PARROQUIA SAN MIGUEL DE OIA
jueves, 8 de octubre de 2026
SALMO 62: SOLAMENTE EN DIOS REPOSA MI ALMA
domingo, 4 de octubre de 2026
SAN FRANCISCO DE ASÍS: UN EVANGELIO VIVIDO
Uno de los momentos decisivos de su conversión fue el encuentro con los pobres y, especialmente, con los leprosos. Aquello que antes le producía rechazo comenzó a contemplarlo con una mirada nueva. En el rostro del pobre descubrió el rostro de Cristo. El amor a los pobres y la imitación de Jesús pobre quedaron unidos para siempre en su camino espiritual. El Papa León XIV ha recordado precisamente que, en el leproso, Francisco encontró a Cristo mismo y que aquel encuentro cambió su vida.
Otro momento fundamental fue su oración ante el crucifijo de San Damián. Allí comprendió que Jesús no era simplemente una figura del pasado, sino una Persona viva que le llamaba a entregarse totalmente. Francisco quiso seguir a Cristo de una manera radical, sencilla y despojada. Ante el obispo de Asís renunció a la herencia de su padre y comenzó una nueva vida marcada por la pobreza, la oración, el trabajo, la predicación y el servicio a los demás.
Francisco no buscó fundar una obra basada en su propia grandeza. Quiso simplemente vivir el Evangelio. Su ejemplo atrajo a otros jóvenes y poco a poco nació una fraternidad que se extendería por muchos lugares. En 1209 presentó en Roma su proyecto de vida al papa Inocencio III y recibió la aprobación de aquella nueva forma de vida cristiana. Francisco entendió que el carisma recibido de Dios debía ponerse al servicio de la Iglesia y de los hermanos.
La pobreza de Francisco no consistía solamente en no poseer cosas. Era, sobre todo, una manera de aprender a depender de Dios y de vivir con libertad. Quería que nada ocupara en su corazón el lugar que corresponde al Señor. Por eso eligió ser pequeño, humilde y hermano de todos. Su pobreza se convirtió en cercanía, solidaridad y entrega. No miraba a los necesitados desde lejos, sino que se acercaba a ellos y compartía su vida.
Francisco descubrió también que la fraternidad no tiene fronteras. Llamó hermanos y hermanas a quienes encontraba en el camino y llegó a contemplar toda la creación como un don de Dios. El sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra, los animales y todas las criaturas le hablaban de la bondad del Creador. De esta profunda experiencia nació el espíritu del Cántico de las criaturas, en el que la creación aparece como una gran alabanza a Dios. La Iglesia ha visto en esta sensibilidad de Francisco una llamada permanente a agradecer a Dios y a cuidar nuestra casa común.
Pero sería un error convertir a Francisco únicamente en el santo de la naturaleza o de la paz. El centro de su vida fue siempre Jesucristo. Su sencillez, su alegría, su amor a los pobres, su fraternidad y su respeto por la creación nacían de su deseo de configurarse con Cristo. El Papa Benedicto XVI destacó que Francisco había comprendido que ser cristiano consiste en una relación viva con la persona de Jesús y en dejarse transformar por Él.
Francisco fue también un hombre de paz. Su forma de anunciar el Evangelio no se apoyaba en el poder, la riqueza o la imposición, sino en la humildad y en el testimonio. Quería llevar a Cristo allí donde había enfrentamiento, división y sufrimiento. Su vida demuestra que el Evangelio puede transformar una persona y, a través de ella, transformar también una comunidad.
¿Y qué nos dice san Francisco a los cristianos de nuestro tiempo? Nos recuerda, ante todo, que no podemos vivir una fe solamente de palabras. El Evangelio pide ser encarnado en nuestra vida diaria. Nos invita a preguntarnos qué lugar ocupa realmente Jesucristo en nuestro corazón, si sabemos desprendernos de aquello que nos esclaviza, si somos capaces de acercarnos al que sufre y si nuestras relaciones con los demás están marcadas por la fraternidad.
También nos enseña que la verdadera riqueza no está en tener más, sino en saber agradecer y compartir. En una sociedad marcada tantas veces por el consumo, la preocupación por poseer y la búsqueda de reconocimiento, Francisco aparece como un testigo de una libertad diferente: la libertad de quien sabe que no necesita acumular para ser feliz.
Su vida nos recuerda igualmente que la creación no es un objeto que podamos utilizar sin medida, sino un regalo recibido de Dios. Cuidar la tierra, respetar la vida, usar responsablemente los bienes y evitar el despilfarro pueden ser también expresiones concretas de nuestra fe. Francisco nos enseña a mirar el mundo con agradecimiento y respeto, descubriendo en él las huellas del Creador.
Quizá el mayor mensaje de san Francisco sea su sencillez. No quiso ser grande ante los hombres; quiso ser fiel ante Dios. No buscó tener muchas cosas; quiso tener un corazón disponible. No quiso dominar; quiso servir. No quiso hacerse dueño de los demás; quiso llamarlos hermanos.
Por eso, después de ocho siglos, Francisco continúa hablando al corazón del hombre. Su vida nos invita a volver a lo esencial: Cristo en el centro, los pobres cerca, los hermanos a nuestro lado y la creación recibida como un regalo de Dios. San Francisco nos recuerda que cuando el Evangelio se vive con autenticidad, la sencillez se convierte en fuerza, la pobreza en libertad, el servicio en alegría y el amor en camino hacia Dios.
Que en este día pidamos al Señor aprender de san Francisco a vivir una fe más sencilla, más alegre y más comprometida; una fe capaz de mirar a Cristo, reconocerlo en los pobres, amar a nuestros hermanos y cuidar con gratitud la obra de sus manos.
PAZ Y BIEN
DIOS NOS CONFÍA SU VIÑA; ESPERA DE NOSOTROS FRUTOS DE AMOR.
Jesús utiliza una imagen muy conocida en la Sagrada
Escritura: la viña. Ya el profeta Isaías había presentado a Israel como
una viña cuidada por Dios. Jesús retoma esa imagen, pero pone ahora el acento
en los viñadores, es decir, en quienes han recibido la responsabilidad
de cuidar aquello que pertenece a Dios.
El propietario prepara la viña con enorme cuidado: la
planta, la protege, cava el lagar y construye la torre. Después la confía a
unos labradores. Aquí aparece una primera enseñanza fundamental: todo lo que
somos y tenemos es un don de Dios que se nos confía. No somos propietarios
absolutos de nuestra vida, de nuestros talentos, de nuestros bienes ni siquiera
de la Iglesia. Somos administradores de algo que pertenece al Señor.
El drama comienza cuando los viñadores olvidan que la viña
no es suya. Se apoderan de ella y rechazan a los enviados del propietario. La
parábola recuerda así la historia de los profetas, que muchas veces fueron
rechazados cuando llamaban al pueblo a la conversión. Finalmente el propietario
envía a su propio hijo. Jesús está anunciando de esta manera su propia pasión: el
Hijo enviado por el Padre será rechazado y llevado a la muerte.
Pero aquí aparece la gran paradoja del Evangelio.
Precisamente aquel que es rechazado se convierte en “la piedra angular”.
La muerte de Jesús no será el fracaso definitivo, sino el camino hacia la
resurrección. Los hombres pueden rechazar a Cristo, pero Dios lo constituye
fundamento de una nueva humanidad.
Por eso, cuando Jesús dice que el Reino será entregado a
quienes produzcan fruto, no está hablando de privilegios religiosos, sino de responsabilidad
y fidelidad. El Reino de Dios no pertenece a quienes simplemente dicen
creer, sino a quienes hacen que esa fe produzca frutos concretos: amor,
justicia, misericordia, servicio, perdón y solidaridad.
Y esta palabra no está dirigida únicamente a los dirigentes
de aquel tiempo. También nos habla a nosotros. La Iglesia, nuestras
comunidades y cada cristiano hemos recibido la viña del Señor. Podemos cuidarla
y hacerla fecunda, o podemos comportarnos como si fuera propiedad nuestra,
buscando nuestros intereses y olvidando al verdadero dueño.
El Papa Francisco señalaba que esta parábola también es
nuestra historia: la historia de la alianza de Dios con la humanidad, una
historia marcada por el amor de Dios, pero también por nuestras infidelidades y
rechazos.
El Evangelio de este domingo nos lleva, por tanto, a una
pregunta muy concreta: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta
con haber recibido la fe; hay que hacerla fructificar. No basta con pertenecer
a una comunidad; hay que servirla. No basta con conocer el Evangelio; hay que
vivirlo.
La gran invitación de Jesús es a devolver al Señor los
frutos de la viña. Dios nos ha confiado mucho porque espera mucho de
nosotros. Y su exigencia no nace de un deseo de dominarnos, sino del amor con
el que ha preparado y cuidado nuestra vida.
La parábola termina señalando a Cristo como la piedra
angular. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestra vida encuentra fundamento.
Cuando tratamos de construirla al margen de Él, tarde o temprano terminamos
apropiándonos de aquello que Dios nos había confiado.
Por eso, la pregunta esencial para este domingo podría ser: ¿estoy
cuidando la viña del Señor o me estoy comportando como si fuera mía?
jueves, 1 de octubre de 2026
SALMO 61: TE LLAMO CON EL CORAZÓN DESFALLECIDO
domingo, 27 de septiembre de 2026
“LA FE SE DEMUESTRA CON OBRAS.”
jueves, 24 de septiembre de 2026
SALMO 24: “ABRAMOS EL CORAZÓN AL REY DE LA GLORIA”.
domingo, 20 de septiembre de 2026
“LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS”
jueves, 17 de septiembre de 2026
SALMO 98: EL REGIRÁ EL MUNDO CON JUSTICIA
domingo, 13 de septiembre de 2026
¿NO DEBÍAS TÚ TAMBIÉN TENER COMPASIÓN?
VIRGEN DE LOS LIÑARES
Dediquemos un minuto de nuestro tiempo para elevarle una pequeña oración:
Madre de misericordia, Virgen de los Liñares, pongo en tus manos mi vida, mi amor y todo lo que soy.Te consagro mis trabajos, mis alegrías, mis dolores y mis preocupaciones.
Ayúdame a vivir en fidelidad a tu Hijo, Jesús, y guíame por el camino de la paz y la esperanza.
Te pido que protejas mi familia, que nos des la gracia de respetar y amar la vida, como tú amaste la vida del Hijo de Dios.
Te ruego que bendigas la educación de mis hijos y nos concedas la unidad y el amor en nuestro hogar.
Madre Santa, enséñame a acercarme siempre a Jesús, a buscar su perdón cuando caigo y a recibir los sacramentos con devoción.
Dame la paz de un corazón limpio y libre de maldad, para que pueda llevar la verdadera alegría y paz a los demás.
Que tu amor me sostenga y me guíe siempre hacia tu Hijo, para que viva en su luz y en su gracia.
Amén.
FELIZ LIÑARES
jueves, 10 de septiembre de 2026
SALMO 84: ¡QUÉ AMABLES SON TUS MORADAS!
3 Mi ser languidece anhelando los atrios de Yahvé; mi mente y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo.
4 Hasta el gorrión ha encontrado una casa, para sí la golondrina un nido donde poner a sus crías: ¡Tus altares, Yahvé Sebaot, rey mío y Dios mío!
5 Dichosos los que moran en tu casa y pueden alabarte siempre;
6 dichoso el que saca de ti fuerzas cuando piensa en las subidas.
7 Al pasar por el valle del Bálsamo, lo van transformando en hontanar y las lluvias lo cubren de bendiciones.
8 Caminan de altura en altura, y Dios se les muestra en Sión.
9 ¡Yahvé, Dios Sebaot, escucha mi plegaria, hazme caso, oh Dios de Jacob!
10 Oh Dios, nuestro escudo, mira, fíjate en el rostro de tu ungido.
11 Vale más un día en tus atrios que mil en mis mansiones, pisar el umbral de la Casa de mi Dios que habitar en la tienda del malvado.
12 Porque Yahvé es almena y escudo, él otorga gracia y gloria; Yahvé no niega la felicidad al que camina con rectitud.










