Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo, que la Iglesia celebra cada 11 de febrero, el Papa León XIV ha dirigido a la comunidad cristiana y a la sociedad entera un mensaje de hondo calado humano bajo el lema «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro». No se trata de una reflexión abstracta, sino de una llamada concreta a repensar cómo acompañamos hoy a quienes sufren la enfermedad, la fragilidad y la soledad.
Inspirándose en la conocida parábola evangélica del buen samaritano, el Papa recuerda que la verdadera compasión no consiste solo en sentir lástima, sino en detenerse, acercarse y hacerse cargo del otro. En una cultura marcada por la prisa, la eficiencia y, a menudo, el descarte, el enfermo corre el riesgo de convertirse en un problema o en una carga. Frente a ello, el mensaje pontificio subraya que cada persona enferma es siempre alguien, nunca algo, y que su dignidad no disminuye con la fragilidad.
La cercanía que no sale en las estadísticas
Este mensaje adquiere un significado especial cuando se pone rostro a tantas realidades silenciosas que existen en nuestras parroquias. Los grupos de pastoral de la salud realizan, desde hace años, una labor discreta pero esencial: visitas a domicilios, acompañamiento a personas mayores que viven solas, presencia regular en residencias y apoyo espiritual y humano a familias agotadas por el cuidado prolongado.
Son gestos sencillos —una conversación, una escucha atenta, una oración compartida— que no suelen ocupar titulares, pero que sostienen la vida cotidiana de muchas personas. Allí donde la enfermedad encierra y aísla, estas visitas abren ventanas; donde el dolor debilita la esperanza, llevan consuelo y sentido. En palabras del Papa, son una forma concreta de “llevar sobre uno mismo el peso del sufrimiento ajeno”.
El ministerio insustituible de los capellanes de hospital
Junto a esta labor parroquial, el mensaje del Papa invita también a reconocer el papel fundamental de los capellanes de hospital, a menudo invisibles en estructuras sanitarias cada vez más complejas. Su presencia no responde a una función meramente ritual, sino a una atención integral de la persona, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad.
Los capellanes acompañan procesos de enfermedad grave, decisiones difíciles, despedidas, duelos y también pequeños gestos de gratitud y esperanza. Escuchan a pacientes y familiares, colaboran con el personal sanitario y recuerdan que, incluso en el entorno técnico del hospital, la dimensión espiritual forma parte del cuidado auténtico. Su tarea se vuelve especialmente valiosa cuando la palabra médica ya no puede prometer curación, pero sigue siendo posible ofrecer sentido, paz y cercanía.
Una responsabilidad compartida
El Papa León XIV insiste en que el cuidado del enfermo no puede recaer solo en profesionales o voluntarios especializados. Es una responsabilidad de toda la comunidad, una medida real de nuestra humanidad y de la calidad de nuestras relaciones sociales. Cuidar a quien sufre no es un añadido opcional, sino un criterio que define el tipo de sociedad que queremos ser.
En este Día del Enfermo, la Iglesia recuerda que la compasión no es debilidad, sino una fuerza capaz de humanizar los espacios más duros del sufrimiento. Y lo hace poniendo en valor a quienes, desde parroquias y hospitales, siguen encarnando —con constancia y discreción— el gesto siempre actual del buen samaritano: detenerse, acercarse y cuidar.
José Juan Sobrino Pino
Delegado diocesano de Pastoral de la Salud.
https://www.diocesetuivigo.org/cuidar-al-enfermo-una-tarea-humana-y-espiritual-que-no-puede-delegarse/

No hay comentarios:
Publicar un comentario