1 Te
doy gracias, Yahvé, de todo corazón, por haber escuchado las palabras de mi
boca. En presencia de los ángeles tañeré en tu honor,
2 me
postraré en dirección a tu santo Templo. Te doy gracias por tu amor y tu
verdad, pues tu promesa supera a tu renombre.
3 El
día en que grité, me escuchaste, aumentaste mi vigor interior.
4 Te
dan gracias, Yahvé, los reyes de la tierra, cuando escuchan las palabras de tu
boca;
5 y
celebran las acciones de Yahvé: '¡Qué grande es la gloria de Yahvé!
6 ¡Excelso
es Yahvé, y mira al humilde, al soberbio lo conoce desde lejos!'
7 Si
camino entre angustias, me das vida, ante la cólera del enemigo, extiendes tu
mano y tu diestra me salva.
8 Yahvé
lo hará todo por mí. ¡Tu amor es eterno, Yahvé, no abandones la obra de tus
manos!
El salmo comienza con una
declaración solemne: «Te doy gracias, Yahvé, de todo corazón». La gratitud
constituye el punto de partida de toda auténtica vida espiritual. El creyente
reconoce que todo bien procede de Dios y que la respuesta adecuada a sus dones
es la acción de gracias. Esta actitud encuentra su máxima expresión en la
Eucaristía, cuyo nombre significa precisamente “acción de gracias”. Para el
cristiano, agradecer no es simplemente reconocer favores recibidos, sino
contemplar toda la vida como un regalo de Dios.
La referencia al Templo subraya
la dimensión comunitaria y litúrgica de la fe. El encuentro con Dios no es
únicamente una experiencia interior, sino también una realidad que se celebra
en la comunidad creyente. El pueblo de Dios se reúne para recordar las
maravillas realizadas por el Señor y renovar su confianza en Él. En la vida de
la Iglesia, esta experiencia alcanza su plenitud en la celebración sacramental,
especialmente en la Eucaristía dominical.
Uno de los temas centrales del
salmo es la unión entre el amor y la verdad de Dios. En la Biblia, el amor
divino no es un sentimiento pasajero, sino una fidelidad permanente a la
alianza. La verdad de Dios significa que sus promesas son seguras y dignas de
confianza. El creyente puede apoyarse en ellas porque Dios nunca falta a su
palabra. Esta certeza constituye el fundamento de la esperanza cristiana: Dios
permanece fiel incluso cuando el ser humano experimenta debilidad o
incertidumbre.
El salmista recuerda una
experiencia concreta de salvación: «El día en que grité, me escuchaste». La
oración aparece aquí como un diálogo real con Dios. La fe bíblica no concibe a
Dios como un ser lejano o indiferente, sino como un Padre atento al clamor de
sus hijos. La respuesta divina no consiste únicamente en cambiar las
circunstancias externas, sino en fortalecer el interior de la persona. Dios
concede fortaleza espiritual para afrontar las dificultades y perseverar en el
camino de la fe.
Posteriormente, el horizonte del
salmo se amplía a todas las naciones. Los reyes de la tierra reconocen la
grandeza de Dios y celebran sus acciones. Este aspecto tiene una dimensión
profética: anuncia la universalidad de la salvación. El Dios de Israel no es
una divinidad local, sino el Señor de toda la humanidad. En Jesucristo esta
promesa alcanza su cumplimiento, pues el Evangelio está destinado a todos los
pueblos y culturas.
Uno de los versículos más
significativos afirma: «Excelso es Yahvé, y mira al humilde». Esta enseñanza
atraviesa toda la Sagrada Escritura. Dios manifiesta una especial cercanía
hacia los humildes, los pobres y los sencillos de corazón. La humildad no consiste
en despreciarse a uno mismo, sino en reconocer la propia dependencia de Dios.
El soberbio pretende bastarse a sí mismo; el humilde sabe que todo lo recibe
del Señor. Por ello, la humildad se convierte en una condición fundamental para
acoger la gracia divina.
El salmo no ignora la existencia
del sufrimiento. El creyente camina entre angustias, encuentra oposición y
experimenta peligros. Sin embargo, la fe permite descubrir que Dios permanece
presente en medio de las pruebas. Su mano extendida simboliza la protección
divina, mientras que su diestra representa el poder salvador con el que libera
a su pueblo. La confianza bíblica no es ingenuidad ni optimismo superficial; es
la certeza de que Dios acompaña siempre a quienes se abandonan en sus manos.
La afirmación «Yahvé lo hará todo
por mí» expresa una profunda confianza en la providencia divina. No significa
pasividad ni renuncia al esfuerzo personal, sino la convicción de que la última
palabra pertenece a Dios. El creyente trabaja, lucha y persevera, pero sabe que
la fecundidad definitiva de su vida procede de la acción del Señor.
El salmo concluye con una súplica
llena de esperanza: «No abandones la obra de tus manos». Esta expresión
recuerda que cada persona es una creación amada por Dios. El Señor no abandona
aquello que ha creado y redimido. Para los cristianos, esta certeza alcanza su
máxima profundidad en Cristo resucitado, que revela que el amor de Dios es más
fuerte que el pecado, el sufrimiento y la muerte.
Este salmo enseña cuatro verdades
fundamentales: Dios escucha la oración de sus hijos; fortalece interiormente a
quienes confían en Él; se inclina con amor hacia los humildes; y acompaña
siempre a la persona en su camino hasta llevar a plenitud la obra que ha
comenzado. Por ello, el Salmo 138 sigue siendo una escuela de oración, gratitud
y esperanza para todo creyente que desea vivir apoyado en la fidelidad eterna
de Dios.











