La primera lectura, con la voz dolida del
profeta Jeremías, nos muestra que la persecución no es una excepción en la
historia de la fe. El profeta sufre, es vigilado y acechado, pero no se
encierra en la amargura ni responde con venganza. Su fuerza nace de una certeza
sencilla y poderosa: el Señor está con él. Por eso puede decir: “A ti he
encomendado mi causa”. La fe madura cuando aprendemos a poner nuestra vida,
nuestras heridas y nuestras luchas en las manos de Dios, convencidos de que Él
no abandona a quienes confían en su nombre.
San Pablo, en la carta a los Romanos, amplía
todavía más este horizonte. Frente al pecado y la muerte que entraron en el
mundo por el desorden del primer hombre, resplandece con mayor fuerza la gracia
desbordante de Jesucristo. Allí donde el ser humano descubre su fragilidad,
Dios responde con un don más grande todavía. Esta es la gran noticia cristiana:
no vivimos bajo el signo de la condena, sino bajo el signo de la gracia. Por
eso la respuesta adecuada no es el desaliento, sino el agradecimiento; no la resignación,
sino la alegría humilde de sabernos salvados por puro amor.
Desde ahí se entiende mejor la insistencia de
Jesús en el Evangelio: “No tengáis miedo”. Lo repite varias veces porque sabe
que el discípulo se enfrenta a muchas formas de presión. Hay un miedo visible,
hecho de rechazo, persecución o burla; y hay otro más sutil, que nace del deseo
de callar la verdad para no incomodar a nadie. Jesús no invita a buscar el
enfrentamiento, sino a no esconder el Evangelio. Lo que ha sido revelado no
puede quedar encerrado en lo secreto, porque la fe no es un tesoro privado, sino
una luz destinada a iluminar la vida entera y a ser compartida con todos.
Por eso el discípulo no debe vivir una
religiosidad intimista, acomodada o meramente sociológica. Ser cristiano no
consiste solo en conservar unas costumbres, sino en tomar una opción personal
por Cristo que toque la conciencia, las decisiones y el modo de estar en el
mundo. El Evangelio no se impone por la fuerza, pero tampoco se diluye para
resultar inofensivo. Está llamado a transformar la persona y la historia, a dar
sabor como la sal, a alumbrar como la luz, a abrir caminos nuevos en medio de
una cultura que a menudo prefiere el silencio antes que la verdad.
Jesús, además, corrige nuestros miedos más
hondos. No teme quien sabe que el Padre cuida hasta de los gorriones y cuenta
incluso los cabellos de nuestra cabeza. Esta imagen tierna y fuerte a la vez
nos recuerda que la providencia de Dios no es una idea abstracta, sino una
cercanía real. El Señor conoce nuestra fragilidad, acompaña nuestras noches y
sostiene nuestra fidelidad cuando parece que todo se tambalea. La confianza
cristiana no elimina las pruebas, pero nos hace vivirlas con esperanza, sin
dejarnos dominar por la angustia ni por la sensación de abandono.
En este contexto adquiere un valor especial
la confesión pública de la fe: “Al que me reconozca ante los hombres, yo
también lo reconoceré ante mi Padre”. No se trata de una bravata religiosa,
sino de la coherencia de quien ha encontrado en Cristo el sentido de su vida.
Confesar a Jesús es vivir de tal modo que el Evangelio se note en el modo de
trabajar, de hablar, de perdonar, de servir, de cumplir las obligaciones y de
tratar a los demás. El testimonio cristiano es sobrio, pero visible; humilde,
pero firme; respetuoso, pero sin vergüenza de la verdad que lo habita.
También hoy la Iglesia necesita discípulos
con temple profético: hombres y mujeres capaces de dejarse guiar por Dios más
que por el miedo, por la verdad más que por la presión, por la misión más que
por la comodidad. No se nos pide agresividad ni polémica, sino libertad
interior; no se nos pide dureza, sino valentía serena; no se nos pide
triunfalismo, sino fidelidad. Quien se sabe amado por Dios ya no vive esclavo
de la opinión ajena. Puede caminar con paz, responder con mansedumbre y seguir
anunciando que el Reino de Dios está cerca.
Al final, toda esta Palabra desemboca en una
llamada sencilla y exigente: confiar, agradecer y dar testimonio. Confiar,
porque Dios es más grande que el miedo. Agradecer, porque la gracia de Cristo
supera infinitamente nuestro pecado. Y dar testimonio, porque el Evangelio no
ha sido confiado a la Iglesia para guardarlo, sino para anunciarlo. Que esta
Eucaristía nos haga pasar de la inquietud a la certeza, de la timidez a la
palabra valiente, y del cristianismo encerrado en sí mismo a una fe abierta,
luminosa y misionera.
FELIZ DOMINGO











