El Salmo 145 es una proclamación gozosa de la grandeza y bondad de Dios. El salmista no alaba a Dios solamente por lo que hace, sino por lo que Dios es: un Dios grande, misericordioso, compasivo, paciente y lleno de amor. Su grandeza no tiene límites y su reinado permanece para siempre. Frente a tantos poderes humanos que pasan y desaparecen, el salmo anuncia que solamente el Reino de Dios permanece eternamente.
1 Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendeciré tu nombre por siempre;
2 todos los días te bendeciré, alabaré tu nombre por siempre.
3 Grande es Yahvé, muy digno de alabanza, su grandeza carece de límites.
4 Una edad a otra encomiará tus obras, pregonará tus hechos portentosos.
5 El esplendor, la gloria de tu majestad, el relato de tus maravillas recitaré.
6 Del poder de tus portentos se hablará, y yo tus grandezas contaré;
7 se recordará tu inmensa bondad, se aclamará tu justicia.
8 Es Yahvé clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor;
9 bueno es Yahvé para con todos, tierno con todas sus creaturas.
10 Alábente, Yahvé, tus creaturas, bendígante tus fieles;
11 cuenten la gloria de tu reinado, narren tus proezas,
12 explicando tus proezas a los hombres, el esplendor y la gloria de tu reinado.
13 Tu reinado es un reinado por los siglos, tu gobierno, de edad en edad. Fiel es Yahvé en todo lo que dice, amoroso en todo lo que hace.
14 Yahvé sostiene a los que caen, endereza a todos los encorvados.
15 Los ojos de todos te miran esperando; tú les das a su tiempo el alimento.
16 Tú abres la mano y sacias de bienes a todo viviente.
17 Yahvé es justo cuando actúa, amoroso en todas sus obras.
18 Cerca está Yahvé de los que lo invocan, de todos los que lo invocan con sinceridad.
19 Cumple los deseos de sus leales, escucha su clamor y los libera.
20 Yahvé guarda a cuantos le aman, y extermina a todos los malvados.
21 ¡Que mi boca alabe a Yahvé, que bendigan los vivientes su nombre sacrosanto para siempre jamás!
La primera actitud del creyente es, por tanto, la alabanza. El salmista quiere bendecir a Dios todos los días y transmitir su nombre de una generación a otra. La fe no puede quedar encerrada en el corazón de cada persona: debe convertirse en testimonio. Los padres han de transmitir la fe a sus hijos, la comunidad cristiana debe anunciar el Evangelio y cada creyente está llamado a contar las maravillas que Dios ha realizado en su vida.
El centro del salmo aparece cuando proclama: «Es Yahvé clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en amor». Esta afirmación revela el rostro de Dios que encontrará su plenitud en Jesucristo. En Jesús descubrimos definitivamente que Dios no es un juez distante, sino un Padre que sale al encuentro del hombre, perdona al pecador, levanta al caído y ofrece una vida nueva. El Reino anunciado por Cristo es precisamente ese reinado de amor, misericordia y salvación.
El salmo presenta además a Dios como providencia para toda la creación. «Tú abres la mano y sacias de bienes a todo viviente». Toda criatura depende de Dios y recibe de Él la vida. Esto nos recuerda que la creación no nos pertenece de manera absoluta: somos administradores de los dones recibidos y estamos llamados a cuidarlos con responsabilidad.
Pero el salmo contempla especialmente a quienes sufren: «Yahvé sostiene a los que caen, endereza a todos los encorvados». Aquí encontramos una profunda enseñanza para nuestra vida cristiana. Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Está cerca del que cae, del que está cansado, del que vive angustiado y de quien clama sinceramente por su ayuda. La Iglesia, como comunidad de Cristo, está llamada a hacer visible esa cercanía mediante la acogida, la solidaridad, el perdón y el servicio.
Para nosotros hoy, este salmo constituye una invitación a recuperar la confianza en Dios en medio de un mundo marcado por incertidumbres, conflictos, soledad y preocupación. Cuando parece que todo depende de nuestras propias fuerzas, el salmista nos recuerda que Dios permanece fiel. Cuando nos sentimos caídos o encorvados por las dificultades, Dios puede levantarnos. Cuando experimentamos vacío o necesidad, podemos volver nuestros ojos hacia Aquel que abre su mano y sostiene la vida.
También nos enseña que la verdadera alabanza no consiste solamente en pronunciar palabras bonitas. Alabar a Dios significa reconocer su presencia y vivir de acuerdo con ella. Quien descubre la misericordia de Dios está llamado a ser misericordioso; quien ha recibido su perdón debe aprender a perdonar; quien ha experimentado su amor está llamado a amar.
El salmo termina como comenzó: con la alabanza. Toda la existencia del creyente queda orientada hacia Dios. Desde la primera hasta la última palabra, la vida se convierte en una respuesta agradecida al Señor. Dios reina, Dios sostiene, Dios alimenta, Dios escucha, Dios libera y Dios permanece fiel. Por eso podemos repetir con confianza: «Que mi boca alabe a Yahvé» y hacer de nuestra propia vida un testimonio de su amor.
