1 Dice el necio en su interior: '¡No existe Dios!' Corrompidos
están, da asco su conducta, no hay quien haga el bien.
2 Se asoma Yahvé desde los cielos hacia los hijos de Adán, por
ver si hay algún sensato, alguien que busque a Dios.
3 Todos están descarriados, todos a una pervertidos. No hay
quien haga el bien, ni uno siquiera.
4 ¿No aprenderán los malhechores que devoran a mi pueblo como
pan y no invocan a Yahvé?
5 Allí se han puesto a temblar, pues Dios está por el justo:
6 el designio del pobre os confunde porque Yahvé es su refugio.
7 ¡Ojalá venga de Sión la salvación de Israel! Cuando cambie
Yahvé la suerte de su pueblo, Jacob exultará, Israel se alegrará.
El salmo comienza con una afirmación contundente: “Dice el necio en
su interior: ‘No existe Dios’”. En el contexto bíblico, el “necio” no designa
principalmente a una persona intelectualmente limitada, sino al hombre que vive
moralmente desligado de Dios. El término hebreo nabal expresa una actitud de
corrupción interior, arrogancia espiritual y rechazo práctico de la soberanía
divina. La negación de Dios no debe entenderse aquí exclusivamente como ateísmo
teórico, sino como una forma de existencia en la que el hombre actúa como si
Dios estuviera ausente. En este sentido, el salmo señala que el pecado nace
primero en el corazón. La Escritura considera el corazón como el centro
espiritual de la persona, lugar de las decisiones fundamentales, de la fe y de
la libertad moral. Por ello, el mal exterior aparece como consecuencia de una
ruptura interior con Dios.
A continuación, el texto describe la corrupción universal de la
humanidad: “Todos están descarriados, todos a una pervertidos. No hay quien
haga el bien, ni uno siquiera”. El salmista presenta una visión profundamente
realista de la condición humana. El pecado no aparece como un simple error
ocasional, sino como una desviación radical respecto del orden querido por
Dios. La humanidad se encuentra herida en su interior y, por ello, inclinada al
egoísmo, la injusticia y la autosuficiencia. Esta perspectiva será retomada
posteriormente por Pablo de Tarso en la Carta a los Romanos, donde cita este
salmo para afirmar que todos necesitan la gracia y que nadie puede justificarse
por sí mismo delante de Dios. El texto adquiere así una dimensión universal: la
experiencia del pecado afecta a toda la humanidad y prepara la necesidad de una
salvación igualmente universal.
El salmo establece además una estrecha relación entre pecado e
injusticia social. Los malhechores “devoran a mi pueblo como pan”. Esta imagen
expresa explotación, violencia y desprecio hacia los débiles. En la teología
bíblica, la ruptura con Dios conduce inevitablemente a la ruptura con el
prójimo. Cuando desaparece la referencia a Dios, el hombre deja de reconocer la
dignidad sagrada del otro y lo convierte en objeto de dominio. Por ello, el
salmo une dos rasgos inseparables de los impíos: “no invocan a Yahvé” y oprimen
al pueblo. La ausencia de culto verdadero desemboca en corrupción moral y
social. El texto enseña que la fe auténtica
no puede separarse de la justicia. La relación con Dios implica necesariamente
responsabilidad hacia el pobre, el débil y el oprimido. Este principio
atraviesa toda la tradición profética de Israel y alcanzará su plenitud en la
enseñanza de Jesucristo acerca del amor al prójimo.
En contraste con los malvados, el salmo presenta la figura del
justo: “Dios está por el justo… Yahvé es su refugio”. El justo, en la tradición
bíblica, no es el hombre impecable, sino aquel que permanece abierto a Dios y
confía en Él incluso en medio de la adversidad. El salmo subraya que Dios no
abandona a quienes buscan su amparo. La imagen del refugio expresa seguridad,
protección y fidelidad divina. Aunque los impíos parezcan dominar la historia,
el creyente descubre que la verdadera estabilidad no proviene del poder humano,
sino de la presencia de Dios. El justo puede ser pobre y perseguido, pero
participa de una comunión especial con Yahvé, quien escucha su clamor y
sostiene su esperanza.
El texto introduce entonces un momento de juicio: “Allí se han
puesto a temblar”. El temor de los malhechores surge cuando descubren que Dios
no está ausente de la historia. El juicio divino no aparece como arbitrariedad,
sino como manifestación de la verdad. Toda estructura construida sobre la
injusticia termina revelando su fragilidad. El salmo enseña así que el mal no
posee consistencia definitiva; tarde o temprano comparece ante la justicia de
Dios. Este pasaje recuerda que la historia
humana posee una dimensión moral y que las acciones del hombre tienen
consecuencias ante Dios.
Finalmente, el salmo concluye con una súplica llena de esperanza:
“¡Ojalá venga de Sión la salvación de Israel!”. Monte Sion simboliza la
presencia de Dios en medio de su pueblo, el lugar de la alianza y de la
esperanza mesiánica. El horizonte final no es la corrupción ni el juicio, sino
la restauración. “Cuando cambie Yahvé la suerte de su pueblo, Jacob exultará,
Israel se alegrará”. La alegría futura depende exclusivamente de la acción
salvadora de Dios. La tradición cristiana leerá esta expectativa a la luz de
Jesucristo, en quien reconoce el cumplimiento definitivo de la salvación
esperada por Israel. En Él, Dios responde plenamente al drama del pecado humano
y ofrece reconciliación, justicia y vida nueva.
El salmo conserva una
notable actualidad, denuncia la autosuficiencia del hombre que pretende vivir
sin Dios, revela las consecuencias sociales del pecado y afirma que Dios
permanece junto al pobre y al justo. Al mismo tiempo, proclama que la historia
no está cerrada al mal, sino abierta a la esperanza de la salvación. El texto
invita así a una conversión interior, a una vida fundada en la justicia y a una
confianza radical en Dios como único refugio verdadero.

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