domingo, 13 de septiembre de 2026

¿NO DEBÍAS TÚ TAMBIÉN TENER COMPASIÓN?

El Evangelio de este domingo nos invita a entrar en el corazón de la misericordia de Dios. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar y Jesús responde con una expresión que elimina todo límite: «setenta veces siete». No se trata de contar las ofensas, sino de aprender una actitud permanente de perdón.

La parábola del siervo despiadado presenta una enorme desproporción. Un hombre recibe de su señor el perdón de una deuda imposible de pagar, pero inmediatamente se muestra implacable con un compañero que le debe mucho menos. El centro del relato es el rey, imagen de Dios, que se compadece gratuitamente ante la súplica. Dios no comienza mirando nuestras cuentas, sino nuestra necesidad y nuestra miseria.

La primera lectura recuerda que el camino del perdón nace también de la memoria: recordar la alianza, los mandamientos y la misericordia recibida. El rencor se alimenta cuando conservamos la ofensa y la convertimos en el centro de nuestra mirada. Frente a ello, el creyente está llamado a recordar que Dios ha sido paciente con él y que su misericordia siempre ha sido mayor que su pecado.

San Pablo recuerda que «somos del Señor». Por eso nuestra vida no puede quedar encerrada en nosotros mismos, en nuestras heridas o en nuestras cuentas pendientes. Pertenecer a Cristo significa aprender a mirar al hermano con los mismos ojos con los que Dios nos mira.

El siervo perdonado no supo reconocer el don recibido. Su problema no fue solamente no perdonar, sino haber olvidado la misericordia que acababa de experimentar. También nosotros podemos caer en esa contradicción cuando pedimos comprensión para nuestras faltas y, al mismo tiempo, somos implacables con las de los demás.

El perdón cristiano no es debilidad, ingenuidad ni aceptación del mal. Es la fuerza capaz de romper la espiral de odio, venganza y violencia. Perdonar significa renunciar a vivir como prisioneros de la ofensa y abrir un camino de reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ser un lugar donde el perdón se practique diariamente.

Para nosotros, hoy, la pregunta es muy concreta: ¿qué deuda sigo contabilizando?, ¿qué herida ocupa todavía el centro de mi vida?, ¿a quién sigo mirando únicamente como culpable? El primer paso puede ser volver a hacer memoria de las veces que Dios nos ha perdonado, esperado y levantado.

La misericordia recibida se convierte así en misericordia ofrecida. El cristiano no perdona porque el otro lo merezca, sino porque ha experimentado gratuitamente el amor de Dios. «Setenta veces siete» expresa una paciencia que no se cansa y un amor que busca siempre comenzar de nuevo.

Finalmente, la Palabra de Dios debe sanar nuestras raíces para que nuestra vida dé buenos frutos. Jesús, Palabra encarnada, nos enseña que la fe no consiste solamente en hablar, sino en vivir el amor. La Eucaristía alimenta esta vida nueva y nos fortalece para permanecer fieles a Cristo.

Perdonar es, por tanto, recordar que nosotros también hemos sido perdonados. Solo quien permanece en la memoria de la misericordia de Dios puede aprender a vivir con un corazón semejante al suyo.

FELIZ DOMINGO

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