sábado, 8 de diciembre de 2018

INMACULADA CONCEPCIÓN


La Inmaculada Concepción, conocida también como la Purísima Concepción, es un dogma de la Iglesia católica decretado en 1854 que sostiene que la Virgen María estuvo libre del pecado original desde el primer momento de su concepción por los méritos de su hijo Jesucristo.

Al desarrollar la doctrina de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Católica contempla la posición especial de María por ser madre de Cristo, y sostiene que Dios preservó a María desde el momento de su concepción de toda mancha o efecto del pecado original, que había de transmitirse a todos los hombres por ser descendientes de Adán y Eva, en atención a que iba a ser la madre de Jesús, quien también es Dios. La doctrina reafirma con la expresión «llena de gracia» (Gratia Plena) contenida en el saludo del arcángel Gabriel (Lc. 1,28), y recogida en la oración del Ave María, este aspecto de ser libre de pecado por la gracia de Dios.

El Papa Pío IX, decidió a dar el último paso para la suprema exaltación de la Virgen, definiendo el dogma de su Concepción Inmaculada, por las tristísimas circunstancias por las que atravesaba la Iglesia en esos momentos en que el naturalismo afloraba despreciando toda verdad sobrenatural. Un día de gran abatimiento, el Pontífice decía al Cardenal Lambruschini: «No le encuentro solución humana a esta situación». Y el Cardenal le respondió: «Pues busquemos una solución divina. Defina S. S. el dogma de la Inmaculada Concepción».

Pero para dar este paso, el Pontífice quería conocer la opinión y parecer de todos los Obispos, pero al mismo no quería reunir un Concilio para la consulta, así que la solución fue consultarlo por correspondencia epistolar. Y el día 8 de diciembre de 1854, rodeado de la solemne corona de 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud ingentísima de pueblo, definía como dogma de fe en la bula del Ineffabilis Deus el gran privilegio de la Virgen:

«La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles».

España celebra a la Inmaculada como patrona y protectora desde 1644, y el 8 de diciembre es fiesta de carácter nacional, en virtud de la Batalla de Empel del 8 de diciembre de 1585. Durante la celebración de dicha festividad, los sacerdotes españoles tienen el privilegio de vestir casulla azul. Este privilegio fue otorgado por la Santa Sede en 1864, como agradecimiento a la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción que hizo España.



domingo, 2 de diciembre de 2018

TIEMPO DE ADVIENTO


Comenzamos el año liturgico con el primer domingo de Adviento. La palabra adviento proviene del Latín “adventus Redemptoris” que significa venida del redentor. Es un periodo litúrgico Cristiano que consiste en la preparación espiritual para la celebración del nacimiento de Cristo.

El tiempo de Adviento tiene una duración de cuatro semanas. Este año 2018, comienza el domingo 2 de diciembre, y se prolonga hasta el 23 de diciembre. Podemos distinguir dos periodos. En el primero de ellos se nos orienta hacia la espera de la venida gloriosa de Cristo, por eso las lecturas de la misa invitan a vivir la esperanza en la venida del Señor en todos sus aspectos: su venida al final de los tiempos, su venida ahora, cada día, y su venida hace dos mil años.

En el segundo periodo se orienta más directamente a la preparación de la Navidad. Se nos invita a vivir con más alegría, porque estamos cerca del cumplimiento de lo que Dios había prometido. Los evangelios de estos días nos preparan ya directamente para el nacimiento de Jesús.

En orden a hacer sensible esta doble preparación de espera, la liturgia suprime durante el Adviento una serie de elementos festivos. De esta forma, en la misa ya no rezamos el Gloria, se reduce la música con instrumentos, los adornos festivos, las vestiduras son de color morado, el decorado de la Iglesia es más sobrio, etc. Todo esto es una manera de expresar tangiblemente que, mientras dura nuestro peregrinar, nos falta algo para que nuestro gozo sea completo. Y es que quien espera es porque le falta algo. Cuando el Señor se haga presente en medio de su pueblo, habrá llegado la Iglesia a su fiesta completa, significada por solemnidad de la fiesta de la Navidad.

Tenemos cuatro semanas en las que Domingo a Domingo nos vamos preparando para la venida del Señor. La primera de las semanas de adviento está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. La liturgia nos invita a estar en vela, manteniendo una especial actitud de conversión. La segunda semana nos invita, por medio del Bautista a «preparar los caminos del Señor»; esto es, a mantener una actitud de permanente conversión. La tercera semana preanuncia ya la alegría mesiánica, pues ya está cada vez más cerca el día de la venida del Señor. Finalmente, la cuarta semana ya nos habla del advenimiento del Hijo de Dios al mundo. María es figura, central, y su espera es modelo estímulo de nuestra espera.

En cuanto a las lecturas de las misas dominicales, las primeras lecturas son tomadas de Isaías y de los demás profetas que anuncian la Reconciliación de Dios y, la venida del Mesías. En los tres primeros domingos se recogen las grandes esperanzas de Israel y en el cuarto, las promesas más directas del nacimiento de Dios. Los salmos responsoriales cantan la salvación de Dios que viene; son plegarias pidiendo su venida y su gracia. Las segundas lecturas son textos de San Pablo o las demás cartas apostólicas, que exhortan a vivir en espera de la venida del Señor.

El color de los ornamentos del altar y la vestidura del sacerdote es el morado, igual que en Cuaresma, que simboliza austeridad y penitencia. Son cuatro los temas que se presentan durante el Adviento:

Primer Domingo: 2 de diciembre
La vigilancia en espera de la venida del Señor. Durante esta primer semana las lecturas bíblicas y la predicación son una invitación con las palabras del Evangelio: "Velen y estén preparados, que no saben cuándo llegará el momento". Es importante que, como familia nos hagamos un propósito que nos permita avanzar en el camino hacia la Navidad; ¿qué te parece si nos proponemos revisar nuestras relaciones familiares? Como resultado deberemos buscar el perdón de quienes hemos ofendido y darlo a quienes nos hayan ofendido para comenzar el Adviento viviendo en un ambiente de armonía y amor familiar. Desde luego, esto deberá ser extensivo también a los demás grupos de personas con los que nos relacionamos diariamente, como la escuela, el trabajo, los vecinos, etc. Esta semana, en familia al igual que en cada comunidad parroquial, encenderemos la primera vela de la Corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia y deseos de conversión.

Segundo Domingo: 9 de diciembre
La conversión, nota predominante de la predicación de Juan Bautista. Durante la segunda semana, la liturgia nos invita a reflexionar con la exhortación del profeta Juan Bautista: "Preparen el camino, Jesús llega" y, ¿qué mejor manera de prepararlo que buscando ahora la reconciliación con Dios? En la semana anterior nos reconciliamos con las personas que nos rodean; como siguiente paso, la Iglesia nos invita a acudir al Sacramento de la Reconciliación (Confesión) que nos devuelve la amistad con Dios que habíamos perdido por el pecado. Encenderemos la segunda vela morada de la Corona de Adviento, como signo del proceso de conversión que estamos viviendo.

Tercer Domingo: 16 de diciembre
El testimonio, que María, la Madre del Señor, vive, sirviendo y ayudando al prójimo. La liturgia de Adviento nos invita a recordar la figura de María, que se prepara para ser la Madre de Jesús y que además está dispuesta a ayudar y servir a quien la necesita. El evangelio nos relata la visita de la Virgen a su prima Isabel y nos invita a repetir como ella: "Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?.
Sabemos que María está siempre acompañando a sus hijos en la Iglesia, por lo que nos disponemos a vivir esta tercera semana de Adviento, meditando acerca del papel que la Virgen María desempeñó. Te proponemos que fomentes la devoción a María, rezando el Rosario en familia, uno de los elementos de las tradicionales posadas. Encendemos como signo de espera gozosa, la tercera vela, color rosa, de la Corona de Adviento.

Cuarto Domingo: 23 de diciembre
El anuncio del nacimiento de Jesús hecho a José y a María. Las lecturas bíblicas y la predicación, dirigen su mirada a la disposición de la Virgen María, ante el anuncio del nacimiento de su Hijo y nos invitan a "Aprender de María y aceptar a Cristo que es la Luz del Mundo". Como ya está tan próxima la Navidad, nos hemos reconciliado con Dios y con nuestros hermanos; ahora nos queda solamente esperar la gran fiesta. Como familia debemos vivir la armonía, la fraternidad y la alegría que esta cercana celebración representa. Todos los preparativos para la fiesta debieran vivirse en este ambiente, con el firme propósito de aceptar a Jesús en los corazones, las familias y las comunidades. Encendemos la cuarta vela color morada, de la Corona de Adviento.

La Corona de Adviento
El Significado de las velas de corona de adviento. Las velas de Corona de Adviento hacen referencia a los cuatro domingos previos a la Navidad de ahí el significado de las velas de adviento.
La tradición consiste en colocar cuatro velas, dentro de un circulo formado por ramas y hojas perennes. La primera vela se encenderá el primer domingo de adviento y sucesivamente deberán encenderse cada domingo hasta el domingo previo a la llegada de Navidad las velas restantes.

Cada elemento de la corona de Adviento constituye un significado:
Circulo: representa el símbolo eterno de las estaciones.
Ramas y hojas perennes: del latín “perennis” que representa lo duradero y lo eterno.
Velas encendidas: simbolizan la vida y luz de Cristo al mundo.

Colores de las velas de adviento
La corona de adviento está formada por cuatro velas de las cuales tres tienen que ser velas púrpuras y una de color rosa (también pueden ser de diferentes colores morada, verde, blanca y roja). La primera vela púrpura en adviento representa la esperanza y expectativa ante la llegada de Cristo, la segunda representa el Amor, la tercera vela de color rosa que representa la alegría y la cuarta y última vela púrpura que representa la paz.



lunes, 26 de noviembre de 2018

FUNERAL DE ANIMAS

   Hoy hemos tenido el funeral de ánimas. Funeral por todos los difuntos de la parroquia que a lo largo del año nos han dejado para irse junto al Padre. También hemos pedido por todos aquellos difuntos que no han tenido un funeral, por todos aquellos olvidados y por los que ya nadie reza.

   En un improvisado monumento-altar en el retablo de Animas, se ha colocado el nombre de todos los que se han ido en el 2018 en memoria de todos ellos y que nuestras oraciones sirvan de ayuda para que pasen éste tránsito y puedan gozar la plenitud de la Gloria. Que no caigan en el olvido.

   "Depositad este cuerpo mío en cualquier sitio, sin que os de pena. Sólo os pido que dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor" 
(Palabras de Santa Mónica en su lecho de muerte.)

ORACION:

Oh buen Jesús, que durante toda tu vida te compadeciste de los dolores ajenos, mira con misericordia las almas de nuestros seres queridos que están en el Purgatorio. Oh Jesús, que amaste a los tuyos con gran predilección, escucha la súplica que te hacemos, y por tu misericordia concede a aquellos que Tú te has llevado de nuestro hogar el gozar del eterno descanso en el seno de tu infinito amor. Amen.

Concédeles, Señor, el descanso eterno y que les ilumine tu luz perpetua.
Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en paz.

AMEN.



domingo, 25 de noviembre de 2018

DOMINGO XXXIV ORDINARIO FESTIVIDAD DE CRISTO REY

"MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO"


  El último domingo del año litúrgico los católicos celebramos la solemnidad de Cristo, Rey del Universo. Es una forma de decir que en Cristo este mundo llega a su plenitud. Este mundo y nuestra vida, claro. Así se ve en las lecturas. El hijo del hombre de la primera lectura, tomada del profeta Daniel, se identifica con Jesús resucitado, que ha vencido a la muerte y al que se le ha dado el dominio sobre todo el universo. Su reino no tendrá fin. La lectura del Apocalipsis da un mensaje parecido. Jesucristo nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su padre. Le vemos venir en gloria. Es el principio y el final, el todopoderoso. Todas estas afirmaciones forman parte de nuestra fe. Creemos en Jesús, creemos que ha vencido a la muerte y ha entrado en la nueva vida que le ha ofrecido su Padre. Con él también nosotros hemos vencido a la muerte y con él entraremos en la nueva vida que el Padre nos regala. Ese Reino del que Jesús es el centro es el reino de todos, allá donde no habrá más lágrima ni llanto, donde ni la muerte ni el dolor tendrán ningún poder. 

      Pero ese Reino no es de este mundo. Ése es el mensaje que nos comunica el Evangelio de Juan. Vemos a Jesús en un momento crucial de su vida. No está predicando tranquilamente a los discípulos por los caminos de Galilea. Tampoco está rodeado de una multitud que lo escucha con agrado. Ha sido detenido y está siendo juzgado por Pilato, el representante del imperio romano. Sabe que su fin más probable es ser ajusticiado. Parte del juicio es el interrogatorio del acusado. Pilato no está preocupado por los reinos celestiales. A él le preocupan los que pretenden ser reyes de este mundo y, por ello, representan una amenaza para el dominio romano. Por eso, le pregunta si cree que es el rey de los judíos. Es sólo una pregunta más del interrogatorio. Pero Jesús da una respuesta que Pilato no logra comprender: “Mi reino no es de este mundo”. 

      Jesús afirma de sí mismo que es rey, pero de una forma diferente. Su reino no lleva a la dominación, a la opresión de los súbditos. Su reino es el reino de la verdad. Allá donde todos nos encontramos con nuestra verdad más íntima: que somos hijos de Dios-Padre que quiere nuestro bien, que los demás son nuestros hermanos y hermanas. Esa verdad se desvelará algún día. El día en que seamos capaces de reconocer en nuestros corazones esa profunda verdad, ese día, en ese momento, entraremos a formar parte del Reino de Jesús. Y él, testigo de la verdad, reinará en nuestros corazones, que es el verdadero lugar donde quiere reinar. El día en que todos le reconozcamos, se cumplirán definitivamente las profecías de las dos primeras lecturas. 



domingo, 18 de noviembre de 2018

DOMINGO XXXIII ORDINARIO "CIELO Y TIERRA PASARAN"


 Evangelio de hoy nos trae unas palabras un tanto extrañas de Jesús a sus discípulos. Jesús anuncia, parece ser, unos acontecimientos terribles. Si lo que dice Jesús se cumpliera, tendríamos que decir que es el fin de este mundo que conocemos y en el que vivimos. Y con el fin del mundo vendría el final también de esta vida nuestra. No se puede interpretar de otra forma la afirmación de que el sol no dará más luz y de que las estrellas caerán del cielo sobre la tierra. Es el anuncio del desastre final. Más de una película se ha hecho en los últimos años describiendo ese final horrible del mundo y de la vida que contiene. 
     
        Pero no conviene leer sólo el Evangelio. El Evangelio hay que leerlo siempre en conexión con las otras lecturas que la Iglesia ofrece a nuestra reflexión cada domingo. Así en la primera lectura, tomada del libro del profeta Daniel, se anuncian también “tiempos difíciles”. Pero a renglón seguido se dice que van a ser tiempos de salvación para el pueblo. Ese desastre final no va a ser desastre para todos. Unos, los inscritos en el libro, se salvarán para la vida eterna. Otros para el castigo eterno. Aquí ya parece que ese final terrible no es igual de terrible para todos. Es más, para el pueblo en cuanto tal va a suponer la salvación definitiva.
      
     La segunda lectura ofrece la clave para interpretar lo leído. La carta a los hebreos hace una comparación entre los sacrificios de los sacerdotes de otras religiones y el ofrecido por Cristo, es decir, su propia vida. Dice que los sacerdotes de esas religiones tienen que ofrecer muchos sacrificios porque, como no pueden alcanzar el perdón de los pecados, continuamente se ven obligados a tratar de aplacar a Dios por las ofensas causadas por los pecados de los hombres. Pero Cristo, el sumo sacerdote de la nueva alianza, ofreció un único sacrificio, su vida, por nuestra salvación. Con él nos consiguió el perdón de los pecados. Termina la lectura afirmando que “donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados”. Atención a esa frase. Deja claro que en la nueva alianza que Jesús ha sellado con su sangre, se nos ha otorgado el perdón. Hemos vuelto a ser acogidos como hijos por Dios Padre. Lo que nunca habíamos dejado de ser. Aquel Dios vengador y justiciero de que hablaba el Antiguo Testamento no es real. Cuando nos ha mostrado su rostro en Jesús, hemos visto que es el de un padre que perdona y acoge. 
      
      Este mundo pasa. Nuestra vida tiene un final. Eso es así y no lo vamos a cambiar. El fin del mundo y el fin de mi vida llegarán algún día. Probablemente antes lo segundo que lo primero. Lo importante es saber que acogidos al perdón de Dios que se nos ofrece en Cristo, podemos acceder a la nueva vida, estamos salvados. Esa es nuestra fe. No hay, pues razón para temer. 




domingo, 11 de noviembre de 2018

DOMINGO XXXII ORDINARIO "CUIDADO CON LOS ESCRIBAS"


El Evangelio tiene hoy dos partes. La primera, recoge unas palabras de Jesús sobre los que hacen de la vida una exhibición y de sí mismos una fachada. No les importa vivir ni amar ni hacer sino sólo ser vistos, ocupar los puestos de privilegio y de honor, ser aplaudidos y homenajeados. Eso que existe en el mundo de la política o de la empresa existe también, dice Jesús, en el ámbito de lo religioso. En este mundo, los que hacen eso son más hipócritas si cabe por cuanto ponen su relación con Dios como excusa para devorar los bienes de los pobres.

La segunda se parece mucho a la historia de la viuda de Sarepta de la primera lectura, a la que el profeta Elías pide de comer, y no teniendo más que para una comida no duda y accede a darle lo que le pide. Frente a los ricos que donan mucho dinero al templo, hay una pobre anciana,  viuda además, que echa apenas dos reales. Nada más. Obviamente, esa aportación no era muy importante para el Templo. Pero Jesús no valora lo que da la viuda desde la perspectiva económica sino desde otra perspectiva bien diferente. La anciana viuda ha dado mucho porque ha dado de lo que necesitaba para poder sobrevivir. Su aportación en cantidad no es mucha pero en generosidad tiene un valor incalculable. Aquí no se produce el milagro de la viuda de Sarepta. No sabemos si al llegar a su casa, la anciana viuda encontró su cartera de nuevo llena con lo suficiente para vivir. Probablemente no. Pero el amor de Dios estaba metido en su corazón. Y eso es más que suficiente. El que no lo crea, que se lo pregunte a los santos. 

De esta forma, Jesús pone en contraposición dos actitudes ante la vida: la de los que buscan nada más que su propio bienestar y para ello no dudan en engañar y aparentar lo que no son ni tienen y la actitud de los que compartiéndolo todo, sin medida, con absoluta generosidad, como la pobre viuda, tienen un tesoro inmenso en su corazón. Jesús nos viene a decir que vivir en plenitud es una cuestión de generosidad, de compartir sin medida, de no querer acaparar sino de dar todo lo que se tiene. 




domingo, 4 de noviembre de 2018

DOMINGO XXXI ORDINARIO "AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO"


En el Evangelio vemos que se acerca un escriba, supuestamente un gran estudioso y conocedor de la Ley, y le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» La pregunta se debe al hecho de que la Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos. De estos 248 eran positivos, es decir, ordenaban determinadas acciones, mientras 365 eran negativos, ya que eran prohibiciones. Unos y otros se dividían en preceptos leves y preceptos graves, según la importancia que se les atribuía. Entre estos mismos preceptos podía existir también una jerarquía. De allí la pregunta a Jesús, cuál consideraba Él como el más importante de todos.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Es el “Shemá Israel”, que todo israelita sabía de memoria.

Pero como si tal mandamiento no fuese por sí sólo íntegro y completo, al menos en el campo práctico, añadió este otro mandamiento que también se encontraba en la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» En esto consiste la gran novedad que aporta el Señor Jesús: Él enlaza ambos preceptos para formar uno sólo, el “máximo” mandamiento. Y aunque establece una jerarquía poniendo en primer lugar el amor a Dios, establece también un nexo inquebrantable entre este amor y los otros dos amores: al prójimo y a uno mismo.

El Señor Jesús jamás trasgredió los mandamientos, los cumplió todos perfectamente amando a Dios por sobre todo, con todo su ser, su mente y corazón. En Él no se halló pecado alguno. Obedeciendo fielmente a su Padre y llevando a cabo la misión reconciliadora encomendada por Él, llegó a ser el Sumo Sacerdote que nos convenía: «santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos» (2ª. lectura). Como tal no tuvo necesidad de ofrecer innumerables sacrificios, como hacían los sacerdotes de la antigua Alianza, sino que realizó un sólo sacrificio, de una vez para siempre, «ofreciéndose a sí mismo» por nosotros en el Altar de la Cruz.



viernes, 2 de noviembre de 2018

FIELES DIFUNTOS


MERECÉIS, ALGO MÁS

Algo más que un silencio por aquellas palabras
que, estando vivos entre nosotros,
fueron consuelo, fuerza y esperanza.
Palabras que, no sabemos cómo ni de qué manera,
llenaron tantos espacios ahora muertos.
Mucho más que una lágrima porque, las vuestras,
fueron llanto y ríos en abundancia
cuando nuestros errores o decepciones
no siempre estuvieron a la altura de lo que valíais.

MERECÉIS, ALGO MÁS

Que caer en el olvido o en el absurdo
cuando, sin quererlo o sin saber por qué,
dejamos vuestros rostros esparcidos en bosques o en playas
campos o mares, calles o plazas,
cuando, como cristianos sabemos,
que sois semilla destinada a descansar en Camposanto

MERECÉIS, ALGO MÁS

Que un día con veinticuatro horas de recuerdos
porque, vuestras pisadas en nuestros pasos,
fueron aliento y entrega permanente
cuando la vida nos castigaba cruelmente en nuestro caminar

MERECÉIS, ALGO MÁS

Que una lágrima sin futuro o unas flores sin eternidad
Mucho más que una añoranza sin esperanza
o un “gracias” sin una apostar por el más allá
Mucho más que una legítima ausencia
sin llorar previamente nuestro arrepentimiento
Arrepentimiento por las veces que, en el aquí y no en el allá,
no os dimos el abrazo que ahora os daríamos
el beso que tal vez os negamos
o el oído que, tal vez por falta de tiempo, os retiramos.

Qué fácil es amar cuando alguien se va
y qué difícil, el Señor nos lo pondrá,
cuando tal vez nos pregunte:
¿“Qué hiciste en vida con tu hermano, tu padre, tu madre, 
tu abuelo o tu vecino, tu sacerdote o tu amigo”?

Porque, no lo olvidemos, 
ellos son nuestros mientras viven junto a nosotros
pero son de Dios cuando marchan de este mundo.

¡CUÁNTO OS MERECÉIS! ¡DIOS OS LO DÉ TODO!

Javier Leoz

jueves, 1 de noviembre de 2018

DIA DE TODOS LOS SANTOS


El Día de Todos los Santos es una solemnidad cristiana que tiene lugar el 1 de noviembre para las iglesias católicas de rito latino, y el primer domingo de Pentecostés en la Iglesia ortodoxa y las católicas de rito bizantino. No se debe confundir con la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

En este día la Iglesia celebra fiesta solemne por todos aquellos difuntos que, habiendo superado el purgatorio, se han santificado totalmente, han obtenido la visión beatífica y gozan de la vida eterna en la presencia de Dios. Por eso es el día de «todos los santos». No se festeja sólo en honor a los beatos o santos que están en la lista de los canonizados y por los que la Iglesia celebra en un día especial del año; se celebra también en honor a todos los que no están canonizados pero viven ya en la presencia de Dios.

Es frecuente que este día las grandes catedrales exhiban las reliquias de los santos.


domingo, 28 de octubre de 2018

DOMINGO XXX ORDINARIO "SEÑOR, HAZ QUE PUEDA VER"


En el Evangelio vemos al Señor Jesús camino a Jerusalén, donde se ofrecerá Él mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de reconciliación para el perdón de los pecados. El camino que recorre pasa por Jericó, una ciudad que distaba unos treinta kilómetros de Jerusalén.

A la salida de Jericó se encontraba sentado a la vera del camino un ciego pidiendo limosna. El evangelista da razón de su nombre: Bartimeo, es decir, el hijo de Timeo. Él, al enterarse que era el Señor quien pasaba por el camino, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Al dirigirse al Señor con este título lo reconoce como Aquel que habría de nacer de la descendencia de David, el Mesías esperado. Evidentemente ya se había difundido entre la gente del pueblo la creencia de que Jesús era el Cristo.

Es interesante notar que en el Evangelio de Marcos diversos episodios se abren presentando a Jesús en camino a Jerusalén. El evangelista parece sugerir de este modo que la vida cristiana es un ir de camino con Jesús, que ser discípulo es seguir a Jesús por el camino que, pasando por la Cruz, le llevará a participar de la gloria de su Resurrección.

Bartimeo estaba sentado a la vera del cami­no, como simbolizando su estado de marginación de la Vida verdadera debido a su ceguera, concebida como manifestación visible de algún pecado invisible. El Señor escucha la súplica de aquel que implora piedad y le concede el milagro que le pide. Atendiendo a su súplica no sólo cura su ceguera física, liberándolo así de su estado de miseria y postración, sino que también lo libera de su pecado: «tu fe te ha salvado».

La alegría y gratitud del ciego curado se expresa en el seguimiento comprometido: «lo siguió por el camino».




domingo, 21 de octubre de 2018

DOMINGO XXIX ORDINARIO "QUIEN QUIERA SER GRANDE, QUE SE HAGA SERVIDOR DE TODOS"


El Evangelio de este Domingo se ubica inmediatamente luego del renovado anuncio del cómo sucederá aquello que fue anunciado por los profetas: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado; le condenarán a muerte, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará» Los discípulos siguen sin querer entender, siguen tercamente aferrados a su idea del Mesías entendido como un glorioso y poderoso liberador político. Interpretan las palabras del Señor como el anuncio de su cercana manifestación gloriosa, el anuncio de la inminente instauración del Reino de Dios en la tierra mediante la restauración del dominio de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas. Ante esa perspectiva y creciente expectativa, se avivan las ambiciones de algunos Apóstoles. Dos de ellos, Santiago y Juan, se acercan al Señor para expresarle su ambición: «concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda», cuando con el poder de Dios hayas instaurado tu Reino y sometido a todas las naciones.

El Señor, lejos de escandalizarse ante la ambición mostrada por sus discípulos, se muestra comprensivo de la fragilidad humana y de las distorsiones introducidas en el corazón humano por el pecado. Ante tal petición y ante la indignación que genera entre los demás Apóstoles, Él los reúne en torno a sí y les enseña a interpretar rectamente el deseo de grandeza que mueve sus corazones: «el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Es por el servicio y la humildad como ellos están llamados a ser auténticamente grandes, a ser “los primeros” entre todos. Ése, y no el de la gloria humana y el dominio abusivo sobre los demás, es el camino por el que responderán acertadamente a sus anhelos de grandeza y gloria.

El Señor se pone a sí mismo como modelo y ejemplo a seguir: Él, siendo Dios, se ha hecho hombre, y no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la propia vida como rescate por todos. Él no se impuso mediante su poder, sino que hizo de su propia vida un don para los demás. Es bebiendo de su mismo cáliz, abajándose con Cristo por la humildad, como sus discípulos serán elevados con Él hasta lo más alto, hasta la participación en la misma gloria divina. Siguiendo sus huellas el discípulo puede responder acertadamente a su legítima aspiración a la grandeza humana.