1 ¡Cantad a Yahvé un nuevo canto, canta a Yahvé,
tierra entera,
2 cantad a Yahvé, bendecid su nombre! Anunciad su
salvación día a día,
3 contad su gloria a las naciones, sus maravillas
a todos los pueblos.
4 Pues grande es Yahvé y digno de alabanza, más
temible que todos los dioses.
5 Pues nada son los dioses paganos. Pero Yahvé
hizo los cielos;
6 gloria y majestad están ante él, poder y
esplendor en su santuario.
7 Tributad a Yahvé, familias de los pueblos,
tributad a Yahvé gloria y poder,
8 tributad a Yahvé la gloria de su nombre. Traed
ofrendas, entrad en sus atrios,
9 postraos ante Yahvé en el atrio sagrado,
¡tiemble ante su rostro toda la tierra!
10 Decid a los gentiles: '¡Yahvé es rey!' El orbe
está seguro, no vacila; él gobierna a los pueblos rectamente.
11 ¡Alégrense los cielos, goce la tierra, retumbe
el mar y cuanto encierra;
12 exulte el campo y cuanto hay en él, griten de
gozo los árboles del bosque,
13 delante de Yahvé, que ya viene, viene, sí, a
juzgar la tierra! Juzgará al mundo con justicia, a los pueblos con su lealtad.
Desde sus primeros versículos
aparece una invitación insistente: «Cantad a Yahvé un canto nuevo». El “canto
nuevo” no es simplemente una composición inédita, sino la respuesta
renovada del creyente ante la acción siempre nueva de Dios en la historia.
En la tradición bíblica, Dios nunca deja de actuar, de salvar y de manifestar
su amor; por ello el hombre tampoco puede permanecer inmóvil ni repetir
mecánicamente una fe vacía, sino que está llamado a una adhesión constantemente
renovada.
La primera gran enseñanza del
salmo es el carácter misionero de la fe. El pueblo de Dios no recibe la
salvación para guardarla como un privilegio exclusivo. El texto insiste:
«Anunciad su salvación día a día; contad su gloria a las naciones». La
experiencia de Dios genera necesariamente anuncio. El creyente que ha
conocido la acción salvadora divina se convierte en testigo. Aquí aparece una
anticipación de la misión universal que alcanzará su plenitud en el Nuevo
Testamento cuando Cristo envíe a sus discípulos a evangelizar a todas las
naciones. La Iglesia reconoce en este salmo una dimensión profética: toda
comunidad cristiana está llamada a comunicar la Buena Nueva a todos los
pueblos.
El salmo también desarrolla una
profunda afirmación monoteísta: «Nada son los dioses paganos. Pero Yahvé hizo
los cielos». La catequesis bíblica insiste en la diferencia radical entre el
Dios verdadero y los ídolos. Los ídolos representan falsas seguridades
construidas por el hombre: poder, riqueza, prestigio o cualquier realidad que
ocupe el lugar que corresponde a Dios. Mientras los ídolos son obra humana y
carecen de vida, Yahvé es el creador del universo. Toda auténtica fe exige
un proceso de purificación interior para reconocer y abandonar las idolatrías
que esclavizan el corazón humano.
La descripción de Dios mediante
expresiones como «gloria», «majestad», «poder» y «esplendor» manifiesta la
trascendencia divina. Dios no es una fuerza anónima ni una realidad lejana,
sino el Señor soberano que reina sobre la historia. Su grandeza no genera
terror paralizante, sino adoración y confianza. La actitud adecuada del
creyente es la adoración, expresada mediante ofrendas y postración. La liturgia
aparece aquí como respuesta humana a la iniciativa divina. El culto
verdadero no consiste únicamente en gestos externos, sino en
reconocer a Dios como centro de la vida.
Una dimensión particularmente
importante es la universalidad de la adoración. Ya no se trata únicamente de
Israel: «familias de los pueblos» y «gentiles» son invitados a reconocer el
señorío de Dios. Se rompe así cualquier exclusivismo religioso. El proyecto
divino tiene alcance universal y abraza a toda la humanidad. Desde la
perspectiva cristiana esto alcanza su plenitud en Cristo, donde todos
los pueblos son llamados a formar parte del único Pueblo de Dios.
La parte final introduce una
perspectiva escatológica: «Yahvé viene». La venida de Dios no se
presenta como amenaza destructiva, sino como motivo de alegría cósmica.
El cielo, la tierra, el mar, los campos y los árboles participan en una
celebración universal. Toda la creación reconoce la llegada de su Señor. Existe
aquí una profunda teología de la creación: el universo no es una realidad
autónoma o cerrada en sí misma, sino una obra destinada a glorificar a Dios.
El juicio divino aparece unido
inseparablemente a la justicia y a la fidelidad: «Juzgará al mundo con
justicia, a los pueblos con su lealtad». El juicio bíblico no debe
entenderse principalmente como condena, sino como restauración del orden
querido por Dios. El Señor interviene para establecer la verdad, liberar al
oprimido y manifestar plenamente su reino. Para el creyente, la venida de Dios
no es motivo de miedo sino de esperanza.
Este salmo enseña que la fe
cristiana debe vivirse como alabanza, misión, rechazo de los ídolos, adoración
auténtica y esperanza confiada. Invita a reconocer a Dios como Señor de toda la
creación y de toda la historia, y recuerda que la vida del creyente está
llamada a convertirse en un «canto nuevo» permanente que anuncie su salvación
al mundo entero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario