jueves, 29 de octubre de 2026

SALMO 46. DIOS ES NUESTRO REFUGIO Y FORTALEZA

El Salmo 46 es un canto de confianza en Dios, refugio de su pueblo en medio de las dificultades, las guerras y las convulsiones del mundo, sabiendo que Dios, permanece junto a su pueblo incluso cuando todo parece desmoronarse.

1 Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro en la angustia, siempre a punto.
2 Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro en la angustia, siempre a punto.
3 Por eso no tememos si se altera la tierra, si los montes vacilan en el fondo del mar,
4 aunque sus aguas bramen y se agiten, y su ímpetu sacuda las montañas. (¡Con nosotros Yahvé Sebaot, nuestro baluarte el Dios de Jacob!)
5 ¡Un río! Sus brazos recrean la ciudad de Dios, santifican la morada del Altísimo.
6 Dios está en medio de ella, no vacila, Dios la socorre al despuntar el alba.
7 Braman las naciones, tiemblan los reinos, lanza él su voz, la tierra se deshace.
8 ¡Con nosotros Yahvé Sebaot, nuestro baluarte el Dios de Jacob!
9 Venid a ver los prodigios de Yahvé, que llena la tierra de estupor.
10 Detiene las guerras por todo el orbe; quiebra el arco, rompe la lanza, prende fuego a los escudos.
11 'Basta ya, sabed que soy Dios, excelso sobre los pueblos, sobre la tierra excelso'.


Sus primeras palabras expresan la certeza fundamental de la fe: «Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro en la angustia, siempre a punto». No se trata de una confianza ingenua, que ignore los problemas de la vida, sino de la seguridad de que ninguna dificultad tiene la última palabra cuando ponemos nuestra esperanza en el Señor.

El salmista describe una naturaleza estremecida: la tierra se altera, los montes vacilan y las aguas braman con violencia. Son imágenes que representan el caos, la inseguridad y todo aquello que amenaza con destruir nuestras certezas. Sin embargo, el creyente no vive dominado por el miedo, porque sabe que Dios es más fuerte que cualquier adversidad. La fe no significa que nunca atravesaremos momentos de sufrimiento, sino que no tendremos que afrontarlos solos.

En medio de este escenario aparece una imagen de serenidad: el río cuyos brazos alegran la ciudad de Dios. Frente a las aguas turbulentas que provocan temor, este río simboliza la vida, la paz y la bendición que proceden de la presencia divina. La ciudad permanece firme porque Dios habita en ella. El centro de su estabilidad no son sus murallas ni su poder, sino el Señor que la sostiene y la renueva.

La afirmación «Dios está en medio de ella, no vacila» constituye el corazón espiritual del salmo. La presencia de Dios no elimina mágicamente todas las dificultades, pero ofrece una esperanza que resiste incluso en las circunstancias más oscuras. La referencia al auxilio al despuntar el alba evoca la llegada de una nueva oportunidad, cuando la noche del sufrimiento parece interminable. Dios no abandona a los suyos y puede abrir caminos de vida allí donde nosotros solo vemos obstáculos.

El salmista contempla también a las naciones que se enfrentan y a los reinos que tiemblan. Frente a la violencia humana, proclama que el Señor tiene autoridad sobre la historia. Su poder no debe interpretarse como una invitación a dominar a los demás, sino como una llamada a reconocer que la fuerza destructiva de los seres humanos no es invencible. Por eso, el salmo termina con una visión profundamente esperanzadora: Dios detiene las guerras, quiebra los arcos, rompe las lanzas y destruye los escudos.

Desde la perspectiva cristiana, este mensaje alcanza una profundidad especial en Jesucristo. En él descubrimos al Dios que se acerca a nuestra fragilidad, comparte nuestro sufrimiento y nos ofrece una paz que no se basa en la ausencia de problemas, sino en la certeza de su amor. Jesús invita a confiar en el Padre, a no dejarnos dominar por el miedo y a trabajar por la reconciliación. Su entrega en la cruz y su resurrección anuncian que el mal, la violencia y la muerte no tendrán la victoria definitiva.

Este salmo también nos recuerda que la Iglesia está llamada a ser un espacio de acogida, esperanza y fraternidad. Una comunidad cristiana debe ayudar a quienes sufren, escuchar a quienes están solos, acompañar a quienes viven con miedo y comprometerse con quienes padecen las consecuencias de la guerra y la injusticia. No basta con proclamar que Dios es nuestra fortaleza: estamos llamados a convertirnos en signos de esa fortaleza para los demás.

En nuestros días, marcados por conflictos, incertidumbres, dificultades familiares y preocupaciones personales, este salmo conserva toda su actualidad. También nosotros experimentamos momentos en los que parece que los montes vacilan bajo nuestros pies. Podemos sentir inseguridad ante el futuro, temor por nuestros seres queridos o impotencia frente al sufrimiento del mundo. El salmo nos invita a detenernos, recuperar la confianza y recordar que Dios permanece fiel, incluso cuando no comprendemos lo que sucede.

Confiar en el Señor no significa cruzarse de brazos, sino encontrar en él la fuerza necesaria para actuar con responsabilidad, defender la dignidad humana, rechazar la violencia y construir la paz. Cada gesto de perdón, cada palabra de consuelo y cada esfuerzo por reconciliar a quienes están enfrentados pueden convertirse en una expresión concreta de la presencia de Dios.

El Salmo 46 concluye invitándonos a reconocer los prodigios del Señor. Aprender a descubrirlos exige una mirada agradecida, capaz de percibir la esperanza que nace en medio de las dificultades y el bien que tantas personas realizan silenciosamente. Allí donde alguien protege al débil, acompaña al que sufre o trabaja por la paz, se abre paso una luz que contradice la oscuridad.

La enseñanza central de este salmo es clara: cuando todo parece vacilar, Dios permanece; cuando el miedo amenaza con dominarnos, su presencia nos sostiene; y cuando la violencia parece imponerse, estamos llamados a ser constructores de su paz.



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