Los Evangelios sinópticos relatan
este episodio con rasgos comunes: Jesús es bautizado por Juan, los cielos se
abren, el Espíritu Santo desciende en forma visible y la voz del Padre
proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (cf. Mt 3,13-17;
Mc 1,9-11; Lc 3,21-22). El Evangelio de Juan no describe el bautismo en sí,
pero ofrece el testimonio del Bautista, que reconoce a Jesús como el Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29-34). Se trata, por tanto, de
una auténtica teofanía trinitaria.
Este misterio se comprende
plenamente a la luz del Antiguo Testamento. Las aguas evocan el Espíritu que
aleteaba sobre la creación inicial (Gn 1,2), el paso del Mar Rojo que libera al
pueblo de la esclavitud (Ex 14) y el cruce del Jordán que introduce a Israel en
la tierra prometida (Jos 3). De modo particular, resuena la profecía del Siervo
del Señor: «He puesto mi espíritu sobre él» (Is 42,1), texto que la
liturgia reconoce cumplido en Jesús.
Los Padres de la Iglesia
profundizaron en este acontecimiento con gran riqueza espiritual. San Gregorio
Nacianceno afirma que Cristo se deja bautizar para santificar las aguas y
conducirnos con Él a la vida nueva. San Juan Crisóstomo subraya que el Señor no
recibe el Espíritu por necesidad, sino que lo manifiesta para revelarse como
Mesías. San Agustín enseña que Jesús entra en el Jordán no para ser purificado,
sino para purificar, inaugurando el sacramento que perdona los pecados. San
Ireneo interpreta este gesto como parte de la recapitulación de toda la
historia humana en Cristo.
El Catecismo de la Iglesia
Católica recoge esta tradición afirmando que el Bautismo de Jesús es la
aceptación y el inicio de su misión de Siervo sufriente (CIC 535), la
manifestación del misterio trinitario (CIC 536) y el fundamento del bautismo
cristiano, por el cual los creyentes son incorporados a Cristo y hechos hijos
adoptivos del Padre (CIC 537).
Celebrar el Bautismo del Señor
es, por tanto, contemplar a Cristo revelado como Hijo amado, ungido por el
Espíritu y enviado para la salvación del mundo, y al mismo tiempo renovar la
conciencia del propio bautismo, por el cual los cristianos participan de su
vida, de su misión y de su filiación divina.
FELIZ DOMINGO

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