La Ascensión está unida a la
esperanza pascual: Cristo va delante de nosotros para prepararnos un lugar y
conducirnos a la comunión plena con la Santísima Trinidad. Por eso la fiesta es
una llamada a levantar la mirada, a no vivir encerrados en lo inmediato, y a
orientar el corazón hacia el cielo sin despreciar la tierra.
El texto subraya que Jesús no se
retira, sino que encomienda a los discípulos continuar su obra salvadora hasta
los confines del mundo. La misión es universal: “haced discípulos a todos los
pueblos”, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ese bautismo aparece como
sacramento de iniciación en una vida nueva, fundada en la Alianza nueva
inaugurada por Cristo. La Ascensión,
situada en el monte, retoma el simbolismo bíblico del monte Sinaí y del sermón
de la montaña, mostrando que Jesús lleva a plenitud la revelación anterior.
El Resucitado confirma ahora con
autoridad definitiva lo que enseñó durante su ministerio, y lo hace desde la
gloria del Señor resucitado. La promesa “Yo estoy con vosotros” se interpreta
como cumplimiento del Emmanuel: Dios con nosotros, ahora en plenitud y sin
límites, porque Jesús significa “Dios salva”.
Toda la predicación de Jesús ha
consistido en revelar el verdadero rostro de Dios, desmontando la imagen de un
Dios lejano, rígido o legalista. Jesús muestra que Dios es amor que sale al
encuentro, cura, perdona, acoge y levanta al hombre herido. Es un Dios
libertador, que libera de la parálisis, de las cargas y de toda esclavitud para
inaugurar una vida nueva y responsable. Es un Dios misericordioso que se alegra
con el regreso del pecador, busca la oveja perdida y come con pecadores. Es un
Dios que protege a los pequeños, a los pobres, a los niños, a las viudas y a
los huérfanos, y que llama bienaventurados a quienes trabajan por la paz. No se
manifiesta en el poder mundano, sino en la cruz, donde el amor alcanza su
gloria verdadera. La cruz y la resurrección son inseparables de la Ascensión:
Jesús entra en la gloria del Padre por la obediencia y el amor entregado hasta
el extremo.
La misión de la Iglesia nace de
esta glorificación: anunciar a todos que Dios no es amo, sino Padre, y que
todos estamos llamados a vivir como hermanos. Los discípulos, aunque lentos
para entender y con dudas, reciben el encargo de ser testigos, porque la fuerza
no proviene de ellos, sino del Espíritu Santo. Por eso la Ascensión mira ya
hacia Pentecostés: el Espíritu será quien sostenga la fe, la conversión y el
envío misionero.
La vida cristiana queda
presentada como peregrinación entre la espera y la esperanza, con los pies en
la tierra y el corazón orientado al cielo. La conversión consiste en dejarse
transformar por la gracia para ser santos, ciudadanos del cielo, aunque todavía
vivamos en un mundo herido por el pecado.
La oración hace crecer el deseo
de Dios, purifica el corazón y prepara para la alegría celestial, aunque esta
vida esté marcada por cierta nostalgia. La esperanza cristiana afirma que un
día veremos a Dios cara a cara, en comunión con la Trinidad, junto a los
ángeles y los santos. Mientras llega ese día, la Iglesia continúa la misión de
Cristo con la certeza de que no camina sola.
FELIZ DOMINGO

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