El Salmo 67 es una hermosa oración de bendición, alabanza y esperanza universal. Su mensaje principal es que Dios no bendice a su pueblo para que guarde sus dones egoístamente, sino para que su bondad, su misericordia y su salvación lleguen a todos los hombres y a todas las naciones. La bendición recibida no debe quedarse en nosotros: está llamada a llegar a toda la humanidad.
2 Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; 3 conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.
4 Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
5 Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra.
6 Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
7 La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios.
8 Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra.
Desde el comienzo, el salmista pide: «Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros». Es una petición que expresa la confianza del creyente en un Dios cercano, misericordioso y dispuesto a acompañar a sus hijos. Que Dios ilumine su rostro significa vivir bajo su mirada amorosa, experimentar su presencia y caminar guiados por su luz.
Pero esta bendición tiene una finalidad mucho mayor: «Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación». La fe no puede convertirse en una experiencia individualista, encerrada en nosotros mismos. Quien ha conocido el amor de Dios está llamado a transmitirlo, a hacerlo visible mediante sus palabras, sus obras y su manera de vivir. La salvación de Dios no tiene fronteras, no pertenece exclusivamente a un pueblo, una cultura o una nación. Su amor está destinado a toda la humanidad.
Por eso el salmista repite con insistencia: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben». Es una invitación a reconocer que todos los hombres son destinatarios de la bondad divina. Dios no hace distinciones ni excluye a nadie de su misericordia. Su proyecto es reunir a la humanidad en una familia donde reine la justicia, la fraternidad y la paz.
El salmo presenta también a Dios como juez y gobernante de las naciones: «Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia». Su autoridad no se fundamenta en el dominio, la imposición o el poder, sino en la justicia y el amor. Dios gobierna buscando el bien de todos, especialmente de quienes sufren la injusticia, la pobreza y la marginación. Esta visión nos recuerda que una sociedad verdaderamente humana debe construirse sobre la justicia, el respeto a la dignidad de cada persona y la solidaridad.
La alegría de los pueblos nace también de reconocer los dones de Dios: «La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios». La creación entera aparece como un regalo que debemos recibir con gratitud y responsabilidad. Los frutos de la tierra nos recuerdan que la vida es un don y que los bienes que recibimos no deben convertirse en motivo de egoísmo, sino en oportunidad para compartir. Agradecer la bendición de Dios implica cuidar la creación y trabajar para que nadie carezca de lo necesario.
Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, este salmo adquiere una dimensión todavía más profunda en Jesucristo. En Él, Dios manifiesta su salvación a todos los pueblos. Jesús rompe las barreras que separan a las personas, se acerca a los pobres, acoge a los pecadores y anuncia un Reino abierto a todos. Después de su resurrección, envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio a todas las naciones. La Iglesia recibe así la misión de ser instrumento de esa bendición, llevando al mundo el amor, la misericordia y la esperanza de Cristo.
¿Qué nos dice este salmo hoy? Nos invita a preguntarnos si nuestra vida refleja verdaderamente la bendición que recibimos de Dios. No basta con rezar, acudir al templo o proclamar nuestra fe; debemos hacer que esa fe se traduzca en gestos concretos de amor, comprensión, perdón y solidaridad. En un mundo marcado por las guerras, las divisiones, los enfrentamientos y las desigualdades, estamos llamados a ser constructores de fraternidad y anunciadores de esperanza.
También nos recuerda que no podemos apropiarnos de Dios ni reducirlo a nuestros intereses. Dios es Padre de todos y su salvación está destinada a toda la humanidad. Por eso, como comunidad cristiana, debemos abrir nuestras puertas, acoger al que llega, acompañar al que sufre y ayudar al que necesita recuperar la esperanza.
El salmo termina pidiendo que la bendición de Dios alcance todos los confines de la tierra. Esa debe ser también nuestra oración y nuestro compromiso: vivir de tal manera que quienes nos rodean puedan descubrir, a través de nosotros, el rostro misericordioso de Dios. Porque quien recibe la bendición del Señor está llamado a convertirse en bendición para los demás.

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