Con esta respuesta, Jesús no
pretende abolir la Ley ni restar importancia a los mandamientos, sino revelar
su verdadero sentido. Toda la vida religiosa adquiere su plenitud cuando nace
del amor y conduce al amor. Por eso afirma que de estos dos mandamientos
dependen toda la Ley y los Profetas. No se trata simplemente de cumplir unas
normas externas, sino de transformar el corazón para que nuestros pensamientos,
palabras y acciones estén guiados por el amor.
Amar a Dios con todo el corazón
significa reconocerlo como el centro y el fundamento de nuestra existencia. No
podemos reservarle únicamente unos momentos para la oración o el culto, como si
la fe fuera una parte aislada de nuestra vida. Amar a Dios implica confiar en
Él, escuchar su Palabra, buscar su voluntad y permitir que su presencia ilumine
nuestras decisiones. Significa descubrir que nuestra vida tiene sentido cuando
nos abrimos a su amor y respondemos a él con libertad y fidelidad.
Pero Jesús añade inmediatamente
un segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. Y lo presenta como
inseparable del primero. Aquí encontramos una de las enseñanzas más profundas
del cristianismo: no podemos afirmar que amamos verdaderamente a Dios si
permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. El amor a
Dios se expresa también en el amor concreto a las personas que encontramos cada
día.
El prójimo no es solamente quien
nos cae bien, quien comparte nuestras ideas o quien puede devolvernos un favor.
Es también aquel que piensa de manera diferente, quien nos resulta difícil de
comprender, quien necesita nuestra ayuda y quien vive al margen de la sociedad.
Amar al prójimo supone reconocer en cada persona una dignidad que no depende de
su posición social, de sus capacidades, de su origen ni de sus méritos. Es
aprender a mirar a los demás sin desprecio, sin prejuicios y sin convertir
nuestras diferencias en motivos de enfrentamiento.
La expresión «como a ti mismo»
nos recuerda, además, que debemos reconocer el valor de nuestra propia vida. El
amor cristiano no consiste en despreciarnos ni en olvidarnos de nuestra
dignidad, sino en aprender a amar sin egoísmo, procurando para los demás el
bien que también deseamos para nosotros. Quien conoce sus propias fragilidades
está mejor dispuesto a comprender las debilidades ajenas, perdonar sus errores
y ofrecer nuevas oportunidades.
Esta enseñanza adquiere una
especial fuerza cuando la relacionamos con la primera lectura de este domingo,
tomada del libro del Éxodo, que recuerda la obligación de proteger al
emigrante, a la viuda, al huérfano y a quienes se encuentran en situación de necesidad.
La fe bíblica no puede separarse de la justicia y de la compasión hacia los
vulnerables.
Vivimos en una sociedad en la que
hablamos mucho de derechos, libertad y bienestar, pero donde todavía existen
soledad, exclusión, pobreza, enfrentamientos y personas que se sienten
olvidadas. Ante esta realidad, Jesús nos invita a preguntarnos si nuestro amor
es verdaderamente concreto. No basta con proclamar que creemos en Dios, acudir
a la celebración de la Eucaristía o conocer las enseñanzas de la Iglesia si
después cerramos nuestros ojos ante quien necesita una palabra de consuelo, una
visita, una ayuda material o simplemente alguien que lo escuche.
También nuestras parroquias están
llamadas a convertirse en comunidades donde estos dos amores sean visibles. La
oración debe impulsarnos al servicio, y el servicio debe alimentar nuestra
relación con Dios. Una parroquia cristiana no es únicamente un lugar donde se
celebran sacramentos, sino una familia de fe que acoge, acompaña, perdona y
sale al encuentro de quienes necesitan descubrir que Dios no los ha abandonado.
Este mandamiento nos invita
asimismo a revisar nuestras relaciones familiares, nuestras amistades y nuestra
manera de tratar a quienes no comparten nuestras opiniones. Amar significa
saber escuchar, evitar las palabras que hieren, reconocer nuestros errores,
pedir perdón y trabajar por la reconciliación. No siempre podremos resolver
todos los problemas de los demás, pero siempre podemos evitar aumentar su
sufrimiento y contribuir a que encuentren esperanza.
En definitiva, Jesús nos enseña
que la santidad no consiste en realizar cosas extraordinarias, sino en vivir lo
cotidiano de una manera extraordinaria: con amor, generosidad, justicia y
misericordia. El cristiano está llamado a convertir cada encuentro en una
oportunidad para hacer presente el amor de Dios.
La pregunta que este Evangelio
nos deja no es solamente si conocemos el mandamiento más importante, sino si
estamos dispuestos a vivirlo. Porque amar a Dios y amar al prójimo no son dos
caminos diferentes, sino dos dimensiones inseparables de una misma respuesta al
amor que hemos recibido.
La medida de nuestra fe no está
únicamente en lo que decimos de Dios, sino también en el amor que somos capaces
de ofrecer a nuestros hermanos. Cuando amamos de verdad, nuestra vida se
convierte en testimonio del Evangelio y hacemos visible, en medio del mundo, el
rostro misericordioso de Dios.
FELIZ DOMINGO










