El domingo pasado escuchábamos el encuentro de Jesús con la samaritana y la promesa del agua viva. Hoy, en el relato del ciego de nacimiento, Jesús se revela como la luz del mundo. Y el próximo domingo contemplaremos a Cristo que devuelve la vida a Lázaro.
Agua, luz y vida: tres símbolos profundamente unidos al bautismo, el sacramento por el que Dios nos introduce en la vida nueva de Cristo. Por eso estos domingos son también una invitación a renovar nuestra fe y nuestra manera de mirar la vida.
El evangelio comienza con una escena que podría suceder hoy mismo. Al ver al ciego de nacimiento, los discípulos preguntan: “¿Quién pecó para que naciera así?” Detrás de esa pregunta hay una mentalidad muy antigua: pensar que el sufrimiento siempre tiene que ser consecuencia de una culpa. Pero Jesús rompe completamente con ese esquema. No busca culpables ni teorías religiosas para explicar el dolor. Simplemente mira al hombre y actúa para devolverle la dignidad.
El evangelio dice que Jesús hace barro con tierra y saliva y lo pone sobre los ojos del ciego. El gesto recuerda a la creación del hombre en el libro del Génesis, cuando Dios modela al ser humano del polvo de la tierra. Es como si el evangelista quisiera decirnos que Jesús está realizando una nueva creación. Luego envía al hombre a lavarse en la piscina de Siloé. El ciego obedece, se lava… y comienza a ver.
Pero el verdadero milagro no es solo recuperar la vista. El evangelio nos muestra también el camino interior del hombre hacia la fe. Al principio habla de Jesús simplemente como “ese hombre llamado Jesús”. Más tarde reconoce que es un profeta. Y finalmente, cuando Jesús sale a su encuentro, dice con toda sencillez: “Creo, Señor.”
Es un camino que refleja también nuestro propio proceso de fe. Nadie llega a creer de golpe. Poco a poco vamos descubriendo quién es Jesús en nuestra vida.
Mientras el hombre que era ciego empieza a ver, ocurre algo paradójico: los que se consideraban seguros en su fe se van cerrando cada vez más. Los fariseos discuten, interrogan, buscan argumentos… pero no son capaces de reconocer lo evidente: un hombre ha recuperado la vista. El problema no es el milagro, sino que ha sido realizado en sábado. Para ellos, la norma pesa más que la vida.
Así aparece otra forma de ceguera: la ceguera religiosa. Esa que puede convertir la fe en un sistema rígido, donde lo importante ya no es la persona sino el cumplimiento exterior. El evangelio nos recuerda que la ley está al servicio del ser humano, y no al revés.
El relato llega a su punto más hermoso cuando el hombre curado es expulsado de la comunidad religiosa. Ya no tiene sitio entre ellos. Y entonces sucede algo muy significativo: Jesús lo busca. No se queda en el lado de quienes juzgan o excluyen. Sale al encuentro de quien ha quedado fuera. Este detalle revela el corazón del Evangelio. El lugar donde está Cristo no es donde se presume pureza o perfección, sino donde hay alguien que necesita ser levantado.
El evangelio de este domingo nos invita a pedir algo muy sencillo y muy profundo: “Señor, que vea.” Ver como Dios ve. Ver a las personas más allá de los prejuicios. Ver la dignidad donde otros solo ven problemas.
La Cuaresma no es un tiempo para obsesionarnos con ser perfectos, sino para dejar que Cristo cure nuestra mirada. Porque cuando aprendemos a mirar como Él, la fe deja de ser una teoría y se convierte en vida.
Quizá este evangelio nos deja tres preguntas para rezar durante estos días:
- ¿A quién estoy juzgando sin acercarme realmente a su historia?
- ¿A quién estoy mirando como un problema y no como un hermano?
- ¿Qué cegueras pueden haberse instalado en mi corazón?
Pidamos al Señor que nos conceda su luz. Que nos enseñe a mirar el mundo con misericordia. Porque Cristo sigue pasando por nuestra vida para abrirnos los ojos y conducirnos hacia la luz.
FELIZ DOMINGO

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