jueves, 24 de septiembre de 2026

SALMO 24: “ABRAMOS EL CORAZÓN AL REY DE LA GLORIA”.

En una sociedad donde fácilmente pensamos que todo nos pertenece y podemos utilizarlo según nuestros intereses, el salmo nos invita a recuperar una mirada de responsabilidad. La creación es un don de Dios y estamos llamados a cuidarla, respetarla y compartir sus bienes con justicia.

1 De Yahvé es la tierra y cuanto la llena, el orbe y cuantos lo habitan,
2 pues él lo fundó sobre los mares, lo asentó sobre los ríos.
3 ¿Quién subirá al monte de Yahvé?, ¿quién podrá estar en su santo recinto?
4 El de manos limpias y puro corazón, el que no suspira por los ídolos ni jura con engaño.
5 Ése logrará la bendición de Yahvé, el perdón de Dios, su Salvador.
6 Ésta es la generación que lo busca, la que acude a tu presencia, Dios de Jacob.
7 ¡Puertas, alzad los dinteles, levantaos, antiguos portones, y que entre el rey de la gloria!
8 ¿Quién es el rey de la gloria? Yahvé, el fuerte, el valiente, Yahvé, valiente en la lucha.
9 ¡Puertas, alzad los dinteles, levantaos, antiguos portones, y que entre el rey de la gloria!
10 ¿Quién es el rey de la gloria? Yahvé Sebaot, él es el rey de la gloria.

El Salmo 24 comienza proclamando una verdad fundamental de la fe: la tierra pertenece a Yahvé y todo cuanto existe está en sus manos. Dios es el Creador y Señor de toda la realidad; nada queda fuera de su presencia. El mundo no es propiedad absoluta del ser humano, sino un don que hemos recibido y que estamos llamados a cuidar con responsabilidad.

La pregunta «¿Quién subirá al monte de Yahvé?» también nos interpela hoy. Acercarse a Dios no consiste solamente en acudir a un lugar sagrado, sino en presentarse ante Él con una vida coherente. No basta con llamarnos cristianos; nuestra fe debe reflejarse en nuestra manera de vivir. Por eso aparecen dos expresiones fundamentales: manos limpias y corazón puro. Las «manos limpias» nos hablan de nuestras obras: actuar con honradez, evitar la injusticia, ayudar al necesitado y no aprovecharse de los demás. El «corazón puro» nos recuerda que Dios mira también nuestras intenciones: no podemos vivir de apariencias mientras nuestro interior permanece dominado por el egoísmo, el rencor o la ambición. Dios desea una fe que transforme tanto lo que hacemos como aquello que llevamos dentro.

El salmo nos invita además a reconocer nuestros ídolos actuales. Quizá ya no sean imágenes de piedra, pero podemos convertir en ídolos el dinero, el consumo, el poder, el éxito, la imagen personal, las redes sociales o incluso nuestras propias ideas. Todo aquello que ocupa el lugar de Dios termina esclavizándonos. Buscar a Dios exige liberarse de todo aquello que ocupa su lugar, porque la verdadera relación con Dios necesita sinceridad, justicia y fidelidad.

Quien vive de esta manera recibe la bendición de Yahvé y encuentra en Él la salvación. La bendición no significa una vida sin dificultades, sino vivir bajo la mirada amorosa de Dios y caminar confiando en Él. «Esta es la generación que lo busca» es una llamada especialmente importante para nuestro tiempo. Buscar a Dios significa no conformarnos con una fe rutinaria, sino abrirnos cada día a su Palabra, a la oración, a los sacramentos y al encuentro con los demás. Una Iglesia viva es aquella que sigue buscando al Señor y que ayuda también a otros a encontrarlo.

Finalmente, «¡que entre el Rey de la gloria!» puede convertirse en una oración para nuestra vida cotidiana. Abrir las puertas significa dejar entrar a Cristo en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestras decisiones, en nuestras preocupaciones y también en nuestras heridas. No se trata solamente de pedirle a Dios que cambie las circunstancias, sino de permitir que Él cambie nuestro corazón.

Para los cristianos, este texto adquiere una plenitud nueva en Jesucristo. Él es el verdadero Rey de la gloria que entra en nuestra historia y viene a habitar entre nosotros. En Cristo descubrimos que la presencia de Dios no permanece encerrada en un templo: Él sale a nuestro encuentro y quiere entrar también en el corazón de cada persona.

Hoy este salmo nos invita a preguntarnos qué puertas necesitamos abrir para que Dios entre en nuestra vida. Quizá sean las puertas del resentimiento, del egoísmo, de la indiferencia o de una fe demasiado superficial. Abrirlas significa permitir que Cristo transforme nuestras actitudes, nuestras relaciones y nuestras decisiones.

El mensaje central permanece vivo: toda la creación pertenece a Dios, pero Él quiere entrar especialmente en el corazón humano. Por eso la verdadera preparación para encontrarnos con Él consiste en vivir con manos limpias, corazón sincero y una voluntad dispuesta a buscarle.

Así, este salmo nos propone un camino muy concreto para hoy: cuidar la creación, vivir con honradez, purificar el corazón, liberarnos de los falsos ídolos, buscar a Dios y abrir nuestras puertas a Cristo. La pregunta final podría ser también la nuestra: ¿qué puerta de mi vida necesito abrir hoy para que entre el Rey de la gloria?

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