El Evangelio presenta a Jesús
contemplando a la multitud cansada y abatida como ovejas sin pastor. Su mirada
no es distante ni superficial; es una mirada llena de compasión. El término
utilizado por el evangelista expresa las entrañas de una madre que se conmueve
ante el sufrimiento de sus hijos. Así se manifiesta el verdadero rostro de
Dios: cercano, misericordioso y profundamente comprometido con el dolor humano.
Jesús no responde al sufrimiento con discursos abstractos, sino formando una
comunidad de discípulos que continúe su obra. Por eso llama a los Doce, signo
del nuevo Pueblo de Dios, para que participen de su misma misión.
La elección de los apóstoles
revela que la Iglesia nace de la iniciativa de Cristo. No son ellos quienes
eligen al Maestro; es el Maestro quien los llama por su nombre, los invita a
vivir con Él y los prepara para ser testigos del Reino. La misión que reciben
consiste en sanar, liberar, anunciar y servir. Han de ser pastores con entrañas
de misericordia, capaces de acercarse a las heridas de los hombres y mujeres de
su tiempo. Jesús los envía sin apoyarse en el poder humano, porque la
fecundidad del Evangelio no depende de estrategias ni de prestigio, sino de la
fuerza de la gracia.
La expresión «gratis lo
recibisteis, dadlo gratis» resume toda la espiritualidad cristiana. Todo lo que
somos y poseemos procede de Dios y debe convertirse en don para los demás. La
lógica del Reino contradice la mentalidad del mundo, donde todo tiene precio y
todo parece medirse en términos de utilidad. El discípulo está llamado a vivir
desde la gratuidad, haciendo visible que el amor verdadero no se compra ni se
vende. Esta actitud convierte a la Iglesia en signo profético dentro de una
sociedad marcada por el individualismo y el interés.
La mies sigue siendo abundante.
También hoy existen multitudes heridas, desorientadas y necesitadas de
esperanza. Cristo continúa llamando trabajadores para su campo y pide que se
rece al Señor de la mies. Toda vocación nace de la oración y de la comunión con
Dios. Antes de ser enviados, los discípulos deben permanecer junto al Maestro,
aprender sus sentimientos y dejarse transformar por su amor. Solo así podrán
anunciar con credibilidad que Dios está cerca y que su Reino ya está actuando
en el mundo.
En definitiva, el mensaje central
es que la vida cristiana nace de la gratuidad de Dios, se alimenta de la
experiencia de su amor misericordioso y se realiza en la misión. Hemos sido
elegidos sin mérito, reconciliados sin condiciones y enviados sin otra riqueza
que el Evangelio. La respuesta adecuada a tanto amor es vivir en comunión con
Cristo, amar como Él amó y convertirnos en testigos de la misericordia divina.
Todo comienza con un don, y todo encuentra su plenitud cuando ese don se
transforma en servicio, compasión y entrega para la salvación de los demás.
FELIZ DOMINGO

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