La Palabra de Dios nos invita a contemplar hoy el encuentro de Jesús con una mujer cananea, una extranjera que se acerca a Él movida por el sufrimiento de su hija. Su oración es sencilla y profunda: «Ten compasión de mí, Señor». En ella descubrimos que la fe nace muchas veces del reconocimiento humilde de nuestra necesidad y de la confianza en que Dios puede transformar aquello que nosotros no podemos solucionar.
La mujer cananea pertenece a un pueblo considerado extranjero y pagano. Sin embargo, no permite que las fronteras religiosas o culturales le impidan acercarse a Jesús. Su amor de madre y su confianza son mayores que cualquier obstáculo. Frente a ella aparecen los discípulos, preocupados más por apartarla que por escuchar su sufrimiento. El Evangelio nos hace así una pregunta muy actual: ¿somos capaces de acoger a quienes son diferentes de nosotros o seguimos levantando barreras entre «los nuestros» y «los demás»?
La actitud de Jesús conduce a una enseñanza fundamental. La salvación de Dios no está reservada a un pueblo, una cultura o un grupo determinado. Israel tuvo un papel fundamental en la historia de la salvación, pero su elección no significaba la exclusión de los demás pueblos. Ya el profeta Isaías anunciaba que la casa de Dios sería «casa de oración para todos los pueblos». En Cristo esta promesa alcanza su plenitud: Dios quiere que todos conozcan su misericordia y participen de su salvación.
La cananea destaca especialmente por su perseverancia. Jesús parece guardar silencio, los discípulos quieren que se marche y las palabras que recibe parecen cerrar toda esperanza. Pero ella no abandona. Continúa suplicando porque ama a su hija y porque confía en Jesús. Su fe no depende de obtener inmediatamente lo que pide. Es una fe capaz de esperar, insistir y permanecer junto al Señor incluso cuando no comprende sus caminos.
Por eso Jesús termina admirando su fe: «Mujer, qué grande es tu fe». La grandeza de aquella mujer no procede de su origen ni de su pertenencia religiosa, sino de su confianza. Ella reconoce en Jesús al Señor y pone en sus manos su dolor. Su humildad se convierte en fortaleza y su súplica en una verdadera profesión de fe. Su hija recibe la curación, pero el gran signo del relato es que aquella mujer, considerada extranjera, se convierte en ejemplo para todos los creyentes.
También nosotros atravesamos momentos en los que parece que Dios guarda silencio. Rezamos y no vemos respuesta; pedimos y las circunstancias no cambian; esperamos y la solución parece alejarse. El Evangelio nos enseña entonces a no abandonar. La fe madura precisamente cuando aprende a confiar también en los momentos de oscuridad. Como la cananea, estamos llamados a seguir diciendo: «Señor, ayúdame», poniendo nuestra vida en sus manos y aceptando que se cumpla su voluntad.
La fe no consiste solamente en conocer unas verdades, sino en encontrarnos personalmente con Jesucristo y confiar en Él. Es un don que Dios ofrece a todos y que nosotros debemos acoger y hacer crecer. La oración perseverante, especialmente cuando no entendemos lo que sucede, fortalece nuestra relación con Cristo y nos ayuda a descubrir que Dios nunca deja de acompañarnos.
El Evangelio también cuestiona nuestras actitudes ante los demás. Todavía hoy existen muchas fronteras que separan a las personas: diferencias de origen, cultura, condición social, ideas o circunstancias personales. Hay muchos hombres y mujeres que, como aquella mujer cananea, gritan desde el sufrimiento esperando ser escuchados. El discípulo de Jesús no puede responder con indiferencia. Está llamado a escuchar, acoger, acompañar y defender la dignidad de cada persona.
La Iglesia, por tanto, no puede convertirse en una comunidad cerrada. Está llamada a ser casa abierta, lugar de encuentro y espacio de fraternidad. La Eucaristía nos recuerda que todos estamos invitados a la mesa de Cristo y que nadie puede apropiarse de Dios ni convertir la fe en una propiedad exclusiva. Hemos recibido gratuitamente el amor de Dios para compartirlo con los demás, especialmente con quienes sufren, están alejados o se sienten excluidos.
La Palabra nos invita también a mirar nuestra propia vida. Quizá alguna vez hemos actuado como los discípulos, queriendo apartar aquello que nos incomoda. Quizá hemos juzgado a alguien por ser diferente o hemos pensado que determinadas personas están lejos de Dios. La cananea nos recuerda que Dios puede encontrarse allí donde nosotros no esperamos encontrarlo y que la fe puede florecer en el corazón de quien aparentemente está más lejos.
Finalmente, este Evangelio nos llama a vivir una fe que se transforme en amor concreto. No basta con afirmar que creemos en Dios si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. La verdadera fe abre el corazón, derriba fronteras y nos hace servidores de los demás. Jesús ha venido para ofrecer vida y salvación a todos, y la Iglesia tiene la misión de anunciar esta Buena Noticia con palabras y obras.
Que la oración de la mujer cananea sea también nuestra oración: «Ten compasión de mí, Señor». Que sepamos acudir a Cristo con humildad, perseverar cuando no comprendamos, confiar cuando Dios parezca guardar silencio y aceptar siempre su voluntad. Y que, al experimentar su misericordia, sepamos convertirnos en instrumentos de esa misma misericordia, haciendo de nuestras comunidades y de nuestra parroquia una verdadera casa de oración, acogida y fraternidad, donde todos puedan descubrir que en la mesa de Dios hay un lugar para cada persona.

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