el salmista descubre que su necesidad más profunda no es solamente la del agua que sacia el cuerpo, sino la de Dios, que da sentido y plenitud a toda la existencia. Por eso comienza con una confesión de fe llena de intimidad: «Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti». No se trata de conocer a Dios únicamente de oídas, sino de buscarlo personalmente, establecer con él una relación viva y descubrir que nuestra vida encuentra en él su verdadero fundamento.

La sed de Dios expresa el deseo profundo del corazón humano, esa búsqueda de felicidad, amor y esperanza que ninguna posesión material puede satisfacer plenamente. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, experimentar un vacío interior; podemos estar rodeados de personas y sentirnos solos. El salmo nos invita a reconocer que necesitamos alimentar nuestra vida espiritual y abrirnos a la presencia del Señor. La fe no elimina nuestros deseos, sino que los orienta hacia aquel que puede darles su sentido definitivo.

El salmista recuerda la fuerza y la gloria de Dios contempladas en el santuario. La memoria de los encuentros con el Señor sostiene su oración incluso cuando se encuentra lejos de aquel lugar. También nosotros estamos llamados a recordar los momentos en los que hemos experimentado la cercanía de Dios: una celebración eucarística, la escucha de su Palabra, el perdón recibido, la ayuda de una persona o la paz encontrada en medio de una dificultad. La memoria agradecida fortalece la fe cuando atravesamos tiempos de oscuridad.

El centro del salmo se encuentra en esta afirmación: «Tu amor es mejor que la vida». El salmista no desprecia la existencia, sino que reconoce que el amor de Dios es el bien supremo que da valor a todo lo demás. Su fidelidad no depende de que las circunstancias sean favorables ni desaparece cuando llegan el sufrimiento, la enfermedad o la incertidumbre. Quien descubre este amor puede seguir confiando aun sin comprender todos los acontecimientos de su vida.

De esa experiencia brota la alabanza. El creyente bendice a Dios no solo cuando todo marcha bien, sino también cuando necesita fuerzas para seguir adelante. Alabar significa reconocer que Dios continúa siendo bueno y fiel, incluso cuando nosotros atravesamos el desierto. Por eso la oración no es solamente una petición para que el Señor resuelva nuestros problemas; es también gratitud, adoración y entrega confiada.

El salmista habla de saciarse con un alimento abundante. Esta imagen expresa la alegría interior que nace del encuentro con Dios. Quien alimenta su fe mediante la oración, la Palabra y la participación en la vida de la comunidad cristiana encuentra una fuerza que no depende únicamente de los bienes materiales. Para los cristianos, esta experiencia alcanza una expresión privilegiada en la Eucaristía, donde Cristo se entrega como Pan de Vida y nos invita a permanecer unidos a él.

Incluso durante la noche, el pensamiento del salmista permanece vuelto hacia Dios. Su oración no se limita a un momento determinado, sino que se convierte en una actitud interior que acompaña toda su existencia. También nosotros podemos aprender a poner nuestras preocupaciones en manos del Señor al terminar el día, agradecer lo vivido y confiarle aquello que no hemos podido resolver. Recordar a Dios en el silencio nos ayuda a no quedar prisioneros de nuestros miedos.

La imagen de las alas protectoras expresa ternura, refugio y seguridad. El salmista no afirma que nunca tendrá dificultades, sino que no estará abandonado cuando estas lleguen. La confianza cristiana no consiste en esperar una vida sin problemas, sino en creer que el Señor nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda a encontrar un camino incluso en las situaciones más difíciles. Cuando afirma que su alma se aprieta contra Dios y que la diestra divina lo sostiene, manifiesta una relación de cercanía y dependencia amorosa.

Los últimos versículos expresan el deseo de justicia frente a quienes buscan destruir al orante. Este lenguaje pertenece a la experiencia de conflicto y amenaza propia de muchos salmos. Desde la luz del Evangelio de Jesucristo, los cristianos estamos llamados a confiar la justicia a Dios sin convertir el sufrimiento en odio ni responder al mal con venganza. Jesús nos enseña a amar a los enemigos, a orar por quienes nos persiguen y a trabajar por la verdad y la justicia, defendiendo a quienes sufren la violencia.

Este salmo tiene una profunda actualidad. Vivimos en una sociedad que con frecuencia busca llenar el corazón mediante el consumo, el éxito, la apariencia o la acumulación de experiencias, pero que no siempre encuentra paz. La Palabra de Dios nos recuerda que existe una sed más profunda que ninguna realidad pasajera puede saciar. Necesitamos espacios de silencio, oración, fraternidad y servicio para descubrir de nuevo lo esencial.

Como comunidad parroquial, este salmo nos invita a ser testigos del amor de Dios. No basta con hablar de él: estamos llamados a mostrar su cercanía a las personas solas, acompañar a quienes sufren, compartir con quienes pasan necesidad y ofrecer esperanza a quienes atraviesan sus propios desiertos. La fe se hace visible cuando nuestra vida refleja la misericordia que recibimos del Señor.

El Salmo 63 nos enseña, en definitiva, que buscar a Dios es aprender a vivir desde su amor. Cuando reconocemos nuestra sed espiritual, dejamos que él transforme nuestros deseos, nuestras preocupaciones y nuestra manera de relacionarnos con los demás. Y descubrimos que, incluso en el desierto, es posible alabar, esperar y seguir caminando. Dios no siempre elimina el desierto de nuestra vida, pero su amor puede convertirse en la fuente que nos mantiene en pie.

domingo, 11 de octubre de 2026

TODOS ESTAMOS INVITADOS AL BANQUETE DEL REINO

En el Evangelio de Mateo 22, 1-14, Jesús compara el Reino de los cielos con un rey que celebra la boda de su hijo e invita a muchos al banquete. Esta imagen expresa la grandeza del amor de Dios, que desea compartir con todos la alegría de su salvación. Dios no nos ha creado para vivir alejados de Él, sino para participar de su vida, de su amor y de la felicidad que solamente Él puede ofrecernos.

El rey representa a Dios Padre, el hijo nos remite a Jesucristo y el banquete simboliza la comunión con Dios, la plenitud del Reino y la salvación que se nos ofrece gratuitamente. La boda es una fiesta de alegría, de encuentro y de alianza. Dios prepara la mesa y llama a sus hijos, pero respeta nuestra libertad. Podemos escuchar su invitación y aceptarla, o podemos desentendernos de ella y continuar viviendo como si no necesitáramos de su presencia.

Lo más sorprendente de la parábola es que algunos invitados rechazan la llamada. Unos se marchan a sus tierras, otros atienden sus negocios y algunos llegan incluso a maltratar a los mensajeros. No todos rechazan a Dios por maldad; a veces, simplemente, otras preocupaciones ocupan el primer lugar de su vida. Jesús nos invita a preguntarnos si también nosotros estamos tan absorbidos por el trabajo, las responsabilidades, las posesiones o nuestras preocupaciones que apenas nos queda tiempo para Dios.

La parábola nos recuerda que la invitación divina exige una respuesta. No basta con que Dios nos llame; es necesario que abramos nuestro corazón y le permitamos entrar en nuestra vida. El Señor no quiere una relación basada únicamente en costumbres, obligaciones o palabras, sino una fe que transforme nuestra manera de pensar, de amar y de actuar.

Ante el rechazo de los primeros invitados, el rey manda llamar a todos los que encuentren por los caminos, buenos y malos, y la sala se llena de comensales. Aquí descubrimos una de las enseñanzas más hermosas del Evangelio: la llamada de Dios está abierta a todos. Nadie queda excluido de antemano por su pasado, su debilidad, su condición social o sus errores. Dios sale al encuentro de quienes están lejos y ofrece a cada persona la posibilidad de comenzar una vida nueva.

Esta universalidad de la salvación se manifiesta plenamente en Jesucristo, que viene a buscar a los pecadores, acoge a los marginados y anuncia el amor del Padre a todos los pueblos. La Iglesia está llamada a continuar esta misión, no como un grupo cerrado de personas perfectas, sino como una comunidad que anuncia el Evangelio, acoge con misericordia y ayuda a todos a caminar hacia la santidad.

Sin embargo, Jesús introduce un detalle que nos hace reflexionar: uno de los invitados no lleva el traje de fiesta. ¿Qué significa este vestido? No se trata simplemente de una apariencia exterior, sino de la disposición interior que debe acompañar nuestra respuesta a Dios. La gracia es gratuita, pero no nos deja indiferentes; nos invita a cambiar de vida, a abandonar el egoísmo y a revestirnos de sentimientos de misericordia, bondad, humildad, justicia y amor.

Por eso, no podemos conformarnos con decir que somos cristianos, recibir los sacramentos o participar en las celebraciones religiosas si después nuestra vida contradice el Evangelio. El vestido de fiesta representa esa fe viva que se hace visible en nuestras obras, en el perdón que ofrecemos, en la generosidad con los necesitados, en la sinceridad de nuestras relaciones y en el compromiso con quienes sufren.

Las palabras finales de Jesús, «muchos son los llamados y pocos los elegidos», no pretenden desanimarnos ni presentarnos a un Dios que desea excluirnos. Son una advertencia para que no desperdiciemos la invitación recibida. Dios nos llama a todos, pero espera que respondamos libremente y que nuestra fe dé frutos. La salvación es don de su gracia y, al mismo tiempo, exige nuestra colaboración y nuestra conversión.

Hoy este Evangelio, nos recuerda que el Señor sigue preparando la mesa y continúa invitándonos. Nos llama en la oración, en la Palabra, en la Eucaristía, en la vida de nuestra comunidad y, especialmente, en el rostro de quienes necesitan nuestra ayuda. Cada día se nos ofrece la oportunidad de responder con generosidad, sin aplazar indefinidamente lo esencial.

Nuestras parroquias han de ser hogares abiertos, donde cada persona encuentre acogida, comprensión y una oportunidad para acercarse a Cristo. No podemos cerrar las puertas a quienes buscan a Dios, sino acompañarlos con paciencia, ayudándolos a descubrir que el Evangelio transforma la vida.

El banquete de bodas nos anuncia, finalmente, la alegría de la comunión definitiva con Dios. Su invitación es una llamada al amor, a la esperanza y a una vida renovada. Acojamos, pues, la invitación del Señor, vistamos nuestro corazón con las obras del Evangelio y hagamos de nuestra existencia una respuesta agradecida a su amor. No basta con estar invitados: estamos llamados a vivir de tal manera que nuestra vida se convierta en una verdadera fiesta para Dios y para los demás.

FELIZ DOMINGO

jueves, 8 de octubre de 2026

SALMO 62: SOLAMENTE EN DIOS REPOSA MI ALMA



En medio de tantas preocupaciones y de las dificultades de cada día, el Salmo 62 nos invita a parar un momento y volver nuestro corazón hacia Dios. El salmista nos recuerda que solo en Él encontramos una roca firme, una salvación segura y un refugio donde descansar. También nosotros podemos acercarnos a Dios con confianza, poner en sus manos nuestras preocupaciones y descubrir que su amor y su fidelidad nunca nos abandonan.

2 Solo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación;
3 solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.
4 ¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre todos juntos, para derribarlo como a una pared que cede o a una tapia ruinosa?
5 Solo piensan en derribarlo de su altura, y se complacen en la mentira: con la boca bendicen, con el corazón maldicen.
6 Descansa solo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza;
7 solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.
8 De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi refugio.
9 Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón: Dios es nuestro refugio.
10 Los hijos de Adán no son más que un soplo, todos los hombres, una apariencia: todos juntos en la balanza subirían más leves que un soplo.
11 No confiéis en la opresión, no pongáis ilusiones en el robo; y aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón.
12 Dios ha dicho una cosa, y he Escuchado dos: «Que Dios tiene el poder
13 y el Señor tiene la gracia; que tú pagas a cada uno según sus obras».

El Salmo 62 es una hermosa profesión de confianza en Dios en medio de las dificultades. El salmista no niega la existencia del sufrimiento, de la mentira o de las injusticias, pero descubre que ninguna de estas realidades tiene la última palabra cuando la vida está apoyada en Dios. Por eso comienza con una afirmación que se convierte en el centro de todo el salmo: «Solo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación».

La palabra «solo» expresa una confianza total. Dios no es una ayuda más entre muchas, sino el fundamento de la vida. El salmista lo proclama con varias imágenes: Dios es roca, salvación, alcázar y refugio. La roca habla de firmeza; la salvación, de liberación; el alcázar, de protección; y el refugio, de acogida. Cuando todo parece tambalearse, Dios permanece firme.

El orante está siendo atacado y experimenta la oposición, la mentira y la falsedad de quienes pretenden derribarlo. Sin embargo, no responde con violencia ni se deja dominar por el odio. Vuelve una y otra vez su mirada hacia Dios. Esta actitud nos ofrece una enseñanza profundamente cristiana: ante el mal, el creyente está llamado a no perder la paz interior ni abandonar la confianza.

El salmo repite: «Descansa solo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza». No se trata de una confianza pasiva, sino de una esperanza activa que permite seguir caminando aun cuando no vemos una solución inmediata. Esperar en Dios significa creer que nuestra vida está en sus manos y que su fidelidad es mayor que nuestras dificultades.

Después, el salmista invita a todo el pueblo: «Confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón». Dios no permanece distante ante nuestras preocupaciones. Podemos presentarle nuestras angustias, nuestras heridas, nuestras dudas y también nuestras alegrías. La oración aparece así como un verdadero encuentro con un Dios que escucha y acoge.

El salmo nos ayuda también a relativizar aquello en lo que tantas veces ponemos nuestra seguridad. El poder humano, la riqueza, el éxito, la opresión o la posesión de bienes son realidades pasajeras. «Todos los hombres, una apariencia»; «todos juntos... más leves que un soplo». Nada de lo que poseemos puede convertirse en el fundamento último de nuestra existencia.

Por eso el salmista advierte: «Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón». La enseñanza catequética es muy clara: los bienes pueden ser necesarios y buenos, pero nunca deben ocupar el lugar de Dios. Cuando el corazón se apega a las riquezas, estas dejan de ser un medio y pueden convertirse en un ídolo. El discípulo de Cristo está llamado a utilizar los bienes con responsabilidad, generosidad y solidaridad.

El final del salmo reúne dos rasgos esenciales de Dios: «Dios tiene el poder y el Señor tiene la gracia». Su poder no es autoritarismo, sino fuerza para sostener y salvar; su gracia es amor gratuito, misericordia y fidelidad. Dios conoce nuestras obras y nos invita a vivir responsablemente, haciendo que nuestra fe se traduzca en una vida coherente.

Para nosotros, este salmo es una llamada a revisar dónde está verdaderamente nuestra confianza. En una sociedad marcada por la inseguridad, la incertidumbre y la búsqueda constante de garantías, el creyente está llamado a recordar que solo Dios puede ser la roca firme de su vida. Cuando llegan los problemas, podemos sentirnos como una pared que se derrumba; pero la fe nos recuerda que no estamos solos.

Para el cristiano, esta confianza alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es la roca sobre la que podemos construir nuestra existencia y en quien encontramos la salvación y la esperanza. Por eso, el Salmo 62 nos invita a vivir con un corazón sereno, a poner nuestras preocupaciones en las manos de Dios, a no dejar que las riquezas o las dificultades gobiernen nuestra vida y a caminar cada día con la certeza de que Dios es nuestro refugio.

En definitiva, este salmo nos enseña que la verdadera seguridad no está en lo que tenemos ni en lo que los demás puedan hacer con nosotros, sino en Dios. Cuando aprendemos a descansar en Él, el miedo deja espacio a la confianza, la angustia a la esperanza y la desesperación a la paz.

 

domingo, 4 de octubre de 2026

SAN FRANCISCO DE ASÍS: UN EVANGELIO VIVIDO

Hoy, 4 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de san Francisco de Asís, uno de los santos que, a lo largo de los siglos, más profundamente ha mostrado que el Evangelio puede convertirse en una forma concreta de vivir. Francisco nació en Asís hacia 1181-1182, en el seno de una familia acomodada. Su juventud estuvo marcada por el deseo de riqueza, reconocimiento y una vida llena de aspiraciones humanas, pero poco a poco fue descubriendo que aquello que el mundo le ofrecía no podía llenar su corazón. Su encuentro con Cristo transformó radicalmente su existencia.

Uno de los momentos decisivos de su conversión fue el encuentro con los pobres y, especialmente, con los leprosos. Aquello que antes le producía rechazo comenzó a contemplarlo con una mirada nueva. En el rostro del pobre descubrió el rostro de Cristo. El amor a los pobres y la imitación de Jesús pobre quedaron unidos para siempre en su camino espiritual. El Papa León XIV ha recordado precisamente que, en el leproso, Francisco encontró a Cristo mismo y que aquel encuentro cambió su vida.

Otro momento fundamental fue su oración ante el crucifijo de San Damián. Allí comprendió que Jesús no era simplemente una figura del pasado, sino una Persona viva que le llamaba a entregarse totalmente. Francisco quiso seguir a Cristo de una manera radical, sencilla y despojada. Ante el obispo de Asís renunció a la herencia de su padre y comenzó una nueva vida marcada por la pobreza, la oración, el trabajo, la predicación y el servicio a los demás.

Francisco no buscó fundar una obra basada en su propia grandeza. Quiso simplemente vivir el Evangelio. Su ejemplo atrajo a otros jóvenes y poco a poco nació una fraternidad que se extendería por muchos lugares. En 1209 presentó en Roma su proyecto de vida al papa Inocencio III y recibió la aprobación de aquella nueva forma de vida cristiana. Francisco entendió que el carisma recibido de Dios debía ponerse al servicio de la Iglesia y de los hermanos.

La pobreza de Francisco no consistía solamente en no poseer cosas. Era, sobre todo, una manera de aprender a depender de Dios y de vivir con libertad. Quería que nada ocupara en su corazón el lugar que corresponde al Señor. Por eso eligió ser pequeño, humilde y hermano de todos. Su pobreza se convirtió en cercanía, solidaridad y entrega. No miraba a los necesitados desde lejos, sino que se acercaba a ellos y compartía su vida.

Francisco descubrió también que la fraternidad no tiene fronteras. Llamó hermanos y hermanas a quienes encontraba en el camino y llegó a contemplar toda la creación como un don de Dios. El sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra, los animales y todas las criaturas le hablaban de la bondad del Creador. De esta profunda experiencia nació el espíritu del Cántico de las criaturas, en el que la creación aparece como una gran alabanza a Dios. La Iglesia ha visto en esta sensibilidad de Francisco una llamada permanente a agradecer a Dios y a cuidar nuestra casa común.

Pero sería un error convertir a Francisco únicamente en el santo de la naturaleza o de la paz. El centro de su vida fue siempre Jesucristo. Su sencillez, su alegría, su amor a los pobres, su fraternidad y su respeto por la creación nacían de su deseo de configurarse con Cristo. El Papa Benedicto XVI destacó que Francisco había comprendido que ser cristiano consiste en una relación viva con la persona de Jesús y en dejarse transformar por Él.

Francisco fue también un hombre de paz. Su forma de anunciar el Evangelio no se apoyaba en el poder, la riqueza o la imposición, sino en la humildad y en el testimonio. Quería llevar a Cristo allí donde había enfrentamiento, división y sufrimiento. Su vida demuestra que el Evangelio puede transformar una persona y, a través de ella, transformar también una comunidad.

¿Y qué nos dice san Francisco a los cristianos de nuestro tiempo? Nos recuerda, ante todo, que no podemos vivir una fe solamente de palabras. El Evangelio pide ser encarnado en nuestra vida diaria. Nos invita a preguntarnos qué lugar ocupa realmente Jesucristo en nuestro corazón, si sabemos desprendernos de aquello que nos esclaviza, si somos capaces de acercarnos al que sufre y si nuestras relaciones con los demás están marcadas por la fraternidad.

También nos enseña que la verdadera riqueza no está en tener más, sino en saber agradecer y compartir. En una sociedad marcada tantas veces por el consumo, la preocupación por poseer y la búsqueda de reconocimiento, Francisco aparece como un testigo de una libertad diferente: la libertad de quien sabe que no necesita acumular para ser feliz.

Su vida nos recuerda igualmente que la creación no es un objeto que podamos utilizar sin medida, sino un regalo recibido de Dios. Cuidar la tierra, respetar la vida, usar responsablemente los bienes y evitar el despilfarro pueden ser también expresiones concretas de nuestra fe. Francisco nos enseña a mirar el mundo con agradecimiento y respeto, descubriendo en él las huellas del Creador.

Quizá el mayor mensaje de san Francisco sea su sencillez. No quiso ser grande ante los hombres; quiso ser fiel ante Dios. No buscó tener muchas cosas; quiso tener un corazón disponible. No quiso dominar; quiso servir. No quiso hacerse dueño de los demás; quiso llamarlos hermanos.

Por eso, después de ocho siglos, Francisco continúa hablando al corazón del hombre. Su vida nos invita a volver a lo esencial: Cristo en el centro, los pobres cerca, los hermanos a nuestro lado y la creación recibida como un regalo de Dios. San Francisco nos recuerda que cuando el Evangelio se vive con autenticidad, la sencillez se convierte en fuerza, la pobreza en libertad, el servicio en alegría y el amor en camino hacia Dios.

Que en este día pidamos al Señor aprender de san Francisco a vivir una fe más sencilla, más alegre y más comprometida; una fe capaz de mirar a Cristo, reconocerlo en los pobres, amar a nuestros hermanos y cuidar con gratitud la obra de sus manos.

PAZ Y BIEN

DIOS NOS CONFÍA SU VIÑA; ESPERA DE NOSOTROS FRUTOS DE AMOR.

El evangelio de este domingo nos habla del amor de Dios, de la responsabilidad del ser humano y, sobre todo, de Jesucristo como la piedra angular de nuestra salvación.

Jesús utiliza una imagen muy conocida en la Sagrada Escritura: la viña. Ya el profeta Isaías había presentado a Israel como una viña cuidada por Dios. Jesús retoma esa imagen, pero pone ahora el acento en los viñadores, es decir, en quienes han recibido la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a Dios.

El propietario prepara la viña con enorme cuidado: la planta, la protege, cava el lagar y construye la torre. Después la confía a unos labradores. Aquí aparece una primera enseñanza fundamental: todo lo que somos y tenemos es un don de Dios que se nos confía. No somos propietarios absolutos de nuestra vida, de nuestros talentos, de nuestros bienes ni siquiera de la Iglesia. Somos administradores de algo que pertenece al Señor.

El drama comienza cuando los viñadores olvidan que la viña no es suya. Se apoderan de ella y rechazan a los enviados del propietario. La parábola recuerda así la historia de los profetas, que muchas veces fueron rechazados cuando llamaban al pueblo a la conversión. Finalmente el propietario envía a su propio hijo. Jesús está anunciando de esta manera su propia pasión: el Hijo enviado por el Padre será rechazado y llevado a la muerte.

Pero aquí aparece la gran paradoja del Evangelio. Precisamente aquel que es rechazado se convierte en “la piedra angular”. La muerte de Jesús no será el fracaso definitivo, sino el camino hacia la resurrección. Los hombres pueden rechazar a Cristo, pero Dios lo constituye fundamento de una nueva humanidad.

Por eso, cuando Jesús dice que el Reino será entregado a quienes produzcan fruto, no está hablando de privilegios religiosos, sino de responsabilidad y fidelidad. El Reino de Dios no pertenece a quienes simplemente dicen creer, sino a quienes hacen que esa fe produzca frutos concretos: amor, justicia, misericordia, servicio, perdón y solidaridad.

Y esta palabra no está dirigida únicamente a los dirigentes de aquel tiempo. También nos habla a nosotros. La Iglesia, nuestras comunidades y cada cristiano hemos recibido la viña del Señor. Podemos cuidarla y hacerla fecunda, o podemos comportarnos como si fuera propiedad nuestra, buscando nuestros intereses y olvidando al verdadero dueño.

El Papa Francisco señalaba que esta parábola también es nuestra historia: la historia de la alianza de Dios con la humanidad, una historia marcada por el amor de Dios, pero también por nuestras infidelidades y rechazos.

El Evangelio de este domingo nos lleva, por tanto, a una pregunta muy concreta: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta con haber recibido la fe; hay que hacerla fructificar. No basta con pertenecer a una comunidad; hay que servirla. No basta con conocer el Evangelio; hay que vivirlo.

La gran invitación de Jesús es a devolver al Señor los frutos de la viña. Dios nos ha confiado mucho porque espera mucho de nosotros. Y su exigencia no nace de un deseo de dominarnos, sino del amor con el que ha preparado y cuidado nuestra vida.

La parábola termina señalando a Cristo como la piedra angular. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestra vida encuentra fundamento. Cuando tratamos de construirla al margen de Él, tarde o temprano terminamos apropiándonos de aquello que Dios nos había confiado.

Por eso, la pregunta esencial para este domingo podría ser: ¿estoy cuidando la viña del Señor o me estoy comportando como si fuera mía?

FELIZ DOMINGO

jueves, 1 de octubre de 2026

SALMO 61: TE LLAMO CON EL CORAZÓN DESFALLECIDO

El salmo 61 es una oración de confianza pronunciada desde el cansancio, la angustia y la sensación de estar lejos de Dios. Hay momentos en la vida en los que nos sentimos cansados, abatidos o sin fuerzas, como si estuviéramos lejos de todo y de todos. En esos momentos, este salmo nos invita a levantar la mirada hacia Dios y confiar en Él. No promete una vida sin dificultades, pero nos recuerda que siempre podemos encontrar en Dios una roca firme, un refugio seguro y unas alas que nos cobijan. Hoy también nosotros estamos llamados a preguntarnos: ¿dónde buscamos nuestra seguridad cuando llegan las dificultades?

2 Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica.
3 Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible.
4 Porque tú eres mi refugio y mi bastión contra el enemigo.
5 Habitaré siempre en tu morada, refugiado al amparo de tus alas.
6 Porque tú, oh Dios, escucharás mis votos y me darás la heredad de los que temen tu nombre.
7 Añade días a los días del rey, que sus años alcancen varias generaciones;
8 reine siempre en presencia de Dios: tu gracia y tu lealtad le hagan guardia.
9 Yo cantaré salmos a tu nombre, e iré cumpliendo mis votos día tras día.

El orante comienza suplicando: «Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica». No es una oración superficial, sino el grito de quien necesita ser escuchado. Cuando el corazón se encuentra abatido, la fe no consiste en negar el sufrimiento, sino en presentarlo sinceramente ante Dios.

La expresión «desde el confín de la tierra» simboliza la experiencia de sentirse lejos, desorientado o sin fuerzas. Sin embargo, incluso desde esa situación, el creyente sabe que Dios puede escucharle. Pide ser conducido a «una roca inaccesible», imagen de seguridad, firmeza y protección. Dios mismo es esa roca sobre la que se puede apoyar la vida cuando todo parece inseguro.

El salmo afirma que Dios es refugio y bastión frente al enemigo. La verdadera seguridad del creyente no está en sus propias fuerzas, ni en las riquezas, ni en el poder, sino en la presencia de Dios. «Al amparo de tus alas» aparece una imagen llena de ternura: Dios protege como quien cobija y guarda a sus hijos. No se trata solamente de un Dios poderoso, sino de un Dios cercano, misericordioso y protector.

El orante expresa también su deseo de «habitar siempre» en la morada de Dios. Esto manifiesta que la relación con Dios no debe limitarse a los momentos de necesidad. La fe está llamada a convertirse en una permanencia, en una manera de vivir constantemente en su presencia. Buscar a Dios significa hacer de Él el centro y fundamento de nuestra existencia.

La mención de la «heredad de los que temen tu nombre» recuerda que quienes confían en Dios reciben como riqueza más profunda la comunión con Él. El verdadero tesoro del creyente no consiste solamente en bienes materiales, sino en vivir según Dios, caminar en sus caminos y pertenecer a su pueblo.

La segunda parte del salmo presenta una oración por el rey. El deseo es que pueda vivir muchos años y gobernar bajo la mirada de Dios. Lo verdaderamente importante no es únicamente la duración de su vida, sino que su gobierno esté sostenido por la gracia y la fidelidad divina. El poder, para ser justo, necesita estar sometido a la verdad, al bien y a la responsabilidad ante Dios.

El salmo termina con una respuesta de gratitud: «Yo cantaré salmos a tu nombre». La súplica se transforma en alabanza. Quien ha experimentado la fidelidad de Dios descubre que la oración no termina cuando desaparece el problema, sino cuando nace un corazón agradecido. Además, el salmista se compromete a cumplir sus votos «día tras día». La fe auténtica no se reduce a palabras; se traduce en fidelidad, perseverancia y obras concretas.

Para nosotros hoy, este salmo tiene una gran actualidad. También vivimos momentos de inseguridad, preocupación, soledad y cansancio. A veces podemos sentirnos lejos de Dios o pensar que nuestras dificultades nos desbordan. Este salmo nos recuerda que precisamente en esas circunstancias podemos clamar a Dios con confianza.

Cristianamente, la imagen de la roca alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es fundamento firme, refugio y salvación. En Él descubrimos que Dios no abandona al que sufre, sino que permanece cercano y sostiene su vida. Por eso, cuando las dificultades nos hagan sentir abatidos, no debemos encerrarnos en la desesperanza, sino aprender a llevar nuestra fragilidad a la oración.

Este salmo nos invita también a revisar dónde ponemos nuestra seguridad. Muchas veces buscamos refugio en cosas que pasan, mientras Dios permanece como fundamento. La verdadera fe consiste en confiar en Él, permanecer bajo su amparo y caminar cada día en fidelidad. Así, incluso en medio de las dificultades, nuestra vida puede pasar del miedo a la confianza, de la súplica a la esperanza y de la esperanza a la alabanza.

domingo, 27 de septiembre de 2026

“LA FE SE DEMUESTRA CON OBRAS.”


Nuestra historia cristiana, a lo largo de tantos siglos, está llena de grandes palabras, profundas enseñanzas y hermosos sistemas doctrinales. Sin embargo, la verdadera fe no se demuestra solamente con lo que decimos o sabemos, sino con la manera en que vivimos el Evangelio cada día. Jesús no quiere que nos limitemos a admirar sus palabras, sino que las hagamos realidad en nuestras obras. Por eso sigue teniendo toda su fuerza aquella expresión: “obras son amores y no buenas razones”.

La parábola de los dos hijos, que encontramos en Mateo 21,28-32, nos sitúa ante esta cuestión fundamental: no basta con decir “sí” a Dios si después nuestra vida contradice ese sí. Uno de los hijos promete obedecer, pero no va a trabajar a la viña; el otro se niega inicialmente, pero recapacita y termina cumpliendo la voluntad de su padre. Jesús deja claro que lo verdaderamente importante es la respuesta concreta de nuestra vida, acompañada siempre de la posibilidad de arrepentirnos, cambiar y volver al camino de Dios.

La parábola denuncia también una religiosidad superficial, preocupada por las apariencias, las palabras y el cumplimiento externo, pero cerrada a la conversión. Por eso Jesús sorprende al afirmar que publicanos y prostitutas pueden llevar la delantera en el camino del Reino, porque han sabido reconocer su necesidad de salvación y abrirse a la gracia. Para Dios no cuentan las etiquetas que nosotros ponemos a las personas, sino la capacidad de reconocer el error, convertirse y comenzar una vida nueva.

Este mensaje no se limita al tiempo de Jesús. También las primeras comunidades cristianas conocieron divisiones, rivalidades y comportamientos guiados más por los gustos personales que por la coherencia con el Evangelio. San Pablo invita a los cristianos de Filipos a vivir unidos, con un mismo amor y un mismo sentir, poniendo como modelo al mismo Cristo, que no buscó privilegios, sino que se hizo uno de tantos y se entregó a los demás. Ser cristiano significa, por tanto, vivir como Jesús y no simplemente hablar de Él.

Jesús nos recuerda en otros momentos que no basta decir “Señor, Señor”, sino hacer la voluntad del Padre. El juicio final de Mateo 25 insiste en esta misma verdad: la fe se hace visible en las obras de misericordia, en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al necesitado y atender al que sufre. La vida cristiana consiste en armonizar lo que creemos con lo que hacemos, de modo que nuestra fe transforme verdaderamente nuestra conducta.

Pero esta llamada a las obras no significa que Dios cierre las puertas a quien alguna vez dijo “no”. Al contrario, la parábola manifiesta la inmensa paciencia de Dios, que siempre ofrece una nueva oportunidad. Dios no se rinde ante nuestros rechazos, nuestros fracasos ni nuestras incoherencias. Espera nuestro regreso y mira el corazón de cada persona. Por eso la conversión nunca debe considerarse imposible: nuestro “no” puede transformarse en un “sí” sincero y fecundo.

La Palabra de Dios nos invita también a revisar nuestra manera de juzgar a los demás. Con demasiada facilidad dividimos el mundo entre buenos y malos, entre los que consideramos nuestros y quienes creemos que están lejos de Dios. Sin embargo, Jesús se acerca precisamente a quienes se sienten pecadores, rechazados o necesitados de una segunda oportunidad. Mateo, Zaqueo, la mujer pecadora y tantos otros descubrieron que Dios no los condenaba, sino que los acogía, los perdonaba y los llamaba a una vida nueva.

También el profeta Ezequiel recuerda que Dios no quiere condenar al hombre, sino que espera su conversión. El justo puede apartarse del bien y el pecador puede volver al camino correcto. De ahí nace una gran responsabilidad personal: no podemos culpar siempre a los demás ni a Dios de nuestros errores. Necesitamos reconocer nuestros pecados, superar la autosuficiencia y confiar en el Señor, que es Padre y nos quiere.

San Pablo completa esta enseñanza presentando a Cristo como modelo de una vida entregada, humilde y coherente. No se trata de construir una fe basada únicamente en principios o discursos religiosos, sino de vivir de acuerdo con Jesús y actuar como Él actuó con las personas. Nuestra historia cristiana continúa hoy y nos plantea la misma pregunta: ¿nuestro sí a Dios se queda en palabras o se convierte en obras concretas de amor, servicio, humildad, perdón y misericordia? Ojalá sepamos escuchar al Señor, reconocer nuestros errores y cambiar de rumbo. Incluso cuando nuestro primer impulso sea decir “no”, siempre podemos recapacitar y comenzar de nuevo.

FELIZ DOMINGO