El Salmo 58 nace de una realidad muy
concreta: la injusticia humana, el abuso de poder y la violencia. El salmista
no queda impasible entre tanto mal, ni se limita a invocar a Dios para que dios
todo lo resuelva. Arde en ansias de justicia en sí mismo y en su entorno y con
la ayuda de Dios, el único justo y capaz de ayudarnos a hacer la justicia, se
compromete en una lucha contra tantos abusos, como a diario contempla; en su
mente está esa sociedad renovada, donde la justicia se instale en los corazones
y en el tejido social. Solo así será Dios convenientemente reconocido: “Dichosa
la gente perseguida por causa de la justicia, de ellas es el reino de los
cielos” (Mt 5,10) profetizará también Jesús.
1. ¿De veras, dioses, pronunciáis
justicia, juzgáis según derecho a los hijos de Adán?
2. No. que de corazón cometéis
injusticias, con vuestras manos pesáis la violencia en la tierra.
3. Torcidos están desde el seno los
impíos, extraviados desde el vientre los que dicen mentira;
4. tienen veneno como veneno de
serpiente, como el de un áspid sordo que se tapa el oído,
5. que no oye la voz de los encantadores,
del mago experto en el encanto.
6. ¡Oh Dios, rompe sus dientes en su
boca, quiebra, Yahveh, las muelas de los leoncillos.
7. ¡Dilúyanse como aguas que se pasan,
púdranse como hierba que se pisa
8. como limaco que marcha deshaciéndose,
como aborto de mujer que no contempla el sol!
9. ¡Antes que espinas echen, como la
zarza, verde o quemada, los arrebate el torbellino!
10. Se alegrará el justo de haber visto la
venganza, sus pies bañará en la sangre del impío;
11. y se dirá: «Sí, hay un fruto para el
justo; sí, hay un Dios que juzga en la tierra.»
El salmo comienza con una pregunta muy
fuerte: ¿De verdad los que tienen autoridad están actuando con justicia?
El salmista denuncia que quienes deberían impartir justicia cometen
injusticias, la violencia se extiende en la tierra y el corazón humano puede
desviarse del bien. Este mensaje sigue siendo actual, porque también hoy vemos corrupción,
abuso de poder e injusticias sociales.
El salmo nos enseña que Dios no es
indiferente ante el mal, afirma que los impíos están “torcidos desde el
seno”, esto no significa que las personas no puedan cambiar, sino que muestra
una verdad espiritual: el mal puede arraigarse profundamente en el corazón
humano.
La tradición
cristiana reflexionó mucho sobre esta realidad. San Agustín de Hipona explicaba
que el pecado puede deformar el corazón si el ser humano se aleja de Dios, por
eso necesitamos conversión, gracia de Dios y renovación del corazón.
En el salmo
aparecen imágenes fuertes, como cuando se pide a Dios que “rompa los dientes”
de los malvados. Esto no debe entenderse como deseo de violencia, sino como una
forma de pedir que Dios quite el poder al mal. Es decir que los injustos no
puedan seguir dañando, que la violencia sea detenida y que la verdad
prevalezca. El creyente no toma la venganza por sí mismo, sino que confía el
juicio a Dios.
El salmo utiliza
varias imágenes para mostrar que el mal es pasajero: el agua que desaparece, la
hierba que se pisa, algo que se disuelve. El mensaje es claro, aunque el mal
parezca fuerte, no es definitivo. Dios actúa en la historia y su justicia
prevalece.
La enseñanza de Jesucristo
ayuda a comprender mejor este salmo; Jesús nos enseña dos cosas importantes, amar
a los enemigos y confiar en que Dios hará justicia. Esto significa que el
cristiano no responde al mal con odio, lucha por el bien y espera la justicia
de Dios.
La tradición de la Iglesia
Católica ha enseñado que estos salmos pueden entenderse también de manera
espiritual. Los enemigos del salmo pueden representar el pecado, el orgullo, la
mentira, la injusticia, la violencia que hay en el corazón humano. Por eso el
salmo puede convertirse en una oración interior: “Señor, destruye en mí
todo lo que no viene de Ti.”
Este salmo nos deja
varias enseñanzas importantes para nuestra vida cristiana:
Dios ve la
injusticia del mundo. Nada
queda oculto para Él.
La fe no ignora el mal. El cristiano reconoce la realidad y
lucha por la justicia.
No debemos buscar venganza. La justicia final pertenece a Dios.
Debemos examinar nuestro corazón. También nosotros necesitamos
conversión.
La justicia vale la pena. Dios recompensa al justo.
El Salmo 58 nos
recuerda algo fundamental: Dios es justo y está presente en la historia. Aunque
a veces parezca que el mal triunfa, la Biblia nos asegura que la injusticia no
durará para siempre, que Dios actúa y que el bien tendrá la última palabra. Por
eso el cristiano está llamado a vivir con justicia, a confiar en Dios y a trabajar
por un mundo más justo.

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