domingo, 4 de octubre de 2026

SAN FRANCISCO DE ASÍS: UN EVANGELIO VIVIDO

Hoy, 4 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de san Francisco de Asís, uno de los santos que, a lo largo de los siglos, más profundamente ha mostrado que el Evangelio puede convertirse en una forma concreta de vivir. Francisco nació en Asís hacia 1181-1182, en el seno de una familia acomodada. Su juventud estuvo marcada por el deseo de riqueza, reconocimiento y una vida llena de aspiraciones humanas, pero poco a poco fue descubriendo que aquello que el mundo le ofrecía no podía llenar su corazón. Su encuentro con Cristo transformó radicalmente su existencia.

Uno de los momentos decisivos de su conversión fue el encuentro con los pobres y, especialmente, con los leprosos. Aquello que antes le producía rechazo comenzó a contemplarlo con una mirada nueva. En el rostro del pobre descubrió el rostro de Cristo. El amor a los pobres y la imitación de Jesús pobre quedaron unidos para siempre en su camino espiritual. El Papa León XIV ha recordado precisamente que, en el leproso, Francisco encontró a Cristo mismo y que aquel encuentro cambió su vida.

Otro momento fundamental fue su oración ante el crucifijo de San Damián. Allí comprendió que Jesús no era simplemente una figura del pasado, sino una Persona viva que le llamaba a entregarse totalmente. Francisco quiso seguir a Cristo de una manera radical, sencilla y despojada. Ante el obispo de Asís renunció a la herencia de su padre y comenzó una nueva vida marcada por la pobreza, la oración, el trabajo, la predicación y el servicio a los demás.

Francisco no buscó fundar una obra basada en su propia grandeza. Quiso simplemente vivir el Evangelio. Su ejemplo atrajo a otros jóvenes y poco a poco nació una fraternidad que se extendería por muchos lugares. En 1209 presentó en Roma su proyecto de vida al papa Inocencio III y recibió la aprobación de aquella nueva forma de vida cristiana. Francisco entendió que el carisma recibido de Dios debía ponerse al servicio de la Iglesia y de los hermanos.

La pobreza de Francisco no consistía solamente en no poseer cosas. Era, sobre todo, una manera de aprender a depender de Dios y de vivir con libertad. Quería que nada ocupara en su corazón el lugar que corresponde al Señor. Por eso eligió ser pequeño, humilde y hermano de todos. Su pobreza se convirtió en cercanía, solidaridad y entrega. No miraba a los necesitados desde lejos, sino que se acercaba a ellos y compartía su vida.

Francisco descubrió también que la fraternidad no tiene fronteras. Llamó hermanos y hermanas a quienes encontraba en el camino y llegó a contemplar toda la creación como un don de Dios. El sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra, los animales y todas las criaturas le hablaban de la bondad del Creador. De esta profunda experiencia nació el espíritu del Cántico de las criaturas, en el que la creación aparece como una gran alabanza a Dios. La Iglesia ha visto en esta sensibilidad de Francisco una llamada permanente a agradecer a Dios y a cuidar nuestra casa común.

Pero sería un error convertir a Francisco únicamente en el santo de la naturaleza o de la paz. El centro de su vida fue siempre Jesucristo. Su sencillez, su alegría, su amor a los pobres, su fraternidad y su respeto por la creación nacían de su deseo de configurarse con Cristo. El Papa Benedicto XVI destacó que Francisco había comprendido que ser cristiano consiste en una relación viva con la persona de Jesús y en dejarse transformar por Él.

Francisco fue también un hombre de paz. Su forma de anunciar el Evangelio no se apoyaba en el poder, la riqueza o la imposición, sino en la humildad y en el testimonio. Quería llevar a Cristo allí donde había enfrentamiento, división y sufrimiento. Su vida demuestra que el Evangelio puede transformar una persona y, a través de ella, transformar también una comunidad.

¿Y qué nos dice san Francisco a los cristianos de nuestro tiempo? Nos recuerda, ante todo, que no podemos vivir una fe solamente de palabras. El Evangelio pide ser encarnado en nuestra vida diaria. Nos invita a preguntarnos qué lugar ocupa realmente Jesucristo en nuestro corazón, si sabemos desprendernos de aquello que nos esclaviza, si somos capaces de acercarnos al que sufre y si nuestras relaciones con los demás están marcadas por la fraternidad.

También nos enseña que la verdadera riqueza no está en tener más, sino en saber agradecer y compartir. En una sociedad marcada tantas veces por el consumo, la preocupación por poseer y la búsqueda de reconocimiento, Francisco aparece como un testigo de una libertad diferente: la libertad de quien sabe que no necesita acumular para ser feliz.

Su vida nos recuerda igualmente que la creación no es un objeto que podamos utilizar sin medida, sino un regalo recibido de Dios. Cuidar la tierra, respetar la vida, usar responsablemente los bienes y evitar el despilfarro pueden ser también expresiones concretas de nuestra fe. Francisco nos enseña a mirar el mundo con agradecimiento y respeto, descubriendo en él las huellas del Creador.

Quizá el mayor mensaje de san Francisco sea su sencillez. No quiso ser grande ante los hombres; quiso ser fiel ante Dios. No buscó tener muchas cosas; quiso tener un corazón disponible. No quiso dominar; quiso servir. No quiso hacerse dueño de los demás; quiso llamarlos hermanos.

Por eso, después de ocho siglos, Francisco continúa hablando al corazón del hombre. Su vida nos invita a volver a lo esencial: Cristo en el centro, los pobres cerca, los hermanos a nuestro lado y la creación recibida como un regalo de Dios. San Francisco nos recuerda que cuando el Evangelio se vive con autenticidad, la sencillez se convierte en fuerza, la pobreza en libertad, el servicio en alegría y el amor en camino hacia Dios.

Que en este día pidamos al Señor aprender de san Francisco a vivir una fe más sencilla, más alegre y más comprometida; una fe capaz de mirar a Cristo, reconocerlo en los pobres, amar a nuestros hermanos y cuidar con gratitud la obra de sus manos.

PAZ Y BIEN

DIOS NOS CONFÍA SU VIÑA; ESPERA DE NOSOTROS FRUTOS DE AMOR.

El evangelio de este domingo nos habla del amor de Dios, de la responsabilidad del ser humano y, sobre todo, de Jesucristo como la piedra angular de nuestra salvación.

Jesús utiliza una imagen muy conocida en la Sagrada Escritura: la viña. Ya el profeta Isaías había presentado a Israel como una viña cuidada por Dios. Jesús retoma esa imagen, pero pone ahora el acento en los viñadores, es decir, en quienes han recibido la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a Dios.

El propietario prepara la viña con enorme cuidado: la planta, la protege, cava el lagar y construye la torre. Después la confía a unos labradores. Aquí aparece una primera enseñanza fundamental: todo lo que somos y tenemos es un don de Dios que se nos confía. No somos propietarios absolutos de nuestra vida, de nuestros talentos, de nuestros bienes ni siquiera de la Iglesia. Somos administradores de algo que pertenece al Señor.

El drama comienza cuando los viñadores olvidan que la viña no es suya. Se apoderan de ella y rechazan a los enviados del propietario. La parábola recuerda así la historia de los profetas, que muchas veces fueron rechazados cuando llamaban al pueblo a la conversión. Finalmente el propietario envía a su propio hijo. Jesús está anunciando de esta manera su propia pasión: el Hijo enviado por el Padre será rechazado y llevado a la muerte.

Pero aquí aparece la gran paradoja del Evangelio. Precisamente aquel que es rechazado se convierte en “la piedra angular”. La muerte de Jesús no será el fracaso definitivo, sino el camino hacia la resurrección. Los hombres pueden rechazar a Cristo, pero Dios lo constituye fundamento de una nueva humanidad.

Por eso, cuando Jesús dice que el Reino será entregado a quienes produzcan fruto, no está hablando de privilegios religiosos, sino de responsabilidad y fidelidad. El Reino de Dios no pertenece a quienes simplemente dicen creer, sino a quienes hacen que esa fe produzca frutos concretos: amor, justicia, misericordia, servicio, perdón y solidaridad.

Y esta palabra no está dirigida únicamente a los dirigentes de aquel tiempo. También nos habla a nosotros. La Iglesia, nuestras comunidades y cada cristiano hemos recibido la viña del Señor. Podemos cuidarla y hacerla fecunda, o podemos comportarnos como si fuera propiedad nuestra, buscando nuestros intereses y olvidando al verdadero dueño.

El Papa Francisco señalaba que esta parábola también es nuestra historia: la historia de la alianza de Dios con la humanidad, una historia marcada por el amor de Dios, pero también por nuestras infidelidades y rechazos.

El Evangelio de este domingo nos lleva, por tanto, a una pregunta muy concreta: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta con haber recibido la fe; hay que hacerla fructificar. No basta con pertenecer a una comunidad; hay que servirla. No basta con conocer el Evangelio; hay que vivirlo.

La gran invitación de Jesús es a devolver al Señor los frutos de la viña. Dios nos ha confiado mucho porque espera mucho de nosotros. Y su exigencia no nace de un deseo de dominarnos, sino del amor con el que ha preparado y cuidado nuestra vida.

La parábola termina señalando a Cristo como la piedra angular. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestra vida encuentra fundamento. Cuando tratamos de construirla al margen de Él, tarde o temprano terminamos apropiándonos de aquello que Dios nos había confiado.

Por eso, la pregunta esencial para este domingo podría ser: ¿estoy cuidando la viña del Señor o me estoy comportando como si fuera mía?

FELIZ DOMINGO

jueves, 1 de octubre de 2026

SALMO 61: TE LLAMO CON EL CORAZÓN DESFALLECIDO

El salmo 61 es una oración de confianza pronunciada desde el cansancio, la angustia y la sensación de estar lejos de Dios. Hay momentos en la vida en los que nos sentimos cansados, abatidos o sin fuerzas, como si estuviéramos lejos de todo y de todos. En esos momentos, este salmo nos invita a levantar la mirada hacia Dios y confiar en Él. No promete una vida sin dificultades, pero nos recuerda que siempre podemos encontrar en Dios una roca firme, un refugio seguro y unas alas que nos cobijan. Hoy también nosotros estamos llamados a preguntarnos: ¿dónde buscamos nuestra seguridad cuando llegan las dificultades?

2 Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica.
3 Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible.
4 Porque tú eres mi refugio y mi bastión contra el enemigo.
5 Habitaré siempre en tu morada, refugiado al amparo de tus alas.
6 Porque tú, oh Dios, escucharás mis votos y me darás la heredad de los que temen tu nombre.
7 Añade días a los días del rey, que sus años alcancen varias generaciones;
8 reine siempre en presencia de Dios: tu gracia y tu lealtad le hagan guardia.
9 Yo cantaré salmos a tu nombre, e iré cumpliendo mis votos día tras día.

El orante comienza suplicando: «Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica». No es una oración superficial, sino el grito de quien necesita ser escuchado. Cuando el corazón se encuentra abatido, la fe no consiste en negar el sufrimiento, sino en presentarlo sinceramente ante Dios.

La expresión «desde el confín de la tierra» simboliza la experiencia de sentirse lejos, desorientado o sin fuerzas. Sin embargo, incluso desde esa situación, el creyente sabe que Dios puede escucharle. Pide ser conducido a «una roca inaccesible», imagen de seguridad, firmeza y protección. Dios mismo es esa roca sobre la que se puede apoyar la vida cuando todo parece inseguro.

El salmo afirma que Dios es refugio y bastión frente al enemigo. La verdadera seguridad del creyente no está en sus propias fuerzas, ni en las riquezas, ni en el poder, sino en la presencia de Dios. «Al amparo de tus alas» aparece una imagen llena de ternura: Dios protege como quien cobija y guarda a sus hijos. No se trata solamente de un Dios poderoso, sino de un Dios cercano, misericordioso y protector.

El orante expresa también su deseo de «habitar siempre» en la morada de Dios. Esto manifiesta que la relación con Dios no debe limitarse a los momentos de necesidad. La fe está llamada a convertirse en una permanencia, en una manera de vivir constantemente en su presencia. Buscar a Dios significa hacer de Él el centro y fundamento de nuestra existencia.

La mención de la «heredad de los que temen tu nombre» recuerda que quienes confían en Dios reciben como riqueza más profunda la comunión con Él. El verdadero tesoro del creyente no consiste solamente en bienes materiales, sino en vivir según Dios, caminar en sus caminos y pertenecer a su pueblo.

La segunda parte del salmo presenta una oración por el rey. El deseo es que pueda vivir muchos años y gobernar bajo la mirada de Dios. Lo verdaderamente importante no es únicamente la duración de su vida, sino que su gobierno esté sostenido por la gracia y la fidelidad divina. El poder, para ser justo, necesita estar sometido a la verdad, al bien y a la responsabilidad ante Dios.

El salmo termina con una respuesta de gratitud: «Yo cantaré salmos a tu nombre». La súplica se transforma en alabanza. Quien ha experimentado la fidelidad de Dios descubre que la oración no termina cuando desaparece el problema, sino cuando nace un corazón agradecido. Además, el salmista se compromete a cumplir sus votos «día tras día». La fe auténtica no se reduce a palabras; se traduce en fidelidad, perseverancia y obras concretas.

Para nosotros hoy, este salmo tiene una gran actualidad. También vivimos momentos de inseguridad, preocupación, soledad y cansancio. A veces podemos sentirnos lejos de Dios o pensar que nuestras dificultades nos desbordan. Este salmo nos recuerda que precisamente en esas circunstancias podemos clamar a Dios con confianza.

Cristianamente, la imagen de la roca alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es fundamento firme, refugio y salvación. En Él descubrimos que Dios no abandona al que sufre, sino que permanece cercano y sostiene su vida. Por eso, cuando las dificultades nos hagan sentir abatidos, no debemos encerrarnos en la desesperanza, sino aprender a llevar nuestra fragilidad a la oración.

Este salmo nos invita también a revisar dónde ponemos nuestra seguridad. Muchas veces buscamos refugio en cosas que pasan, mientras Dios permanece como fundamento. La verdadera fe consiste en confiar en Él, permanecer bajo su amparo y caminar cada día en fidelidad. Así, incluso en medio de las dificultades, nuestra vida puede pasar del miedo a la confianza, de la súplica a la esperanza y de la esperanza a la alabanza.

domingo, 27 de septiembre de 2026

“LA FE SE DEMUESTRA CON OBRAS.”


Nuestra historia cristiana, a lo largo de tantos siglos, está llena de grandes palabras, profundas enseñanzas y hermosos sistemas doctrinales. Sin embargo, la verdadera fe no se demuestra solamente con lo que decimos o sabemos, sino con la manera en que vivimos el Evangelio cada día. Jesús no quiere que nos limitemos a admirar sus palabras, sino que las hagamos realidad en nuestras obras. Por eso sigue teniendo toda su fuerza aquella expresión: “obras son amores y no buenas razones”.

La parábola de los dos hijos, que encontramos en Mateo 21,28-32, nos sitúa ante esta cuestión fundamental: no basta con decir “sí” a Dios si después nuestra vida contradice ese sí. Uno de los hijos promete obedecer, pero no va a trabajar a la viña; el otro se niega inicialmente, pero recapacita y termina cumpliendo la voluntad de su padre. Jesús deja claro que lo verdaderamente importante es la respuesta concreta de nuestra vida, acompañada siempre de la posibilidad de arrepentirnos, cambiar y volver al camino de Dios.

La parábola denuncia también una religiosidad superficial, preocupada por las apariencias, las palabras y el cumplimiento externo, pero cerrada a la conversión. Por eso Jesús sorprende al afirmar que publicanos y prostitutas pueden llevar la delantera en el camino del Reino, porque han sabido reconocer su necesidad de salvación y abrirse a la gracia. Para Dios no cuentan las etiquetas que nosotros ponemos a las personas, sino la capacidad de reconocer el error, convertirse y comenzar una vida nueva.

Este mensaje no se limita al tiempo de Jesús. También las primeras comunidades cristianas conocieron divisiones, rivalidades y comportamientos guiados más por los gustos personales que por la coherencia con el Evangelio. San Pablo invita a los cristianos de Filipos a vivir unidos, con un mismo amor y un mismo sentir, poniendo como modelo al mismo Cristo, que no buscó privilegios, sino que se hizo uno de tantos y se entregó a los demás. Ser cristiano significa, por tanto, vivir como Jesús y no simplemente hablar de Él.

Jesús nos recuerda en otros momentos que no basta decir “Señor, Señor”, sino hacer la voluntad del Padre. El juicio final de Mateo 25 insiste en esta misma verdad: la fe se hace visible en las obras de misericordia, en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al necesitado y atender al que sufre. La vida cristiana consiste en armonizar lo que creemos con lo que hacemos, de modo que nuestra fe transforme verdaderamente nuestra conducta.

Pero esta llamada a las obras no significa que Dios cierre las puertas a quien alguna vez dijo “no”. Al contrario, la parábola manifiesta la inmensa paciencia de Dios, que siempre ofrece una nueva oportunidad. Dios no se rinde ante nuestros rechazos, nuestros fracasos ni nuestras incoherencias. Espera nuestro regreso y mira el corazón de cada persona. Por eso la conversión nunca debe considerarse imposible: nuestro “no” puede transformarse en un “sí” sincero y fecundo.

La Palabra de Dios nos invita también a revisar nuestra manera de juzgar a los demás. Con demasiada facilidad dividimos el mundo entre buenos y malos, entre los que consideramos nuestros y quienes creemos que están lejos de Dios. Sin embargo, Jesús se acerca precisamente a quienes se sienten pecadores, rechazados o necesitados de una segunda oportunidad. Mateo, Zaqueo, la mujer pecadora y tantos otros descubrieron que Dios no los condenaba, sino que los acogía, los perdonaba y los llamaba a una vida nueva.

También el profeta Ezequiel recuerda que Dios no quiere condenar al hombre, sino que espera su conversión. El justo puede apartarse del bien y el pecador puede volver al camino correcto. De ahí nace una gran responsabilidad personal: no podemos culpar siempre a los demás ni a Dios de nuestros errores. Necesitamos reconocer nuestros pecados, superar la autosuficiencia y confiar en el Señor, que es Padre y nos quiere.

San Pablo completa esta enseñanza presentando a Cristo como modelo de una vida entregada, humilde y coherente. No se trata de construir una fe basada únicamente en principios o discursos religiosos, sino de vivir de acuerdo con Jesús y actuar como Él actuó con las personas. Nuestra historia cristiana continúa hoy y nos plantea la misma pregunta: ¿nuestro sí a Dios se queda en palabras o se convierte en obras concretas de amor, servicio, humildad, perdón y misericordia? Ojalá sepamos escuchar al Señor, reconocer nuestros errores y cambiar de rumbo. Incluso cuando nuestro primer impulso sea decir “no”, siempre podemos recapacitar y comenzar de nuevo.

FELIZ DOMINGO

jueves, 24 de septiembre de 2026

SALMO 24: “ABRAMOS EL CORAZÓN AL REY DE LA GLORIA”.

En una sociedad donde fácilmente pensamos que todo nos pertenece y podemos utilizarlo según nuestros intereses, el salmo nos invita a recuperar una mirada de responsabilidad. La creación es un don de Dios y estamos llamados a cuidarla, respetarla y compartir sus bienes con justicia.

1 De Yahvé es la tierra y cuanto la llena, el orbe y cuantos lo habitan,
2 pues él lo fundó sobre los mares, lo asentó sobre los ríos.
3 ¿Quién subirá al monte de Yahvé?, ¿quién podrá estar en su santo recinto?
4 El de manos limpias y puro corazón, el que no suspira por los ídolos ni jura con engaño.
5 Ése logrará la bendición de Yahvé, el perdón de Dios, su Salvador.
6 Ésta es la generación que lo busca, la que acude a tu presencia, Dios de Jacob.
7 ¡Puertas, alzad los dinteles, levantaos, antiguos portones, y que entre el rey de la gloria!
8 ¿Quién es el rey de la gloria? Yahvé, el fuerte, el valiente, Yahvé, valiente en la lucha.
9 ¡Puertas, alzad los dinteles, levantaos, antiguos portones, y que entre el rey de la gloria!
10 ¿Quién es el rey de la gloria? Yahvé Sebaot, él es el rey de la gloria.

El Salmo 24 comienza proclamando una verdad fundamental de la fe: la tierra pertenece a Yahvé y todo cuanto existe está en sus manos. Dios es el Creador y Señor de toda la realidad; nada queda fuera de su presencia. El mundo no es propiedad absoluta del ser humano, sino un don que hemos recibido y que estamos llamados a cuidar con responsabilidad.

La pregunta «¿Quién subirá al monte de Yahvé?» también nos interpela hoy. Acercarse a Dios no consiste solamente en acudir a un lugar sagrado, sino en presentarse ante Él con una vida coherente. No basta con llamarnos cristianos; nuestra fe debe reflejarse en nuestra manera de vivir. Por eso aparecen dos expresiones fundamentales: manos limpias y corazón puro. Las «manos limpias» nos hablan de nuestras obras: actuar con honradez, evitar la injusticia, ayudar al necesitado y no aprovecharse de los demás. El «corazón puro» nos recuerda que Dios mira también nuestras intenciones: no podemos vivir de apariencias mientras nuestro interior permanece dominado por el egoísmo, el rencor o la ambición. Dios desea una fe que transforme tanto lo que hacemos como aquello que llevamos dentro.

El salmo nos invita además a reconocer nuestros ídolos actuales. Quizá ya no sean imágenes de piedra, pero podemos convertir en ídolos el dinero, el consumo, el poder, el éxito, la imagen personal, las redes sociales o incluso nuestras propias ideas. Todo aquello que ocupa el lugar de Dios termina esclavizándonos. Buscar a Dios exige liberarse de todo aquello que ocupa su lugar, porque la verdadera relación con Dios necesita sinceridad, justicia y fidelidad.

Quien vive de esta manera recibe la bendición de Yahvé y encuentra en Él la salvación. La bendición no significa una vida sin dificultades, sino vivir bajo la mirada amorosa de Dios y caminar confiando en Él. «Esta es la generación que lo busca» es una llamada especialmente importante para nuestro tiempo. Buscar a Dios significa no conformarnos con una fe rutinaria, sino abrirnos cada día a su Palabra, a la oración, a los sacramentos y al encuentro con los demás. Una Iglesia viva es aquella que sigue buscando al Señor y que ayuda también a otros a encontrarlo.

Finalmente, «¡que entre el Rey de la gloria!» puede convertirse en una oración para nuestra vida cotidiana. Abrir las puertas significa dejar entrar a Cristo en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestras decisiones, en nuestras preocupaciones y también en nuestras heridas. No se trata solamente de pedirle a Dios que cambie las circunstancias, sino de permitir que Él cambie nuestro corazón.

Para los cristianos, este texto adquiere una plenitud nueva en Jesucristo. Él es el verdadero Rey de la gloria que entra en nuestra historia y viene a habitar entre nosotros. En Cristo descubrimos que la presencia de Dios no permanece encerrada en un templo: Él sale a nuestro encuentro y quiere entrar también en el corazón de cada persona.

Hoy este salmo nos invita a preguntarnos qué puertas necesitamos abrir para que Dios entre en nuestra vida. Quizá sean las puertas del resentimiento, del egoísmo, de la indiferencia o de una fe demasiado superficial. Abrirlas significa permitir que Cristo transforme nuestras actitudes, nuestras relaciones y nuestras decisiones.

El mensaje central permanece vivo: toda la creación pertenece a Dios, pero Él quiere entrar especialmente en el corazón humano. Por eso la verdadera preparación para encontrarnos con Él consiste en vivir con manos limpias, corazón sincero y una voluntad dispuesta a buscarle.

Así, este salmo nos propone un camino muy concreto para hoy: cuidar la creación, vivir con honradez, purificar el corazón, liberarnos de los falsos ídolos, buscar a Dios y abrir nuestras puertas a Cristo. La pregunta final podría ser también la nuestra: ¿qué puerta de mi vida necesito abrir hoy para que entre el Rey de la gloria?

domingo, 20 de septiembre de 2026

“LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS”

La Palabra de Dios nos recuerda que sus planes no son nuestros planes y que sus caminos no son nuestros caminos. Muchas veces el ser humano pretende construir la vida según sus propios criterios, llegando incluso a querer acomodar a Dios a sus intereses. Sin embargo, el Evangelio nos presenta un Dios que rompe nuestras expectativas y nos invita a descubrir una justicia mucho más grande, una justicia unida a la misericordia y a la generosidad.

La parábola de los obreros de la viña nos muestra a un dueño que sale repetidamente a buscar trabajadores, incluso cuando ya queda poco tiempo para terminar la jornada. A los primeros les paga lo acordado, pero a los últimos les concede también lo necesario para vivir. El desconcierto aparece cuando quienes han trabajado más creen que deberían recibir más que los demás. Jesús nos hace comprender que el Reino de Dios no funciona según la lógica del mérito, de la comparación o de la recompensa humana.

La enseñanza fundamental de la parábola es muy clara: así es Dios en relación con nuestra salvación. Dios no se limita a dar aquello que merecemos, sino que ofrece gratuitamente su amor, su perdón y su misericordia. Los últimos trabajadores no presentan méritos especiales, pero reciben también lo necesario. Así se manifiesta el rostro del Dios de Jesús: un Dios de vida, de salvación, de perdón, de misericordia y de solidaridad.

Esta enseñanza tenía también una profunda dimensión eclesial. Jesús anuncia que el Reino está abierto a todos, y la comunidad cristiana comprendió que quienes llegan más tarde a la fe no son cristianos de segunda categoría. La salvación no pertenece en exclusiva a quienes llevan mucho tiempo dentro de la comunidad, sino que Dios abre sus puertas a todos los pueblos y a todas las personas que acogen su llamada.

También nosotros podemos caer en la tentación de querer que Dios tome partido por nosotros frente a los demás. Podemos pensar que somos más merecedores, más fieles o más importantes porque llevamos más tiempo en la Iglesia, porque hemos trabajado más o porque creemos conocer mejor a Dios. Pero el Evangelio nos invita a superar la envidia, la comparación y el deseo de apropiarnos de Dios. Todos hemos recibido mucho más de lo que podríamos exigir, porque nuestra propia vida es ya fruto de su gracia.

Por eso, la verdadera justicia cristiana no consiste solamente en reclamar lo que corresponde a cada uno, sino también en aprender a vivir con la generosidad de Dios. Estamos llamados a alegrarnos por el bien que reciben los demás y a imitar al Señor dando, acogiendo, perdonando y compartiendo. La misericordia de Dios no disminuye porque alcance a otros; al contrario, nos recuerda que todos vivimos de su gracia.

Además, para Dios nunca es demasiado tarde. No existen “primeros” y “últimos” como los entendemos nosotros. Lo importante es responder a su llamada, sea cual sea el momento de nuestra vida. Nadie debe pensar que ya no tiene nada que hacer, que ha perdido su oportunidad o que su vida carece de sentido. Dios sigue llamando y sigue ofreciendo una misión y una esperanza incluso cuando parece quedar poco tiempo.

Esta enseñanza tiene una gran actualidad. En una sociedad marcada muchas veces por la competencia, la comparación y la búsqueda del éxito, Jesús nos propone una lógica diferente. Nos invita a reconocer la dignidad de cada persona, también de quienes llegan tarde, de quienes han quedado al margen, de quienes han cometido errores o de quienes parecen tener menos oportunidades. Nadie debe ser descartado.

La parábola nos recuerda también que no somos nosotros quienes debemos decidir quién merece la misericordia de Dios. El Señor conoce la historia, las heridas y las necesidades de cada persona. Aquellos trabajadores que estaban esperando en la plaza podían haber perdido toda esperanza, pero alguien siguió confiando en ellos. Incluso una última hora puede adquirir sentido cuando Dios entra en nuestra vida.

Por eso, este Evangelio nos llama a mirar nuestra vida y la de los demás con los ojos de Cristo. Nos pide abandonar una fe basada únicamente en premios y méritos y descubrir una relación con Dios fundamentada en la gracia. Dios no establece un ranking de personas; se entrega plenamente a quien abre su corazón. Y nuestra respuesta a ese amor debe traducirse en una vida más fraterna, más humilde, más misericordiosa y más abierta a todos.

Hoy necesitamos especialmente esta conversión del corazón: aprender a no excluir, no juzgar desde las apariencias, no sentirnos superiores y saber acoger a quien vuelve, a quien comienza de nuevo o a quien descubre la fe después de muchos años. Los últimos pueden convertirse en los primeros porque, para Dios, toda persona tiene un valor infinito. El Reino de Dios comienza allí donde dejamos de medir a los demás con nuestros criterios y aprendemos a amar con la medida generosa de Dios.

FELIZ DOMINGO

jueves, 17 de septiembre de 2026

SALMO 98: EL REGIRÁ EL MUNDO CON JUSTICIA

El Salmo 98 es una invitación gozosa a reconocer y proclamar las maravillas que Dios ha realizado. Pertenece al grupo de los "Salmos de la realeza de Yahvé" y destaca por ser un himno de alabanza desbordante, alegría universal y celebración profética.

1 Cantad a Yahvé un nuevo canto, porque ha obrado maravillas; le sirvió de ayuda su diestra, su santo brazo.
2 Yahvé ha dado a conocer su salvación, ha revelado su justicia a las naciones;
3 se ha acordado de su amor y su lealtad para con la casa de Israel. Los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios.
4 ¡Aclama a Yahvé, tierra entera, gritad alegres, gozosos, cantad!
5 Tañed a Yahvé con la cítara, con la cítara al son de instrumentos;
6 al son de trompetas y del cuerno aclamad ante el rey Yahvé.
7 Brame el mar y cuanto encierra, el mundo y cuantos lo habitan,
8 aplaudan los ríos, aclamen los montes,
9 ante Yahvé, que llega, que llega a juzgar la tierra. Juzgará el mundo con justicia, a los pueblos con equidad.

Comienza con una llamada: «Cantad a Yahvé un nuevo canto», porque Dios ha manifestado su poder y su salvación. El «canto nuevo» no significa simplemente una canción diferente, sino una respuesta renovada de quien descubre que Dios sigue actuando en la historia y en la vida de su pueblo.

El salmista recuerda que Yahvé ha dado a conocer su salvación y ha mostrado su justicia ante todas las naciones. La salvación de Dios no queda encerrada en un pueblo o en un grupo determinado: alcanza «los confines de la tierra». El amor y la fidelidad de Dios hacia Israel son el fundamento de esta esperanza. Dios no olvida su alianza ni abandona a quienes confían en Él.

Por eso, la respuesta humana es la alegría. Toda la tierra está llamada a aclamar, cantar y celebrar al Señor. El salmo utiliza imágenes llenas de fuerza: instrumentos musicales, trompetas, el mar, los ríos y los montes. Toda la creación parece convertirse en una gran asamblea de alabanza. El universo entero reconoce que Dios es su Señor y participa en la alegría de su salvación.

El salmo alcanza su plenitud anunciando que Yahvé viene a juzgar la tierra. Este juicio no debe entenderse solamente como castigo, sino como la manifestación definitiva de la justicia de Dios. Él juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con rectitud. Frente a tantas injusticias humanas, el salmista proclama que la última palabra pertenece a Dios y que su gobierno está marcado por la verdad y la equidad.

Desde la fe cristiana, este salmo adquiere una profundidad nueva en Jesucristo. En Él reconocemos la salvación de Dios ofrecida a todos los pueblos. Cristo manifiesta plenamente el amor y la fidelidad del Padre y lleva la salvación hasta los confines de la tierra. El «canto nuevo» encuentra así su cumplimiento en la Pascua de Cristo, cuya resurrección inaugura una creación renovada.

Este salmo nos recuerda hoy que la fe no puede quedarse en la tristeza, el miedo o el pesimismo. Quien descubre la acción de Dios está llamado a vivir con esperanza y a convertirse también en testigo de esa salvación. Nuestra alabanza no consiste únicamente en cantar con los labios, sino en vivir de tal manera que nuestras obras proclamen la bondad de Dios.

También nosotros necesitamos aprender a mirar la realidad con ojos agradecidos. Hay dificultades, injusticias y sufrimientos, pero Dios continúa actuando. El «canto nuevo» que el Señor espera de nosotros nace de un corazón renovado, capaz de reconocer sus maravillas y de compartirlas con los demás.

El Salmo 98 nos invita, finalmente, a esperar la venida del Señor con confianza. Él viene para establecer la justicia y la verdad. Mientras esperamos su Reino, estamos llamados a colaborar con Él construyendo relaciones más justas, defendiendo la dignidad de cada persona y sembrando paz y esperanza. Así, nuestra vida puede convertirse en una verdadera alabanza: un canto nuevo que anuncie al mundo que Dios es fiel, que su amor permanece y que su salvación está destinada a todos.

domingo, 13 de septiembre de 2026

¿NO DEBÍAS TÚ TAMBIÉN TENER COMPASIÓN?

El Evangelio de este domingo nos invita a entrar en el corazón de la misericordia de Dios. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar y Jesús responde con una expresión que elimina todo límite: «setenta veces siete». No se trata de contar las ofensas, sino de aprender una actitud permanente de perdón.

La parábola del siervo despiadado presenta una enorme desproporción. Un hombre recibe de su señor el perdón de una deuda imposible de pagar, pero inmediatamente se muestra implacable con un compañero que le debe mucho menos. El centro del relato es el rey, imagen de Dios, que se compadece gratuitamente ante la súplica. Dios no comienza mirando nuestras cuentas, sino nuestra necesidad y nuestra miseria.

La primera lectura recuerda que el camino del perdón nace también de la memoria: recordar la alianza, los mandamientos y la misericordia recibida. El rencor se alimenta cuando conservamos la ofensa y la convertimos en el centro de nuestra mirada. Frente a ello, el creyente está llamado a recordar que Dios ha sido paciente con él y que su misericordia siempre ha sido mayor que su pecado.

San Pablo recuerda que «somos del Señor». Por eso nuestra vida no puede quedar encerrada en nosotros mismos, en nuestras heridas o en nuestras cuentas pendientes. Pertenecer a Cristo significa aprender a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios nos mira.

El siervo perdonado no supo reconocer el don recibido. Su problema no fue solamente no perdonar, sino haber olvidado la misericordia que acababa de experimentar. También nosotros podemos caer en esa contradicción cuando pedimos comprensión para nuestras faltas y, al mismo tiempo, somos implacables con las de los demás.

El perdón cristiano no es debilidad, ingenuidad ni aceptación del mal. Es la fuerza capaz de romper la espiral de odio, venganza y violencia. Perdonar significa renunciar a vivir como prisioneros de la ofensa y abrir un camino de reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ser un lugar donde el perdón se practique diariamente.

Para nosotros, hoy, la pregunta es muy concreta: ¿qué deuda sigo contabilizando?, ¿qué herida ocupa todavía el centro de mi vida?, ¿a quién sigo mirando únicamente como culpable? El primer paso puede ser volver a hacer memoria de las veces que Dios nos ha perdonado, esperado y levantado.

La misericordia recibida se convierte así en misericordia ofrecida. El cristiano no perdona porque el otro lo merezca, sino porque ha experimentado gratuitamente el amor de Dios. «Setenta veces siete» expresa una paciencia que no se cansa y un amor que busca siempre comenzar de nuevo.

Finalmente, la Palabra de Dios debe sanar nuestras raíces para que nuestra vida dé buenos frutos. Jesús, Palabra encarnada, nos enseña que la fe no consiste solamente en hablar, sino en vivir el amor. La Eucaristía alimenta esta vida nueva y nos fortalece para permanecer fieles a Cristo.

Perdonar es, por tanto, recordar que nosotros también hemos sido perdonados. Solo quien permanece en la memoria de la misericordia de Dios puede aprender a vivir con un corazón semejante al suyo.

FELIZ DOMINGO

VIRGEN DE LOS LIÑARES

Hoy celebramos un año mas la fiesta en Honor a Nuestra Señora la Virgen de los Liñares, donde cada año nos reunimos en torno a una mesa para recordar a todos nuestros seres queridos con los que compartíamos mesa y mantel, la fiesta mas entrañablemente familiar del año. También es un día para acercarse a la Capilla de la Virgen para rezar y pedir su intercesión para todo lo que nos preocupa, acompañarla en procesión alrededor de la Capilla y disfrutar de un día de amistad y fraternidad. Seguro que ella nos escucha. Muchos son los que se encuentran este día tras un año sin haberse visto, manteniendo así un lazo que la Virgen mantiene.

Nuestro Patrón San Miguel, siguiendo la tradición fue bajado en procesión en un ambiente lúdico y festivo hasta la estación, acompañado por una gran cantidad de parroquianos. Al llegar lo recibió la Virgen de los Liñares para después ir juntos hasta la Capilla, siempre en un ambiente festivo, con dos bandas de música que amenizaron el trayecto.

Dediquemos un minuto de nuestro tiempo para elevarle una pequeña oración:

Madre de misericordia, Virgen de los Liñares, pongo en tus manos mi vida, mi amor y todo lo que soy.
Te consagro mis trabajos, mis alegrías, mis dolores y mis preocupaciones.
Ayúdame a vivir en fidelidad a tu Hijo, Jesús, y guíame por el camino de la paz y la esperanza.
Te pido que protejas mi familia, que nos des la gracia de respetar y amar la vida, como tú amaste la vida del Hijo de Dios.
Te ruego que bendigas la educación de mis hijos y nos concedas la unidad y el amor en nuestro hogar.
Madre Santa, enséñame a acercarme siempre a Jesús, a buscar su perdón cuando caigo y a recibir los sacramentos con devoción.
Dame la paz de un corazón limpio y libre de maldad, para que pueda llevar la verdadera alegría y paz a los demás.
Que tu amor me sostenga y me guíe siempre hacia tu Hijo, para que viva en su luz y en su gracia.
Amén.

FELIZ LIÑARES

jueves, 10 de septiembre de 2026

SALMO 84: ¡QUÉ AMABLES SON TUS MORADAS!

El Salmo 84 es un hermoso canto de amor y deseo por la presencia de Dios, es un canto lleno de nostalgia, confianza y amor hacia la casa de Dios. El salmista no contempla el templo simplemente como un edificio sagrado, sino como el lugar privilegiado del encuentro con el Dios vivo.

2 ¡Qué amables son tus moradas, Yahvé Sebaot!
3 Mi ser languidece anhelando los atrios de Yahvé; mi mente y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo.
4 Hasta el gorrión ha encontrado una casa, para sí la golondrina un nido donde poner a sus crías: ¡Tus altares, Yahvé Sebaot, rey mío y Dios mío!
5 Dichosos los que moran en tu casa y pueden alabarte siempre;
6 dichoso el que saca de ti fuerzas cuando piensa en las subidas.
7 Al pasar por el valle del Bálsamo, lo van transformando en hontanar y las lluvias lo cubren de bendiciones.
8 Caminan de altura en altura, y Dios se les muestra en Sión.
9 ¡Yahvé, Dios Sebaot, escucha mi plegaria, hazme caso, oh Dios de Jacob!
10 Oh Dios, nuestro escudo, mira, fíjate en el rostro de tu ungido.
11 Vale más un día en tus atrios que mil en mis mansiones, pisar el umbral de la Casa de mi Dios que habitar en la tienda del malvado.
12 Porque Yahvé es almena y escudo, él otorga gracia y gloria; Yahvé no niega la felicidad al que camina con rectitud.


Su corazón desea profundamente estar en los atrios del Señor porque allí encuentra aquello que ninguna realidad humana puede ofrecerle plenamente: la presencia, la paz y la alegría de Dios. «Mi mente y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo» expresa que la fe no es solamente una idea o una obligación religiosa, sino una relación viva con Dios que transforma toda la persona.

Incluso los pequeños pájaros que encuentran refugio junto a los altares se convierten en una imagen de la acogida de Dios. En la casa del Señor hay espacio para todos. El Dios de Israel es presentado como Rey, pero también como Padre que ofrece protección y hogar. Por eso el salmista proclama dichosos a quienes viven en su presencia y pueden alabarle continuamente.

El camino hacia Dios, sin embargo, no aparece como un camino fácil. Se habla de «las subidas» y del paso por el valle del Bálsamo. Es una imagen de la existencia humana: hay momentos de cansancio, dificultades, pérdidas y valles oscuros. Pero quien pone su confianza en Dios descubre que incluso los lugares difíciles pueden convertirse en «hontanar», en fuente de agua y bendición. La fe no elimina las dificultades, pero permite atravesarlas con una esperanza nueva.

El peregrino camina «de altura en altura» hasta encontrarse con Dios en Sión. Esta imagen expresa el crecimiento espiritual: la vida cristiana es un camino, una peregrinación permanente hacia Dios. No se trata de llegar rápidamente, sino de avanzar confiando en Aquel que sostiene nuestras fuerzas.

El salmista termina proclamando una de las grandes verdades del Salmo: «Vale más un día en tus atrios que mil en mis mansiones». Con estas palabras reconoce que ninguna seguridad, riqueza o comodidad puede compararse con la presencia de Dios. El verdadero tesoro no está en poseer mucho, sino en vivir cerca del Señor.

Para nosotros, cristianos del siglo XXI, este Salmo conserva una enorme actualidad. También nosotros podemos experimentar la tentación de buscar nuestra seguridad exclusivamente en el dinero, el bienestar, el reconocimiento o las cosas materiales. El Salmo nos recuerda que necesitamos un hogar interior donde descansar, y ese hogar es Dios.

A la luz del Evangelio, esta casa de Dios alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es la verdadera presencia de Dios entre nosotros y quien nos conduce al Padre. La Iglesia, comunidad de los creyentes, está llamada a ser también casa acogedora donde cada persona pueda encontrar esperanza, fraternidad y consuelo.

El Salmo nos invita, por tanto, a recuperar el deseo de Dios, a valorar la oración y la celebración de la fe y a descubrir que nuestra vida es una peregrinación hacia el encuentro definitivo con Él. Cuando atravesemos nuestros propios «valles», recordemos que Dios puede convertirlos en fuentes de bendición. Y cuando sintamos cansancio, podemos repetir con confianza: «Yahvé es almena y escudo; Él otorga gracia y gloria».

La felicidad que Dios ofrece no consiste en una vida sin problemas, sino en caminar con Él con un corazón recto y confiado. Quien aprende a vivir en su presencia descubre que, aun en medio de las dificultades, nunca camina solo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

“DONDE DOS O TRES ESTÁN REUNIDOS EN MI NOMBRE”

Vivimos en una sociedad en la que cada vez resulta más difícil valorar lo común. El individualismo, la superficialidad de muchas relaciones y la búsqueda constante de aprobación pueden hacernos olvidar que necesitamos a los demás para crecer y vivir plenamente. Frente a esta realidad, el Evangelio nos recuerda que la fe cristiana nunca es una experiencia aislada, sino una llamada a vivir en comunidad.

Jesús presenta a la comunidad cristiana como un lugar de acogida, perdón, cuidado y reconciliación. Por eso habla de la corrección fraterna. Todos podemos equivocarnos y, cuando el pecado rompe la comunión, no se trata de juzgar ni de condenar, sino de ayudar al hermano a recuperar el camino. Corregir cristianamente exige diálogo, discreción, escucha, paciencia y, sobre todo, amor. Quien corrige debe hacerlo desde la humildad, reconociendo que también necesita ser corregido; y quien recibe la corrección ha de saber acogerla con sencillez.

La finalidad no es expulsar ni señalar al que ha fallado, sino ofrecer siempre una nueva oportunidad. La Iglesia no está llamada al puritanismo, sino a ser una comunidad donde el pecador pueda encontrar misericordia, acompañamiento y la posibilidad de comenzar de nuevo. El Buen Pastor busca a la oveja perdida y la devuelve al rebaño; de la misma manera, cada cristiano está llamado a cuidar de sus hermanos.

Esta responsabilidad pertenece a todos. Desde el Bautismo somos miembros de un solo cuerpo y estamos llamados a vivir como sacerdotes, profetas y servidores del Reino. No podemos pensar que los problemas de los demás no nos afectan. La fe nos hace responsables unos de otros y nos invita a estar atentos para que nadie se quede solo o se aleje sin que intentemos acercarnos.

En este contexto adquieren todo su significado las palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo». Cristo se hace presente en medio de la comunidad que se reúne para orar, celebrar, escuchar la Palabra, perdonar y caminar unida. No importa tanto el número como la calidad de la comunión. La presencia de Dios no depende de grandes multitudes, sino de corazones que se reúnen sinceramente en su nombre.

Nuestra parroquia está llamada, por tanto, a ser una comunidad real, formada por personas concretas, con sus historias, limitaciones, heridas y esperanzas. Una comunidad donde nadie sea un extraño y donde cada uno pueda sentirse acogido, sostenido y amado. La oración comunitaria fortalece nuestra fe y nos recuerda que no caminamos solos.

También hoy necesitamos recuperar el valor de la cercanía. A veces un mensaje, una llamada, una palabra de ánimo o simplemente hacer saber a alguien que le echamos de menos puede ser una auténtica forma de evangelización. El cristiano está llamado a hacerse presente, a ponerse al servicio del otro y a no pecar de omisión.

El Evangelio nos invita, finalmente, a construir una Iglesia donde el amor sea más fuerte que el conflicto, donde el perdón venza al resentimiento y donde la reconciliación haga posible comenzar de nuevo. Cristo nos enseña con su propia vida que quienes un día le abandonaron pudieron convertirse después en sus colaboradores. También nosotros estamos llamados a perdonar, a cuidar y a confiar en la posibilidad de la conversión.

Porque la comunidad cristiana no es simplemente un grupo de personas que se reúne; es una familia de creyentes que camina unida bajo la presencia de Cristo. Cuando nos reunimos en su nombre, cuando nos perdonamos y cuando cuidamos unos de otros, hacemos visible el Reino de Dios. Juntos somos más fuertes, juntos podemos sostenernos en la fe y juntos podemos llevar al mundo la Buena Noticia del Evangelio.

FELIZ DOMINGO