El Salmo 111 es un canto de alabanza que invita al creyente a contemplar las obras de Dios con un corazón agradecido y lleno de admiración. Desde sus primeras palabras, el salmista nos introduce en una actitud fundamental de la vida cristiana: la gratitud por las obras de Dios ofrecidas a todo el mundo sin distinción, que responden a una alianza preestablecida de la que Dios siempre respondió y siempre seguirá respondiendo. Dar gracias a Dios no es solamente un gesto ocasional, sino una disposición interior que brota del reconocimiento de su presencia constante y de su acción salvadora en la historia.
Grandes son las obras de
Yahvé, meditadas por todos que las aman.
Actúa con esplendor y
majestad, su justicia permanece para siempre.
De sus proezas dejó un
memorial. ¡Clemente y compasivo Yahvé!
Dio de comer a quienes lo
honran, se acuerda por siempre de su alianza.
Reveló a su pueblo la
fuerza de su acción, les dio como herencia las naciones.
Su mano actúa con verdad y
justicia, son leales todos sus mandatos,
válidos para siempre jamás,
Para cumplirlos con verdad y rectitud.
Envió la redención a su
pueblo, determinó para siempre su alianza; santo y temible es su nombre.
Principio del saber es
temer al Señor; son cuerdos los que lo practican. Su alabanza permanece para
siempre.
Este salmo destaca la grandeza de
las obras del Señor, subrayando que ellas deben ser meditadas por quienes las
aman. La fe no es superficial ni improvisada; exige contemplación, memoria y
reflexión. El creyente está llamado a descubrir en los acontecimientos de la
vida la huella de Dios, reconociendo que su actuar está lleno de esplendor y
majestad.
El texto resalta también la
justicia divina, que no es pasajera ni cambiante, sino eterna y firme. En un
mundo marcado por la fragilidad y la incertidumbre, el salmo recuerda que Dios
permanece fiel. Su justicia no solo corrige, sino que restaura y conduce al ser
humano hacia la plenitud de la vida.
Otro rasgo fundamental que el
salmista presenta es la misericordia de Dios. Él es clemente y compasivo,
atento a las necesidades de su pueblo. Esta afirmación revela el rostro cercano
de Dios, que no se mantiene distante, sino que acompaña, alimenta y sostiene a
quienes confían en Él. La referencia al alimento recuerda que Dios provee tanto
lo material como lo espiritual, mostrando su cuidado providente.
El salmo insiste en la fidelidad
de Dios a su alianza. A lo largo de la historia de la salvación, Dios se
compromete con su pueblo y nunca abandona sus promesas. Esta fidelidad es un
fundamento sólido para la esperanza cristiana, pues enseña que la relación con
Dios no depende de la perfección humana, sino de su amor constante.
Asimismo, se destaca que las
obras de Dios están marcadas por la verdad y la justicia. Sus mandamientos no
son imposiciones arbitrarias, sino caminos que orientan al ser humano hacia una
vida recta y digna. La ley divina aparece como expresión de la sabiduría de
Dios, que guía a su pueblo hacia el bien.
El salmo también recuerda la
redención realizada por Dios. La salvación es presentada como iniciativa divina
que libera y renueva. En la tradición cristiana, esta redención alcanza su
plenitud en Jesucristo, quien manifiesta de manera definitiva el amor salvador
de Dios.
La proclamación de la santidad
del nombre de Dios invita al creyente a reconocer su grandeza y trascendencia.
Dios es cercano, pero sigue siendo el Santo, aquel que supera toda comprensión
humana y que merece adoración y respeto profundo.
El salmo culmina con una
enseñanza sapiencial de gran importancia: acoger a ese Dios que así se ofrece
es propio de gente sensata, el temor del Señor es el principio de la sabiduría.
Este temor no debe entenderse como miedo, sino como reverencia amorosa y
reconocimiento de la soberanía de Dios. Quien vive en esta actitud aprende a
orientar su vida según la voluntad divina y encuentra el verdadero sentido de
la existencia.
La santidad de Dios que así se
manifiesta y realiza entre la gente también la experimentó María la madre de
Jesús: “porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su
nombre” (Lc 1, 49)
Este salmo es una invitación a
cultivar una fe agradecida, consciente de las maravillas que Dios realiza en la
comunidad y en cada persona. Nos anima a recordar la historia de salvación y a
transmitirla a las nuevas generaciones como fuente de esperanza.
Además, nos exhorta a vivir una
fe coherente, donde la alabanza se traduzca en obras de justicia, caridad y
fidelidad al Evangelio. La verdadera alabanza no se limita a las palabras, sino
que se expresa en una vida transformada por el amor de Dios.
Finalmente, el Salmo 111 nos
recuerda que la alabanza a Dios es eterna. La comunidad creyente está llamada a
ser testigo permanente de su bondad, proclamando con la vida y con la palabra
que el Señor sigue actuando en medio de su pueblo. Así, este salmo se convierte
en una escuela de oración, gratitud y sabiduría para todos los fieles.










