Cuando Jesús dice: «Si alguno
quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga»,
no nos está invitando a buscar el sufrimiento ni a aceptar pasivamente las
desgracias. La cruz cristiana es consecuencia de una vida entregada al amor, al
servicio y al Reino de Dios. Cada uno debe asumir su propia realidad, sus
responsabilidades y dificultades, viviendo todo ello desde la fe y la confianza
en Cristo.
San Pablo completa esta enseñanza
cuando nos exhorta: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la
renovación de la mente». El cristiano está llamado a dejar que el Evangelio
transforme su manera de pensar, de sentir y de actuar. No se trata de huir del
mundo, sino de vivir en él construyendo el Reino de Dios mediante el amor, la
justicia, el servicio y la fraternidad.
Jesús nos presenta también una
gran paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su
vida por mí, la encontrará». Una vida centrada exclusivamente en uno mismo, en
el bienestar, el dinero, el prestigio o la comodidad, puede terminar vacía. En
cambio, quien entrega su vida por amor descubre un sentido más profundo y una
verdadera felicidad.
También hoy seguir a Jesús puede
exigirnos renunciar al egoísmo, perdonar, compartir nuestros bienes, acompañar
al que sufre, cuidar a los enfermos y mayores, defender al débil y dar
testimonio de nuestra fe cuando hacerlo resulte difícil. Como Jeremías, podemos
encontrar incomprensión o rechazo, pero la fidelidad a Dios nos pide
mantenernos firmes.
El mensaje para nosotros hoy es
claro: seguir a Cristo es una decisión diaria. No consiste solamente en
llamarnos cristianos, sino en dejar que Jesús transforme nuestra vida. La
pregunta que debemos hacernos cada día es: «¿Qué quiere Dios de mí hoy?».
Cuando ponemos nuestra vida al servicio de Dios y de los demás, descubrimos que
la cruz no es el final del camino, sino el camino del amor que conduce a la
verdadera vida.
La enseñanza de Jesús no es una
llamada a sufrir, sino a amar hasta las últimas consecuencias. Quien
deja de vivir únicamente para sí mismo y convierte su existencia en un don
descubre que, paradójicamente, es precisamente entonces cuando encuentra la
vida plena.
FELIZ DOMINGO

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