domingo, 4 de octubre de 2026

DIOS NOS CONFÍA SU VIÑA; ESPERA DE NOSOTROS FRUTOS DE AMOR.

El evangelio de este domingo nos habla del amor de Dios, de la responsabilidad del ser humano y, sobre todo, de Jesucristo como la piedra angular de nuestra salvación.

Jesús utiliza una imagen muy conocida en la Sagrada Escritura: la viña. Ya el profeta Isaías había presentado a Israel como una viña cuidada por Dios. Jesús retoma esa imagen, pero pone ahora el acento en los viñadores, es decir, en quienes han recibido la responsabilidad de cuidar aquello que pertenece a Dios.

El propietario prepara la viña con enorme cuidado: la planta, la protege, cava el lagar y construye la torre. Después la confía a unos labradores. Aquí aparece una primera enseñanza fundamental: todo lo que somos y tenemos es un don de Dios que se nos confía. No somos propietarios absolutos de nuestra vida, de nuestros talentos, de nuestros bienes ni siquiera de la Iglesia. Somos administradores de algo que pertenece al Señor.

El drama comienza cuando los viñadores olvidan que la viña no es suya. Se apoderan de ella y rechazan a los enviados del propietario. La parábola recuerda así la historia de los profetas, que muchas veces fueron rechazados cuando llamaban al pueblo a la conversión. Finalmente el propietario envía a su propio hijo. Jesús está anunciando de esta manera su propia pasión: el Hijo enviado por el Padre será rechazado y llevado a la muerte.

Pero aquí aparece la gran paradoja del Evangelio. Precisamente aquel que es rechazado se convierte en “la piedra angular”. La muerte de Jesús no será el fracaso definitivo, sino el camino hacia la resurrección. Los hombres pueden rechazar a Cristo, pero Dios lo constituye fundamento de una nueva humanidad.

Por eso, cuando Jesús dice que el Reino será entregado a quienes produzcan fruto, no está hablando de privilegios religiosos, sino de responsabilidad y fidelidad. El Reino de Dios no pertenece a quienes simplemente dicen creer, sino a quienes hacen que esa fe produzca frutos concretos: amor, justicia, misericordia, servicio, perdón y solidaridad.

Y esta palabra no está dirigida únicamente a los dirigentes de aquel tiempo. También nos habla a nosotros. La Iglesia, nuestras comunidades y cada cristiano hemos recibido la viña del Señor. Podemos cuidarla y hacerla fecunda, o podemos comportarnos como si fuera propiedad nuestra, buscando nuestros intereses y olvidando al verdadero dueño.

El Papa Francisco señalaba que esta parábola también es nuestra historia: la historia de la alianza de Dios con la humanidad, una historia marcada por el amor de Dios, pero también por nuestras infidelidades y rechazos.

El Evangelio de este domingo nos lleva, por tanto, a una pregunta muy concreta: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta con haber recibido la fe; hay que hacerla fructificar. No basta con pertenecer a una comunidad; hay que servirla. No basta con conocer el Evangelio; hay que vivirlo.

La gran invitación de Jesús es a devolver al Señor los frutos de la viña. Dios nos ha confiado mucho porque espera mucho de nosotros. Y su exigencia no nace de un deseo de dominarnos, sino del amor con el que ha preparado y cuidado nuestra vida.

La parábola termina señalando a Cristo como la piedra angular. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestra vida encuentra fundamento. Cuando tratamos de construirla al margen de Él, tarde o temprano terminamos apropiándonos de aquello que Dios nos había confiado.

Por eso, la pregunta esencial para este domingo podría ser: ¿estoy cuidando la viña del Señor o me estoy comportando como si fuera mía?

FELIZ DOMINGO

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