3 El somete a nuestro yugo los pueblos, y a las gentes bajo nuestros pies;
4 Él nos escoge nuestra herencia, orgullo de Jacob, su amado.
5 Sube Dios entre aclamaciones, Yahveh al clangor de la trompeta:
6 ¡salmodiad para nuestro Dios, salmodiad, salmodiad para nuestro Rey, salmodiad!
7 Que de toda la tierra él es el rey: ¡salmodiad a Dios con destreza!
8 Reina Dios sobre las naciones, Dios, sentado en su sagrado trono.
9 Los príncipes de los pueblos se reúnen con el pueblo del Dios de Abraham.
El salmo comienza proclamando que
el Señor es el Altísimo, el Rey grande sobre toda la tierra. No es un dios
limitado a un pueblo o a un territorio, sino el Señor de toda la creación y de
toda la historia. Su autoridad no depende de la fuerza humana, sino de su poder
creador y de su fidelidad a la alianza. Toda la tierra le pertenece porque todo
ha sido hecho por Él y para Él.
Cuando el salmista afirma que
Dios somete los pueblos y las naciones, expresa la convicción de que toda la
historia está bajo el gobierno divino. En el Antiguo Testamento estas
expresiones reflejan el lenguaje propio de una época marcada por conflictos entre
pueblos. Sin embargo, a la luz de Jesucristo, comprendemos que Dios no domina
mediante la violencia, sino que conquista los corazones con el poder del amor.
Su victoria definitiva es la del bien sobre el mal, la vida sobre la muerte y
la misericordia sobre el pecado.
La herencia que Dios concede a su
pueblo es el signo de su amor y de su elección. Israel experimentó esta
herencia como la tierra prometida; pero el Nuevo Testamento revela que la
verdadera herencia es la comunión con Dios y la participación en su Reino. Por
el Bautismo, todos los creyentes somos incorporados al pueblo de la nueva
alianza y llamados a compartir la vida eterna.
El salmo describe después a Dios
que asciende entre aclamaciones y al sonido de las trompetas. Esta imagen
expresa la alegría del pueblo que reconoce la presencia y el reinado del Señor.
La tradición cristiana ha visto en estas palabras una figura de la Ascensión de
Jesucristo, que, después de su Pascua, entra glorioso en el cielo y se sienta a
la derecha del Padre para reinar sobre toda la creación.
La repetición insistente de la
invitación a «salmodiar» manifiesta que la alabanza es la respuesta más
adecuada ante la grandeza de Dios. Quien descubre el amor del Señor no puede
permanecer indiferente, sino que lo glorifica con la oración, con la liturgia y
con el testimonio de su vida. La alabanza no es solo un canto; es una forma de
vivir reconociendo que Dios ocupa el primer lugar.
El salmista afirma que Dios reina
sobre todas las naciones y está sentado en su santo trono. Esto significa que
ningún poder humano tiene la última palabra sobre la historia. Los imperios
pasan, los gobiernos cambian y las estructuras humanas son frágiles, pero el
Reino de Dios permanece para siempre. Esta certeza llena de esperanza al
creyente, especialmente en medio de las dificultades y de las injusticias del
mundo.
El versículo final anuncia que
los pueblos se reúnen con el pueblo del Dios de Abraham. Se trata de una
hermosa profecía de la universalidad de la salvación. Lo que comenzó con la
elección de Israel alcanza su plenitud en Cristo, que reúne en una sola familia
a hombres y mujeres de toda lengua, raza y nación. La Iglesia es el signo
visible de esa convocatoria universal, llamada a anunciar el Evangelio a todos
los pueblos.
Este salmo nos recuerda que Dios
es el verdadero Rey de nuestra vida. Su reinado no esclaviza, sino que libera;
no humilla, sino que dignifica; no divide, sino que reúne. Aceptar su señorío
significa confiar plenamente en Él, dejar que gobierne nuestro corazón y
colaborar en la construcción de un mundo más justo, fraterno y reconciliado.
En una sociedad que con
frecuencia absolutiza el poder, el dinero o el éxito, este salmo nos invita a
reconocer que solo Dios merece ocupar el centro de nuestra vida. Él sigue
guiando la historia y nunca abandona a su pueblo.
También nos llama a vivir la
alabanza como una actitud permanente. Quien reconoce la presencia de Dios
aprende a darle gracias en todo momento y descubre que la verdadera seguridad
no está en las cosas pasajeras, sino en el amor fiel del Señor.
Finalmente, este himno nos
impulsa a trabajar por la unidad entre los pueblos y a anunciar que Cristo es
el Rey que reúne a toda la humanidad en una misma familia, ofreciendo a todos
la paz, la esperanza y la vida eterna.











