jueves, 18 de junio de 2026

SALMO 138: EL SEÑOR ES ESPLÉNDIDO

El Salmo 138 es una hermosa oración de acción de gracias que brota de la experiencia de un creyente que ha descubierto que Dios escucha, acompaña y sostiene a quienes ponen en Él su confianza. La tradición cristiana ha visto en este salmo una síntesis de la relación entre Dios y el hombre: un Dios que se revela como amor fiel y una humanidad llamada a responder con alabanza, humildad y confianza.

1 Te doy gracias, Yahvé, de todo corazón, por haber escuchado las palabras de mi boca. En presencia de los ángeles tañeré en tu honor,

2 me postraré en dirección a tu santo Templo. Te doy gracias por tu amor y tu verdad, pues tu promesa supera a tu renombre.

3 El día en que grité, me escuchaste, aumentaste mi vigor interior.

4 Te dan gracias, Yahvé, los reyes de la tierra, cuando escuchan las palabras de tu boca;

5 y celebran las acciones de Yahvé: '¡Qué grande es la gloria de Yahvé!

6 ¡Excelso es Yahvé, y mira al humilde, al soberbio lo conoce desde lejos!'

7 Si camino entre angustias, me das vida, ante la cólera del enemigo, extiendes tu mano y tu diestra me salva.

8 Yahvé lo hará todo por mí. ¡Tu amor es eterno, Yahvé, no abandones la obra de tus manos!

El salmo comienza con una declaración solemne: «Te doy gracias, Yahvé, de todo corazón». La gratitud constituye el punto de partida de toda auténtica vida espiritual. El creyente reconoce que todo bien procede de Dios y que la respuesta adecuada a sus dones es la acción de gracias. Esta actitud encuentra su máxima expresión en la Eucaristía, cuyo nombre significa precisamente “acción de gracias”. Para el cristiano, agradecer no es simplemente reconocer favores recibidos, sino contemplar toda la vida como un regalo de Dios.

La referencia al Templo subraya la dimensión comunitaria y litúrgica de la fe. El encuentro con Dios no es únicamente una experiencia interior, sino también una realidad que se celebra en la comunidad creyente. El pueblo de Dios se reúne para recordar las maravillas realizadas por el Señor y renovar su confianza en Él. En la vida de la Iglesia, esta experiencia alcanza su plenitud en la celebración sacramental, especialmente en la Eucaristía dominical.

Uno de los temas centrales del salmo es la unión entre el amor y la verdad de Dios. En la Biblia, el amor divino no es un sentimiento pasajero, sino una fidelidad permanente a la alianza. La verdad de Dios significa que sus promesas son seguras y dignas de confianza. El creyente puede apoyarse en ellas porque Dios nunca falta a su palabra. Esta certeza constituye el fundamento de la esperanza cristiana: Dios permanece fiel incluso cuando el ser humano experimenta debilidad o incertidumbre.

El salmista recuerda una experiencia concreta de salvación: «El día en que grité, me escuchaste». La oración aparece aquí como un diálogo real con Dios. La fe bíblica no concibe a Dios como un ser lejano o indiferente, sino como un Padre atento al clamor de sus hijos. La respuesta divina no consiste únicamente en cambiar las circunstancias externas, sino en fortalecer el interior de la persona. Dios concede fortaleza espiritual para afrontar las dificultades y perseverar en el camino de la fe.

Posteriormente, el horizonte del salmo se amplía a todas las naciones. Los reyes de la tierra reconocen la grandeza de Dios y celebran sus acciones. Este aspecto tiene una dimensión profética: anuncia la universalidad de la salvación. El Dios de Israel no es una divinidad local, sino el Señor de toda la humanidad. En Jesucristo esta promesa alcanza su cumplimiento, pues el Evangelio está destinado a todos los pueblos y culturas.

Uno de los versículos más significativos afirma: «Excelso es Yahvé, y mira al humilde». Esta enseñanza atraviesa toda la Sagrada Escritura. Dios manifiesta una especial cercanía hacia los humildes, los pobres y los sencillos de corazón. La humildad no consiste en despreciarse a uno mismo, sino en reconocer la propia dependencia de Dios. El soberbio pretende bastarse a sí mismo; el humilde sabe que todo lo recibe del Señor. Por ello, la humildad se convierte en una condición fundamental para acoger la gracia divina.

El salmo no ignora la existencia del sufrimiento. El creyente camina entre angustias, encuentra oposición y experimenta peligros. Sin embargo, la fe permite descubrir que Dios permanece presente en medio de las pruebas. Su mano extendida simboliza la protección divina, mientras que su diestra representa el poder salvador con el que libera a su pueblo. La confianza bíblica no es ingenuidad ni optimismo superficial; es la certeza de que Dios acompaña siempre a quienes se abandonan en sus manos.

La afirmación «Yahvé lo hará todo por mí» expresa una profunda confianza en la providencia divina. No significa pasividad ni renuncia al esfuerzo personal, sino la convicción de que la última palabra pertenece a Dios. El creyente trabaja, lucha y persevera, pero sabe que la fecundidad definitiva de su vida procede de la acción del Señor.

El salmo concluye con una súplica llena de esperanza: «No abandones la obra de tus manos». Esta expresión recuerda que cada persona es una creación amada por Dios. El Señor no abandona aquello que ha creado y redimido. Para los cristianos, esta certeza alcanza su máxima profundidad en Cristo resucitado, que revela que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, el sufrimiento y la muerte.

Este salmo enseña cuatro verdades fundamentales: Dios escucha la oración de sus hijos; fortalece interiormente a quienes confían en Él; se inclina con amor hacia los humildes; y acompaña siempre a la persona en su camino hasta llevar a plenitud la obra que ha comenzado. Por ello, el Salmo 138 sigue siendo una escuela de oración, gratitud y esperanza para todo creyente que desea vivir apoyado en la fidelidad eterna de Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario