Cada 16 de agosto, la Iglesia celebra la memoria de San Roque de Montpellier, uno de los santos que más profundamente han arraigado en la religiosidad popular de Galicia. Su figura está estrechamente unida a la peregrinación, a la atención de los enfermos y a la caridad cristiana. Según la tradición, nació en Montpellier a mediados del siglo XIV, en una familia acomodada, pero al quedar huérfano decidió entregar sus bienes a los necesitados y emprender el camino de peregrinación. Su viaje hacia Roma lo llevó a encontrarse con una realidad dolorosa: la peste que asolaba numerosas ciudades italianas. Allí San Roque no se apartó de los enfermos, sino que se acercó a ellos, los cuidó y puso su vida al servicio de quienes sufrían.
Esta actitud constituye el corazón de su mensaje cristiano. San Roque comprendió que seguir a Cristo significa acercarse al hermano que sufre. No se limitó a hablar de la misericordia, sino que la convirtió en una forma concreta de vivir. Allí donde otros veían peligro y enfermedad, él descubría un rostro humano que necesitaba ayuda, consuelo y compañía. Por eso su figura sigue teniendo una enorme actualidad en una sociedad en la que muchas personas padecen enfermedad, soledad, pobreza o abandono.
La tradición cuenta que, después de atender a numerosos enfermos, el propio Roque contrajo la peste y se retiró a un bosque para no contagiar a nadie. Allí, un perro comenzó a llevarle diariamente un pan y su dueño terminó encontrándolo y ayudándolo a recuperar la salud. Esta conocida tradición, aunque pertenece a la narración hagiográfica, expresa de manera muy hermosa la confianza en la providencia de Dios y recuerda que la ayuda puede llegar por los caminos más inesperados.
San Roque es representado habitualmente como peregrino, con bordón, sombrero, zurrón y otros atributos del camino, mostrando además la herida de su pierna. El perro que lo acompaña recuerda su experiencia de enfermedad y de auxilio, mientras que en algunas representaciones aparece también un ángel como signo de la presencia y protección de Dios. Su iconografía terminó vinculándose estrechamente con la peregrinación jacobea, hasta el punto de aparecer frecuentemente con la concha de vieira.
En Galicia su devoción alcanzó una fuerza extraordinaria, especialmente a causa de las epidemias que azotaron estas tierras durante los siglos XVI y posteriores. Su relación con los peregrinos y con Santiago de Compostela contribuyó también a extender su culto. En Santiago, después de la peste de 1517, se fundó una cofradía dedicada a San Roque y posteriormente se levantó un hospital destinado a atender a los enfermos de peste y otras enfermedades contagiosas.
Pero la verdadera importancia de San Roque no está solamente en pedir su protección frente a la enfermedad. Su vida nos invita a descubrir que la fe cristiana debe hacerse servicio. El discípulo de Jesús no puede permanecer indiferente ante el dolor de los demás. Como el Buen Samaritano del Evangelio, está llamado a detenerse, mirar, acercarse, curar las heridas y acompañar al que ha quedado al borde del camino.
San Roque nos recuerda también que todos somos peregrinos. Caminamos por esta vida hacia Dios y, durante nuestro camino, encontramos personas que necesitan de nosotros. A veces tendremos que detener nuestros propios proyectos para ayudar a alguien. Otras veces seremos nosotros quienes necesitemos ser sostenidos. La enfermedad y la fragilidad nos enseñan que nadie se basta completamente a sí mismo y que todos necesitamos de la comunidad, de la familia y, sobre todo, de la cercanía de Dios.
Por eso, celebrar hoy a San Roque nos invita a preguntarnos si nuestras comunidades cristianas son lugares donde el enfermo encuentra compañía, donde el anciano se siente querido, donde quien está solo encuentra una mano amiga y donde el pobre descubre un corazón dispuesto a compartir.
San Roque nos enseña que la santidad no consiste en vivir alejados de los problemas del mundo, sino en entrar en ellos llevando la compasión de Cristo. Su camino de peregrino se convierte así en camino de caridad; su enfermedad, en experiencia de fragilidad; su encuentro con los necesitados, en servicio; y su confianza en Dios, en testimonio de esperanza.
Hoy necesitamos recuperar precisamente esta mirada. En medio de una sociedad que muchas veces busca apartar el sufrimiento de la vista, San Roque nos enseña a no tener miedo de acercarnos al dolor. Nos recuerda que detrás de cada enfermedad hay una persona, detrás de cada soledad hay un corazón que espera compañía y detrás de cada necesidad existe un hermano al que Cristo nos confía.
Que San Roque interceda por nuestros enfermos, por quienes los cuidan, por los profesionales de la salud y por todas las personas que atraviesan momentos de sufrimiento. Y que su ejemplo nos ayude a comprender que el verdadero peregrino cristiano no es solamente quien llega a una meta, sino quien, mientras camina hacia Dios, se detiene para levantar al hermano que ha caído.
Su mensaje puede quedar resumido en tres palabras que siguen siendo plenamente actuales: PEREGRINACIÓN, MISERICORDIA Y SERVICIO.
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