miércoles, 21 de enero de 2026

SALMO 12: ESPERANDO LA HORA DE LA JUSTICIA

El Salmo 12 es un texto breve, pero de una profundidad notable. Nace como una queja sincera y dolorida delante de Dios, y al mismo tiempo se convierte en una lúcida reflexión sobre una realidad que sigue siendo actual: la crisis de la verdad y el uso perverso de la palabra como instrumento de dominio y exclusión.

 ¡Salva, Yahveh, que ya no hay fieles, se acabaron los veraces entre los hijos de Adán!

Falsedad sólo dicen, cada cual, a su prójimo, labios de engaño, lenguaje de corazones dobles.

Arranque Yahveh todo labio tramposo, la lengua que profiere bravatas,

los que dicen: «La lengua es nuestro fuerte, nuestros labios por nosotros, ¿Quién va a ser amo nuestro?»

Por la opresión de los humildes, por el gemido de los pobres, ahora me alzo yo, dice Yahveh: auxilio traigo a quien por él suspira.

Las palabras de Yahveh son palabras sinceras, plata pura, de ras de tierra, siete veces purgada.

Tú, Yahveh, los guardarás, los librarás de esta ralea para siempre;

de todas partes se irán los impíos, colmo de vileza entre los hijos de Adán.

El salmista percibe que la fidelidad ha desaparecido, que la convivencia humana se ha ido degradando y que la mentira, la manipulación y la arrogancia se han normalizado ¡Cuánta palabra vacía llena los discursos de quien con la palabra hace alarde de sabiduría y de control! No se trata de una queja privada ni de un lamento intimista; es una auténtica denuncia social. La palabra, que debería servir a la comunión y a la fraternidad, ha sido vaciada de verdad y utilizada para imponerse sobre los demás, especialmente sobre los más débiles. Dios de quien a veces también se pretende hablar con engaño, no está por esas historias. Su palabra de vida es una palabra limpia, refinada, que nos ofrece como camino de autenticidad, de futuro provechoso. Jesús fue palabra encarnada, limpia, refinada: “Y la palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14)

El pecado que el salmo pone en primer plano no es la violencia física, sino la violencia verbal: labios engañosos, corazones dobles, lenguas que se creen autónomas y soberanas, como si no tuvieran que rendir cuentas a nadie. La mentira no aparece solo como una falta moral individual, sino como un mal estructural que rompe la confianza y destruye la convivencia.

En el centro del salmo se alza un contraste decisivo: dos maneras de usar la palabra. Por un lado, la palabra humana cuando se separa de la verdad y se convierte en herramienta de poder, de arrogancia y de opresión. Por otro, la palabra de Dios, descrita como palabra limpia, probada, purificada como plata refinada. Frente al ruido de los discursos vacíos y presuntuosos, la palabra del Señor es fiable, firme y portadora de vida.

Es significativo que la intervención de Dios se produzca a causa del sufrimiento de los humildes y del gemido de los pobres. El Dios bíblico no permanece indiferente ante la injusticia: escucha el clamor de quienes no tienen voz y se pone de su parte. Esta convicción sitúa el salmo en la gran corriente de la Escritura que afirma la opción de Dios por los débiles.

Aunque el salmo no ignora la persistencia del mal ni idealiza la realidad, concluye con una confianza serena: Dios guarda a los suyos y no permitirá que la mentira tenga la última palabra. La fe no consiste en negar la oscuridad, sino en creer que no gobierna la historia.

Leído hoy, el Salmo 12 nos interpela con fuerza. Vivimos en un tiempo en el que la mentira se normaliza, el discurso público se degrada y la palabra se utiliza con demasiada facilidad para manipular, humillar o excluir. Este salmo nos invita a una auténtica ética del lenguaje: a cuidar la palabra, a unificar corazón y labios, a hablar desde la verdad y la responsabilidad.

Para el creyente, esta llamada se concreta en dos actitudes fundamentales. Por un lado, el examen sincero de la propia palabra: preguntarnos si es transparente o doble, si sirve a la verdad o al interés. Por otro, una confianza profunda en la palabra de Dios, que no engaña ni promete en vano.

En definitiva, el Salmo 12 es una oración de resistencia ética y espiritual. Proclama que, en medio de tantas palabras vacías, solo la palabra de Dios permanece como roca firme, camino de autenticidad y fuente de esperanza.

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