El Evangelio según san Mateo es
la única fuente bíblica que los menciona explícitamente. El texto ofrece una
narración teológica más que histórica. Mateo relata que unos “magos de Oriente”
llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha
nacido? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt
2, 2).
En el texto
bíblico no se les llama reyes, sino magos (en griego mágoi), no
especifica cuántos eran ni sus nombres; la tradición posterior estableció que
eran tres, en correspondencia con los tres regalos que ofrecieron: “Entraron
en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron;
abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra”
(Mt 2, 11), en la tradición cristiana medieval, son Melchor, Gaspar y Baltasar,
proceden de “Oriente”, término amplio que podía referirse a Persia, Babilonia o
Arabia. Buscan adorar, no simplemente visitar. Cada obsequio tiene un valor
simbólico: el Oro simboliza la realeza, el Incienso representa la divinidad y la
Mirra que alude al sufrimiento y la naturaleza humana de Jesús.
Desde una perspectiva bíblica, el
relato de los magos en Mateo 2 se entiende como el cumplimiento de varias
profecías y textos del Antiguo Testamento que el evangelista relee a la luz de
Jesús como Mesías. Mateo escribe para una comunidad con fuerte trasfondo judío
y, por ello, construye su narración como una cadena de cumplimientos proféticos.
Cuando
Herodes pregunta a los sumos sacerdotes y escribas dónde debía nacer el Mesías,
estos responden citando al profeta Miqueas: “Y tú, Belén de Judá, no eres ni
mucho menos la menor… de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”.
(Miq 5,1,2); “Avanza una estrella de Jacob, surge un cetro de Israel” (Núm
24,17), este oráculo, atribuido a Balaam (un profeta extranjero), es clave
porque habla de una estrella asociada a un gobernante y procede de un no
israelita, lo que armoniza con la figura de los magos. “Caminarán las
naciones a tu luz… traerán oro e incienso”. (Is 60,1–6), describe a los
pueblos extranjeros reconociendo la gloria de Dios en Israel y la llegada de
riquezas como signo de adoración. “Los reyes de Tarsis y de las islas
traerán tributo… todos los reyes se postrarán ante él”. Salmo 72 (71), aunque
Mateo no habla de “reyes” la tradición cristiana aplica este salmo a los magos,
esto explica cómo la figura de “magos” se transforma en reyes en la tradición
posterior.
La relación
entre los magos de Mateo 2 y la profecía de Daniel no es explícita. En el libro
de Daniel, el profeta judío vive en Babilonia, centro intelectual del Oriente
antiguo. Allí, Daniel es instruido en la sabiduría caldea (Dn 1,4–5), interpreta
sueños y visiones que los sabios babilonios no pueden explicar (Dn 2), es
elevado a un cargo clave: “El rey puso a Daniel como jefe supremo de todos
los sabios de Babilonia” (Dn 2,48). El término “sabios” en este contexto
incluye astrólogos, intérpretes de signos y estudiosos del cosmos: el mismo
ambiente cultural del que proceden los magos de Mateo. Daniel introduce en
Oriente una visión monoteísta, mesiánica y profética de la historia. Es
razonable pensar que sus enseñanzas quedaron preservadas en círculos
sapienciales orientales durante siglos.
Los magos observan
un signo celeste que interpretan dentro de un marco profético previo, no de
forma aislada; la estrella no “crea” la expectativa; la confirma. Daniel habría
proporcionado el marco temporal, la estrella el signo visible. La estrella no
es simple astrología, es un signo revelador, inteligible para sabios formados
en esa tradición. Los magos no aparecen de manera improvisada en el Evangelio.
Son el fruto de siglos de siembra profética en Oriente
San
Jerónimo (s. IV) conocedor del hebreo y residente en Oriente, afirma que los
magos conocían las profecías judías, especialmente las de Daniel, por lo que considera
a Daniel como puente entre Israel y las naciones. Gracias a él, el Mesías de
Israel podía ser reconocido también fuera de Israel.
La Epifanía del Señor proclama, así, que Jesucristo no es solo el Mesías de Israel, sino el Salvador de todos los pueblos. Los magos representan a la humanidad en búsqueda, guiada por los signos de Dios y abierta a su revelación. Frente a ellos, Herodes encarna el rechazo del poder que teme perder privilegios, mientras Jerusalén, conocedora de las Escrituras, permanece inmóvil. Mateo presenta de este modo una verdadera teología del cumplimiento: las promesas del Antiguo Testamento alcanzan su plenitud en Cristo, y las naciones, simbolizadas por los magos, son las primeras en reconocerlo y adorarlo. La Epifanía nos invita hoy a seguir la estrella de la fe, a dejarnos conducir hasta Cristo y a ofrecerle, como los magos, lo mejor de nosotros mismos.
FELIZ REYES

No hay comentarios:
Publicar un comentario