1. ¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!
2.
Como un ungüento fino en la cabeza,
que baja por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la orla de sus
vestiduras.
3.
Como el rocío del Hermón que baja
por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para
siempre.
En efecto, no hay nada más dulce y delicioso que la unión entre las personas, ya sea en la familia, en la comunidad parroquial o incluso en el mundo entero, cuando se vive en la igualdad del amor y en el reconocimiento mutuo. Es un ideal que a veces solo alcanzamos a vislumbrar, como un destello que nos llena de alegría y que, precisamente por el gozo que deja en nosotros, nos impulsa a seguir buscándolo y a comprometernos en su construcción.
Para expresar esta experiencia,
el salmista recurre a imágenes llenas de fuerza. El aceite perfumado que se
derrama sobre la cabeza y desciende abundantemente simboliza la consagración y
la acción de Dios que envuelve y transforma. Del mismo modo, la unidad no es
solo fruto del esfuerzo humano, sino un don que viene de lo alto y que impregna
toda la vida de la comunidad. No es una unión superficial, sino una realidad
que da identidad, fortalece y santifica.
La segunda imagen es la del
rocío, que en un clima seco representa la vida, la frescura y la fecundidad. El
rocío desciende suavemente, pero con eficacia, sosteniendo la vida allí donde
podría haber aridez. Así también, la unidad nutre a la comunidad, la mantiene
viva y la hace crecer. Donde hay verdadera comunión, florece la vida.
Ambas imágenes coinciden en algo
esencial: vienen de lo alto. El aceite y el rocío descienden, recordándonos que
la unidad auténtica es ante todo un don recibido. A nosotros nos corresponde
acogerla, cuidarla y trabajar por ella cada día. Por eso, el salmo afirma que
es precisamente allí, donde hay comunión, donde Dios concede su bendición y la
vida para siempre.
Esta enseñanza alcanza su
plenitud en las palabras de Jesucristo: «donde están dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). La unión no es solo un
ideal humano, sino el lugar donde Dios mismo se hace presente.
Así, el Salmo 133 nos invita a
reconocer la belleza de la unidad, a agradecerla cuando la experimentamos y a
comprometernos con perseverancia en hacerla crecer, sabiendo que en ella se
manifiesta el amor de Dios y se anticipa la plenitud de la vida a la que todos
estamos llamados.

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