domingo, 28 de diciembre de 2025

LA FAMILIA DE NAZARET, MODELO PARA NUESTRAS FAMILIAS

Cada año, en el tiempo gozoso de la Navidad, la Iglesia nos invita a fijar la mirada en la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Es una celebración litúrgica de gran importancia pastoral en la Iglesia católica, no se trata solo de un recuerdo piadoso, sino de una propuesta concreta de vida cristiana porque propone a la familia de Nazaret como modelo de vida cristiana, de amor conyugal, de educación de los hijos y de fe vivida en lo cotidiano, y está especialmente dirigida a nuestras familias.

Celebrar el Domingo de la Sagrada Familia es reconocer que Dios quiso entrar en la historia humana a través de una familia, compartiendo sus alegrías, esfuerzos, silencios y dificultades.

El Domingo de la Sagrada Familia se celebra el domingo dentro de la Octava de Navidad; si no lo hay, se celebra el 30 de diciembre. Instituida por el papa Benedicto XV en 1921, mediante el decreto Bonum sane, en un contexto marcado por las heridas de la Primera Guerra Mundial, en el que la familia estaba profundamente afectada por la violencia, la pobreza y la pérdida de valores. El Papa quiso proponer a la familia de Nazaret como remedio espiritual y social, recordando que una sociedad sana nace de familias sólidas, unidas en el amor y abiertas a Dios. Su objetivo era y sigue siendo, resaltar la dignidad y la vocación de la familia cristiana, contemplando a Jesús, María y José como paradigma de comunión, obediencia a Dios, trabajo, oración y caridad.

San Juan Pablo II impulsó fuertemente esta celebración con su magisterio sobre la familia (especialmente Familiaris consortio) y el papa Francisco subrayó su valor pastoral en documentos como Amoris laetitia.

Aunque los Evangelios narran pocos episodios de la vida familiar de Jesús, cada uno de ellos es profundamente revelador.

Lucas 2, 16–21 (Navidad) “Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.” En la huida a Egipto (Mt 2,13-15) José protege a su familia con obediencia y valentía. La Sagrada Familia conoce el exilio, la inseguridad y el miedo, mostrando que Dios está presente también en las pruebas. Jesús en el templo (Lc 2,41-52) “Jesús bajó con ellos a Nazaret y estaba sujeto a ellos”. El Hijo de Dios aprende a vivir en obediencia, trabajo y silencio. María guarda todo en su corazón y José acompaña con discreción y fidelidad.

“Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia. La Iglesia no es otra cosa que la ‘familia de Dios” CIC 1655. Durante treinta años, Jesús vive una vida sencilla. Como recuerda el Catecismo: “La vida oculta de Nazaret permite a todo hombre entrar en comunión con Jesús en los caminos más ordinarios de la vida” (CIC 533).

La Sagrada Familia no fue una familia idealizada ni ajena a los problemas, vivió la pobreza, conoció la migración forzada, afrontó la incomprensión, caminó en la fe, incluso sin entenderlo todo, por eso este Domingo de la Sagrada Familia nos enseña que la santidad no se vive solo en lo extraordinario, sino en la vida cotidiana, que la familia cristiana está llamada a ser comunidad de amor, escuela de fe, espacio de perdón y misericordia y que incluso en medio de dificultades (pobreza, migración, incomprensión), la familia puede vivir en fidelidad a Dios.

Por eso, es modelo cercano y realista para nuestras familias de hoy, llamadas a vivir el Evangelio en medio de la rutina diaria, el trabajo, la educación de los hijos y las dificultades cotidianas. Como nos recuerda el papa Francisco, la familia no es un problema, sino una oportunidad y una bendición.

Oración a la Sagrada Familia

Jesús, María y José,
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor.
A vosotros nos confiamos.
Sagrada Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugares de comunión y de oración,
auténticas iglesias domésticas
y caminos de santidad.
Amén.

FELIZ DOMINGO

miércoles, 24 de diciembre de 2025

LA NAVIDAD: DIOS SE HACE CERCANO

Celebramos la Navidad, el misterio de la Encarnación en el que Dios, movido por amor, entra en la historia humana. Como proclama el evangelista san Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). No se trata solo del recuerdo de un nacimiento, sino de la certeza de que Dios ha querido hacerse cercano, compartir nuestra vida y caminar con nosotros.

Este acontecimiento había sido anunciado desde antiguo. El profeta Isaías lo expresó con palabras llenas de esperanza: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz… porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,1.5). En Jesús, esa promesa se cumple plenamente.

El Evangelio según san Lucas nos relata con sencillez el nacimiento del Salvador. A los pastores, hombres humildes y sencillos, se les anuncia primero la buena noticia: “No tengan miedo. Les anuncio una gran alegría: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10–11). Y el cielo mismo se une al gozo proclamando: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14).

El Niño nace en la pobreza de un pesebre, revelándonos el estilo de Dios: un Dios que no se impone con poder, sino que se abaja y se entrega. San Pablo lo expresa así: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo” (Flp 2,6–7). En este gesto encontramos el corazón del mensaje navideño.

María, modelo de fe y contemplación, nos enseña la actitud con la que debemos vivir este misterio: “Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Como ella, estamos llamados a acoger a Cristo con un corazón abierto y disponible.

La Navidad inaugura un tiempo litúrgico que nos invita a la contemplación, la alegría y la gratitud. Es un tiempo para: renovar la fe en la Encarnación, redescubrir el valor de la familia Cristiana, fortalecer la esperanza, especialmente para quienes viven situaciones de dolor o exclusión.

Celebrar la Navidad no se limita a una fecha ni a tradiciones externas. Significa reconocer que Jesús es la luz del mundo y permitir que esa luz transforme nuestra vida cotidiana, esto se traduce en gestos concretos: mayor cercanía con quienes sufren, compromiso con la justicia y la caridad, reconciliación y paz en nuestras familias y comunidades. Los Magos, al encontrar al Niño, “postrándose, lo adoraron” (Mt 2,11).

La Navidad no termina el 25 de diciembre; se prolonga en una forma de vivir marcada por el amor encarnado.

“Que esta Navidad no sea solo una fecha en el calendario para nuestra comunidad, sino un tiempo de encuentro con Cristo, de renovación de la fe y de compromiso concreto con el amor, la paz y la caridad que brotan del pesebre de Belén y nos impulse a ser testigos de su amor en el mundo”.

 

 

 

domingo, 21 de diciembre de 2025

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO: DIOS ENTRA EN NUESTRA HISTORIA

A pocos días de celebrar la Navidad, la Iglesia nos invita a silenciar el ruido, a ir más allá de lo exterior y a volver al centro del misterio: Dios se hace carne por amor.

El camino de preparación toca su punto más alto: ya no miramos solo la promesa, sino la inminencia del cumplimiento. Dios está a punto de entrar en la historia de un modo nuevo y definitivo. La espera está llegando a su fin y la Palabra de Dios nos invita a contemplar el modo sorprendente en que Dios cumple sus promesas. Ya no se trata tanto de “preparar el camino” como de abrir el corazón para acoger al Emmanuel, Dios con nosotros.

El Evangelio según san Mateo (Mt 1,18-24) nos presenta el anuncio del nacimiento de Jesús desde una perspectiva particular: no desde María, sino desde José, el hombre justo, silencioso y obediente, a quien Dios confía una misión decisiva.

José aparece como un hombre profundamente creyente, fiel a la Ley, pero también abierto a la acción de Dios. Ante una situación humanamente incomprensible —el embarazo de María—, José decide actuar con misericordia. No busca el escándalo ni el castigo, sino el bien de la persona que ama.

Es entonces cuando Dios interviene en sueños y le revela su plan: “No temas recibir a María, tu mujer, porque lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”.

La fe de José no se expresa en palabras, sino en obediencia concreta. Al despertar, “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. José acepta entrar en el misterio, aunque no lo entienda del todo. En él descubrimos una fe madura, que confía incluso cuando el camino no es claro.

También nos presenta a María que como José son los protagonistas silenciosos y obedientes del plan de Dios que confía en personas concretas. Confía en María y confía en José. No impone su plan, sino que lo propone y espera una respuesta libre.

  • María, con su “hágase”, nos enseña que la fe no es comprenderlo todo, sino confiar plenamente.
  • José, justo y fiel, nos muestra una fe que se expresa en decisiones concretas, aun cuando el camino no es claro.

Ambos representan una actitud esencial del Adviento: dejar espacio a Dios, permitir que Él actúe incluso cuando rompe nuestros esquemas.

San Mateo conecta el nacimiento de Jesús con la profecía de Isaías: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel”.

Este nombre no es solo un título piadoso; es una afirmación central de nuestra fe: Dios está con nosotros. No desde lejos, no solo como protector, sino compartiendo nuestra condición humana, nuestra fragilidad y nuestra historia.

El Adviento culmina recordándonos que Dios no permanece distante. En Jesús, Dios entra plenamente en nuestra vida cotidiana, en nuestras familias, en nuestras alegrías y también en nuestras incertidumbres. Dios sigue viniendo hoy: en lo cotidiano, en lo frágil, en lo que parece pequeño, pero está lleno de sentido.

El Cuarto Domingo de Adviento nos recuerda que Dios no irrumpe con estruendo, sino con humildad: en el seno de una mujer, en una familia sencilla, en un pueblo insignificante. Esto cuestiona nuestra manera de esperar y de vivir la fe.

Que este Cuarto Domingo de Adviento nos ayude a vivir una espera confiada, una fe obediente y una esperanza concreta, para que, al llegar la Navidad, podamos acoger de verdad a Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros.

 Feliz Domingo

jueves, 18 de diciembre de 2025

SALMO 1 YAHVÉ CONOCE EN CAMINO DE LOS JUSTOS

El Salmo 1 abre el Salterio como un umbral espiritual. No es una oración dirigida directamente a Dios, sino una proclamación sapiencial que sitúa al orante ante una decisión fundamental: el camino de la vida o el camino de la perdición. Sin maniqueísmos, sabiendo que las dos opciones están también en el propio corazón.

En cada época, también en cada persona, la decisión implica cosas muy concretas. El resultado siempre es el mismo: optar por la honradez y por la justicia es garantía de una vida asentada y fructuosa. La voluntad de Dios no es algo ajeno a nosotros; es una llamada dentro de nosotros, que nos define como personas frente a una solidaridad total.

Feliz quien no sigue consejos de malvados ni anda mezclado con pecadores ni en grupos de necios toma asiento,

sino que se recrea en la ley de Yahvé, susurrando su ley día y noche.

Será como árbol plantado entre acequias, da su fruto en sazón, su fronda no se agosta. Todo cuanto emprende prospera:

pero no será así con los malvados. Serán como tamo impulsado por el viento.

No se sostendrán los malvados en el juicio, ni los pecadores en la reunión de los justos.

Pues Yahvé conoce el camino de los justos, pero el camino de los malvados se extravía.

Este salmo nos invita a confrontar nuestra existencia a la luz de Cristo, Palabra viva del Padre “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1,1); “Pues, viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4,12).

“Feliz quien no sigue consejos de malvados”

La bienaventuranza inicial no describe una emoción pasajera, sino una condición estable de vida. La felicidad bíblica nace de una orientación correcta del corazón.

El texto describe un proceso: escuchar consejos equivocados, caminar por senderos que alejan de Dios, instalarse cómodamente en el pecado.

Es el itinerario de una conciencia que se acomoda al pecado. La liturgia nos recuerda que el mal no irrumpe de golpe, sino que se normaliza. “No os acomodéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente” (Rm 12,2).

“Se recrea en la ley de Yahvé”

El justo no vive de prohibiciones, sino de una relación viva con la Palabra. Meditar la Ley “día y noche” significa dejar que Dios ilumine toda la vida. “Tu palabra es lámpara para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105).

Cristo es esta Palabra viva “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad”. (Jn 1,14), presente hoy en la Iglesia y de modo eminente en la Eucaristía. La Ley no es aquí un código jurídico, sino la voluntad amorosa de Dios revelada para la vida del hombre. El verbo “susurrar” (meditar) indica una interiorización continua, casi respirada. Cristo es el cumplimiento de esta Ley: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17) y en la Eucaristía el fiel se recrea no solo en la Palabra escrita, sino en la Palabra hecha Carne. “Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Jn 8,31).

“Será como árbol plantado entre acequias”

La imagen del árbol enseña tres verdades: el cristiano no se sostiene solo, la fecundidad requiere tiempo, la perseverancia es signo de autenticidad. “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto” (Jn 15,5). No se trata de un árbol silvestre, sino plantado: su vida es don recibido. Las acequias evocan el agua viva que Cristo promete: “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Jn 4,14). El fruto “en sazón” indica una fecundidad que respeta los tiempos de Dios. En la adoración, el fiel aprende a no forzar la gracia, sino a confiar en la acción silenciosa del Señor.

“No será así con los malvados”

El tamo no tiene peso ni dirección. Así queda el corazón cuando se separa de Dios. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8,36). El malvado no tiene raíces: es paja. La liturgia no presenta esta imagen para condenar, sino para advertir. Toda vida que se cierra a Dios termina en la dispersión interior. “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

“Yahvé conoce el camino de los justos”

“Conocer” en lenguaje bíblico significa amar, custodiar, acompañar. El justo no está solo: su camino es habitado por Dios. Cristo mismo se presenta como Camino: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6); el Señor no solo muestra el camino, camina con nosotros.

El salmo presenta dos estilos de vida: el camino del justo y el camino del malvado. No son dos grupos sociales, sino dos orientaciones del corazón. “Mira que hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia” (Dt 30,15). La fe bíblica no es neutral: invita a una elección concreta.

El Salmo 1 se cumple plenamente en Cristo: Él es el Justo por excelencia, Él es el Árbol de la Vida, Él es el Camino que conduce al Padre. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Seguir a Cristo es elegir el camino de la vida verdadera.

Señor Jesús, Tú eres nuestra felicidad verdadera. Arranca de nosotros lo que no da fruto y plántanos junto a las aguas de tu Espíritu. Que tu Palabra nos sostenga, que tu Eucaristía nos alimente, y que nuestra vida dé gloria al Padre. Amén

sábado, 13 de diciembre de 2025

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (DOMINGO GAUDETE)

El tercer domingo de Adviento (Domingo Gaudete) expresa una teología muy rica sobre la alegría cristiana como fruto de la esperanza escatológica, enraizada en la Encarnación y orientada a la venida definitiva de Cristo. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca” (Flp 4,4-5).

La cercanía del Señor no es solo cronológica (Navidad próxima), sino ontológica y sacramental: Dios ya ha irrumpido en la historia y permanece actuando en ella. Por eso, la alegría cristiana no depende de circunstancias externas, sino de una presencia.

El número 524 del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) se refiere a la celebración del Adviento en estos términos: “Al celebrar cada año la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda venida” (CEC 524).

El Domingo Gaudete manifiesta que esta espera no es angustiosa, sino gozosa, porque está fundada en una promesa ya cumplida y todavía en cumplimiento.

De modo especialmente significativo, san Pablo VI, en la exhortación apostólica Gaudete in Domino (1975), afirma: “La alegría cristiana tiene su fuente en Dios mismo y nace de la certeza de que somos amados”. Esta afirmación ilumina el sentido del tercer domingo de Adviento: la alegría brota de saberse alcanzado por la fidelidad de Dios.

Entre los Padres, san León Magno vincula directamente la alegría con el misterio de la Encarnación: “Nadie queda excluido de esta alegría, porque el motivo de gozo es común para todos” (Sermón sobre la Natividad). Aunque referido a la Navidad, este pensamiento fundamenta el Gaudete: la alegría comienza antes de la manifestación plena, porque la salvación ya está en camino.

Por su parte, san Agustín subraya que la verdadera alegría cristiana no es evasión del sufrimiento: “Nos alegramos en la esperanza, no porque ya poseamos, sino porque creemos” (Enarrationes in Psalmos). Esto explica por qué el Adviento conserva un tono sobrio incluso en el Gaudete: la alegría cristiana es compatible con la penitencia y la conversión.

En la tradición monástica medieval, san Bernardo habla de las tres venidas de Cristo: En la carne (Belén), en el alma (la gracia) y en la gloria (al final de los tiempos). El Domingo Gaudete se sitúa especialmente en la venida intermedia, la presencia actual de Cristo en el corazón del creyente. De ahí que la alegría no sea solo futura, sino experimentable ya.

El tercer domingo de Adviento enseña que: La alegría cristiana nace de la certeza de la fidelidad de Dios. No elimina la espera ni la conversión, sino que las transfigura. Anticipa, en medio del camino, la alegría plena del Reino.

En definitiva, el Domingo Gaudete proclama que el cristiano no espera a un Dios lejano, sino a un Señor que ya está presente y que viene. Esa es la razón profunda de la alegría en medio del Adviento. Es una invitación a revisar el camino recorrido durante el Adviento y a renovar la confianza en la promesa de Dios. Subraya que la espera cristiana no es solo sacrificio, sino también gozo anticipado.

El color propio es el rosa, que puede verse en los ornamentos del sacerdote y en la tercera vela de la corona de Adviento. El rosa simboliza la alegría y la esperanza cercana, suavizando el morado penitencial.

 Feliz Domingo Gaudete

jueves, 11 de diciembre de 2025

SALMO 11 EN YAHVÉ ME COBIJO

 

1.En Yahvé me cobijo; ¿cómo, pues, me decís: “Huye, pájaro, a tu monte,
2.que los malvados tensan su arco, ajustan a la cuerda su saeta, para disparar en la sombra contra los honrados?”
3.Si están en ruinas los cimientos, ¿qué puede hacer el justo?
4.Yahvé en su santo Templo, Yahvé en su trono celeste; sus ojos ven el mundo, sus pupilas examinan a los hombres.
5.Yahvé examina al justo y al malvado, odia al que ama la violencia.
6.¡Lluevan sobre el malvado brasas y azufre, y un viento abrasador como porción de su copa!
7.Pues Yahvé es justo y ama la justicia, los rectos contemplarán su rostro.

El Salmo 11 es una profesión de confianza radical en el Señor ante la presencia persistente de la maldad, la injusticia, la violencia y el colapso moral parecen dominar en el mundo. El salmista rechaza el consejo de huir y reafirma la soberanía de Dios, parándose a ver que Dios no es indiferente ante la injusticia, Dios no se cruza de brazos, por mas que su acción no se avenga a lo que nos gustaría: su intervención directa en la historia. 

Nos da una recta comprensión de lo que realmente nos constituye como personas, nos invita a apostar, en el asunto de la historia, a favor de la justicia y nos promete un gran gozo por vivir diariamente en justicia y honradez. Jesús confiaba siempre que la claridad iluminadora de Dios pondría cada cosa y persona en su sitio, con justicia: “Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto” (Lc 8,17)

El salmo se sitúa dentro de los “Salmos de confianza” cuyo núcleo es la certeza de que Dios protege al justo aun en circunstancias adversas. El verso clave es el primero: “En Yahvé me cobijo”.

Esta imagen es frecuente en la Escritura: “Mi roca, mi fortaleza, mi libertador” (Sal 18,3). “Mi refugio, mi alcázar” (Sal 91,2), “Torre fuerte es el nombre del Señor” (Pr 18,10).

El Nuevo Testamento continúa esta línea, afirmando que la verdadera seguridad se encuentra en Cristo: “Nadie arrebatará de mi mano a mis ovejas.” (Jn 10,28–29): “El Señor es mi auxilio, nada temo” (Heb 13,6).

San Agustín interpreta el refugio en Dios como el “locus interior de la fe”, no un lugar físico. En sus Enarrationes in Psalmos, sostiene que el alma se refugia en Dios cuando rehúye el pecado y descansa en la verdad. El cristiano no huye al monte material, sino a Cristo mismo, “la roca firme”. “Huye como pájaro a tu monte” simboliza la tentación de buscar soluciones humanas o evasivas. El justo, “vuela” hacia Cristo, el “monte” que no puede ser conmovido.

¿cómo, pues, me decís: “Huye, pájaro, a tu monte,

La catequesis puede iluminar el tema de la fuga del compromiso, una tentación histórica del pueblo de Dios. La Biblia, sin embargo, muestra que los profetas y discípulos no fueron llamados a huir, sino a permanecer fieles: Jer 1,17–19: Dios fortalece al profeta para el conflicto. Mt 5,14–16: La luz no se esconde. Jn 17,15: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno.”

El salmo es una invitación a permanecer en la verdad incluso cuando la persecución o la confusión amenazan.

que los malvados tensan su arco, ajustan a la cuerda su saeta, para disparar en la sombra contra los honrados?”

San Jerónimo —maestro en discernimiento moral— identifica el arco de los malvados con la lengua que calumnia y con las “flechas” de falsas doctrinas. En su comentario a los salmos, señala que el ataque desde “la sombra” es característico del diablo, que actúa con astucia y ocultamiento.

San Juan Crisóstomo aplica este versículo a la persecución contra los cristianos. Para él, el salmista refleja la experiencia de la Iglesia apostólica: amenazas constantes, injusticias y ataques a la integridad de la comunidad.

“Si están en ruinas los cimientos, ¿qué puede hacer el justo?

Esta frase ha sido interpretada como referencia al colapso social o institucional, lo cual lo convierte en un texto atemporal.

San Agustín interpreta los “cimientos” como el orden moral y la justicia en la sociedad, pero también como la integridad interior del alma. Cuando el mundo parece colapsar, el justo no pierde su fundamento porque Cristo es su cimiento: “Nadie puede poner otro fundamento que Jesucristo” (1 Cor 3,11).

Basilio Magno ve en la destrucción de los cimientos una imagen del pecado que corroe la comunidad. Sin embargo, insiste en que la verdadera firmeza proviene de la vida virtuosa: el justo permanece incluso cuando las estructuras fallan.

Yahvé en su santo Templo, Yahvé en su trono celeste; sus ojos ven el mundo, sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor no es indiferente: examina, discierne y juzga: 2 Cr 16,9: “Los ojos del Señor recorren toda la tierra.” Sal 33,13–15: Dios observa a los hijos de los hombres. Heb 4,13: “Nada hay oculto ante sus ojos.”

Para Gregorio de Nisa, el templo es el corazón purificado donde Dios habita. El examen de Dios no es vigilancia punitiva, sino iluminación que revela la verdad del alma. La mirada divina tiene un carácter sanador: Dios examina para purificar.

Atanasio de Alejandría afirma que el trono celestial de Dios manifiesta la soberanía que protege a los creyentes. El examen divino es prueba, sí, pero orientada a la santificación.

Yahvé examina al justo y al malvado, odia al que ama la violencia.

San Juan Crisóstomo interpreta este examen como discernimiento pedagógico. Dios prueba al justo para fortalecerlo, del mismo modo que el oro es pasado por el fuego (cf. Sab 3,6).

San Agustín distingue entre juzgar y probar: Al malvado lo “juzga” (veredicto). Al justo lo “prueba” (purificación y crecimiento).

¡Lluevan sobre el malvado brasas y azufre, y un viento abrasador como porción de su copa!

La justicia divina es pedagógica, purificadora y vindicativa: Dt 32,35: “Mía es la venganza y la retribución.”, Rom 12,19: El cristiano no debe vengarse, 2 Tes 1,6–7: Dios hará justicia a los afligidos.

Los Padres de la Iglesia no leen esta imagen en clave de venganza humana, sino como metáfora del juicio escatológico y del sufrimiento que el mal causa a quien lo abraza.

Orígenes introduce un matiz espiritual: el “fuego” es el ardor purificador de la verdad que revela la falsedad del pecado. La imagen es terapéutica, no meramente punitiva.

Pues Yahvé es justo y ama la justicia, los rectos contemplarán su rostro.

Esta es una de las promesas bíblicas más altas: Sal 17,15: “Yo con tu rostro me satisfago”, Mt 5,8: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”, 1 Jn 3,2: “Lo veremos tal cual es.”

El salmo concluye con una esperanza escatológica: el triunfo definitivo de la justicia. Para San Agustín, ver el rostro de Dios es la meta última de la existencia: “El fin de todo deseo es ver a Dios”.

San Gregorio Magno relaciona la “rectitud” con la capacidad de ver: el ojo del alma solo puede contemplar a Dios si está recto, si no se tuerce hacia el egoísmo.

Cirilo de Jerusalén en sus Catequesis Mistagógicas, aplica este versículo a la consumación del misterio pascual: la vida nueva en Cristo orienta al fiel hacia la visión plena del Señor.

Los Padres de la Iglesia ven el Salmo 11 como un itinerario espiritual:

  1. Refugiarse en Dios frente al miedo.

  2. Discernir el mal que actúa con astucia.

  3. Permanecer firmes cuando el mundo se tambalea.

  4. Aceptar la mirada purificadora de Dios que examina.

  5. Confiar en la justicia divina, no en la venganza humana.

  6. Vivir rectamente para llegar a ver el rostro de Dios.

El salmo, leído en clave cristológica, se cumple en Cristo: Él es el Justo perseguido, el fundamento inconmovible, el rostro del Padre revelado al mundo y la roca donde se refugia la Iglesia.

 

domingo, 7 de diciembre de 2025

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO: Dios nos llama a la conversión

Este segundo domingo de Adviento nos invita a mirar hacia dentro y reconocer los caminos torcidos de nuestra vida: las distracciones, los rencores, las indiferencias. El Evangelio nos interpela radicalmente a través de la voz de Juan el Bautista: «Arrepiéntanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos» (Lc 3, 4). El mensaje es claro: Dios nos está llamando a la conversión, no como castigo, sino como oportunidad de renovación.

Juan era ese a quien el profeta Isaías describió como la “voz que clama en el desierto”; aquel que viene a despertar los corazones adormecidos: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Mt 3. 1-2). Nuestra respuesta debe ser alejarnos del pecado y preparar el corazón para recibir al Señor Jesús. El Espíritu nos llama a reconciliarnos con Dios, acercándonos al sacramento de la Reconciliación (confesión).

En la segunda semana de Adviento, la Iglesia motiva a sus hijos a acoger el don de la reconciliación mediante la Confesión. Este es un sacramento que nos devuelve la amistad con el Señor, debilitada por el pecado. No olvidemos que la Confesión, además de concedernos el perdón, nos fortalece para no volver a pecar. Meditemos el Evangelio de hoy (Mateo 3, 1-12).

La segunda vela encendida en la corona representa la fe que se enciende en medio de la espera, y nos recuerda que el Señor viene no solo en Navidad, sino cada vez que abrimos el corazón a su presencia.

Pidamos a María, Madre de la Esperanza, que nos enseñe a esperar con alegría y a preparar nuestro corazón para recibir al Salvador.

Feliz Domingo.

 

 

jueves, 4 de diciembre de 2025

SALMO 132 “DIOS ESTABLECE SU CASA ENTRE NOSOTROS”

El Salmo 132 es uno de los más bellos y ricos de toda la colección de los Cánticos de las subidas. Este himno acompaña a los peregrinos que, con el corazón agradecido, suben a Jerusalén para encontrarse con el Señor. Es un salmo que combina memoria, esperanza y promesa; un canto que revela el deseo profundo de Dios: habitar en medio de su pueblo.

1.Canción de las subidas. Acuérdate, Yahveh, en favor de David, de todos sus desvelos,

2.del juramento que hizo a Yahveh, de su voto al Fuerte de Jacob:

3.«No he de entrar bajo el techo de mi casa, no he de subir al lecho en que reposo,

4.sueño a mis ojos no he de conceder ni quietud a mis párpados,

5.mientras no encuentre un lugar para Yahveh, una Morada para el Fuerte de Jacob.»

6.Mirad: hemos oído de Ella que está en Efratá, ¡la hemos encontrado en los Campos del Bosque!

7.¡Vayamos a la Morada de él, ante el estrado de sus pies postrémonos!

8.¡Levántate, Yahveh, hacia tu reposo, tú y el arca de tu fuerza!

9.Tus sacerdotes se vistan de justicia, griten de alegría tus amigos.

10.En gracia a David, tu servidor, no rechaces el rostro de tu ungido.

11.Juró Yahveh a David, verdad que no retractará: «El fruto de tu seno asentaré en tu trono.

12.«Si tus hijos guardan mi alianza, el dictamen que yo les enseño, también sus hijos para siempre se sentarán sobre tu trono.»

13.Porque Yahveh ha escogido a Sión, la ha querido como sede para sí:

14.«Aquí está mi reposo para siempre, en él me sentaré, pues lo he querido.

15.«Sus provisiones bendeciré sin tasa, a sus pobres hartaré de pan,

16.de salvación vestiré a sus sacerdotes, y sus amigos gritarán de júbilo.

17.«Allí suscitaré a David un fuerte vástago, aprestaré una lámpara a mi ungido;

18.de vergüenza cubriré a sus enemigos, y sobre él brillará su diadema».

El salmo comienza recordando la intensa dedicación de David: “No he de entrar bajo el techo de mi casa… mientras no encuentre un lugar para Yahveh” (Sal 132,3–5).

David, rey y pastor, busca un lugar digno para el Arca, signo de la presencia divina. San Agustín explica que este ardor no es simple preocupación arquitectónica, sino símbolo de un corazón que desea que Dios tome posesión de su vida (Enarrationes in Psalmos, 131). Esta actitud nos interpela hoy: ¿buscamos a Dios con la misma pasión? ¿Le damos un espacio real en nuestro día a día, en nuestras familias, en nuestra parroquia?

El pueblo recuerda luego el gozo de encontrar la morada del Señor: “¡La hemos encontrado… vayamos a la Morada de él!” (Sal 132,6–7). La fe se convierte en peregrinación llena de alegría. Esta experiencia evoca otro salmo: “Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor” (Sal 122,1).

A veces olvidamos que ir a la iglesia no es una obligación pesada, sino un encuentro festivo con el Dios vivo. Una comunidad cristiana auténtica se reconoce por la alegría con que celebra, acoge y ora.

En el centro del salmo encontramos la respuesta de Dios, que es fiel a su palabra: “Sión ha escogido… Aquí está mi reposo para siempre” (Sal 132,13–14).

Dios no quiere ser un visitante ocasional, sino un habitante permanente. En el Nuevo Testamento, esta promesa se cumple en Jesús: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Y, tras la resurrección, Cristo nos asegura: “Yo estoy con ustedes todos los días” (Mt 28,20).

La Iglesia es la continuación de esta presencia: “La Iglesia es la morada de Dios con los hombres” (Catecismo 756). Nuestras parroquias, entonces, no son solo estructuras físicas, sino signos vivos del deseo de Dios de acompañarnos y caminar con nosotros.

El salmo recuerda también la promesa mesiánica hecha a David: “El fruto de tu seno asentaré en tu trono” (Sal 132,11). Esta promesa anuncia al Mesías, el Hijo de David, cuya llegada ilumina toda la historia bíblica. San León Magno afirma que en Cristo se cumplen todas las expectativas del Antiguo Testamento, porque Él es la “luz que no se apaga” y el Rey cuyo reinado no tiene fin (Sermón 31).

Finalmente, Dios promete bendiciones concretas para su pueblo: pan para los pobres, sacerdotes revestidos de salvación, y alegría para los fieles (cf. Sal 132,15–16).

Este tríptico revela la misión de la Iglesia: caridad, santidad y gozo. Cristo nos recuerda: “Dadles vosotros de comer” (Mc 6,37), invitándonos a cuidar de los más necesitados. Y también: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14), animándonos a irradiar esperanza en cada rincón de nuestra vida.

El Salmo 132 nos invita a renovar nuestra fe en un Dios que cumple lo que promete, que permanece fiel incluso cuando nosotros no lo somos, y que quiere hacer de cada comunidad un hogar donde Él pueda “descansar” y reinar. Que nuestras parroquias sean lugares donde todos puedan encontrar consuelo, alimento, oración y alegría. Que seamos, como David, corazones ardientes que buscan y preparan un lugar para Dios.