jueves, 5 de febrero de 2026

SALMO 6: CUANDO EL DOLOR SE CONVIERTE EN ORACIÓN

El Salmo 6 nos introduce en una de las experiencias más profundas y humanas de la fe: la oración que nace del sufrimiento. No es una oración tranquila ni serena, sino el grito de una persona que se siente enferma, agotada interiormente y rodeada de situaciones que la superan. Es la oración de alguien que no tiene fuerzas, pero que todavía tiene esperanza.

Yahveh, no me corrijas en tu cólera, en tu furor no me castigues.
Tenme piedad, Yahveh, que estoy sin fuerzas, sáname, Yahveh, que mis huesos están desmoronados,
desmoronada totalmente mi alma, y tú, Yahveh, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Yahveh, recobra mi alma, sálvame, por tu amor.
Porque, en la muerte, nadie de ti se acuerda; en el seol, ¿quién te puede alabar?
Estoy extenuado de gemir, baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama;
mi ojo está corroído por el tedio, ha envejecido entre opresores.
Apartaos de mí todos los malvados, pues Yahveh ha oído la voz de mis sollozos.
Yahveh ha oído mi súplica, Yahveh acoge mi oración.
¡Todos mis enemigos, confusos, aterrados, retrocedan, súbitamente confundidos!

El salmista comienza expresando un temor muy humano. En medio del dolor surge la pregunta que muchas personas se hacen en silencio: “¿Dios estará molesto conmigo? ¿Estoy pagando algo?”. Estas preguntas aparecen con frecuencia cuando atravesamos momentos difíciles. Sin embargo, el salmo nos enseña algo muy importante: el creyente no necesita presentarse ante Dios como alguien perfecto. Puede acercarse con su fragilidad, con su cansancio y hasta con sus dudas. Dios no espera explicaciones; espera confianza.

El texto describe un sufrimiento que afecta toda la persona. El cuerpo está debilitado, el corazón se siente roto y la tristeza parece no terminar, especialmente en la noche, cuando todo se vuelve más pesado y las preocupaciones crecen. La Biblia no esconde estas experiencias. Al contrario, nos muestra que también el llanto puede ser oración. Dios escucha incluso cuando no tenemos palabras.

Hay un momento muy hermoso en el salmo. El orante no dice que su enfermedad desapareció ni que sus problemas se resolvieron, pero afirma con seguridad que Dios ha escuchado su súplica. Aquí encontramos una enseñanza muy valiosa para nuestra vida espiritual: la oración no siempre cambia inmediatamente las situaciones, pero sí cambia el corazón. Cuando una persona se sabe escuchada por Dios, comienza a nacer una nueva esperanza.

El salmo también nos recuerda que el mal, la injusticia y todo aquello que oprime al ser humano no tienen la última palabra. Dios se pone del lado del que sufre y le regala una fuerza interior que le permite resistir y seguir caminando.

Esta misma actitud la vemos en Jesús. Él siempre acogía a las personas que llegaban con su dolor, sin rechazarlas ni juzgarlas. Recordemos a la mujer que, llorando, lavó los pies de Jesús con sus lágrimas: “Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume” (Lc 7,37-38). Él no desprecia ese gesto; al contrario, reconoce en él una expresión profunda de amor y de fe. Así es el corazón de Dios: un corazón que acoge, consuela y levanta.

El Salmo 6 nos deja un mensaje muy actual. Todos, en algún momento, pasamos por noches oscuras, por enfermedades, por preocupaciones o por situaciones que nos hacen sentir débiles. Este salmo nos invita a no alejarnos de Dios en esos momentos, sino a acercarnos más. Nos recuerda que la fe no consiste en no sufrir, sino en descubrir que nunca sufrimos solos.

Que este salmo nos ayude a aprender a rezar también con nuestras lágrimas, confiando en que Dios siempre escucha y acompaña.

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