miércoles, 24 de diciembre de 2025

LA NAVIDAD: DIOS SE HACE CERCANO

Celebramos la Navidad, el misterio de la Encarnación en el que Dios, movido por amor, entra en la historia humana. Como proclama el evangelista san Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). No se trata solo del recuerdo de un nacimiento, sino de la certeza de que Dios ha querido hacerse cercano, compartir nuestra vida y caminar con nosotros.

Este acontecimiento había sido anunciado desde antiguo. El profeta Isaías lo expresó con palabras llenas de esperanza: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz… porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,1.5). En Jesús, esa promesa se cumple plenamente.

El Evangelio según san Lucas nos relata con sencillez el nacimiento del Salvador. A los pastores, hombres humildes y sencillos, se les anuncia primero la buena noticia: “No tengan miedo. Les anuncio una gran alegría: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10–11). Y el cielo mismo se une al gozo proclamando: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14).

El Niño nace en la pobreza de un pesebre, revelándonos el estilo de Dios: un Dios que no se impone con poder, sino que se abaja y se entrega. San Pablo lo expresa así: “Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo” (Flp 2,6–7). En este gesto encontramos el corazón del mensaje navideño.

María, modelo de fe y contemplación, nos enseña la actitud con la que debemos vivir este misterio: “Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Como ella, estamos llamados a acoger a Cristo con un corazón abierto y disponible.

La Navidad inaugura un tiempo litúrgico que nos invita a la contemplación, la alegría y la gratitud. Es un tiempo para: renovar la fe en la Encarnación, redescubrir el valor de la familia Cristiana, fortalecer la esperanza, especialmente para quienes viven situaciones de dolor o exclusión.

Celebrar la Navidad no se limita a una fecha ni a tradiciones externas. Significa reconocer que Jesús es la luz del mundo y permitir que esa luz transforme nuestra vida cotidiana, esto se traduce en gestos concretos: mayor cercanía con quienes sufren, compromiso con la justicia y la caridad, reconciliación y paz en nuestras familias y comunidades. Los Magos, al encontrar al Niño, “postrándose, lo adoraron” (Mt 2,11).

La Navidad no termina el 25 de diciembre; se prolonga en una forma de vivir marcada por el amor encarnado.

“Que esta Navidad no sea solo una fecha en el calendario para nuestra comunidad, sino un tiempo de encuentro con Cristo, de renovación de la fe y de compromiso concreto con el amor, la paz y la caridad que brotan del pesebre de Belén y nos impulse a ser testigos de su amor en el mundo”.

 

 

 

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