Antes de la Eucaristía,
escuchamos el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén (cf. Evangelio según
San Mateo 21,1-11). Jesús entra montado en un burro, signo de humildad y de un
mesianismo radicalmente distinto al esperado.
Mientras las autoridades —como Poncio
Pilato— entraban con poder y aparato militar, Jesús lo hace en sencillez. El
pueblo lo aclama con ramos y cantos de “Hosanna”, pero esa misma multitud
pronto cambiará de actitud.
Este contraste nos interpela: ¿Seguimos
a Cristo solo en los momentos de entusiasmo o también en el camino de la cruz?
La liturgia
de la Palabra ofrece una profunda unidad teológica: Isaías (Canto del
Siervo): anticipa a un siervo que sufre sin rebelarse. Salmo 21:
expresa el clamor del justo perseguido que confía en Dios. Filipenses 2:
proclama el misterio de la humillación y exaltación de Cristo.
“Se humilló a sí mismo,
obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.”
Todo converge en la proclamación
de la Pasión según Evangelio según San Mateo (Mt 26–27). Evangelio
que se vive
La lectura
de la Pasión no es solo un relato histórico, sino un Evangelio vivo,
proclamado en la liturgia para ser experimentado interiormente. No se trata de
analizarlo únicamente, sino de situarse dentro de la escena: ¿Soy como
Pedro, que niega?, ¿Como Judas, que traiciona?, ¿Como los discípulos que huyen?,¿O
como el centurión que reconoce al Hijo de Dios?
Este texto nació para la
liturgia, y es en ella donde despliega toda su fuerza espiritual. El
evangelista Mateo ofrece una visión profundamente rica:
- Cristo, Mesías en cumplimiento de las Escrituras. Todo sucede “para que se cumpla” el designio de Dios. La Pasión no es un accidente, sino parte del misterio de la salvación.
- El drama del rechazo. Jesús es rechazado por las autoridades religiosas. No se trata de culpar a un pueblo, sino de reconocer el drama universal del rechazo del bien.
- Una lectura eclesial. Mateo escribe para una comunidad creyente: la Pasión no es solo memoria, sino modelo de vida para la Iglesia.
- No una exaltación del sufrimiento. Dios no quiere el sufrimiento en sí mismo. Jesús no busca la cruz por la cruz, sino que permanece fiel al Reino incluso cuando eso le conduce a ella. La clave no es el dolor, sino el amor llevado hasta el extremo.
La Pasión no debe reducirse a una narración dramática o emocional. No es un relato “gore”, sino una revelación del amor de Dios. Jesús no sufrió más que otros crucificados de su tiempo, pero su diferencia está en que: asumió libremente ese sufrimiento por amor, se identificó con todos los que sufren y transformó la cruz en camino de salvación. Por eso, la liturgia siempre contempla la Pasión desde la luz de la Resurrección.
La Iglesia
nos invita esta semana a algo muy concreto: acompañar interiormente a Jesús.
Podemos hacerlo: Meditando los Cantos del Siervo de Isaías, Contemplando un
crucifijo, Participando en las celebraciones y procesiones, Orando
personalmente con los textos de la Pasión. Se trata de entablar un diálogo
interior: ¿Qué me dice Cristo desde la cruz?, ¿Qué le respondo yo?
El Domingo
de Ramos no es solo una tradición bella; es una puerta de entrada a la gran
semana de la fe. Comenzamos con ramos en las manos, pero estamos llamados a
recorrer un camino: del entusiasmo superficial a la fidelidad profunda, del
ruido exterior al silencio interior de la cruz
Al iniciar
esta Semana Santa, la Iglesia nos invita a entrar en el misterio de un Dios que
se entrega totalmente por amor. Que, acompañando a Jesucristo en su Pasión,
podamos: comprender más profundamente su amor, dejarnos transformar
interiormente y llegar a la Pascua renovados en la esperanza. Porque la cruz no
es el final: es el camino hacia la vida nueva.
FELIZ
DOMINGO DE RAMOS









