jueves, 28 de mayo de 2026

SALMO 96: REGIRÁ EL MUNDO CON JUSTICIA

El Salmo 96 es un himno universal de alabanza que proclama la soberanía de Dios sobre la creación y sobre la historia. Desarrolla una teología centrada en la universalidad de Dios y en la llamada a toda la creación a participar en su alabanza.

1 ¡Cantad a Yahvé un nuevo canto, canta a Yahvé, tierra entera,

2 cantad a Yahvé, bendecid su nombre! Anunciad su salvación día a día,

3 contad su gloria a las naciones, sus maravillas a todos los pueblos.

4 Pues grande es Yahvé y digno de alabanza, más temible que todos los dioses.

5 Pues nada son los dioses paganos. Pero Yahvé hizo los cielos;

6 gloria y majestad están ante él, poder y esplendor en su santuario.

7 Tributad a Yahvé, familias de los pueblos, tributad a Yahvé gloria y poder,

8 tributad a Yahvé la gloria de su nombre. Traed ofrendas, entrad en sus atrios,

9 postraos ante Yahvé en el atrio sagrado, ¡tiemble ante su rostro toda la tierra!

10 Decid a los gentiles: '¡Yahvé es rey!' El orbe está seguro, no vacila; él gobierna a los pueblos rectamente.

11 ¡Alégrense los cielos, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto encierra;

12 exulte el campo y cuanto hay en él, griten de gozo los árboles del bosque,

13 delante de Yahvé, que ya viene, viene, sí, a juzgar la tierra! Juzgará al mundo con justicia, a los pueblos con su lealtad.

Desde sus primeros versículos aparece una invitación insistente: «Cantad a Yahvé un canto nuevo». El “canto nuevo” no es simplemente una composición inédita, sino la respuesta renovada del creyente ante la acción siempre nueva de Dios en la historia. En la tradición bíblica, Dios nunca deja de actuar, de salvar y de manifestar su amor; por ello el hombre tampoco puede permanecer inmóvil ni repetir mecánicamente una fe vacía, sino que está llamado a una adhesión constantemente renovada.

La primera gran enseñanza del salmo es el carácter misionero de la fe. El pueblo de Dios no recibe la salvación para guardarla como un privilegio exclusivo. El texto insiste: «Anunciad su salvación día a día; contad su gloria a las naciones». La experiencia de Dios genera necesariamente anuncio. El creyente que ha conocido la acción salvadora divina se convierte en testigo. Aquí aparece una anticipación de la misión universal que alcanzará su plenitud en el Nuevo Testamento cuando Cristo envíe a sus discípulos a evangelizar a todas las naciones. La Iglesia reconoce en este salmo una dimensión profética: toda comunidad cristiana está llamada a comunicar la Buena Nueva a todos los pueblos.

El salmo también desarrolla una profunda afirmación monoteísta: «Nada son los dioses paganos. Pero Yahvé hizo los cielos». La catequesis bíblica insiste en la diferencia radical entre el Dios verdadero y los ídolos. Los ídolos representan falsas seguridades construidas por el hombre: poder, riqueza, prestigio o cualquier realidad que ocupe el lugar que corresponde a Dios. Mientras los ídolos son obra humana y carecen de vida, Yahvé es el creador del universo. Toda auténtica fe exige un proceso de purificación interior para reconocer y abandonar las idolatrías que esclavizan el corazón humano.

La descripción de Dios mediante expresiones como «gloria», «majestad», «poder» y «esplendor» manifiesta la trascendencia divina. Dios no es una fuerza anónima ni una realidad lejana, sino el Señor soberano que reina sobre la historia. Su grandeza no genera terror paralizante, sino adoración y confianza. La actitud adecuada del creyente es la adoración, expresada mediante ofrendas y postración. La liturgia aparece aquí como respuesta humana a la iniciativa divina. El culto verdadero no consiste únicamente en gestos externos, sino en reconocer a Dios como centro de la vida.

Una dimensión particularmente importante es la universalidad de la adoración. Ya no se trata únicamente de Israel: «familias de los pueblos» y «gentiles» son invitados a reconocer el señorío de Dios. Se rompe así cualquier exclusivismo religioso. El proyecto divino tiene alcance universal y abraza a toda la humanidad. Desde la perspectiva cristiana esto alcanza su plenitud en Cristo, donde todos los pueblos son llamados a formar parte del único Pueblo de Dios.

La parte final introduce una perspectiva escatológica: «Yahvé viene». La venida de Dios no se presenta como amenaza destructiva, sino como motivo de alegría cósmica. El cielo, la tierra, el mar, los campos y los árboles participan en una celebración universal. Toda la creación reconoce la llegada de su Señor. Existe aquí una profunda teología de la creación: el universo no es una realidad autónoma o cerrada en sí misma, sino una obra destinada a glorificar a Dios.

El juicio divino aparece unido inseparablemente a la justicia y a la fidelidad: «Juzgará al mundo con justicia, a los pueblos con su lealtad». El juicio bíblico no debe entenderse principalmente como condena, sino como restauración del orden querido por Dios. El Señor interviene para establecer la verdad, liberar al oprimido y manifestar plenamente su reino. Para el creyente, la venida de Dios no es motivo de miedo sino de esperanza.

Este salmo enseña que la fe cristiana debe vivirse como alabanza, misión, rechazo de los ídolos, adoración auténtica y esperanza confiada. Invita a reconocer a Dios como Señor de toda la creación y de toda la historia, y recuerda que la vida del creyente está llamada a convertirse en un «canto nuevo» permanente que anuncie su salvación al mundo entero.

 

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