El El Salmo 137 es uno de los textos más emotivos de toda la Sagrada Escritura. Nace en el contexto del exilio de Israel en Babilonia, después de la destrucción de Jerusalén y de su Templo en el año 587 a.C. Su fuerza emocional es tan intensa que ha atravesado los siglos como uno de los testimonios más conmovedores de la nostalgia por la patria, la fidelidad a Dios en medio de la prueba y la búsqueda de justicia frente a la opresión. Lejos de su tierra, privados de sus instituciones religiosas y sometidos a una potencia extranjera, los israelitas experimentan una profunda crisis humana y espiritual.
1 A orillas de los ríos de Babilonia, estábamos sentados llorando, acordándonos de Sión.
2 En los álamos de la orilla colgábamos nuestras cítaras.
3 Allí mismo nos pidieron cánticos nuestros deportadores, nuestros raptores alegría: '¡Cantad para nosotros un canto de Sión!'.
4 ¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahvé en un país extranjero?
5 ¡Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la diestra!
6 ¡Se pegue mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no exalto a Jerusalén como colmo de mi gozo!
7 Acuérdate, Yahvé, contra la gente de Edom, del día de Jerusalén, cuando decían: ¡Arrasad, arrasadla hasta sus cimientos!
8 ¡Capital de Babel, devastadora, feliz quien pueda devolverte el mal que nos hiciste,
9 feliz quien agarre y estrelle a tus pequeños contra la roca!
La escena inicial es conmovedora: «A orillas de los ríos de Babilonia, estábamos sentados llorando, acordándonos de Sión». El pueblo llora porque ha perdido mucho más que una ciudad. Jerusalén representa la alianza con Dios, la memoria de sus padres y la esperanza de las promesas divinas. Los exiliados cuelgan sus cítaras en los árboles porque el dolor les impide cantar. Cuando sus vencedores les piden que interpreten los cantos de Sión, responden con una pregunta llena de tristeza: «¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahvé en un país extranjero?».
En el centro del salmo encontramos una solemne promesa de fidelidad. El salmista declara que preferiría perder la capacidad de tocar y de cantar antes que olvidar Jerusalén. Para el creyente, la memoria de Dios no es un simple recuerdo del pasado, sino una fuente de esperanza para el presente y para el futuro.
También nosotros podemos sentirnos alguna vez en «tierra extranjera». Hay exilios físicos, como los de quienes deben abandonar su hogar, pero también existen exilios interiores: la enfermedad, el sufrimiento, la soledad, las crisis familiares, las dificultades económicas o los momentos de oscuridad espiritual. En esas circunstancias, el Salmo 137 nos enseña que la fe no consiste en negar el dolor, sino en vivirlo delante de Dios.
Los últimos versículos contienen expresiones de dureza contra Babilonia que pueden resultar desconcertantes para el lector actual. Deben entenderse como el grito de un pueblo profundamente herido por la violencia y la injusticia. No son una invitación a la venganza, sino la expresión sincera de un sufrimiento que busca en Dios justicia y reparación.
La revelación alcanza su plenitud en Jesucristo. Él nos enseña a amar a los enemigos, a perdonar y a confiar el juicio definitivo al Padre. Por eso, los cristianos leemos este salmo a la luz del Evangelio. El deseo de venganza queda transformado en una llamada a combatir el mal sin dejarnos dominar por él.
Este salmo sigue siendo actual porque nos recuerda que podemos presentar al Señor todas nuestras emociones: la alegría y la tristeza, la confianza y la duda, la paz y la indignación. Dios escucha incluso nuestras lágrimas más amargas y no rechaza el corazón herido que se dirige a Él.
En definitiva, el Salmo 137 es una escuela de oración para los tiempos difíciles. Nos enseña a mantener viva la memoria de Dios en medio de la prueba, a no perder la esperanza cuando todo parece derrumbarse y a descubrir que, aun en los momentos de exilio, el Señor sigue caminando con su pueblo. La nostalgia de Jerusalén se convierte así en anhelo de la verdadera patria, aquella comunión plena con Dios a la que todos estamos llamados.

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