Te damos gracias, oh Dios, te
damos gracias, invocando tu nombre, tus maravillas pregonando.
«En el momento en que decida,
yo mismo juzgaré con rectitud.
Se estremece la tierra con
todos sus habitantes, mas yo sostengo sus columnas.
«Digo a los arrogantes: ¡Fuera
arrogancias!, y a los impíos: ¡No levantéis la frente,
no levantéis tan alto vuestra
frente, no habléis con un cuello de insolencia!»
Pues ya no es por oriente ni
por occidente, ya no por el desierto de los montes,
por donde Dios, el juez, a uno
abate y a otro exalta:
sino que hay una copa en la
mano de Yahveh, y de vino drogado está lleno el brebaje: él lo escanciará, y
sorberán hasta las heces, lo beberán todos los impíos de la tierra.
Y yo lo anunciaré por siempre,
salmodiaré para el Dios de Jacob;
quebraré toda frente de los
impíos, y la frente del justo se alzará.
“Dios es el juez: humilla al
soberbio y exalta al justo”
El Salmo 75 es un salmo de acción
de gracias y de juicio de Dios que gobierna la historia, sostiene el mundo, juzga
con justicia y acabará con las dudas que existen entre el mal y el bien, que se
asientan en el mundo y también en el corazón de las personas que vivimos en él.
Es como una respuesta a esa pregunta que se hacen muchos salmos sobre el futuro
de las personas malvadas y de las personas justas.
La Iglesia lo asume como una
oración de confianza frente a la injusticia y la arrogancia humana
“En el momento en que decida,
yo mismo juzgaré con rectitud” (Sal 75,3).
Este salmo educa al creyente en
una verdad central de la fe: Dios no es indiferente al bien y al mal, solo en El
descansa el gobierno y el juicio sobre todos los pueblos. El juicio de Dios
contra la gente soberbia y poderosa nos recuerda aquel otro de Jesús contra la
gente rica de su tiempo: “Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis
recibido vuestro consuelo” (Lc, 6,24)
“Se estremece la tierra con
todos sus habitantes, mas yo sostengo sus columnas” (Sal 75,4)
Dios
aparece como fundamento del orden creado y de la historia humana. Aunque el
mundo parezca tambalearse, no está abandonado al caos. “El Señor afianza el
mundo y no se moverá” (Sal 93,1), “Todo subsiste en Él” (Col 1,17), CEC
301: Dios “sostiene y gobierna todo lo que ha creado”, CEC 306: Dios
actúa en la historia respetando la libertad humana. San Agustín interpreta
las “columnas” como el orden providente de Dios que sostiene incluso a quienes
lo ignoran: “Aunque el mundo tiemble, no cae, porque es sostenido por Aquel
que no tiembla” (Enarrationes in Psalmos, 74)
“Digo a los arrogantes: ¡Fuera
arrogancias!” (Sal 75,5)
La soberbia
es presentada como el pecado que pretende usurpar el lugar de Dios. El salmo
denuncia la autosuficiencia del impío, que cree que su poder proviene de sí
mismo. “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”
(Prov 3,34; Sant 4,6) “El que se enaltece será humillado” (Lc 14,11). Jesús
retoma directamente esta enseñanza en su predicación sobre el Reino,
especialmente en las parábolas del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). CEC
1866: La soberbia es uno de los pecados capitales. CEC 2559: “La
humildad es el fundamento de la oración”. San Juan Crisóstomo afirma: “Nada
hace caer tanto al hombre como creerse elevado por sí mismo” (Homilías
sobre Mateo)
“No es por oriente ni por
occidente… por donde Dios, el juez, a uno abate y a otro exalta” (Sal
75,7-8)
El salmo
proclama una verdad radical: ningún poder humano decide el destino último del
hombre. Solo Dios juzga con verdad. “El Señor juzga hasta los confines de la
tierra” (1 Sam 2,10), “El Padre no juzga a nadie, sino que ha dado todo
juicio al Hijo” (Jn 5,22). Cristo es presentado como el Juez escatológico,
especialmente en Mateo 25,31-46. CEC 678: Cristo vendrá “para juzgar a vivos
y muertos”. CEC 679: El juicio revelará el sentido último de la historia.
San Ireneo enseña que el juicio de Dios no es arbitrario, sino medicinal: “Dios
juzga para restaurar el orden que el pecado ha herido” (Adversus Haereses,
IV)
“Hay una copa en la mano de
Yahveh… la beberán todos los impíos de la tierra” (Sal 75,9)
La imagen
de la copa expresa la certeza del juicio, pero también anticipa el lenguaje
pascual del Nuevo Testamento. Jer 25,15: la copa de la ira, Ap 14,10: la
copa del juicio definitivo. Cristo asume esta imagen al decir: “Padre,
si es posible, pase de mí esta copa” (Mt 26,39). Jesús bebe la copa del
juicio en lugar de los pecadores, revelando que el juicio de Dios se manifiesta
plenamente en la Cruz. CEC 604: Cristo se ofrece libremente por los
pecadores. CEC 615: La cruz es sacrificio redentor. San Cirilo de
Jerusalén: “La copa que era de condenación se convirtió en salvación cuando
Cristo la bebió” (Catequesis, XIII)
“La frente del justo se
alzará” (Sal 75,11)
El salmo
concluye con esperanza: la justicia de Dios no fracasa. El justo será exaltado,
no por mérito propio, sino por la fidelidad de Dios. “Los humildes heredarán
la tierra” (Sal 37,11; Mt 5,5), “Dios lo exaltó y le dio el Nombre sobre
todo nombre” (Flp 2,9), CEC 1819: La esperanza cristiana se apoya en las
promesas de Dios. CEC 2010: La iniciativa pertenece siempre a Dios. San
Gregorio Magno: “Dios levanta al justo cuando este deja de levantarse a sí
mismo” (Moralia in Job)
El Salmo 75 enseña al creyente a vivir
con humildad, esperanza y confianza. Frente a la injusticia del mundo, la
Iglesia proclama que Dios reina, juzga y salva. En Cristo, este salmo alcanza
su plenitud: el Juez se hace Salvador y la copa del juicio se transforma en
cáliz de redención.