jueves, 12 de febrero de 2026

APERTURA DEL AÑO JUBILAR FRANCISCANO

Este jueves, 12 de febrero, a las siete de la tarde en la parroquia de María Madre del Buen Pastor (PP. Capuchinos), el obispo de la Diócesis, Mons. D. Antonio Valín, presidirá la Eucaristía con motivo del inicio del Año Jubilar Franciscano.

La familia franciscana celebra este año el 800 aniversario del Tránsito (muerte) de San Francisco de Asís en 1226. Ante esta efeméride el Papa ha dispuesto que, desde el 10 de enero de 2026 hasta el 10 de enero de 2027, se celebre este Año Jubilar de San Francisco.

A lo largo de este Año Jubilar, se podrá ganar la indulgencia plenaria, visitando cualquier iglesia franciscana, o lugar de culto en cualquier parte de la Diócesis dedicado a San Francisco o relacionado con él y cumpliendo las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre).

En nuestra Diócesis la presencia franciscana es muy significativa:
En Vigo: 
  • La orden franciscana de Hermanos Menores Capuchinos, OFM Cap, quienes atienden la parroquia de María Madre del Buen Pastor.
  • Orden Franciscana de Hermanos Menores, OFM que atiende la parroquia de San Francisco de Asís.
  • Franciscanas Misioneras Madre del Divino Pastor (Colegio Mariano)
  • Franciscanas Misioneras de María (Casa Virxe da Guía)
  • Orden Franciscana Seglar (O.F.S) Fraternidad Vigo Franciscanos
En otros lugares de la Diócesis:
  • Convento Franciscano de San Diego de Canedo (Ponteareas)
  • Monasterio de Santa María de la Concepción (Monasterio de las Clarisas en Tui)
  • Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción (Residencia de Paz y Bien en Tui)
  • Orden Franciscana Seglar (O.F.S) -Fraternidad de Ponteareas
Fuente:
https://www.diocesetuivigo.org/apertura-del-ano-jubilar-franciscano-en-la-diocesis-de-tui-vigo/

miércoles, 11 de febrero de 2026

JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo, que la Iglesia celebra cada 11 de febrero, el Papa León XIV ha dirigido a la comunidad cristiana y a la sociedad entera un mensaje de hondo calado humano bajo el lema «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro». No se trata de una reflexión abstracta, sino de una llamada concreta a repensar cómo acompañamos hoy a quienes sufren la enfermedad, la fragilidad y la soledad.

Inspirándose en la conocida parábola evangélica del buen samaritano, el Papa recuerda que la verdadera compasión no consiste solo en sentir lástima, sino en detenerse, acercarse y hacerse cargo del otro. En una cultura marcada por la prisa, la eficiencia y, a menudo, el descarte, el enfermo corre el riesgo de convertirse en un problema o en una carga. Frente a ello, el mensaje pontificio subraya que cada persona enferma es siempre alguien, nunca algo, y que su dignidad no disminuye con la fragilidad.

La cercanía que no sale en las estadísticas

Este mensaje adquiere un significado especial cuando se pone rostro a tantas realidades silenciosas que existen en nuestras parroquias. Los grupos de pastoral de la salud realizan, desde hace años, una labor discreta pero esencial: visitas a domicilios, acompañamiento a personas mayores que viven solas, presencia regular en residencias y apoyo espiritual y humano a familias agotadas por el cuidado prolongado.

Son gestos sencillos —una conversación, una escucha atenta, una oración compartida— que no suelen ocupar titulares, pero que sostienen la vida cotidiana de muchas personas. Allí donde la enfermedad encierra y aísla, estas visitas abren ventanas; donde el dolor debilita la esperanza, llevan consuelo y sentido. En palabras del Papa, son una forma concreta de “llevar sobre uno mismo el peso del sufrimiento ajeno”.

El ministerio insustituible de los capellanes de hospital

Junto a esta labor parroquial, el mensaje del Papa invita también a reconocer el papel fundamental de los capellanes de hospital, a menudo invisibles en estructuras sanitarias cada vez más complejas. Su presencia no responde a una función meramente ritual, sino a una atención integral de la persona, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad.

Los capellanes acompañan procesos de enfermedad grave, decisiones difíciles, despedidas, duelos y también pequeños gestos de gratitud y esperanza. Escuchan a pacientes y familiares, colaboran con el personal sanitario y recuerdan que, incluso en el entorno técnico del hospital, la dimensión espiritual forma parte del cuidado auténtico. Su tarea se vuelve especialmente valiosa cuando la palabra médica ya no puede prometer curación, pero sigue siendo posible ofrecer sentido, paz y cercanía.

Una responsabilidad compartida

El Papa León XIV insiste en que el cuidado del enfermo no puede recaer solo en profesionales o voluntarios especializados. Es una responsabilidad de toda la comunidad, una medida real de nuestra humanidad y de la calidad de nuestras relaciones sociales. Cuidar a quien sufre no es un añadido opcional, sino un criterio que define el tipo de sociedad que queremos ser.

En este Día del Enfermo, la Iglesia recuerda que la compasión no es debilidad, sino una fuerza capaz de humanizar los espacios más duros del sufrimiento. Y lo hace poniendo en valor a quienes, desde parroquias y hospitales, siguen encarnando —con constancia y discreción— el gesto siempre actual del buen samaritano: detenerse, acercarse y cuidar.

José Juan Sobrino Pino

Delegado diocesano de Pastoral de la Salud.

https://www.diocesetuivigo.org/cuidar-al-enfermo-una-tarea-humana-y-espiritual-que-no-puede-delegarse/

domingo, 8 de febrero de 2026

“SER SAL Y LUZ: LA MISIÓN COTIDIANA DEL CRISTIANO”

El Evangelio de este domingo nos presenta dos imágenes sencillas, pero profundamente desafiantes: la sal y la luz. A través de ellas, Jesús nos recuerda que la fe no es algo que se vive solo en el interior del corazón o dentro del templo, sino que está llamada a transformar la vida diaria y la sociedad. Como discípulos, somos enviados a dar sabor al mundo con el Evangelio y a iluminar con nuestras obras el camino de los demás.

El cristiano está llamado a dar sabor y sentido al mundo

Jesús utiliza la imagen de la sal para explicar la misión del discípulo. La sal en tiempos bíblicos no solo servía para dar sabor, sino también para conservar los alimentos. De la misma manera, el cristiano está llamado a aportar sentido, esperanza y valores evangélicos en medio de la sociedad. Cuando el creyente vive su fe con coherencia, ayuda a preservar la dignidad humana, la justicia y el amor fraterno. Sin embargo, Jesús advierte que la sal puede volverse insípida, recordándonos que la fe pierde fuerza cuando se vive superficialmente o sin compromiso.

La fe no puede ocultarse: estamos llamados a ser luz

Jesús también afirma que sus discípulos son la luz del mundo y que una lámpara no se enciende para esconderla. La luz simboliza la verdad, la guía y la esperanza que provienen de Dios. El cristiano no está llamado a vivir su fe solo en el ámbito privado, sino a manifestarla con naturalidad y valentía en la vida social, familiar y laboral. Ser luz significa iluminar con el testimonio, mostrando con obras concretas el amor de Dios.

Las buenas obras revelan la presencia de Dios

El Evangelio destaca que la luz del cristiano se manifiesta a través de las buenas obras. No se trata de buscar reconocimiento personal, sino de que, al ver esas acciones, otros puedan descubrir a Dios y glorificarlo. La caridad, la solidaridad, el servicio a los más necesitados y el compromiso por el bien común son formas concretas en las que la fe se hace visible. El verdadero testimonio cristiano nace de una fe vivida y puesta en práctica.

La misión cristiana es comunitaria y transformadora

Jesús habla a sus discípulos en plural, recordando que la misión no es individualista. La Iglesia entera está llamada a ser sal y luz en medio del mundo. Cuando los cristianos viven unidos, su testimonio tiene mayor fuerza transformadora en la sociedad. Este Evangelio invita a la comunidad parroquial a preguntarnos cómo están iluminando nuestro entorno y de qué manera pueden ser signo del amor de Dios en la realidad concreta donde vivimos.

¿De qué manera concreta estoy siendo sal y luz en mi familia, en mi trabajo y en mi comunidad?

 FELIZ DOMINGO

jueves, 5 de febrero de 2026

SALMO 6: CUANDO EL DOLOR SE CONVIERTE EN ORACIÓN

El Salmo 6 nos introduce en una de las experiencias más profundas y humanas de la fe: la oración que nace del sufrimiento. No es una oración tranquila ni serena, sino el grito de una persona que se siente enferma, agotada interiormente y rodeada de situaciones que la superan. Es la oración de alguien que no tiene fuerzas, pero que todavía tiene esperanza.

Yahveh, no me corrijas en tu cólera, en tu furor no me castigues.
Tenme piedad, Yahveh, que estoy sin fuerzas, sáname, Yahveh, que mis huesos están desmoronados,
desmoronada totalmente mi alma, y tú, Yahveh, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Yahveh, recobra mi alma, sálvame, por tu amor.
Porque, en la muerte, nadie de ti se acuerda; en el seol, ¿quién te puede alabar?
Estoy extenuado de gemir, baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama;
mi ojo está corroído por el tedio, ha envejecido entre opresores.
Apartaos de mí todos los malvados, pues Yahveh ha oído la voz de mis sollozos.
Yahveh ha oído mi súplica, Yahveh acoge mi oración.
¡Todos mis enemigos, confusos, aterrados, retrocedan, súbitamente confundidos!

El salmista comienza expresando un temor muy humano. En medio del dolor surge la pregunta que muchas personas se hacen en silencio: “¿Dios estará molesto conmigo? ¿Estoy pagando algo?”. Estas preguntas aparecen con frecuencia cuando atravesamos momentos difíciles. Sin embargo, el salmo nos enseña algo muy importante: el creyente no necesita presentarse ante Dios como alguien perfecto. Puede acercarse con su fragilidad, con su cansancio y hasta con sus dudas. Dios no espera explicaciones; espera confianza.

El texto describe un sufrimiento que afecta toda la persona. El cuerpo está debilitado, el corazón se siente roto y la tristeza parece no terminar, especialmente en la noche, cuando todo se vuelve más pesado y las preocupaciones crecen. La Biblia no esconde estas experiencias. Al contrario, nos muestra que también el llanto puede ser oración. Dios escucha incluso cuando no tenemos palabras.

Hay un momento muy hermoso en el salmo. El orante no dice que su enfermedad desapareció ni que sus problemas se resolvieron, pero afirma con seguridad que Dios ha escuchado su súplica. Aquí encontramos una enseñanza muy valiosa para nuestra vida espiritual: la oración no siempre cambia inmediatamente las situaciones, pero sí cambia el corazón. Cuando una persona se sabe escuchada por Dios, comienza a nacer una nueva esperanza.

El salmo también nos recuerda que el mal, la injusticia y todo aquello que oprime al ser humano no tienen la última palabra. Dios se pone del lado del que sufre y le regala una fuerza interior que le permite resistir y seguir caminando.

Esta misma actitud la vemos en Jesús. Él siempre acogía a las personas que llegaban con su dolor, sin rechazarlas ni juzgarlas. Recordemos a la mujer que, llorando, lavó los pies de Jesús con sus lágrimas: “Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume” (Lc 7,37-38). Él no desprecia ese gesto; al contrario, reconoce en él una expresión profunda de amor y de fe. Así es el corazón de Dios: un corazón que acoge, consuela y levanta.

El Salmo 6 nos deja un mensaje muy actual. Todos, en algún momento, pasamos por noches oscuras, por enfermedades, por preocupaciones o por situaciones que nos hacen sentir débiles. Este salmo nos invita a no alejarnos de Dios en esos momentos, sino a acercarnos más. Nos recuerda que la fe no consiste en no sufrir, sino en descubrir que nunca sufrimos solos.

Que este salmo nos ayude a aprender a rezar también con nuestras lágrimas, confiando en que Dios siempre escucha y acompaña.

domingo, 1 de febrero de 2026

LAS BIENAVENTURANZAS: EL CAMINO DE LA VERDADERA FELICIDAD

En el IV Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús nos propone un camino sorprendente hacia la felicidad a través de las Bienaventuranzas. No se trata de promesas fáciles ni de normas inalcanzables, sino de una manera nueva de vivir, centrada en la confianza en Dios.

Las Bienaventuranzas nos revelan, ante todo, el rostro mismo de Jesús. Él es pobre de espíritu, manso, misericordioso, limpio de corazón y constructor de paz. Por eso, no son solo palabras para admirar, sino una llamada concreta a seguirle.

Jesús declara felices a quienes el mundo suele ignorar o considerar débiles. Nos recuerda que la verdadera felicidad no nace de tener más, sino de vivir apoyados en Dios, aun en medio del dolor, la injusticia o la persecución.

Este Evangelio nos invita a revisar nuestra vida cotidiana: la familia, el trabajo, las relaciones y el compromiso con los demás. Cada bienaventuranza es una promesa de Dios y, al mismo tiempo, un camino para transformar el mundo desde dentro.

La homilía concluye con una invitación sencilla y exigente: elegir una bienaventuranza y tratar de vivirla de forma concreta durante la semana, confiando en que el Señor cumple siempre lo que promete.

FELIZ DOMINGO

jueves, 29 de enero de 2026

SALMO 15: SER HUÉSPED DE DIOS

Estamos ante una enseñanza muy simple y directa de las condiciones necesarias para poder ser huésped de Dios, que es tanto como decir para tener una experiencia auténtica de Dios. La persona que ora, entiende y explica que el trato que se tiene con la gente será la medida de la posible aceptación de Dios, y no porque Dios le cierre las puertas a nadie, sino porque la puerta de acceso a su intimidad depende precisamente de la calidad humana de las relaciones con las personas con las que uno convive.

1 Yahvé, ¿quién vivirá en tu tienda?, ¿quién habitará en tu monte santo?

2 El de conducta íntegra que actúa con rectitud, que es sincero cuando piensa

3 y no calumnia con su lengua; que no daña a conocidos ni agravia a su vecino;

4 que mira con desprecio al réprobo y honra a los que temen a Yahvé; que jura en su perjuicio y no retracta;

5 que no presta a usura su dinero ni acepta soborno contra el inocente. Quien obra así jamás vacilará.

Este Salmo pertenece al género sapiencial-litúrgico. Probablemente se utilizaba en el contexto del acceso al santuario de Jerusalén: el fiel se preguntaba quién podía entrar en la “tienda” o subir al “monte santo”, imágenes que remiten al templo y, más profundamente, a la presencia de Dios. En el antiguo Israel, el culto no estaba desligado de la vida moral. Por eso este salmo refleja una crítica implícita al ritualismo vacío: no basta con ofrecer sacrificios; es necesaria una vida justa.

El salmo es breve, pero muy concentrado, responde a una pregunta central: quién es digno de vivir en la presencia de Dios (“tu tienda”, “tu monte santo”, es decir, el ámbito del culto y de la comunión con Yahvé).

v. 1: ¿Quién puede acercarse y permanecer ante Dios? pregunta solemne, casi jurídica.

vv. 2–5a: lista de cualidades. No se trata de rituales, sino de conducta ética. No enumera mandamientos negativos y positivos al azar; describe un modelo humano completo, coherente en: interioridad (pensamiento), lenguaje (palabra), relaciones sociales, economía, fidelidad a Dios: Habitar con Dios no depende de linaje, estatus o rito, sino de una vida íntegra. La santidad bíblica es esencialmente relacional y moral. “El que es sincero cuando piensa” subraya que Dios ve el corazón. No hay separación entre fe interior y conducta pública. El justo no difama, no daña al prójimo, no se beneficia del débil, no se vende por dinero. La fe en Yahvé tiene consecuencias económicas y sociales muy concretas.

Es una fidelidad costosa “Jura en su perjuicio y no retracta”: la palabra dada es sagrada, incluso cuando cumplirla resulta desfavorable. Aquí se refleja una ética de la responsabilidad y la verdad. El acceso a Dios está vinculado a una vida íntegra.

v. 5b: El versículo final (“Quien obra así jamás vacilará”) subraya que la estabilidad y la seguridad no provienen del poder ni del culto externo, sino de una vida recta conforme a la justicia de Dios.

Este salmo dialoga con otros textos clave:

  • Isaías 33,15–16:  quién puede habitar en la altura de Dios “El que anda en justicia y habla con rectitud; el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal. Ése morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las peñas, se le dará su pan y tendrá el agua segura.”
  • Miqueas 6,8: “Se te ha hecho saber, hombre, lo que es bueno, lo que Yahvé quiere de ti: tan sólo respetar el derecho, amar la lealtad y proceder humildemente con tu Dios”.
  • Salmo 24,3–4: “¿Quién subirá al monte de Yahvé?, ¿quién podrá estar en su santo recinto? El de manos limpias y puro corazón, el que no suspira por los ídolos ni jura con engaño”. Manos inocentes y corazón puro.
  • Mateo 5–7: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. El Sermón del Monte retoma esta misma lógica, llevándola a plenitud.

En clave cristiana, el salmo no se lee como una lista legalista, sino como un ideal de vida que encuentra su cumplimiento en Cristo. Jesús encarna plenamente al “justo” del salmo y, al mismo tiempo, abre el acceso al Padre por la gracia, no por mérito humano.

Hoy el salmo interpela directamente entre lo que creemos y cómo hablamos, cómo tratamos la verdad, el dinero y al prójimo, las decisiones concretas que adoptamos. Es un texto especialmente pertinente en contextos de corrupción, violencia verbal, injusticia económica y religiosidad superficial.

Jesús conectó claramente con esa manera de entender la hospitalidad de Dios: “Y Jesús, viendo que había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios” (MC 12,34)

Vivir en la presencia de Dios no es cuestión de proximidad al templo, sino de proximidad a la justicia. 

domingo, 25 de enero de 2026

LA LUZ QUE CAMBIA LA VIDA: LLAMADOS A SEGUIR A JESÚS

La Palabra de Dios de este domingo está marcada por una gran esperanza: Dios no abandona a su pueblo en los momentos de oscuridad. Como anuncia el profeta Isaías, la luz de Dios brilla incluso en medio de las tinieblas, y esa promesa se cumple plenamente en Jesucristo.

El Evangelio nos presenta el inicio de la misión de Jesús, que proclama: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos». No es una amenaza, sino una invitación gozosa. Convertirse significa cambiar de rumbo, acercarse a la vida, a la alegría y a la luz que Dios quiere regalarnos.

Jesús comienza su camino en Galilea, una tierra sencilla y marginada, y allí llama a sus primeros discípulos: pescadores, hombres normales, trabajadores. No les propone un plan complicado ni un discurso largo, sino una promesa: «Venid conmigo». Y ellos, con una confianza sorprendente, dejan las redes y lo siguen.

Este gesto revela el corazón del mensaje: Jesús sigue llamando hoy, y su llamada sigue siendo capaz de transformar la vida. La vocación cristiana no es solo para unos pocos, sino para todos. Cada bautizado ha sido llamado a seguir a Cristo desde su propia realidad y con su propia misión.

San Pablo nos recuerda que el seguimiento auténtico de Jesús conduce siempre a la unidad y la comunión, nunca a la división. Cuando Cristo es el centro, la Iglesia se convierte en un espacio de fraternidad y encuentro.

Los Papas nos lo recuerdan con claridad: no somos cristianos por costumbre, sino por encuentro. Encontrarse con Jesús cambia el corazón, despierta una alegría que no se puede guardar y convierte la vida cotidiana en misión.

Seguir a Jesús no empobrece la vida, la ensancha. No quita alegría, la multiplica. No resta, sino que lo da todo. Él pasa hoy también por la orilla de nuestra vida y nos dice, como a los primeros discípulos: «Ven conmigo».

La Virgen María, primera discípula, nos enseña a escuchar la Palabra, a confiar y a responder con un “sí” valiente, incluso sin entenderlo todo. Con ella aprendemos a ponernos en camino sin miedo, para que nuestra vida se convierta también en luz para los que caminan en tinieblas.

FELIZ DOMINGO

miércoles, 21 de enero de 2026

SALMO 12: ESPERANDO LA HORA DE LA JUSTICIA

El Salmo 12 es un texto breve, pero de una profundidad notable. Nace como una queja sincera y dolorida delante de Dios, y al mismo tiempo se convierte en una lúcida reflexión sobre una realidad que sigue siendo actual: la crisis de la verdad y el uso perverso de la palabra como instrumento de dominio y exclusión.

 ¡Salva, Yahveh, que ya no hay fieles, se acabaron los veraces entre los hijos de Adán!

Falsedad sólo dicen, cada cual, a su prójimo, labios de engaño, lenguaje de corazones dobles.

Arranque Yahveh todo labio tramposo, la lengua que profiere bravatas,

los que dicen: «La lengua es nuestro fuerte, nuestros labios por nosotros, ¿Quién va a ser amo nuestro?»

Por la opresión de los humildes, por el gemido de los pobres, ahora me alzo yo, dice Yahveh: auxilio traigo a quien por él suspira.

Las palabras de Yahveh son palabras sinceras, plata pura, de ras de tierra, siete veces purgada.

Tú, Yahveh, los guardarás, los librarás de esta ralea para siempre;

de todas partes se irán los impíos, colmo de vileza entre los hijos de Adán.

El salmista percibe que la fidelidad ha desaparecido, que la convivencia humana se ha ido degradando y que la mentira, la manipulación y la arrogancia se han normalizado ¡Cuánta palabra vacía llena los discursos de quien con la palabra hace alarde de sabiduría y de control! No se trata de una queja privada ni de un lamento intimista; es una auténtica denuncia social. La palabra, que debería servir a la comunión y a la fraternidad, ha sido vaciada de verdad y utilizada para imponerse sobre los demás, especialmente sobre los más débiles. Dios de quien a veces también se pretende hablar con engaño, no está por esas historias. Su palabra de vida es una palabra limpia, refinada, que nos ofrece como camino de autenticidad, de futuro provechoso. Jesús fue palabra encarnada, limpia, refinada: “Y la palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14)

El pecado que el salmo pone en primer plano no es la violencia física, sino la violencia verbal: labios engañosos, corazones dobles, lenguas que se creen autónomas y soberanas, como si no tuvieran que rendir cuentas a nadie. La mentira no aparece solo como una falta moral individual, sino como un mal estructural que rompe la confianza y destruye la convivencia.

En el centro del salmo se alza un contraste decisivo: dos maneras de usar la palabra. Por un lado, la palabra humana cuando se separa de la verdad y se convierte en herramienta de poder, de arrogancia y de opresión. Por otro, la palabra de Dios, descrita como palabra limpia, probada, purificada como plata refinada. Frente al ruido de los discursos vacíos y presuntuosos, la palabra del Señor es fiable, firme y portadora de vida.

Es significativo que la intervención de Dios se produzca a causa del sufrimiento de los humildes y del gemido de los pobres. El Dios bíblico no permanece indiferente ante la injusticia: escucha el clamor de quienes no tienen voz y se pone de su parte. Esta convicción sitúa el salmo en la gran corriente de la Escritura que afirma la opción de Dios por los débiles.

Aunque el salmo no ignora la persistencia del mal ni idealiza la realidad, concluye con una confianza serena: Dios guarda a los suyos y no permitirá que la mentira tenga la última palabra. La fe no consiste en negar la oscuridad, sino en creer que no gobierna la historia.

Leído hoy, el Salmo 12 nos interpela con fuerza. Vivimos en un tiempo en el que la mentira se normaliza, el discurso público se degrada y la palabra se utiliza con demasiada facilidad para manipular, humillar o excluir. Este salmo nos invita a una auténtica ética del lenguaje: a cuidar la palabra, a unificar corazón y labios, a hablar desde la verdad y la responsabilidad.

Para el creyente, esta llamada se concreta en dos actitudes fundamentales. Por un lado, el examen sincero de la propia palabra: preguntarnos si es transparente o doble, si sirve a la verdad o al interés. Por otro, una confianza profunda en la palabra de Dios, que no engaña ni promete en vano.

En definitiva, el Salmo 12 es una oración de resistencia ética y espiritual. Proclama que, en medio de tantas palabras vacías, solo la palabra de Dios permanece como roca firme, camino de autenticidad y fuente de esperanza.

sábado, 17 de enero de 2026

ESTE ES EL CORDERO DE DIOS

En este Domingo II del Tiempo Ordinario, la liturgia nos conduce al corazón del Evangelio con una frase esencial: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

La obra que acompaña nuestra reflexión es el impresionante lienzo de Francisco de Zurbarán conservado en la Catedral de Sevilla. En él, Juan Bautista no se mira a sí mismo ni busca protagonismo: señala al Cordero. Todo el cuadro es una catequesis visual sobre la fe cristiana: mirar a Cristo y conducir hacia Él.

El Tiempo Ordinario no es un tiempo menor, sino el tiempo de la vida cotidiana iluminada por Dios. En medio de nuestras luchas y esperanzas, el Señor sale a nuestro encuentro.

“Al día siguiente, vio Juan a Jesús que venía hacia él y exclamó: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.”(Jn 1,29)

Juan el Bautista reconoce a Jesús como el Mesías: el “Cordero de Dios”. Él anuncia que Jesús es superior a él porque existía antes que él. Juan también recuerda cómo vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús en forma de paloma, lo que confirma que Jesús es el enviado de Dios que bautiza con el Espíritu Santo y es el Hijo de Dios.

Juan Bautista nos enseña la actitud fundamental del creyente: no ponerse en el centro, sino señalar a Jesús. Dios no espera que seamos perfectos; viene precisamente porque nos ama y quiere quitarnos aquello que nos roba la alegría y la paz.

Jesús es el Cordero de Dios anunciado desde antiguo: no vence por la fuerza, sino entregándose por amor. No salva imponiéndose, sino cargando con el mal del mundo. Así se revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que ama hasta el extremo.

Las lecturas nos recuerdan también nuestra misión: ser luz. Todo bautizado está llamado a reflejar la luz de Cristo. La santidad no es un ideal reservado a unos pocos, sino un camino posible para todos, vivido en lo pequeño y cotidiano.

La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, es el lugar donde aprendemos a mirar a Cristo, a dejarnos salvar y a salir enviados. Como Juan Bautista, estamos llamados a evangelizar con la vida, con gestos sencillos, llenos de esperanza y amor.

Mirar a Jesús, dejarnos salvar por Él y señalarlo con nuestra vida.

Que María nos ayude a reconocer siempre al Cordero de Dios y a vivir con confianza, alegría y esperanza.

FELIZ DOMINGO

AÑO JUBILAR FRANCISCANO 2026-2027

Con motivo del 800 aniversario del tránsito de S. Francisco de Asís el Papa León XIV promulga un año jubilar franciscano, desde el pasado día 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027. La Penitenciaría apostólica concede indulgencia plenaria bajo las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística, rezar por las intenciones del Papa)

Aunque este año jubilar está dirigido de modo particular a la familia franciscana en su Primera, Segunda y Tercera Orden, la gracia especial se extiende también a todos los fieles, sin distinción, que visiten en peregrinación cualquier iglesia conventual franciscana o lugar de culto dedicado a san Francisco en cualquier parte del mundo.

En nuestra diócesis los templos franciscanos más cercanos son:

Aquí en Vigo: La iglesia de S. Francisco en el Berbés de los Hnos. Menores Observantes, la iglesia María Madre del Buen Pastor de los Capuchinos en C/Vázquez Varela.

En Tui: las Hnas. Clarisas (y la capilla de la Orden Franciscana Seglar).

En Ponteareas: La Iglesia de San Diego del Convento Franciscano de Canedo.

Los ancianos, los enfermos y quienes, por motivos graves, no puedan salir de casa podrán obtener la indulgencia plenaria uniéndose espiritualmente a las celebraciones jubilares y ofreciendo a Dios sus oraciones, dolores y sufrimientos.

Por este motivo hemos puesto, en el altar de ánimas, un cordón franciscano unido a la imagen de S. Francisco, como recordatorio de este año de gracia y de nuestra oración por todos los difuntos, enfermos y necesitados de nuestra parroquia.
Altar de Ánimas Parroquia San Miguel de Oia de Vigo
En el altar de ánimas de nuestra parroquia hay una imagen muy significativa de S. Francisco rescatando almas del purgatorio. Después de haber recibido los estigmas, Cristo le reveló a S. Francisco que le concedería el don de bajar al purgatorio para rescatar las almas de sus hijos espirituales y devotos, y llevarlos a la presencia del Señor. Son tres los días del año en que este santo baja al Purgatorio a buscar las almas: el 2 de agosto, día de la Porciúncula o solemnidad del Perdón de Asís, el 17 de septiembre, día de la conmemoración de la impresión de los estigmas; y los días 3 y 4 de octubre, muerte y festividad. Son días especiales para pedir la liberación de las almas del purgatorio, de nuestros familiares y amigos, y de todos aquellos que no tienen quien recen por ellos. Este año jubilar no olvidemos a nuestros difuntos.

ORACION DEL PAPA LEON XIV A SAN FRANCISCO

San Francisco, hermano nuestro, tú que hace ochocientos años
fuiste al encuentro de la hermana muerte como un hombre reconciliado,
intercede por nosotros ante el Señor.

Tú, que en el Crucifijo de San Damián reconociste la paz verdadera,
enséñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación
que derriba todo muro.

Tú, que desarmado atravesaste las líneas de la guerra
y de la incomprensión,
concédenos el coraje de construir puentes
allí donde el mundo levanta fronteras.

En este tiempo afligido por conflictos y divisiones,
intercede para que lleguemos a ser artesanos de paz:
testigos desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo.

Amén

Paz y bien a todos.

domingo, 11 de enero de 2026

EL BAUTISMO DEL SEÑOR. INICIO DE SU MISIÓN

La festividad del Bautismo del Señor ocupa un lugar central en el misterio de la manifestación de Jesucristo y cierra solemnemente el tiempo litúrgico de Navidad. En este acontecimiento, narrado por los Evangelios, Jesús se presenta públicamente al inicio de su vida pública, no como un pecador que busca conversión, sino como el Hijo obediente que asume solidariamente la condición humana para redimirla desde dentro. Al descender a las aguas del Jordán, Cristo anticipa sacramentalmente su muerte y resurrección, núcleo de la Pascua.

Los Evangelios sinópticos relatan este episodio con rasgos comunes: Jesús es bautizado por Juan, los cielos se abren, el Espíritu Santo desciende en forma visible y la voz del Padre proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (cf. Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22). El Evangelio de Juan no describe el bautismo en sí, pero ofrece el testimonio del Bautista, que reconoce a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29-34). Se trata, por tanto, de una auténtica teofanía trinitaria.

Este misterio se comprende plenamente a la luz del Antiguo Testamento. Las aguas evocan el Espíritu que aleteaba sobre la creación inicial (Gn 1,2), el paso del Mar Rojo que libera al pueblo de la esclavitud (Ex 14) y el cruce del Jordán que introduce a Israel en la tierra prometida (Jos 3). De modo particular, resuena la profecía del Siervo del Señor: «He puesto mi espíritu sobre él» (Is 42,1), texto que la liturgia reconoce cumplido en Jesús.

Los Padres de la Iglesia profundizaron en este acontecimiento con gran riqueza espiritual. San Gregorio Nacianceno afirma que Cristo se deja bautizar para santificar las aguas y conducirnos con Él a la vida nueva. San Juan Crisóstomo subraya que el Señor no recibe el Espíritu por necesidad, sino que lo manifiesta para revelarse como Mesías. San Agustín enseña que Jesús entra en el Jordán no para ser purificado, sino para purificar, inaugurando el sacramento que perdona los pecados. San Ireneo interpreta este gesto como parte de la recapitulación de toda la historia humana en Cristo.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta tradición afirmando que el Bautismo de Jesús es la aceptación y el inicio de su misión de Siervo sufriente (CIC 535), la manifestación del misterio trinitario (CIC 536) y el fundamento del bautismo cristiano, por el cual los creyentes son incorporados a Cristo y hechos hijos adoptivos del Padre (CIC 537).

Celebrar el Bautismo del Señor es, por tanto, contemplar a Cristo revelado como Hijo amado, ungido por el Espíritu y enviado para la salvación del mundo, y al mismo tiempo renovar la conciencia del propio bautismo, por el cual los cristianos participan de su vida, de su misión y de su filiación divina.

FELIZ DOMINGO