Jesús utiliza una imagen muy conocida en la Sagrada
Escritura: la viña. Ya el profeta Isaías había presentado a Israel como
una viña cuidada por Dios. Jesús retoma esa imagen, pero pone ahora el acento
en los viñadores, es decir, en quienes han recibido la responsabilidad
de cuidar aquello que pertenece a Dios.
El propietario prepara la viña con enorme cuidado: la
planta, la protege, cava el lagar y construye la torre. Después la confía a
unos labradores. Aquí aparece una primera enseñanza fundamental: todo lo que
somos y tenemos es un don de Dios que se nos confía. No somos propietarios
absolutos de nuestra vida, de nuestros talentos, de nuestros bienes ni siquiera
de la Iglesia. Somos administradores de algo que pertenece al Señor.
El drama comienza cuando los viñadores olvidan que la viña
no es suya. Se apoderan de ella y rechazan a los enviados del propietario. La
parábola recuerda así la historia de los profetas, que muchas veces fueron
rechazados cuando llamaban al pueblo a la conversión. Finalmente el propietario
envía a su propio hijo. Jesús está anunciando de esta manera su propia pasión: el
Hijo enviado por el Padre será rechazado y llevado a la muerte.
Pero aquí aparece la gran paradoja del Evangelio.
Precisamente aquel que es rechazado se convierte en “la piedra angular”.
La muerte de Jesús no será el fracaso definitivo, sino el camino hacia la
resurrección. Los hombres pueden rechazar a Cristo, pero Dios lo constituye
fundamento de una nueva humanidad.
Por eso, cuando Jesús dice que el Reino será entregado a
quienes produzcan fruto, no está hablando de privilegios religiosos, sino de responsabilidad
y fidelidad. El Reino de Dios no pertenece a quienes simplemente dicen
creer, sino a quienes hacen que esa fe produzca frutos concretos: amor,
justicia, misericordia, servicio, perdón y solidaridad.
Y esta palabra no está dirigida únicamente a los dirigentes
de aquel tiempo. También nos habla a nosotros. La Iglesia, nuestras
comunidades y cada cristiano hemos recibido la viña del Señor. Podemos cuidarla
y hacerla fecunda, o podemos comportarnos como si fuera propiedad nuestra,
buscando nuestros intereses y olvidando al verdadero dueño.
El Papa Francisco señalaba que esta parábola también es
nuestra historia: la historia de la alianza de Dios con la humanidad, una
historia marcada por el amor de Dios, pero también por nuestras infidelidades y
rechazos.
El Evangelio de este domingo nos lleva, por tanto, a una
pregunta muy concreta: ¿qué frutos está produciendo mi vida? No basta
con haber recibido la fe; hay que hacerla fructificar. No basta con pertenecer
a una comunidad; hay que servirla. No basta con conocer el Evangelio; hay que
vivirlo.
La gran invitación de Jesús es a devolver al Señor los
frutos de la viña. Dios nos ha confiado mucho porque espera mucho de
nosotros. Y su exigencia no nace de un deseo de dominarnos, sino del amor con
el que ha preparado y cuidado nuestra vida.
La parábola termina señalando a Cristo como la piedra
angular. Cuando Cristo ocupa el centro, nuestra vida encuentra fundamento.
Cuando tratamos de construirla al margen de Él, tarde o temprano terminamos
apropiándonos de aquello que Dios nos había confiado.
Por eso, la pregunta esencial para este domingo podría ser: ¿estoy
cuidando la viña del Señor o me estoy comportando como si fuera mía?

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