1
Cuando estaba en el desierto de Judá. Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser
tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua.
2
Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti, por ti languidece mi
cuerpo, como erial agotado, sin agua.
3
Así como te veía en el santuario, contemplando tu fuerza y tu gloria,
4
-pues tu amor es mejor que la vida, por eso mis labios te alaban-,
5
así quiero bendecirte en mi vida, levantar mis manos en tu nombre;
6
me saciaré como de grasa y médula, mis labios te alabarán jubilosos.
7
Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti,
8
porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas;
9
mi ser se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene.
10
Mas los que tratan de acabar conmigo, ¡caigan en las honduras de la tierra!
11
¡Sean pasados a filo de espada, sirvan de presa a los chacales!
El Salmo 63 es una oración nacida
en el desierto de Judá, un lugar donde la falta de agua hace experimentar
profundamente la fragilidad de la vida. En medio de esa soledad, el salmista
descubre que su necesidad más profunda no es solamente la del agua que sacia el
cuerpo, sino la de Dios, que da sentido y plenitud a toda la existencia. Por
eso comienza con una confesión de fe llena de intimidad: «Dios, tú mi Dios, yo
te busco, mi ser tiene sed de ti». No se trata de conocer a Dios únicamente de
oídas, sino de buscarlo personalmente, establecer con él una relación viva y
descubrir que nuestra vida encuentra en él su verdadero fundamento.
La sed de Dios expresa el deseo
profundo del corazón humano, esa búsqueda de felicidad, amor y esperanza que
ninguna posesión material puede satisfacer plenamente. Podemos tener muchas
cosas y, sin embargo, experimentar un vacío interior; podemos estar rodeados de
personas y sentirnos solos. El salmo nos invita a reconocer que necesitamos
alimentar nuestra vida espiritual y abrirnos a la presencia del Señor. La fe no
elimina nuestros deseos, sino que los orienta hacia aquel que puede darles su
sentido definitivo.
El salmista recuerda la fuerza y
la gloria de Dios contempladas en el santuario. La memoria de los encuentros
con el Señor sostiene su oración incluso cuando se encuentra lejos de aquel
lugar. También nosotros estamos llamados a recordar los momentos en los que
hemos experimentado la cercanía de Dios: una celebración eucarística, la
escucha de su Palabra, el perdón recibido, la ayuda de una persona o la paz
encontrada en medio de una dificultad. La memoria agradecida fortalece la fe
cuando atravesamos tiempos de oscuridad.
El centro del salmo se encuentra
en esta afirmación: «Tu amor es mejor que la vida». El salmista no desprecia la
existencia, sino que reconoce que el amor de Dios es el bien supremo que da
valor a todo lo demás. Su fidelidad no depende de que las circunstancias sean
favorables ni desaparece cuando llegan el sufrimiento, la enfermedad o la
incertidumbre. Quien descubre este amor puede seguir confiando aun sin
comprender todos los acontecimientos de su vida.
De esa experiencia brota la alabanza.
El creyente bendice a Dios no solo cuando todo marcha bien, sino también cuando
necesita fuerzas para seguir adelante. Alabar significa reconocer que Dios
continúa siendo bueno y fiel, incluso cuando nosotros atravesamos el desierto.
Por eso la oración no es solamente una petición para que el Señor resuelva
nuestros problemas; es también gratitud, adoración y entrega confiada.
El salmista habla de saciarse con
un alimento abundante. Esta imagen expresa la alegría interior que nace del
encuentro con Dios. Quien alimenta su fe mediante la oración, la Palabra y la
participación en la vida de la comunidad cristiana encuentra una fuerza que no
depende únicamente de los bienes materiales. Para los cristianos, esta
experiencia alcanza una expresión privilegiada en la Eucaristía, donde Cristo
se entrega como Pan de Vida y nos invita a permanecer unidos a él.
Incluso durante la noche, el
pensamiento del salmista permanece vuelto hacia Dios. Su oración no se limita a
un momento determinado, sino que se convierte en una actitud interior que
acompaña toda su existencia. También nosotros podemos aprender a poner nuestras
preocupaciones en manos del Señor al terminar el día, agradecer lo vivido y
confiarle aquello que no hemos podido resolver. Recordar a Dios en el silencio
nos ayuda a no quedar prisioneros de nuestros miedos.
La imagen de las alas protectoras
expresa ternura, refugio y seguridad. El salmista no afirma que nunca tendrá
dificultades, sino que no estará abandonado cuando estas lleguen. La confianza
cristiana no consiste en esperar una vida sin problemas, sino en creer que el
Señor nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda a encontrar un camino incluso en
las situaciones más difíciles. Cuando afirma que su alma se aprieta contra Dios
y que la diestra divina lo sostiene, manifiesta una relación de cercanía y
dependencia amorosa.
Los últimos versículos expresan
el deseo de justicia frente a quienes buscan destruir al orante. Este lenguaje
pertenece a la experiencia de conflicto y amenaza propia de muchos salmos.
Desde la luz del Evangelio de Jesucristo, los cristianos estamos llamados a
confiar la justicia a Dios sin convertir el sufrimiento en odio ni responder al
mal con venganza. Jesús nos enseña a amar a los enemigos, a orar por quienes
nos persiguen y a trabajar por la verdad y la justicia, defendiendo a quienes
sufren la violencia.
Este salmo tiene una profunda
actualidad. Vivimos en una sociedad que con frecuencia busca llenar el corazón
mediante el consumo, el éxito, la apariencia o la acumulación de experiencias,
pero que no siempre encuentra paz. La Palabra de Dios nos recuerda que existe
una sed más profunda que ninguna realidad pasajera puede saciar. Necesitamos
espacios de silencio, oración, fraternidad y servicio para descubrir de nuevo
lo esencial.
Como comunidad parroquial, este
salmo nos invita a ser testigos del amor de Dios. No basta con hablar de él:
estamos llamados a mostrar su cercanía a las personas solas, acompañar a
quienes sufren, compartir con quienes pasan necesidad y ofrecer esperanza a
quienes atraviesan sus propios desiertos. La fe se hace visible cuando nuestra
vida refleja la misericordia que recibimos del Señor.
El Salmo 63 nos enseña, en
definitiva, que buscar a Dios es aprender a vivir desde su amor. Cuando
reconocemos nuestra sed espiritual, dejamos que él transforme nuestros deseos,
nuestras preocupaciones y nuestra manera de relacionarnos con los demás. Y descubrimos
que, incluso en el desierto, es posible alabar, esperar y seguir caminando.
Dios no siempre elimina el desierto de nuestra vida, pero su amor puede
convertirse en la fuente que nos mantiene en pie.

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