domingo, 3 de mayo de 2026

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Al asumir la condición mortal y experimentar la muerte, se mostró pobre; pero prometió riquezas para más adelante sin perder las que le habían quitado. Inmensa es su dulzura, que escondió para los que lo temen y manifestó para los que esperan en Él.

Nuestro conocimiento es todavía parcial, hasta que llegue lo perfecto. Para hacernos capaces de alcanzarlo, Él, siendo igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para transformarnos a imagen de Dios. Así, siendo el Hijo único de Dios, se hizo hijo del hombre para que los hijos de los hombres llegaran a ser hijos de Dios. Alimentándonos con su condición visible, nos conduce a la libertad de contemplar la gloria divina.

Ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Esa plenitud es la meta de nuestra existencia: ser colmados por la sabiduría, la verdad y la vida que proceden de Dios. “Muéstranos al Padre y nos basta”: este anhelo humano encuentra su respuesta en Cristo, porque Él y el Padre son uno. Quien ve a Cristo, ve al Padre.

Sin embargo, mientras peregrinamos en este mundo, caminamos en la fe. Todavía no contemplamos plenamente a Dios, pero celebramos con devoción la encarnación del Hijo. Si no podemos aún comprender al que fue engendrado eternamente por el Padre, nos acercamos al que nació de la Virgen. Si no estamos preparados para el banquete definitivo, reconocemos al menos el pesebre del Señor. Este camino pedagógico nos introduce progresivamente en el misterio de Dios.

La resurrección de Jesucristo manifiesta de modo definitivo que Él es el Hijo de Dios. Desde este acontecimiento nace el nuevo pueblo de Dios, no fundado en la sangre ni en el linaje, sino en el bautismo. Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida por Dios. En Él se edifica una comunidad nueva, llamada a ser signo de fraternidad universal en medio de un mundo dividido.

En el Evangelio según san Juan, Jesús se revela con palabras de profunda densidad teológica: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Estas palabras no son abstracciones, sino realidades existenciales. El camino es para ser recorrido, la verdad para ser vivida, y la vida para ser compartida. En la tradición bíblica, la verdad no es una idea, sino una realidad que se realiza en la fidelidad y en la práctica.

Jesús se presenta como el único mediador que nos conduce al Padre. No se trata de un exclusivismo cerrado, sino de una revelación plena: en Él, Dios se hace cercano, accesible, comprensible como Padre. La cristología Joánica expresa que no es posible conocer verdaderamente a Dios sino a través de Jesús, porque en Él se nos manifiesta el rostro auténtico de Dios.

Ante las inquietudes y temores de la vida, Jesús nos dice: “No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí”. La fe en la resurrección nos permite mirar la realidad con esperanza. Ni el sufrimiento ni la muerte tienen la última palabra. El destino final del ser humano es la comunión con Dios, donde no habrá dolor ni muerte, sino vida plena.

Jesús revela a un Dios que es Padre misericordioso, que ama sin distinción, que cuida de todos y que invita a la confianza. Un Padre que acoge al hijo perdido, que hace salir el sol sobre buenos y malos, que escucha la oración y concede su Espíritu a quien lo pide. Este Dios, revelado por Jesús, transforma nuestra imagen de lo divino y fundamenta una relación basada en la confianza y el amor.

“Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Esta afirmación resume la novedad cristiana: Dios se ha hecho visible en Jesucristo. Él es el mediador definitivo entre Dios y los hombres, el camino que nos introduce en la comunión trinitaria. En Él podemos llamar a Dios “Abbá”, Padre, y experimentar la salvación.

Seguir a Cristo implica recorrer su mismo camino: un camino de entrega, de servicio y de amor. Como muestra la comunidad apostólica, las tensiones no se resuelven con división, sino con servicio. El gesto de Jesús lavando los pies a sus discípulos se convierte en modelo permanente: amar es servir.

Así, la Iglesia está llamada a ser un pueblo nuevo, edificado sobre Cristo, donde todos participan de la vida del Resucitado. Un pueblo que vive la fraternidad, que acoge la diversidad y que trabaja por la unidad. De este modo, se convierte en signo del Reino de Dios en el mundo.

Jesucristo es, en definitiva, el Camino que hemos de recorrer, la Verdad que hemos de vivir y la Vida que estamos llamados a compartir. En Él encontramos el sentido pleno de nuestra existencia y la esperanza definitiva de nuestra salvación.

¡FELIZ DOMINGO!

No hay comentarios:

Publicar un comentario