jueves, 23 de abril de 2026

SALMO 133 "UNIDAD, BENDICIÓN, COMUNIÓN"

El Salmo 133 es un canto que celebra la dicha de vivir como hermanos y hermanas en unión. También nosotros experimentamos algo semejante cuando contemplamos gestos de comunión, de organización y de fraternidad: espontáneamente reconocemos la belleza de la unidad y nace en nosotros el deseo profundo de que esa realidad pudiera permanecer siempre. ¿Quién no anhela vivir en esa armonía? El salmista, como nosotros, descubre que la unidad no es solo agradable, sino profundamente valiosa.

1.        ¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!

2.        Como un ungüento fino en la cabeza, que baja por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la orla de sus vestiduras.

3.        Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre.

En efecto, no hay nada más dulce y delicioso que la unión entre las personas, ya sea en la familia, en la comunidad parroquial o incluso en el mundo entero, cuando se vive en la igualdad del amor y en el reconocimiento mutuo. Es un ideal que a veces solo alcanzamos a vislumbrar, como un destello que nos llena de alegría y que, precisamente por el gozo que deja en nosotros, nos impulsa a seguir buscándolo y a comprometernos en su construcción.

Para expresar esta experiencia, el salmista recurre a imágenes llenas de fuerza. El aceite perfumado que se derrama sobre la cabeza y desciende abundantemente simboliza la consagración y la acción de Dios que envuelve y transforma. Del mismo modo, la unidad no es solo fruto del esfuerzo humano, sino un don que viene de lo alto y que impregna toda la vida de la comunidad. No es una unión superficial, sino una realidad que da identidad, fortalece y santifica.

La segunda imagen es la del rocío, que en un clima seco representa la vida, la frescura y la fecundidad. El rocío desciende suavemente, pero con eficacia, sosteniendo la vida allí donde podría haber aridez. Así también, la unidad nutre a la comunidad, la mantiene viva y la hace crecer. Donde hay verdadera comunión, florece la vida.

Ambas imágenes coinciden en algo esencial: vienen de lo alto. El aceite y el rocío descienden, recordándonos que la unidad auténtica es ante todo un don recibido. A nosotros nos corresponde acogerla, cuidarla y trabajar por ella cada día. Por eso, el salmo afirma que es precisamente allí, donde hay comunión, donde Dios concede su bendición y la vida para siempre.

Esta enseñanza alcanza su plenitud en las palabras de Jesucristo: «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). La unión no es solo un ideal humano, sino el lugar donde Dios mismo se hace presente.

Así, el Salmo 133 nos invita a reconocer la belleza de la unidad, a agradecerla cuando la experimentamos y a comprometernos con perseverancia en hacerla crecer, sabiendo que en ella se manifiesta el amor de Dios y se anticipa la plenitud de la vida a la que todos estamos llamados.

 

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