Este acontecimiento había sido
anunciado desde antiguo. El profeta Isaías lo expresó con palabras llenas de
esperanza: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz… porque un
niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,1.5). En Jesús, esa
promesa se cumple plenamente.
El Evangelio según san Lucas nos
relata con sencillez el nacimiento del Salvador. A los pastores, hombres
humildes y sencillos, se les anuncia primero la buena noticia: “No tengan
miedo. Les anuncio una gran alegría: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido
un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10–11). Y el cielo mismo se
une al gozo proclamando: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a
los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14).
El Niño nace en la pobreza de un
pesebre, revelándonos el estilo de Dios: un Dios que no se impone con poder,
sino que se abaja y se entrega. San Pablo lo expresa así: “Cristo Jesús,
siendo de condición divina, se despojó de sí mismo” (Flp 2,6–7). En este
gesto encontramos el corazón del mensaje navideño.
María, modelo de fe y
contemplación, nos enseña la actitud con la que debemos vivir este misterio: “Conservaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Como ella,
estamos llamados a acoger a Cristo con un corazón abierto y disponible.
La Navidad
inaugura un tiempo litúrgico que nos invita a la contemplación, la alegría y la
gratitud. Es un tiempo para: renovar la fe en la Encarnación, redescubrir el
valor de la familia Cristiana, fortalecer la esperanza, especialmente para
quienes viven situaciones de dolor o exclusión.
Celebrar la
Navidad no se limita a una fecha ni a tradiciones externas. Significa reconocer
que Jesús es la luz del mundo y permitir que esa luz transforme nuestra vida
cotidiana, esto se traduce en gestos concretos: mayor cercanía con quienes
sufren, compromiso con la justicia y la caridad, reconciliación y paz en
nuestras familias y comunidades. Los Magos, al encontrar al Niño, “postrándose,
lo adoraron” (Mt 2,11).
“Que esta Navidad no sea solo una
fecha en el calendario para nuestra comunidad, sino un tiempo de encuentro con
Cristo, de renovación de la fe y de compromiso concreto con el amor, la paz y
la caridad que brotan del pesebre de Belén y nos impulse a ser testigos de su
amor en el mundo”.


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