¡Salva, Yahveh, que ya no hay fieles, se acabaron
los veraces entre los hijos de Adán!
Falsedad sólo dicen, cada cual, a su prójimo, labios de
engaño, lenguaje de corazones dobles.
Arranque Yahveh todo labio tramposo, la lengua que
profiere bravatas,
los que dicen: «La lengua es nuestro fuerte, nuestros
labios por nosotros, ¿Quién va a ser amo nuestro?»
Por la opresión de los humildes, por el gemido de los
pobres, ahora me alzo yo, dice Yahveh: auxilio traigo a quien por él suspira.
Las palabras de Yahveh son palabras sinceras, plata pura,
de ras de tierra, siete veces purgada.
Tú, Yahveh, los guardarás, los librarás de esta ralea
para siempre;
de todas partes se irán los impíos, colmo de vileza entre
los hijos de Adán.
El salmista percibe que la
fidelidad ha desaparecido, que la convivencia humana se ha ido degradando y que
la mentira, la manipulación y la arrogancia se han normalizado ¡Cuánta palabra
vacía llena los discursos de quien con la palabra hace alarde de sabiduría y de
control! No se trata de una queja privada ni de un lamento intimista; es una
auténtica denuncia social. La palabra, que debería servir a la comunión
y a la fraternidad, ha sido vaciada de verdad y utilizada para imponerse sobre
los demás, especialmente sobre los más débiles. Dios de quien a veces también
se pretende hablar con engaño, no está por esas historias. Su palabra de vida
es una palabra limpia, refinada, que nos ofrece como camino de autenticidad, de
futuro provechoso. Jesús fue palabra encarnada, limpia, refinada: “Y la
palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de
verdad” (Jn 1, 14)
El pecado que el salmo pone en
primer plano no es la violencia física, sino la violencia verbal: labios
engañosos, corazones dobles, lenguas que se creen autónomas y soberanas, como
si no tuvieran que rendir cuentas a nadie. La mentira no aparece solo como una
falta moral individual, sino como un mal estructural que rompe la confianza y
destruye la convivencia.
En el centro del salmo se alza un
contraste decisivo: dos maneras de usar la palabra. Por un lado, la
palabra humana cuando se separa de la verdad y se convierte en herramienta de
poder, de arrogancia y de opresión. Por otro, la palabra de Dios, descrita como
palabra limpia, probada, purificada como plata refinada. Frente al ruido de los
discursos vacíos y presuntuosos, la palabra del Señor es fiable, firme y
portadora de vida.
Es significativo que la
intervención de Dios se produzca a causa del sufrimiento de los humildes y del
gemido de los pobres. El Dios bíblico no permanece indiferente ante la
injusticia: escucha el clamor de quienes no tienen voz y se pone de su parte.
Esta convicción sitúa el salmo en la gran corriente de la Escritura que afirma
la opción de Dios por los débiles.
Aunque el salmo no ignora la
persistencia del mal ni idealiza la realidad, concluye con una confianza
serena: Dios guarda a los suyos y no permitirá que la mentira tenga la última
palabra. La fe no consiste en negar la oscuridad, sino en creer que no gobierna
la historia.
Leído hoy, el Salmo 12 nos
interpela con fuerza. Vivimos en un tiempo en el que la mentira se normaliza,
el discurso público se degrada y la palabra se utiliza con demasiada facilidad
para manipular, humillar o excluir. Este salmo nos invita a una auténtica ética
del lenguaje: a cuidar la palabra, a unificar corazón y labios, a hablar
desde la verdad y la responsabilidad.
Para el creyente, esta llamada se
concreta en dos actitudes fundamentales. Por un lado, el examen sincero de la
propia palabra: preguntarnos si es transparente o doble, si sirve a la verdad o
al interés. Por otro, una confianza profunda en la palabra de Dios, que no
engaña ni promete en vano.
En definitiva, el Salmo 12 es una oración de resistencia ética y espiritual. Proclama que, en medio de tantas palabras vacías, solo la palabra de Dios permanece como roca firme, camino de autenticidad y fuente de esperanza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario