domingo, 17 de mayo de 2026

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR: JESÚS CUMPLE SU MISIÓN

La Ascensión del Señor no es una despedida vacía, sino el paso de la presencia visible de Jesús en la tierra a una nueva presencia en la Iglesia, sostenida por su promesa de estar con los suyos “todos los días, hasta el fin del mundo”. Jesús, que nació pobre en Belén, vivió en Nazaret, predicó, hizo milagros, murió y resucitó, culmina ahora su misión terrena y abre la etapa de la misión de sus discípulos.

La Ascensión está unida a la esperanza pascual: Cristo va delante de nosotros para prepararnos un lugar y conducirnos a la comunión plena con la Santísima Trinidad. Por eso la fiesta es una llamada a levantar la mirada, a no vivir encerrados en lo inmediato, y a orientar el corazón hacia el cielo sin despreciar la tierra.

El texto subraya que Jesús no se retira, sino que encomienda a los discípulos continuar su obra salvadora hasta los confines del mundo. La misión es universal: “haced discípulos a todos los pueblos”, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Ese bautismo aparece como sacramento de iniciación en una vida nueva, fundada en la Alianza nueva inaugurada por Cristo.  La Ascensión, situada en el monte, retoma el simbolismo bíblico del monte Sinaí y del sermón de la montaña, mostrando que Jesús lleva a plenitud la revelación anterior.

El Resucitado confirma ahora con autoridad definitiva lo que enseñó durante su ministerio, y lo hace desde la gloria del Señor resucitado. La promesa “Yo estoy con vosotros” se interpreta como cumplimiento del Emmanuel: Dios con nosotros, ahora en plenitud y sin límites, porque Jesús significa “Dios salva”.

Toda la predicación de Jesús ha consistido en revelar el verdadero rostro de Dios, desmontando la imagen de un Dios lejano, rígido o legalista. Jesús muestra que Dios es amor que sale al encuentro, cura, perdona, acoge y levanta al hombre herido. Es un Dios libertador, que libera de la parálisis, de las cargas y de toda esclavitud para inaugurar una vida nueva y responsable. Es un Dios misericordioso que se alegra con el regreso del pecador, busca la oveja perdida y come con pecadores. Es un Dios que protege a los pequeños, a los pobres, a los niños, a las viudas y a los huérfanos, y que llama bienaventurados a quienes trabajan por la paz. No se manifiesta en el poder mundano, sino en la cruz, donde el amor alcanza su gloria verdadera. La cruz y la resurrección son inseparables de la Ascensión: Jesús entra en la gloria del Padre por la obediencia y el amor entregado hasta el extremo.

La misión de la Iglesia nace de esta glorificación: anunciar a todos que Dios no es amo, sino Padre, y que todos estamos llamados a vivir como hermanos. Los discípulos, aunque lentos para entender y con dudas, reciben el encargo de ser testigos, porque la fuerza no proviene de ellos, sino del Espíritu Santo. Por eso la Ascensión mira ya hacia Pentecostés: el Espíritu será quien sostenga la fe, la conversión y el envío misionero.

La vida cristiana queda presentada como peregrinación entre la espera y la esperanza, con los pies en la tierra y el corazón orientado al cielo. La conversión consiste en dejarse transformar por la gracia para ser santos, ciudadanos del cielo, aunque todavía vivamos en un mundo herido por el pecado.

La oración hace crecer el deseo de Dios, purifica el corazón y prepara para la alegría celestial, aunque esta vida esté marcada por cierta nostalgia. La esperanza cristiana afirma que un día veremos a Dios cara a cara, en comunión con la Trinidad, junto a los ángeles y los santos. Mientras llega ese día, la Iglesia continúa la misión de Cristo con la certeza de que no camina sola.

FELIZ DOMINGO

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