En este Domingo II del Tiempo Ordinario, la liturgia nos conduce al corazón del Evangelio con una frase esencial: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
La obra que acompaña nuestra reflexión es el impresionante lienzo de Francisco de Zurbarán conservado en la Catedral de Sevilla. En él, Juan Bautista no se mira a sí mismo ni busca protagonismo: señala al Cordero. Todo el cuadro es una catequesis visual sobre la fe cristiana: mirar a Cristo y conducir hacia Él.
El Tiempo Ordinario no es un tiempo menor, sino el tiempo de la vida cotidiana iluminada por Dios. En medio de nuestras luchas y esperanzas, el Señor sale a nuestro encuentro.
“Al día siguiente, vio Juan a Jesús que venía hacia él y exclamó: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.”(Jn 1,29)
Juan el Bautista reconoce a Jesús como el Mesías: el “Cordero de Dios”. Él anuncia que Jesús es superior a él porque existía antes que él. Juan también recuerda cómo vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús en forma de paloma, lo que confirma que Jesús es el enviado de Dios que bautiza con el Espíritu Santo y es el Hijo de Dios.
Juan Bautista nos enseña la actitud fundamental del creyente: no ponerse en el centro, sino señalar a Jesús. Dios no espera que seamos perfectos; viene precisamente porque nos ama y quiere quitarnos aquello que nos roba la alegría y la paz.
Jesús es el Cordero de Dios anunciado desde antiguo: no vence por la fuerza, sino entregándose por amor. No salva imponiéndose, sino cargando con el mal del mundo. Así se revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que ama hasta el extremo.
Las lecturas nos recuerdan también nuestra misión: ser luz. Todo bautizado está llamado a reflejar la luz de Cristo. La santidad no es un ideal reservado a unos pocos, sino un camino posible para todos, vivido en lo pequeño y cotidiano.
La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, es el lugar donde aprendemos a mirar a Cristo, a dejarnos salvar y a salir enviados. Como Juan Bautista, estamos llamados a evangelizar con la vida, con gestos sencillos, llenos de esperanza y amor.
Mirar a Jesús, dejarnos salvar por Él y señalarlo con nuestra vida.
Que María nos ayude a reconocer siempre al Cordero de Dios y a vivir con confianza, alegría y esperanza.
FELIZ DOMINGO

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