Jesús afirma claramente que no ha
venido a abolir la ley ni las enseñanzas de los profetas, sino a darles su
pleno cumplimiento. Con esto enseña que la ley divina no debe entenderse
únicamente como un conjunto de normas externas, sino como un camino interior
que conduce a la comunión con Dios. El verdadero cumplimiento de la ley exige
una conversión profunda del corazón, superando el simple cumplimiento formal
para vivir una justicia basada en el amor, la fidelidad y la relación viva con
el Señor. De este modo, Jesús revela con autoridad el sentido pleno de la
enseñanza que Dios había dado anteriormente a través de Moisés.
El Evangelio también nos enseña
que el pecado no comienza solamente en las acciones visibles, sino en el
interior del ser humano. El enojo, el desprecio, el resentimiento o las
palabras ofensivas ya hieren la dignidad del hermano. Por ello, Cristo invita a
vigilar nuestros pensamientos, sentimientos y palabras, recordándonos que
también se puede herir profundamente con la lengua. La vida cristiana exige
formar un corazón reconciliado, capaz de amar, perdonar y construir relaciones
fraternas. La santidad nace en el interior del hombre y desde allí se
manifiesta en sus obras.
Esta enseñanza conduce a otro
aspecto fundamental del mensaje evangélico: la reconciliación. Jesús subraya
que la relación con Dios está estrechamente unida a la relación con los
hermanos. No puede existir una verdadera oración ni un culto auténtico si el
corazón permanece dividido por el rencor, la injusticia o el odio. El discípulo
está llamado a buscar la paz, a tomar la iniciativa para restaurar la
fraternidad y a construir comunidades donde predominen el diálogo, el perdón y
el respeto mutuo.
Finalmente, el Evangelio nos
invita a vivir con coherencia y transparencia. Jesús enseña que el discípulo
debe ser sincero, firme y claro en su palabra: que su “sí” sea sí y su “no” sea
no. La fe cristiana no admite ambigüedades ni dobles intenciones. El verdadero
testimonio nace cuando la palabra coincide con la vida, manifestando una
existencia guiada por la verdad y la confianza en Dios.
Este mensaje nos recuerda que
somos capaces de hacer el bien si seguimos el camino de la sabiduría que
proviene de Dios, una sabiduría que el mundo muchas veces olvida y que se
manifiesta plenamente en la persona de Jesús. Él nos revela que la vida humana
es sagrada, porque no pertenece al dominio del hombre, sino que está protegida
por la ley de Dios y por una dignidad superior a cualquier autoridad humana.
Por ello, el Evangelio nos invita
a defender la vida en todas sus etapas y circunstancias. Hoy, esta enseñanza
adquiere especial relevancia frente a las múltiples amenazas contra la dignidad
humana, como la violencia, la cultura del odio, las adicciones, la guerra y
otras formas de desprecio hacia la vida, como el aborto y la eutanasia. El
discípulo de Cristo está llamado a ser testigo del valor sagrado de cada
persona, promoviendo una cultura del respeto, la paz y la fraternidad.
Así, el Evangelio de este domingo
nos impulsa a una conversión interior profunda, recordándonos que seguir a
Cristo implica vivir el mandamiento del amor desde el corazón, para reflejar en
nuestras acciones la sabiduría y la misericordia de Dios.
FELIZ DOMINGO











