PARROQUIA SAN MIGUEL DE OIA
jueves, 22 de octubre de 2026
SALMO 64: DIOS ESCUCHA AL INOCENTE Y CONOCE LA VERDAD DEL CORAZÓN.
jueves, 15 de octubre de 2026
SALMO 63: SED DE DIOS, CONFIANZA Y ALABANZA
1
Cuando estaba en el desierto de Judá. Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser
tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua.
2
Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti, por ti languidece mi
cuerpo, como erial agotado, sin agua.
3
Así como te veía en el santuario, contemplando tu fuerza y tu gloria,
4
-pues tu amor es mejor que la vida, por eso mis labios te alaban-,
5
así quiero bendecirte en mi vida, levantar mis manos en tu nombre;
6
me saciaré como de grasa y médula, mis labios te alabarán jubilosos.
7
Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti,
8
porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas;
9
mi ser se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene.
10
Mas los que tratan de acabar conmigo, ¡caigan en las honduras de la tierra!
11
¡Sean pasados a filo de espada, sirvan de presa a los chacales!
El Salmo 63 es una oración nacida
en el desierto de Judá, un lugar donde la falta de agua hace experimentar
profundamente la fragilidad de la vida. En medio de esa soledad, el salmista
descubre que su necesidad más profunda no es solamente la del agua que sacia el
cuerpo, sino la de Dios, que da sentido y plenitud a toda la existencia. Por
eso comienza con una confesión de fe llena de intimidad: «Dios, tú mi Dios, yo
te busco, mi ser tiene sed de ti». No se trata de conocer a Dios únicamente de
oídas, sino de buscarlo personalmente, establecer con él una relación viva y
descubrir que nuestra vida encuentra en él su verdadero fundamento.
La sed de Dios expresa el deseo
profundo del corazón humano, esa búsqueda de felicidad, amor y esperanza que
ninguna posesión material puede satisfacer plenamente. Podemos tener muchas
cosas y, sin embargo, experimentar un vacío interior; podemos estar rodeados de
personas y sentirnos solos. El salmo nos invita a reconocer que necesitamos
alimentar nuestra vida espiritual y abrirnos a la presencia del Señor. La fe no
elimina nuestros deseos, sino que los orienta hacia aquel que puede darles su
sentido definitivo.
El salmista recuerda la fuerza y
la gloria de Dios contempladas en el santuario. La memoria de los encuentros
con el Señor sostiene su oración incluso cuando se encuentra lejos de aquel
lugar. También nosotros estamos llamados a recordar los momentos en los que
hemos experimentado la cercanía de Dios: una celebración eucarística, la
escucha de su Palabra, el perdón recibido, la ayuda de una persona o la paz
encontrada en medio de una dificultad. La memoria agradecida fortalece la fe
cuando atravesamos tiempos de oscuridad.
El centro del salmo se encuentra
en esta afirmación: «Tu amor es mejor que la vida». El salmista no desprecia la
existencia, sino que reconoce que el amor de Dios es el bien supremo que da
valor a todo lo demás. Su fidelidad no depende de que las circunstancias sean
favorables ni desaparece cuando llegan el sufrimiento, la enfermedad o la
incertidumbre. Quien descubre este amor puede seguir confiando aun sin
comprender todos los acontecimientos de su vida.
De esa experiencia brota la alabanza.
El creyente bendice a Dios no solo cuando todo marcha bien, sino también cuando
necesita fuerzas para seguir adelante. Alabar significa reconocer que Dios
continúa siendo bueno y fiel, incluso cuando nosotros atravesamos el desierto.
Por eso la oración no es solamente una petición para que el Señor resuelva
nuestros problemas; es también gratitud, adoración y entrega confiada.
El salmista habla de saciarse con
un alimento abundante. Esta imagen expresa la alegría interior que nace del
encuentro con Dios. Quien alimenta su fe mediante la oración, la Palabra y la
participación en la vida de la comunidad cristiana encuentra una fuerza que no
depende únicamente de los bienes materiales. Para los cristianos, esta
experiencia alcanza una expresión privilegiada en la Eucaristía, donde Cristo
se entrega como Pan de Vida y nos invita a permanecer unidos a él.
Incluso durante la noche, el
pensamiento del salmista permanece vuelto hacia Dios. Su oración no se limita a
un momento determinado, sino que se convierte en una actitud interior que
acompaña toda su existencia. También nosotros podemos aprender a poner nuestras
preocupaciones en manos del Señor al terminar el día, agradecer lo vivido y
confiarle aquello que no hemos podido resolver. Recordar a Dios en el silencio
nos ayuda a no quedar prisioneros de nuestros miedos.
La imagen de las alas protectoras
expresa ternura, refugio y seguridad. El salmista no afirma que nunca tendrá
dificultades, sino que no estará abandonado cuando estas lleguen. La confianza
cristiana no consiste en esperar una vida sin problemas, sino en creer que el
Señor nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda a encontrar un camino incluso en
las situaciones más difíciles. Cuando afirma que su alma se aprieta contra Dios
y que la diestra divina lo sostiene, manifiesta una relación de cercanía y
dependencia amorosa.
Los últimos versículos expresan
el deseo de justicia frente a quienes buscan destruir al orante. Este lenguaje
pertenece a la experiencia de conflicto y amenaza propia de muchos salmos.
Desde la luz del Evangelio de Jesucristo, los cristianos estamos llamados a
confiar la justicia a Dios sin convertir el sufrimiento en odio ni responder al
mal con venganza. Jesús nos enseña a amar a los enemigos, a orar por quienes
nos persiguen y a trabajar por la verdad y la justicia, defendiendo a quienes
sufren la violencia.
Este salmo tiene una profunda
actualidad. Vivimos en una sociedad que con frecuencia busca llenar el corazón
mediante el consumo, el éxito, la apariencia o la acumulación de experiencias,
pero que no siempre encuentra paz. La Palabra de Dios nos recuerda que existe
una sed más profunda que ninguna realidad pasajera puede saciar. Necesitamos
espacios de silencio, oración, fraternidad y servicio para descubrir de nuevo
lo esencial.
Como comunidad parroquial, este
salmo nos invita a ser testigos del amor de Dios. No basta con hablar de él:
estamos llamados a mostrar su cercanía a las personas solas, acompañar a
quienes sufren, compartir con quienes pasan necesidad y ofrecer esperanza a
quienes atraviesan sus propios desiertos. La fe se hace visible cuando nuestra
vida refleja la misericordia que recibimos del Señor.
El Salmo 63 nos enseña, en
definitiva, que buscar a Dios es aprender a vivir desde su amor. Cuando
reconocemos nuestra sed espiritual, dejamos que él transforme nuestros deseos,
nuestras preocupaciones y nuestra manera de relacionarnos con los demás. Y descubrimos
que, incluso en el desierto, es posible alabar, esperar y seguir caminando.
Dios no siempre elimina el desierto de nuestra vida, pero su amor puede
convertirse en la fuente que nos mantiene en pie.
domingo, 11 de octubre de 2026
TODOS ESTAMOS INVITADOS AL BANQUETE DEL REINO
El rey representa a Dios Padre,
el hijo nos remite a Jesucristo y el banquete simboliza la comunión con Dios,
la plenitud del Reino y la salvación que se nos ofrece gratuitamente. La boda
es una fiesta de alegría, de encuentro y de alianza. Dios prepara la mesa y
llama a sus hijos, pero respeta nuestra libertad. Podemos escuchar su
invitación y aceptarla, o podemos desentendernos de ella y continuar viviendo
como si no necesitáramos de su presencia.
Lo más sorprendente de la
parábola es que algunos invitados rechazan la llamada. Unos se marchan a sus
tierras, otros atienden sus negocios y algunos llegan incluso a maltratar a los
mensajeros. No todos rechazan a Dios por maldad; a veces, simplemente, otras
preocupaciones ocupan el primer lugar de su vida. Jesús nos invita a
preguntarnos si también nosotros estamos tan absorbidos por el trabajo, las
responsabilidades, las posesiones o nuestras preocupaciones que apenas nos
queda tiempo para Dios.
La parábola nos recuerda que la
invitación divina exige una respuesta. No basta con que Dios nos llame; es
necesario que abramos nuestro corazón y le permitamos entrar en nuestra vida.
El Señor no quiere una relación basada únicamente en costumbres, obligaciones o
palabras, sino una fe que transforme nuestra manera de pensar, de amar y de
actuar.
Ante el rechazo de los primeros
invitados, el rey manda llamar a todos los que encuentren por los caminos,
buenos y malos, y la sala se llena de comensales. Aquí descubrimos una de las
enseñanzas más hermosas del Evangelio: la llamada de Dios está abierta a
todos. Nadie queda excluido de antemano por su pasado, su debilidad, su
condición social o sus errores. Dios sale al encuentro de quienes están lejos y
ofrece a cada persona la posibilidad de comenzar una vida nueva.
Esta universalidad de la
salvación se manifiesta plenamente en Jesucristo, que viene a buscar a los
pecadores, acoge a los marginados y anuncia el amor del Padre a todos los
pueblos. La Iglesia está llamada a continuar esta misión, no como un grupo
cerrado de personas perfectas, sino como una comunidad que anuncia el
Evangelio, acoge con misericordia y ayuda a todos a caminar hacia la santidad.
Sin embargo, Jesús introduce un
detalle que nos hace reflexionar: uno de los invitados no lleva el traje de
fiesta. ¿Qué significa este vestido? No se trata simplemente de una apariencia
exterior, sino de la disposición interior que debe acompañar nuestra respuesta
a Dios. La gracia es gratuita, pero no nos deja indiferentes; nos invita a
cambiar de vida, a abandonar el egoísmo y a revestirnos de sentimientos de
misericordia, bondad, humildad, justicia y amor.
Por eso, no podemos conformarnos
con decir que somos cristianos, recibir los sacramentos o participar en las
celebraciones religiosas si después nuestra vida contradice el Evangelio. El
vestido de fiesta representa esa fe viva que se hace visible en nuestras obras,
en el perdón que ofrecemos, en la generosidad con los necesitados, en la
sinceridad de nuestras relaciones y en el compromiso con quienes sufren.
Las palabras finales de Jesús,
«muchos son los llamados y pocos los elegidos», no pretenden desanimarnos ni
presentarnos a un Dios que desea excluirnos. Son una advertencia para que no
desperdiciemos la invitación recibida. Dios nos llama a todos, pero espera que
respondamos libremente y que nuestra fe dé frutos. La salvación es don de su
gracia y, al mismo tiempo, exige nuestra colaboración y nuestra conversión.
Hoy este Evangelio, nos recuerda
que el Señor sigue preparando la mesa y continúa invitándonos. Nos llama en la
oración, en la Palabra, en la Eucaristía, en la vida de nuestra comunidad y,
especialmente, en el rostro de quienes necesitan nuestra ayuda. Cada día se nos
ofrece la oportunidad de responder con generosidad, sin aplazar indefinidamente
lo esencial.
Nuestras parroquias han de ser
hogares abiertos, donde cada persona encuentre acogida, comprensión y una
oportunidad para acercarse a Cristo. No podemos cerrar las puertas a quienes
buscan a Dios, sino acompañarlos con paciencia, ayudándolos a descubrir que el
Evangelio transforma la vida.
El banquete de bodas nos anuncia,
finalmente, la alegría de la comunión definitiva con Dios. Su invitación es una
llamada al amor, a la esperanza y a una vida renovada. Acojamos, pues, la
invitación del Señor, vistamos nuestro corazón con las obras del Evangelio y
hagamos de nuestra existencia una respuesta agradecida a su amor. No basta con
estar invitados: estamos llamados a vivir de tal manera que nuestra vida se
convierta en una verdadera fiesta para Dios y para los demás.
FELIZ DOMINGO
jueves, 8 de octubre de 2026
SALMO 62: SOLAMENTE EN DIOS REPOSA MI ALMA
domingo, 4 de octubre de 2026
SAN FRANCISCO DE ASÍS: UN EVANGELIO VIVIDO
Uno de los momentos decisivos de su conversión fue el encuentro con los pobres y, especialmente, con los leprosos. Aquello que antes le producía rechazo comenzó a contemplarlo con una mirada nueva. En el rostro del pobre descubrió el rostro de Cristo. El amor a los pobres y la imitación de Jesús pobre quedaron unidos para siempre en su camino espiritual. El Papa León XIV ha recordado precisamente que, en el leproso, Francisco encontró a Cristo mismo y que aquel encuentro cambió su vida.
Otro momento fundamental fue su oración ante el crucifijo de San Damián. Allí comprendió que Jesús no era simplemente una figura del pasado, sino una Persona viva que le llamaba a entregarse totalmente. Francisco quiso seguir a Cristo de una manera radical, sencilla y despojada. Ante el obispo de Asís renunció a la herencia de su padre y comenzó una nueva vida marcada por la pobreza, la oración, el trabajo, la predicación y el servicio a los demás.
Francisco no buscó fundar una obra basada en su propia grandeza. Quiso simplemente vivir el Evangelio. Su ejemplo atrajo a otros jóvenes y poco a poco nació una fraternidad que se extendería por muchos lugares. En 1209 presentó en Roma su proyecto de vida al papa Inocencio III y recibió la aprobación de aquella nueva forma de vida cristiana. Francisco entendió que el carisma recibido de Dios debía ponerse al servicio de la Iglesia y de los hermanos.
La pobreza de Francisco no consistía solamente en no poseer cosas. Era, sobre todo, una manera de aprender a depender de Dios y de vivir con libertad. Quería que nada ocupara en su corazón el lugar que corresponde al Señor. Por eso eligió ser pequeño, humilde y hermano de todos. Su pobreza se convirtió en cercanía, solidaridad y entrega. No miraba a los necesitados desde lejos, sino que se acercaba a ellos y compartía su vida.
Francisco descubrió también que la fraternidad no tiene fronteras. Llamó hermanos y hermanas a quienes encontraba en el camino y llegó a contemplar toda la creación como un don de Dios. El sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra, los animales y todas las criaturas le hablaban de la bondad del Creador. De esta profunda experiencia nació el espíritu del Cántico de las criaturas, en el que la creación aparece como una gran alabanza a Dios. La Iglesia ha visto en esta sensibilidad de Francisco una llamada permanente a agradecer a Dios y a cuidar nuestra casa común.
Pero sería un error convertir a Francisco únicamente en el santo de la naturaleza o de la paz. El centro de su vida fue siempre Jesucristo. Su sencillez, su alegría, su amor a los pobres, su fraternidad y su respeto por la creación nacían de su deseo de configurarse con Cristo. El Papa Benedicto XVI destacó que Francisco había comprendido que ser cristiano consiste en una relación viva con la persona de Jesús y en dejarse transformar por Él.
Francisco fue también un hombre de paz. Su forma de anunciar el Evangelio no se apoyaba en el poder, la riqueza o la imposición, sino en la humildad y en el testimonio. Quería llevar a Cristo allí donde había enfrentamiento, división y sufrimiento. Su vida demuestra que el Evangelio puede transformar una persona y, a través de ella, transformar también una comunidad.
¿Y qué nos dice san Francisco a los cristianos de nuestro tiempo? Nos recuerda, ante todo, que no podemos vivir una fe solamente de palabras. El Evangelio pide ser encarnado en nuestra vida diaria. Nos invita a preguntarnos qué lugar ocupa realmente Jesucristo en nuestro corazón, si sabemos desprendernos de aquello que nos esclaviza, si somos capaces de acercarnos al que sufre y si nuestras relaciones con los demás están marcadas por la fraternidad.
También nos enseña que la verdadera riqueza no está en tener más, sino en saber agradecer y compartir. En una sociedad marcada tantas veces por el consumo, la preocupación por poseer y la búsqueda de reconocimiento, Francisco aparece como un testigo de una libertad diferente: la libertad de quien sabe que no necesita acumular para ser feliz.
Su vida nos recuerda igualmente que la creación no es un objeto que podamos utilizar sin medida, sino un regalo recibido de Dios. Cuidar la tierra, respetar la vida, usar responsablemente los bienes y evitar el despilfarro pueden ser también expresiones concretas de nuestra fe. Francisco nos enseña a mirar el mundo con agradecimiento y respeto, descubriendo en él las huellas del Creador.
Quizá el mayor mensaje de san Francisco sea su sencillez. No quiso ser grande ante los hombres; quiso ser fiel ante Dios. No buscó tener muchas cosas; quiso tener un corazón disponible. No quiso dominar; quiso servir. No quiso hacerse dueño de los demás; quiso llamarlos hermanos.
Por eso, después de ocho siglos, Francisco continúa hablando al corazón del hombre. Su vida nos invita a volver a lo esencial: Cristo en el centro, los pobres cerca, los hermanos a nuestro lado y la creación recibida como un regalo de Dios. San Francisco nos recuerda que cuando el Evangelio se vive con autenticidad, la sencillez se convierte en fuerza, la pobreza en libertad, el servicio en alegría y el amor en camino hacia Dios.
Que en este día pidamos al Señor aprender de san Francisco a vivir una fe más sencilla, más alegre y más comprometida; una fe capaz de mirar a Cristo, reconocerlo en los pobres, amar a nuestros hermanos y cuidar con gratitud la obra de sus manos.
PAZ Y BIEN
DIOS NOS CONFÍA SU VIÑA; ESPERA DE NOSOTROS FRUTOS DE AMOR.
Jesús utiliza una imagen muy conocida en la Sagrada
Escritura: la viña. Ya el profeta Isaías había presentado a Israel como
una viña cuidada por Dios. Jesús retoma esa imagen, pero pone ahora el acento
en los viñadores, es decir, en quienes han recibido la responsabilidad
de cuidar aquello que pertenece a Dios.
El propietario prepara la viña con enorme cuidado: la
planta, la protege, cava el lagar y construye la torre. Después la confía a
unos labradores. Aquí aparece una primera enseñanza fundamental: todo lo que
somos y tenemos es un don de Dios que se nos confía. No somos propietarios
absolutos de nuestra vida, de nuestros talentos, de nuestros bienes ni siquiera
de la Iglesia. Somos administradores de algo que pertenece al Señor.
El drama comienza cuando los viñadores olvidan que la viña
no es suya. Se apoderan de ella y rechazan a los enviados del propietario. La
parábola recuerda así la historia de los profetas, que muchas veces fueron
rechazados cuando llamaban al pueblo a la conversión. Finalmente el propietario
envía a su propio hijo. Jesús está anunciando de esta manera su propia pasión: el
Hijo enviado por el Padre será rechazado y llevado a la muerte.
Pero aquí aparece la gran paradoja del Evangelio.
Precisamente aquel que es rechazado se convierte en “la piedra angular”.
La muerte de Jesús no será el fracaso definitivo, sino el camino hacia la
resurrección. Los hombres pueden rechazar a Cristo, pero Dios lo constituye
fundamento de una nueva humanidad.
Por eso, cuando Jesús dice que el Reino será entregado a
quienes produzcan fruto, no está hablando de privilegios religiosos, sino de responsabilidad
y fidelidad. El Reino de Dios no pertenece a quienes simplemente dicen
creer, sino a quienes hacen que esa fe produzca frutos concretos: amor,
justicia, misericordia, servicio, perdón y solidaridad.
Y esta palabra no está dirigida únicamente a los dirigentes
de aquel tiempo. También nos habla a nosotros. La Iglesia, nuestras
comunidades y cada cristiano hemos recibido la viña del Señor. Podemos cuidarla
y hacerla fecunda, o podemos comportarnos como si fuera propiedad nuestra,
buscando nuestros intereses y olvidando al verdadero dueño.
El Papa Francisco señalaba que esta parábola también es
nuestra historia: la historia de la alianza de Dios con la humanidad, una
historia marcada por el amor de Dios, pero también por nuestras infidelidades y
rechazos.
El Evangelio de este domingo nos lleva, por tanto, a una
pregunta muy concreta: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta
con haber recibido la fe; hay que hacerla fructificar. No basta con pertenecer
a una comunidad; hay que servirla. No basta con conocer el Evangelio; hay que
vivirlo.
La gran invitación de Jesús es a devolver al Señor los
frutos de la viña. Dios nos ha confiado mucho porque espera mucho de
nosotros. Y su exigencia no nace de un deseo de dominarnos, sino del amor con
el que ha preparado y cuidado nuestra vida.
La parábola termina señalando a Cristo como la piedra
angular. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestra vida encuentra fundamento.
Cuando tratamos de construirla al margen de Él, tarde o temprano terminamos
apropiándonos de aquello que Dios nos había confiado.
Por eso, la pregunta esencial para este domingo podría ser: ¿estoy
cuidando la viña del Señor o me estoy comportando como si fuera mía?










