Nuestro conocimiento es todavía
parcial, hasta que llegue lo perfecto. Para hacernos capaces de alcanzarlo, Él,
siendo igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la
forma de siervo, para transformarnos a imagen de Dios. Así, siendo el Hijo
único de Dios, se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres
llegaran a ser hijos de Dios. Alimentándonos con su condición visible, nos
conduce a la libertad de contemplar la gloria divina.
Ahora somos hijos de Dios, aunque
aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste,
seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Esa plenitud es la meta
de nuestra existencia: ser colmados por la sabiduría, la verdad y la vida que
proceden de Dios. “Muéstranos al Padre y nos basta”: este anhelo humano
encuentra su respuesta en Cristo, porque Él y el Padre son uno. Quien ve a
Cristo, ve al Padre.
Sin embargo, mientras
peregrinamos en este mundo, caminamos en la fe. Todavía no contemplamos
plenamente a Dios, pero celebramos con devoción la encarnación del Hijo. Si no
podemos aún comprender al que fue engendrado eternamente por el Padre, nos
acercamos al que nació de la Virgen. Si no estamos preparados para el banquete
definitivo, reconocemos al menos el pesebre del Señor. Este camino pedagógico
nos introduce progresivamente en el misterio de Dios.
La resurrección de Jesucristo
manifiesta de modo definitivo que Él es el Hijo de Dios. Desde este
acontecimiento nace el nuevo pueblo de Dios, no fundado en la sangre ni en el
linaje, sino en el bautismo. Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres
pero elegida por Dios. En Él se edifica una comunidad nueva, llamada a ser
signo de fraternidad universal en medio de un mundo dividido.
En el Evangelio según san Juan,
Jesús se revela con palabras de profunda densidad teológica: “Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Estas palabras no son
abstracciones, sino realidades existenciales. El camino es para ser recorrido,
la verdad para ser vivida, y la vida para ser compartida. En la tradición
bíblica, la verdad no es una idea, sino una realidad que se realiza en la
fidelidad y en la práctica.
Jesús se presenta como el único
mediador que nos conduce al Padre. No se trata de un exclusivismo cerrado, sino
de una revelación plena: en Él, Dios se hace cercano, accesible, comprensible
como Padre. La cristología Joánica expresa que no es posible conocer
verdaderamente a Dios sino a través de Jesús, porque en Él se nos manifiesta el
rostro auténtico de Dios.
Ante las inquietudes y temores de
la vida, Jesús nos dice: “No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en
mí”. La fe en la resurrección nos permite mirar la realidad con esperanza. Ni
el sufrimiento ni la muerte tienen la última palabra. El destino final del ser
humano es la comunión con Dios, donde no habrá dolor ni muerte, sino vida
plena.
Jesús revela a un Dios que es
Padre misericordioso, que ama sin distinción, que cuida de todos y que invita a
la confianza. Un Padre que acoge al hijo perdido, que hace salir el sol sobre
buenos y malos, que escucha la oración y concede su Espíritu a quien lo pide.
Este Dios, revelado por Jesús, transforma nuestra imagen de lo divino y
fundamenta una relación basada en la confianza y el amor.
“Quien me ha visto a mí ha visto
al Padre”. Esta afirmación resume la novedad cristiana: Dios se ha hecho
visible en Jesucristo. Él es el mediador definitivo entre Dios y los hombres,
el camino que nos introduce en la comunión trinitaria. En Él podemos llamar a
Dios “Abbá”, Padre, y experimentar la salvación.
Seguir a Cristo implica recorrer
su mismo camino: un camino de entrega, de servicio y de amor. Como muestra la
comunidad apostólica, las tensiones no se resuelven con división, sino con
servicio. El gesto de Jesús lavando los pies a sus discípulos se convierte en
modelo permanente: amar es servir.
Así, la Iglesia está llamada a
ser un pueblo nuevo, edificado sobre Cristo, donde todos participan de la vida
del Resucitado. Un pueblo que vive la fraternidad, que acoge la diversidad y
que trabaja por la unidad. De este modo, se convierte en signo del Reino de
Dios en el mundo.
Jesucristo es, en definitiva, el
Camino que hemos de recorrer, la Verdad que hemos de vivir y la Vida que
estamos llamados a compartir. En Él encontramos el sentido pleno de nuestra
existencia y la esperanza definitiva de nuestra salvación.
¡FELIZ DOMINGO!










