domingo, 30 de agosto de 2026

«EL QUE QUIERA SEGUIRME QUE SE NIEGUE A SI MISMO»

El Evangelio nos presenta a Jesús anunciando a sus discípulos que su camino hacia Jerusalén pasa por la cruz. Pedro no comprende que el Mesías tenga que sufrir y pretende apartarlo de ese camino. Jesús le recuerda que está pensando según los criterios humanos y no según los de Dios. Ser discípulo significa aprender a mirar la vida desde la voluntad de Dios y no desde nuestras propias expectativas.

Cuando Jesús dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga», no nos está invitando a buscar el sufrimiento ni a aceptar pasivamente las desgracias. La cruz cristiana es consecuencia de una vida entregada al amor, al servicio y al Reino de Dios. Cada uno debe asumir su propia realidad, sus responsabilidades y dificultades, viviendo todo ello desde la fe y la confianza en Cristo.

San Pablo completa esta enseñanza cuando nos exhorta: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente». El cristiano está llamado a dejar que el Evangelio transforme su manera de pensar, de sentir y de actuar. No se trata de huir del mundo, sino de vivir en él construyendo el Reino de Dios mediante el amor, la justicia, el servicio y la fraternidad.

Jesús nos presenta también una gran paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará». Una vida centrada exclusivamente en uno mismo, en el bienestar, el dinero, el prestigio o la comodidad, puede terminar vacía. En cambio, quien entrega su vida por amor descubre un sentido más profundo y una verdadera felicidad.

También hoy seguir a Jesús puede exigirnos renunciar al egoísmo, perdonar, compartir nuestros bienes, acompañar al que sufre, cuidar a los enfermos y mayores, defender al débil y dar testimonio de nuestra fe cuando hacerlo resulte difícil. Como Jeremías, podemos encontrar incomprensión o rechazo, pero la fidelidad a Dios nos pide mantenernos firmes.

El mensaje para nosotros hoy es claro: seguir a Cristo es una decisión diaria. No consiste solamente en llamarnos cristianos, sino en dejar que Jesús transforme nuestra vida. La pregunta que debemos hacernos cada día es: «¿Qué quiere Dios de mí hoy?». Cuando ponemos nuestra vida al servicio de Dios y de los demás, descubrimos que la cruz no es el final del camino, sino el camino del amor que conduce a la verdadera vida.

La enseñanza de Jesús no es una llamada a sufrir, sino a amar hasta las últimas consecuencias. Quien deja de vivir únicamente para sí mismo y convierte su existencia en un don descubre que, paradójicamente, es precisamente entonces cuando encuentra la vida plena.

FELIZ DOMINGO

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