Nuestra historia cristiana, a lo largo de tantos siglos, está llena de grandes palabras, profundas enseñanzas y hermosos sistemas doctrinales. Sin embargo, la verdadera fe no se demuestra solamente con lo que decimos o sabemos, sino con la manera en que vivimos el Evangelio cada día. Jesús no quiere que nos limitemos a admirar sus palabras, sino que las hagamos realidad en nuestras obras. Por eso sigue teniendo toda su fuerza aquella expresión: “obras son amores y no buenas razones”.
La parábola de los dos hijos, que encontramos en Mateo 21,28-32, nos sitúa ante esta cuestión fundamental: no basta con decir “sí” a Dios si después nuestra vida contradice ese sí. Uno de los hijos promete obedecer, pero no va a trabajar a la viña; el otro se niega inicialmente, pero recapacita y termina cumpliendo la voluntad de su padre. Jesús deja claro que lo verdaderamente importante es la respuesta concreta de nuestra vida, acompañada siempre de la posibilidad de arrepentirnos, cambiar y volver al camino de Dios.
La parábola denuncia también una religiosidad superficial, preocupada por las apariencias, las palabras y el cumplimiento externo, pero cerrada a la conversión. Por eso Jesús sorprende al afirmar que publicanos y prostitutas pueden llevar la delantera en el camino del Reino, porque han sabido reconocer su necesidad de salvación y abrirse a la gracia. Para Dios no cuentan las etiquetas que nosotros ponemos a las personas, sino la capacidad de reconocer el error, convertirse y comenzar una vida nueva.
Este mensaje no se limita al tiempo de Jesús. También las primeras comunidades cristianas conocieron divisiones, rivalidades y comportamientos guiados más por los gustos personales que por la coherencia con el Evangelio. San Pablo invita a los cristianos de Filipos a vivir unidos, con un mismo amor y un mismo sentir, poniendo como modelo al mismo Cristo, que no buscó privilegios, sino que se hizo uno de tantos y se entregó a los demás. Ser cristiano significa, por tanto, vivir como Jesús y no simplemente hablar de Él.
Jesús nos recuerda en otros momentos que no basta decir “Señor, Señor”, sino hacer la voluntad del Padre. El juicio final de Mateo 25 insiste en esta misma verdad: la fe se hace visible en las obras de misericordia, en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al necesitado y atender al que sufre. La vida cristiana consiste en armonizar lo que creemos con lo que hacemos, de modo que nuestra fe transforme verdaderamente nuestra conducta.
Pero esta llamada a las obras no significa que Dios cierre las puertas a quien alguna vez dijo “no”. Al contrario, la parábola manifiesta la inmensa paciencia de Dios, que siempre ofrece una nueva oportunidad. Dios no se rinde ante nuestros rechazos, nuestros fracasos ni nuestras incoherencias. Espera nuestro regreso y mira el corazón de cada persona. Por eso la conversión nunca debe considerarse imposible: nuestro “no” puede transformarse en un “sí” sincero y fecundo.
La Palabra de Dios nos invita también a revisar nuestra manera de juzgar a los demás. Con demasiada facilidad dividimos el mundo entre buenos y malos, entre los que consideramos nuestros y quienes creemos que están lejos de Dios. Sin embargo, Jesús se acerca precisamente a quienes se sienten pecadores, rechazados o necesitados de una segunda oportunidad. Mateo, Zaqueo, la mujer pecadora y tantos otros descubrieron que Dios no los condenaba, sino que los acogía, los perdonaba y los llamaba a una vida nueva.
También el profeta Ezequiel recuerda que Dios no quiere condenar al hombre, sino que espera su conversión. El justo puede apartarse del bien y el pecador puede volver al camino correcto. De ahí nace una gran responsabilidad personal: no podemos culpar siempre a los demás ni a Dios de nuestros errores. Necesitamos reconocer nuestros pecados, superar la autosuficiencia y confiar en el Señor, que es Padre y nos quiere.
San Pablo completa esta enseñanza presentando a Cristo como modelo de una vida entregada, humilde y coherente. No se trata de construir una fe basada únicamente en principios o discursos religiosos, sino de vivir de acuerdo con Jesús y actuar como Él actuó con las personas. Nuestra historia cristiana continúa hoy y nos plantea la misma pregunta: ¿nuestro sí a Dios se queda en palabras o se convierte en obras concretas de amor, servicio, humildad, perdón y misericordia? Ojalá sepamos escuchar al Señor, reconocer nuestros errores y cambiar de rumbo. Incluso cuando nuestro primer impulso sea decir “no”, siempre podemos recapacitar y comenzar de nuevo.
FELIZ DOMINGO








