Uno de los momentos decisivos de su conversión fue el encuentro con los pobres y, especialmente, con los leprosos. Aquello que antes le producía rechazo comenzó a contemplarlo con una mirada nueva. En el rostro del pobre descubrió el rostro de Cristo. El amor a los pobres y la imitación de Jesús pobre quedaron unidos para siempre en su camino espiritual. El Papa León XIV ha recordado precisamente que, en el leproso, Francisco encontró a Cristo mismo y que aquel encuentro cambió su vida.
Otro momento fundamental fue su oración ante el crucifijo de San Damián. Allí comprendió que Jesús no era simplemente una figura del pasado, sino una Persona viva que le llamaba a entregarse totalmente. Francisco quiso seguir a Cristo de una manera radical, sencilla y despojada. Ante el obispo de Asís renunció a la herencia de su padre y comenzó una nueva vida marcada por la pobreza, la oración, el trabajo, la predicación y el servicio a los demás.
Francisco no buscó fundar una obra basada en su propia grandeza. Quiso simplemente vivir el Evangelio. Su ejemplo atrajo a otros jóvenes y poco a poco nació una fraternidad que se extendería por muchos lugares. En 1209 presentó en Roma su proyecto de vida al papa Inocencio III y recibió la aprobación de aquella nueva forma de vida cristiana. Francisco entendió que el carisma recibido de Dios debía ponerse al servicio de la Iglesia y de los hermanos.
La pobreza de Francisco no consistía solamente en no poseer cosas. Era, sobre todo, una manera de aprender a depender de Dios y de vivir con libertad. Quería que nada ocupara en su corazón el lugar que corresponde al Señor. Por eso eligió ser pequeño, humilde y hermano de todos. Su pobreza se convirtió en cercanía, solidaridad y entrega. No miraba a los necesitados desde lejos, sino que se acercaba a ellos y compartía su vida.
Francisco descubrió también que la fraternidad no tiene fronteras. Llamó hermanos y hermanas a quienes encontraba en el camino y llegó a contemplar toda la creación como un don de Dios. El sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra, los animales y todas las criaturas le hablaban de la bondad del Creador. De esta profunda experiencia nació el espíritu del Cántico de las criaturas, en el que la creación aparece como una gran alabanza a Dios. La Iglesia ha visto en esta sensibilidad de Francisco una llamada permanente a agradecer a Dios y a cuidar nuestra casa común.
Pero sería un error convertir a Francisco únicamente en el santo de la naturaleza o de la paz. El centro de su vida fue siempre Jesucristo. Su sencillez, su alegría, su amor a los pobres, su fraternidad y su respeto por la creación nacían de su deseo de configurarse con Cristo. El Papa Benedicto XVI destacó que Francisco había comprendido que ser cristiano consiste en una relación viva con la persona de Jesús y en dejarse transformar por Él.
Francisco fue también un hombre de paz. Su forma de anunciar el Evangelio no se apoyaba en el poder, la riqueza o la imposición, sino en la humildad y en el testimonio. Quería llevar a Cristo allí donde había enfrentamiento, división y sufrimiento. Su vida demuestra que el Evangelio puede transformar una persona y, a través de ella, transformar también una comunidad.
¿Y qué nos dice san Francisco a los cristianos de nuestro tiempo? Nos recuerda, ante todo, que no podemos vivir una fe solamente de palabras. El Evangelio pide ser encarnado en nuestra vida diaria. Nos invita a preguntarnos qué lugar ocupa realmente Jesucristo en nuestro corazón, si sabemos desprendernos de aquello que nos esclaviza, si somos capaces de acercarnos al que sufre y si nuestras relaciones con los demás están marcadas por la fraternidad.
También nos enseña que la verdadera riqueza no está en tener más, sino en saber agradecer y compartir. En una sociedad marcada tantas veces por el consumo, la preocupación por poseer y la búsqueda de reconocimiento, Francisco aparece como un testigo de una libertad diferente: la libertad de quien sabe que no necesita acumular para ser feliz.
Su vida nos recuerda igualmente que la creación no es un objeto que podamos utilizar sin medida, sino un regalo recibido de Dios. Cuidar la tierra, respetar la vida, usar responsablemente los bienes y evitar el despilfarro pueden ser también expresiones concretas de nuestra fe. Francisco nos enseña a mirar el mundo con agradecimiento y respeto, descubriendo en él las huellas del Creador.
Quizá el mayor mensaje de san Francisco sea su sencillez. No quiso ser grande ante los hombres; quiso ser fiel ante Dios. No buscó tener muchas cosas; quiso tener un corazón disponible. No quiso dominar; quiso servir. No quiso hacerse dueño de los demás; quiso llamarlos hermanos.
Por eso, después de ocho siglos, Francisco continúa hablando al corazón del hombre. Su vida nos invita a volver a lo esencial: Cristo en el centro, los pobres cerca, los hermanos a nuestro lado y la creación recibida como un regalo de Dios. San Francisco nos recuerda que cuando el Evangelio se vive con autenticidad, la sencillez se convierte en fuerza, la pobreza en libertad, el servicio en alegría y el amor en camino hacia Dios.
Que en este día pidamos al Señor aprender de san Francisco a vivir una fe más sencilla, más alegre y más comprometida; una fe capaz de mirar a Cristo, reconocerlo en los pobres, amar a nuestros hermanos y cuidar con gratitud la obra de sus manos.
PAZ Y BIEN










