sábado, 2 de noviembre de 2019

SANTOS Y DIFUNTOS ¿TRADICIONES?


El día 1 de noviembre la Iglesia celebra fiesta solemne por todos aquellos difuntos que, habiendo superado el purgatorio, se han santificado totalmente, han obtenido la visión beatífica y gozan de la vida eterna en la presencia de Dios. Por eso es el día de «todos los santos». No se festeja solo en honor a los beatos o santos que están en la lista de los canonizados y por los que la Iglesia celebra en un día especial del año; se celebra también en honor a todos los que no están canonizados, pero viven ya en la presencia de Dios.
Gregorio III (731-741 fijó el aniversario el 1 de noviembre y Gregorio IV extendió la celebración a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.

No hay que confundir con el día de todos Los Fieles Difuntos cuyo objetivo de celebración es orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrenal y, especialmente, por aquellos que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio. Una gran diferencia en la fiesta del día primero y el ambiente de oración y sacrificio del día dos.

En España, como en otras partes del mundo, veneramos a nuestros difuntos; se continúa con la tradición de estas fechas de asistir al cementerio para rezar por las almas de quienes ya abandonaron este mundo, acompañada de un profundo sentimiento de devoción, donde se tiene la convicción de que el ser querido que se marchó pasará a una mejor vida, sin ningún tipo de dolencia, como sucede con los seres terrenales.

Estos días nos bombardean los medios de comunicación con imágenes de gente que va a los cementerios con flores, indicando que se cumple un año mas con la tradición. Pero ¿no estamos olvidando la tradición? .... ¿Cementerios adornados un día y olvidados el resto del año? … Mucho fregar y poco rezar. "Una lágrima se evapora, una flor sobre mi tumba se marchita, mas una oración por mi alma la recoge Dios" (San Agustín). No queremos que nuestros niños vayan al cementerio y después los disfrazamos de muertos y celebramos Halloween. ¿Dónde quedan nuestras tradiciones?

“Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”
(G. A. Bécquer)

ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS (Tradición bizantina)
Dios de los espíritus y de toda carne, que sepultaste la muerte, venciste al demonio y diste la vida al mundo. Tú, Señor, concede al alma de tus fieles difuntos, el descanso en un lugar luminoso, en un oasis, en un lugar de frescura, lejos de todo sufrimiento, dolor o lamento.
Perdona las culpas por ellos cometidas de pensamiento, palabra y obra, Dios de bondad y misericordia; puesto que no hay hombre que viva y no peque, ya que Tú sólo eres Perfecto y tu Justicia es justicia eterna y tu Palabra es la Verdad. Tú eres la Resurrección, la Vida y el descanso de los difuntos, tus siervos.
Oh Cristo Dios nuestro. Te glorificamos junto con el Padre no engendrado y con tu santísimo, bueno y vivificante Espíritu.

Dale Señor el descanso eterno. Brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.



domingo, 27 de octubre de 2019

DOMINGO XXX DEL ORDINARIO "TEN COMPASIÓN DE ESTE PECADOR"


El texto del evangelio, que no es propiamente una parábola, del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar es un ejemplo típico de estas narraciones ejemplares en las que se usan dos personajes: el modelo y el antimoderno. Uno es un ejemplo de religiosidad judía y el otro un ejemplo de perversión para las tradiciones religiosas de su pueblo. Las actitudes de esta narración “intencionada” saltan a la vista: el fariseo está “de pie” orando; el publicano, alejado, humillado hasta el punto de no atreverse a levantar sus ojos. El fariseo invoca a Dios y da gracias de cómo es; el publicano invoca a Dios y pide misericordia y piedad.

¿Quién se puede gloriar ante Dios de que es justo? Pues el fariseo de la parábola lo hace sin el más mínimo rebozo. No tiene vergüenza para darle gracias a Dios porque no es como los demás. Se siente diferente. Pertenece a una clase mejor y más alta. Se siente justificado porque ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que tiene. Dicho en palabras más de nuestros días, porque va puntualmente a misa todos los domingos y contribuye generosamente a su iglesia (claro que dejando bien claro que él es el donante para que todos lo sepan). O porque cumple con todas las normas de la iglesia. No importa que sea un “cumplimiento”, un “cumplo y miento”. No importa el corazón. Lo que importa es que externamente cumple con las leyes. Es “oficialmente” un buen creyente. 

El publicano se sitúa en las antípodas. Es oficialmente un pecador. Todo el mundo lo sabe. Él también. No tiene nada que presentar ante Dios. Basta con recordar la forma como la gente le mira para imaginarse como Dios lo mira también. Pero va al templo. El publicano se sabe pecador y lo único que hace es pedir a Dios que le tenga compasión. 

La ceguera religiosa es a veces tan dura, que lo bueno es siempre malo para algunos y lo malo es siempre bueno. Lo bueno es lo que ellos hacen; lo malo lo que hacen los otros. ¿Por qué? Porque la religión del fariseo se fundamenta en una seguridad viciada y solamente se está viendo a sí mismo. Por el contrario, el publicano tendrá un verdadero diálogo con Dios, un diálogo personal donde descubre su “necesidad” perentoria y donde Dios se deja descubrir desde lo mejor que ofrece al hombre. El fariseo, claramente, le está pasando factura a Dios. El publicano, por el contrario, pide humildemente a Dios su factura para pagarla. El fariseo no quiere pagar factura porque considera que ya lo ha hecho con los “diezmos y primicias” y ayunos, precisamente lo que Dios no tiene en cuenta o no necesita. Eso se han inventado como sucedáneo de la verdadera religiosidad del corazón.

El fariseo, en vez de confrontarse con Dios y con él mismo, se confronta con el pecador; aquí hay un su vicio religioso radical. El pecador que está al fondo y no se atreve a levantar sus ojos, se confronta con Dios y consigo mismo y ahí está la explicación de por qué Jesús está más cerca de él que del fariseo. El pecador ha sabido entender a Dios como misericordia y como bondad. El fariseo, por el contrario, nunca ha entendido a Dios humana y rectamente. Éste extrae de su propia justicia la razón de su salvación y de su felicidad; el publicano solamente se fía del amor y de la misericordia de Dios. El fariseo, que no sabe encontrar a Dios, tampoco sabe encontrar a su prójimo porque nunca cambiará en sus juicios negativos sobre él. El publicano, por el contrario, no tiene nada contra el que se considera justo, porque ha encontrado en Dios muchas razones para pensar bien de todos. El fariseo ha hecho del vicio virtud; el publicano ha hecho de la religión una necesidad de curación verdadera. Solamente dice una oración, en muy pocas palabras: “ten piedad de mí porque soy un pecador”. La retahíla de cosas que el fariseo pronuncia en su plegaria han dejado su oración en un vacío y son el reflejo de una religión que no une con Dios.

En la comunidad de Jesús todos somos hermanos. Todos estamos cubiertos por el inmenso amor de Dios. No hay razón para despreciar a nadie. Si alguien debe tener un lugar de privilegio ha de ser el pobre, el marginado, el pecador, aquel al que le ha tocado la peor parte en esta vida. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie, para entrar en su corazón y decir que es malo?


viernes, 25 de octubre de 2019

NUEVO RUCEIRO DE LA CAPILLA DE LOS LIÑARES


En el mes de junio del año pasado celebrábamos la instalación de un cruceiro en la Capilla de los Liñares donado por la familia Gil-Varela y que desgraciadamente en el mes de febrero de este año despertábamos con la noticia que había sido robado.

Este jueves pasado, hemos tenido la gran satisfacción de instalar un nuevo cruceiro, donado por una familia de la parroquia y que en una sencilla ceremonia fue bendecido por el Sr Obispo, acompañado por una pequeña representación de feligreses.

El cruceiro tallado en granito, montado por los maestros canteros Hermanos Sequeiros de Ponte da Lima, se compone de los siguientes elementos e inscripciones: Plataforma con tres pasos, Pedestal con grabaciones en cada una de las caras (ANNO DOMINI, MMXIX / IESUS CHRISTUS, SALVATOR MUNDI, SALVA NOS / NUESTRA SEÑORA DE LOS LIÑARES, RUEGA POR NOSOTROS / ARCÁNGEL SAN MIGUEL, DEFIÉNDENOS), Fuste gallonado que representa los Diez Mandamientos (en el mismo fuste están esculpidas las imágenes de San Miguel y Nuestra Señora de los Liñares), Capitel que da continuidad al fuste gallonado, Cruz de Malta donde está esculpida la imagen de Jesucristo Crucificado (Esta Cruz era de la Orden a la que pertenecía su Apóstol predilecto San Juan Evangelista). Todo el conjunto tiene unos cinco metros de altura. 

Durante la bendición del cruceiro el Sr Obispo nos dirigió unas emotivas palabras: 

Para mí es una alegría muy grande el estar aquí con vosotros esta tarde celebrando un acto tan hermoso como es bendecir este crucero aquí en esta entrada de esta capilla que tanto queréis y que tanto utilizáis para vuestra oración para vuestras celebraciones para cultivar vuestra y celebrar vuestra fe. 

Quiero en primer lugar agradecer a los donantes porque es un signo muy hermoso que en medio de la comunidad haya personas que tengan este gesto, que tienen esta fe.

Es curioso que hayan robado un crucero que estuvo aquí, y la falta de ese crucero traiga ahora este nuevo crucero, un nuevo regalo que esperemos que no lo lleven, porque en este mundo nada parece imposible, pero al mismo tiempo yo creo que tenemos en una tarde como hoy agradecer a vuestro párroco D. Benito que nos haya convocado aquí que hayamos tenido este encuentro y manifestar ante la parroquia que nos gusta esto y que lo tomamos en serio. 

Yo también quisiera deciros que este es un símbolo muy importante en esta ría preciosa, nuestra, con esta vista. Los niños que nazcan aquí en esta parroquia guardaran siempre y todos nosotros esta visión, pero yo quisiera deciros que los símbolos son muy importantes no es lo mismo que aquí tengamos un crucero, que tengamos una cosa que ofenda nuestros sentimientos y esto quiere decir que también en nuestras familias, en nuestras casas, en nuestras oficinas, tenemos que tratar también de tener símbolos de nuestra fe. Hoy hay un cierto miedo a manifestar la fe y creo que tenemos que empezar a ser normales, naturales, ni andar aquí presumiendo de nada, ni tampoco escapándose de nada. Este es un símbolo que nos define, es un símbolo de paz, no es un símbolo de agresión a nadie ni de ofensa a nadie, es el Señor muriendo en la cruz, un símbolo reconocido en el mundo entero, de una profunda espiritualidad, el centro de nuestra vida cristiana. Jesucristo muerto y resucitado. Eso fue lo que hicieron nuestros antepasados sembrando nuestros cruces de caminos con cruceros. El crucero es la imagen por excelencia de nuestro pueblo gallego y esto no debíamos olvidarlo nunca por eso hoy también hago una llamada para que todos los cruceros que hay por ahí por el entorno, que hay muchos, que se cuiden, que se preserven, que se mantengan como símbolos de una fe que un pueblo ha tenido de manera muy profunda y que sigue teniendo. 

Por tanto, agradezco a esta familia de nuevo su generosidad y esta idea de poner a Jesucristo aquí en nuestra capilla. Agradezco a D. Benito que nos ha convocado y a todos ustedes que han querido estar aquí. Es un momento que recordaremos siempre porque estos actos que son sencillos pero que llevan una hondura profunda en nuestra vida 

Que Dios nos bendiga y el crucero de aquí tiene esta expresión, bonita, preciosa: Jesucristo Salvador del Mundo Sálvanos. Pues que nos salve y que nosotros mantengamos nuestra adhesión a Él, a Jesucristo, y que cuando pasemos por ahí, lo miremos y digamos Jesucristo Sálvanos.”

Con esta ilusión acogemos este nuevo cruceiro esperando que nos dure muchos años, agradeciendo a la familia donante y también a la familia Gil-Varela su generosidad para esta parroquia. La Santísima Virgen de los Liñares os lo premiará. 

domingo, 20 de octubre de 2019

DOMINGO XXIX DEL ORDINARIO "¿ENCONTRARÁ ESA FE EN LA TIERRA?"


El evangelio de Lucas sigue mostrando su sensibilidad con los problemas de los pobres y los sencillos. En el Antiguo Testamento, las historias entre jueces y viudas, especialmente en los planteamientos de los profetas, se multiplican incesantemente. Son bien conocidos los jueces injustos y las viudas desvalidas. El mismo Lucas es el evangelista que más se ha permitido hablar de mujeres viudas en su evangelio. En lo que se refiere a la parábola que nos propone, no hay por qué pensar que se tratara de una viuda vieja. Eran muchas las que se quedaban solas en edad muy joven. Su futuro, pues, lo debían resolver luchando. Si a ello añadimos que la mujer no tenía posibilidades en aquella sociedad judía, entenderemos mejor los propósitos de Lucas.

Nos podemos preguntar: ¿quién es más importante aquí, el juez o la viuda? Por una parte, la mujer que no se atemoriza e insiste para que se le haga justicia. Pero también es verdad que este juez, a diferencia de los que se presentan en el Antiguo Testamento, llega a convencerse que esta mujer, con su insistencia, puede llegar a hacerle la vida muy incómoda o casi imposible. Lo hace desde sus armas: su palabra y su constancia o perseverancia; no usa métodos violentos, pero sí convicción de que tiene derechos a los que no puede renunciar. Por eso al final, sin convencimiento personal, el juez decide hacerle justicia. La comparación es más o menos como en la parábola del amigo inoportuno de medianoche: la perseverancia puede conseguir lo que parece imposible. Pero si eso lo hacen los hombres injustos, como el juez, ¿qué no hará Dios, el más justo de todos los seres, cuando se pide con perseverancia? Es esa perseverancia lo que mantiene la fe en este mundo hasta que sea consumada la historia.

Lo que busca la parábola, pues, es comparar al juez con Dios. El juez, en este caso, no representa simbólicamente a Dios, sería absurdo. Pero es de Dios de quien se quiere hablar como coprotagonista con la viuda. Indirectamente se hace una crítica de los que tienen en sus manos las leyes y las ponen al amparo de los poderosos e insaciables. De esto sabe mucho la historia. Dios, a diferencia del juez, es más padre que otra cosa; no tiene oficio de juez, ni ha estudiado una carrera, ni tiene unas leyes que cumplir a rajatabla. Dios es juez, si queremos, de nombre, pero es padre y tiene corazón. De esa manera se entiende que reaccionará de otra forma, más sensible a la actitud de confianza y perseverancia de los que le piden, y especialmente de los que han sido desposeídos de su dignidad, de su verdad y de su felicidad.

De esta parábola el Señor Jesús saca la siguiente conclusión: si aquel juez inicuo le hizo justicia a la viuda por su terca e insistente súplica, «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?». Ante la tentación del desfallecimiento por una larga espera, ante las duras pruebas e injusticias sufridas día a día, los discípulos deben perseverar en la oración y en la súplica, con la certeza de que Dios «les hará justicia sin tardar» y les dará lo que en justicia les pertenece.

El Señor Jesús da a entender que la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas están garantizados. La gran pregunta más bien es si los discípulos mantendrán la fe durante la espera y las pruebas que puedan sobrevenirles: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?»

http://evangeliodominical.org/
https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/20-10-2019/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

domingo, 13 de octubre de 2019

DOMINGO XXVIII DEL ORDINARIO "TU FE TE HA SALVADO"


En el pueblo judío toda enfermedad de la piel, incluida la lepra, era llamada castigo o “azote de Dios” y era considerada como “impureza”. La lepra era entendida como un castigo recibido por el pecado cometido ya sea por el mismo leproso o por sus padres. Rechazado por Dios el leproso debía también ser rechazado por la comunidad. La Ley sentenciaba que todo leproso «llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: “¡Impuro, impuro!” Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada».

En su marcha a Jerusalén el Señor se encuentra a diez leprosos en las afueras de un pueblo. Estos leprosos, al ver a Jesús, en vez de gritar el prescrito “impuro, impuro”, le suplican a grandes voces: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Sin duda, la fama del Señor ha llegado a sus oídos. Han escuchado hablar de Él, de sus milagros, de sus curaciones. Se dirigen a Él como “Maestro”, es decir, como a un hombre de Dios que guarda la Ley y la enseña, como un hombre justo, venido de Dios. Al verlo venir, brilla en estos diez leprosos la esperanza de poder también ellos encontrar la salud, de verse liberados de este “castigo divino”, de verse purificados de sus pecados y de ser nuevamente acogidos en la comunidad.

Como respuesta a su súplica el Señor les dice: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Los sacerdotes, que tenían la función de examinar las enfermedades de la piel y declarar “impuro” al leproso, también debían declararlo “puro” en caso de curarse y autorizar su reintegración a la comunidad.

Confiando en el Señor se pusieron en marcha. Esperaban ser curados y poder presentarse “limpios” ante los sacerdotes. En algún punto del camino «quedaron limpios», es decir, curados no sólo de la lepra sino también purificados de sus pecados. Uno de ellos, al verse curado, de inmediato «se volvió alabando a Dios a grandes gritos». Los otros nueve debieron presentarse ante los sacerdotes según la indicación del Señor Jesús y según lo establecía la Ley.

El que volvió para presentarse ante el Señor y no ante los sacerdotes era un “extranjero”, un samaritano. Podemos suponer que los nueve restantes eran judíos. A pesar del odio que dividía a judíos y samaritanos, la desgracia común los había unido. La solidaridad había brotado en medio del dolor compartido.

Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece reprochar el Señor a los que no vuelven, si Él mismo les había mandado presentarse ante los sacerdotes? ¿No estaban obedeciéndole acaso? ¿No podrían sentirse obligados por las mismas instrucciones del Señor? ¿Por qué habrían de volver a Él para dar gloria a Dios?

Podemos ensayar una respuesta: en los Evangelios los milagros del Señor Jesús son siempre signos o manifestaciones de su origen divino. El milagro obrado por Cristo revela e invita a reconocer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, Dios mismo que se ha hecho hombre para salvar a su pueblo de sus pecados. En un primer momento los diez leprosos ven a Jesús como un Maestro, como un hombre santo. Tienen fe en Él y por eso obedecen a su mandato, hacen lo que Él les dice. Mas al verse milagrosamente curados, sólo uno se deja inundar por la experiencia sobrenatural, se abre al signo que lo lleva a reconocer en el Señor al Salvador del mundo. El samaritano reconoce la divinidad de Cristo, y por eso regresa para darle gracias como Dios que es, y se presenta ante quien es el Sumo Sacerdote por excelencia. Sólo a este samaritano, que lleno de gratitud se postra ante Él en gesto de adoración, le dice el Señor: «tu fe te ha salvado». La fe en el Señor Jesús no sólo es causa de su curación física, sino también de una curación más profunda: la del perdón de sus pecados, la de la reconciliación con Dios. Aquel samaritano creyó que la salvación venía por el Señor Jesús.

La ingratitud de los otros nueve consistiría en que, siendo judíos, miembros del pueblo elegido que esperaba al Mesías, a pesar de este signo no reconocen al Señor como aquel que les ha venido a traer no sólo la salud física, sino también la liberación del pecado y la muerte, la salvación y reconciliación con Dios.


domingo, 6 de octubre de 2019

DOMINGO XXVII DEL ORDINARIO "SEÑOR, AUMENTANOS LA FE"


De pequeños no decían que fe es “creer lo que no se ve”. Entonces, ¿cómo podían hablar los apóstoles de fe? ¿Cómo podían pedir a Jesús que les “aumentase la fe”? Ellos ya lo veían, lo tenían delante. No necesitaban la fe para creer que Jesús era Jesús. Además, le veían hacer milagros, escuchaban sus palabras. ¿Sería que no necesitaban la fe?

La realidad es muy diferente. La fe es precisamente “creer lo que no se ve”. Y los apóstoles no veían más allá de un hombre que hacía cosas extraordinarias, algunas de las cuales no eran capaces de entender. Le fe les invitaba a ir más allá, a experimentar la presencia de Dios en aquel hombre. Lo mismo pasa con las relaciones humanas. Podemos demostrar que dos y dos son cuatro, pero ¿cómo demostrar la amistad o el amor entre dos personas? Ahí no nos podemos servir más que de indicios, de pistas –la manera como se tratan, la forma como actúan, la persistencia en el tiempo de la relación, la superación de las dificultades...–. Dicho con un ejemplo, cuando dos enamorados se miran a los ojos y se dicen que se quieren, cada uno de ellos cree al otro porque la verdad es que no tienen una prueba fehaciente de que esas palabras sean algo más que palabras. Desgraciadamente no sería la primera vez que una persona engaña a otra. Por eso, de entrada, toda relación humana es siempre una relación de fe, de confianza. Confiamos en que el otro no nos engaña. Creemos en él. 

Lo mismo se puede decir de la fe en Dios. No se trata de aceptar unas verdades imposibles de comprender y decir “vale, lo acepto”. No se trata de comulgar con ruedas de molino. Se trata de experimentar la presencia de Dios, de sentirlo presente en mi vida, en la vida de los hermanos y hermanas, en la vida de la Iglesia, en el mundo, en la creación, y confiar que esa presencia es una presencia bondadosa, hecha de amor y misericordia, que desea nuestra libertad, nuestro bien, nuestra felicidad. 

Pero a veces nuestra fe decae. Esa relación de confianza conoce momentos de debilidad, de recelo, de sospecha. Entonces nos sentimos desanimados, sin fuerzas. El amor de Dios que sentíamos que llenaba nuestro corazón de fuerza y entusiasmo se desvanece. El compromiso por ser mejores, por ayudar a los necesitados, por amar a los que viven con nosotros, por perdonar sin medida, como Dios nos perdona, flaquea. Todos hemos experimentado alguna vez esos sentimientos de duda, de pérdida de la confianza. 

Ahí viene la petición de los apóstoles. “Señor, auméntanos la fe”.


domingo, 29 de septiembre de 2019

DOMINGO XXVI DEL ORDINARIO "RECIBISTE TUS BIENES EN VIDA"


El evangelio de Lucas cierra el famoso capítulo social que el domingo pasado planteaba cuestiones concretas para los cristianos, como el amor al dinero o a las riquezas y la actitud que se debe mantener. Se cierra con la famosa parábola del pobre Lázaro y el rico epulón, que es lo opuesto a la parábola con la que se abría el mismo. El rico epulón es el motivo para poner de manifiesto, en la mentalidad de Lucas, lo que espera a los que no son capaces de compartir sus riquezas con los pobres. Y no ya solamente dando limosnas, sino que la parábola es mucho más concluyente: la situación de Lázaro se produce por la actitud del que se viste de púrpura y lino y celebra grandes fiestas. Esta narración parabólica da mucho de sí para hablar, hoy más que nunca, de las diferencias sociales; del empobrecimiento mundial, de la deuda que muchos pueblos del Tercer y Cuarto mundo no pueden soportar. Y se hablará, incluso, del “infierno” que muchos se merecen… Veamos algunos aspectos.

La culpabilidad del rico siempre está en oposición a alguien que vive miserablemente y a quien él debería haber sacado de ese mal. De ahí que la figura de Lázaro, el pobre, aparezca en toda la narración como punto de referencia del rico, no solamente mientras están los dos en este mundo, sino muy especialmente en el más allá. Cuando el rico vive su situación de desgracia, ya irreversible según la ideología del texto, pide y ruega que Lázaro le refresque su lengua con la punta de sus dedos; o que se le mande para que advierta a sus hermanos. ¿Es un adorno literario, pasivo, para confirmar lo que se ha definido como el infierno? Es mucho más que eso. No intentemos definir el “infierno” al pie de la letra de la narración, con llamas o algo así: ¡sería una equivocación teológicamente imperdonable! Consideramos que se quiere poner el dedo en la llaga como conciencia crítica expresada de una forma semiótica por la figura del pobre, que tiene un nombre propio, a quien él debería haber liberado. Y es que la riqueza en sí no es neutra, ni se recibe nunca como bien discriminatorio, como muchos defendían en la mentalidad del judaísmo del tiempo de Jesús y del cristianismo primitivo.

La acumulación de riquezas es injusta; pero es más injusta todavía cuando al lado (y hoy, al lado, por los medios de comunicación, son miles de kilómetros) hay personas que ni siquiera tienen las migajas necesarias para comer. A nosotros nos parece que la culpabilidad de los ricos (o de los pueblos ricos) que se comportan frente a los miserables como el de nuestro ejemplo está absolutamente presente desde el principio al final de la narración, y esto sin recurrir a una alegorización excesiva de la misma. Pero no deja de ser curioso que el rico ni siquiera tiene nombre. Es un rico sin nombre… ¡qué curioso! En la parábola, por el contrario, quien tiene nombre propio es Lázaro. No es eso lo que sucede precisamente en nuestro mundo de relaciones sociales injustas. Los ricos salen en todos los periódicos y hablan de ellos todas las revistas financieras y del corazón. Y, además, el rico sin nombre bien que sabe el nombre que tiene el pobre: ¡Lázaro!, signifique lo que signifique (Eleazar, en hebreo significa “Dios es mi ayuda”). ¡Todo esto da que pensar en la parábola que Jesús ha inventado, no solamente de una historia, sino de muchas historias reales!

El rico es culpable frente a Lázaro, no frente a los pobres en general, que siempre puede ser una excusa; frente a una persona con nombre propio que se ha encontrado en su vida. Eso, desde luego, no quita que también se pueda hablar de la esperanza de los pobres frente al Dios justo, aquí representado por Abrahán. El abismo, pues, entre los ricos y los pobres, según Lucas quiere poner de manifiesto, puede y debe cambiarse en el presente. El futuro se hace en el presente y quien sabe cambiar su presente, cambia también el futuro. Este es el objetivo final también de la narración sobre el rico epulón y el pobre Lázaro, como lo era del administrador de la injusticia que supo repartir el dinero acumulado de su señor para hacerse amigos; no se lo guardó para él. Pero los que usan las riquezas sólo para sí... se están cerrando el futuro.


https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/29-9-2019/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

domingo, 22 de septiembre de 2019

DOMINGO XXV DEL ORDINARIO "NO SE PUEDE SERVIR A DIOS Y AL DINERO"

El evangelio de hoy es uno de los momentos más sociales de la obra de Lucas, en consonancia con el mensaje del profeta Amós y quiere mostrar el planteamiento nuevo de cómo los discípulos tienen que comportarse en este mundo, en el que uno de los valores más deseados por todos es la riqueza (lo que es lo más estimable para los hombres). El ejemplo del administrador sagaz, listo, inteligente, que no injusto propiamente hablando, es el punto de partida de toda la enseñanza; aquí se desestabiliza prácticamente la tradición representada por los fariseos, justificada desde hacía tiempo por la tesis de que la riqueza era considerada como una bendición de Dios, olvidando la crítica profética contra los que amontonan poder y riquezas.

Al final de la parábola del administrador sagaz, plantea el interrogante de cómo ha podido ser alabado un hombre que ha actuado de forma y manera que la fortuna del "hombre rico" va a quedar reducida, ya que los dos casos que se nos presentan solamente sirven de modelo paradigmático de todos los deudores - "y llamando a cada uno de los deudores de su señor” es decir a “todos”. La parábola, muy probablemente, ha sido transformada desde una historia singular de un administrador de un hombre rico, a una narración en la que indirectamente está presente Dios como "señor", quien ha puesto las riquezas de la creación al servicio de los hombres, y nosotros solamente somos administradores que un día debemos dar cuentas de nuestra actuación. Todo lo que sea acumular riquezas es una injusticia, una falsedad. Esa es la razón por la cual es alabado el administrador tras haber sido informado "el señor" de su proceder. Porque este Señor de la parábola no es un vulgar terrateniente, que acumula riquezas injustamente, sino el dueño del mundo. La acusación o difamación que se había hecho de este ecónomo, se va a volver en contra de los mismos difamadores. Este hombre es el que ha entendido de verdad la forma en que deben tratarse y usarse las riquezas en este mundo: con equidad. Por eso, el hombre rico de esta parábola ha pasado a ser el Señor, el juez de todos los hombres ricos de este mundo, que en vez de ser administradores "que actúan sagazmente", se han quedado en ser ricos, acumulando riquezas, endeudando a los pobres cada vez más y exigiéndoles más de lo que pueden dar.

El administrador, por el contrario, es un ejemplo. Él ha podido enriquecerse sin medida y, sin embargo, a la hora de entregar las cuentas de su administración, se encuentra con las manos vacías. En lo único en que puede confiar es en haber actuado con prudencia, con sagacidad, con sabiduría y equidad con los deudores, es decir es que en vez de hacerse con las riquezas, que son engañosas, se ha preocupado de hacer amigos, es decir, haciendo el bien con ellas, cuando la administraba. Con las riquezas, lo que uno debe pretender es hacerse amigos, haciendo el bien, en vez de acumular poder. Esto es, en verdad lo más práctico, lo más justo y lo más positivo que los cristianos deben hacer con los bienes que Dios nos ha encomendado en este mundo. No se puede hacer amigos, si no es compartiendo con ellos los bienes; es la mejor manera de usar las riquezas. Lo contrario, además de ser un escándalo en la perspectiva del Reino, nos cierra el futuro que está en las manos de Dios.

Podemos entender ahora que “el señor” –que claramente en la parábola no puede ser más que Dios-, haya felicitado al gerente, porque ha sabido actuar de manera que las riquezas no vengan a ser injustas o engañosas. Casi todos consideran las riquezas en este mundo como el futuro más seguro, y debe ser verdad, si no fuera porque un día debemos enfrentarnos con la realidad de que tenemos que desprendernos de todo y dar cuentas al Señor. Un día hay que dejarlo todo; por eso, lo verdaderamente inteligente es hacer lo que hizo el administrador, quien, al contrario de los criterios de los que sirven a dos señores, a Dios y a la seguridad del dinero, ha preferido servir a su señor, usando las riquezas que se le han encomendado para hacerse amigo de los hombres, en vez de contribuir a acumular riquezas engañosas para él o para el señor.

domingo, 15 de septiembre de 2019

DOMINGO XXIV DEL ORDINARIO "MI HIJO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO"

El evangelio del día nos lleva a lo que se ha llamado, con razón, el corazón del evangelio de Lucas. Tres parábolas componen este capítulo. Las dos parábolas “gemelas” (de la oveja y la dracma perdidas, respectivamente), que preceden a la del hijo pródigo (que debería llamarse del padre misericordioso), vienen a introducir el tema de la generosidad y misericordia de Dios con los pecadores y abandonados. En las dos narraciones, la del pastor que busca a su oveja perdida (una frente a noventa y nueva) y la de la mujer que por una moneda perdida (que no vale casi nada), pone patas arriba toda la casa hasta encontrarla, se pone de manifiesto una cosa: la alegría por el encuentro. Estas parábolas, junto a la gran parábola del padre y sus dos hijos, intentan contradecir muchos comportamientos que parecen legales o religiosos, e incluso lógicos, pero que ni siquiera son humanos. El Reino de Dios llega por Jesús a todos, pero muy especialmente a los que no tienen oportunidad de ser algo. Jesús, con su comportamiento, y con este tipo de predicación profética en parábolas, trasmite los criterios de Dios. Los que se escandalizan, pues, no entienden de generosidad y misericordia.

Comienza todo con esa afirmación: “se acercaba a él todos los publicanos y pecadores”. También merece la pena tener en cuenta para qué: “para escucharle”. Escuchar a Jesús, para aquellos que todo lo tienen perdido, debe ser una delicia. También se acercaban, como es lógico, los escribas de los fariseos, pero para “espiar”. Serían éstos, los que escuchaban, pero no podían entender, porque su corazón estaba cerrado al nuevo acontecimiento del Reino que Jesús anunciaba en nombre de su Dios, el Dios de Israel. No debemos olvidar que en las tres parábolas se quiere hablar expresamente del Dios de Jesús. Por tanto, no solamente en la parábola del padre de los dos hijos (entre ellos el pródigo), sino también en la del pastor y en la de la pobre mujer que pierde su dracma.

Así, pues, se acercaban a él, para escucharlo, los publicanos y pecadores, porque Jesús les presentaba a un Dios del que no les hablaban los escribas y doctores de la ley. Un Dios que siente una inmensa alegría cuando recupera a los perdidos es un Dios del que pueden fiarse todos los hombres. Un Dios que se preocupa personalmente de cada uno (como es una oveja o una dracma) es un Dios que merece confianza. El Dios de la religión oficial siempre ha sido un Dios sin corazón, sin entrañas, sin misericordia, sin poder entender las razones por las cuales alguien se ha perdido o se ha desviado. Es curioso que eso lo tengan que hacer ahora las terapias psicológicas y no esté presente en la experiencia religiosa oficial. No se trata de decir que Dios ama más a los malos que a los buenos. Eso sería una infamia de un fundamentalismo religioso irracional. Lo que Dios hace, según Jesús, según el evangelista Lucas, es comprender por qué. La terapia del reino debería ser la clave del cristianismo. Y la mejor manera para abandonar la vida sin sentido no es hablar de un Dios inmisericorde, sino del Dios real de Jesús que espera siempre sentir alegría por la vuelta, por la recomposición de la existencia y de la dignidad personal.

domingo, 8 de septiembre de 2019

DOMINO XXIII DEL ORDINARIO "TOME SU CRUZ Y SÍGAME"

"El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”

El seguimiento de Jesús es claro y radical, por tanto, no se puede tomar a la ligera ni menos pretender acoplarlo a los gustos o caprichos personales por muy atractivos que puedan ser. El seguimiento de Jesús tal como el Evangelio lo señala, se debe vivir con coherencia. Por eso, el cristiano ha de escuchar la llamada de Jesús a tomar la cruz que consiste en una entrega generosa por la humanidad entera. No pretendamos rechazar la cruz con algún método, pensando que el cristianismo o la vida misma será más fácil. Un cristianismo sin cruz no existe.

Por otro lado, el cristiano ha de tener claro en qué consiste la cruz para un creyente, porque puede suceder que, a veces, la ponga donde Cristo no la ha puesto. Más todavía, puede darse que un cristiano, tratando de asumir la cruz de Cristo, viva mortificándose en diversos aspectos de su vida y, así paradójicamente, todo se convierta en tranquilizante que, de hecho, le impide seguir el camino trazado por el Crucificado.

Por eso, es importante recordar que la cruz cristiana sólo se entiende en su contenido más genuino a partir del seguimiento fiel a Jesucristo y del servicio a la causa del Reino. Jesús llama a sus discípulos a seguirle poniéndose incondicionalmente al servicio del reino de Dios. La cruz no es sino el sufrimiento que se producirá en la vida del discípulo como consecuencia de ese seguimiento, el destino doloroso que habrá de compartir con Cristo si sigue realmente sus pasos “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. La cruz brota en la vida del cristiano como consecuencia de ese seguimiento fiel a Cristo y a su proyecto.

Esta humilde y elemental observación es muy importante ya que en la actualidad, a veces, se llama fácilmente cruz a cualquier cosa que hace sufrir, incluso a sufrimientos que aparecen en nuestra vida generados por nuestro propio pecado o nuestra manera equivocada de vivir. En realidad, no hemos de confundir la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o desgracia que encontramos en la vida. La cruz no es el mal o el destino penoso, sino el sufrimiento que resulta para nosotros únicamente del hecho de estar vinculados a Jesús. La cruz es un sufrimiento vinculado no a la existencia natural, sino al hecho de ser y actuar como cristiano; por eso no podemos confundir con las contrariedades y los sufrimientos normales de la vida.
“Negarse a sí mismo”

El seguimiento de Jesús es una respuesta a una vocación, que nos llega desde más allá de nosotros mismos. Por otro lado, es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere esfuerzo para reconocer al Maestro en los más pobres y descartado de la vida y ponerse a su servicio. Sin embargo para responder a esta llamada, el texto evangélico nos invita a renunciar a todo tipo de ataduras e incluso a uno mismo para convertirse en auténticos y verdaderos discípulos.

Negarse a sí mismo es olvidarse de uno mismo y de sus propios intereses para fijar la mirada en Jesús al que se desea seguir. Asimismo, consiste en liberarse de uno mismo para adherirse radicalmente a Él, porque el seguimiento requiere la absoluta libertad del creyente llevando una vida al estilo de Jesús en nuestro tiempo y en nuestro mundo.

En definitiva, la cruz que Jesús aceptó no era cualquier sufrimiento. Si Jesús aceptó la cruz no fue por gusto, sino porque no quiere negarse a sí mismo ni negar al Padre que ama sin fin a la humanidad y busca la felicidad de todos sus hijos. Por tanto, hemos de afirmar que el evangelio de Cristo y su anuncio de felicidad pasa por la cruz. Por eso, ignorar la cruz de Cristo para orientarlo todo a una búsqueda hábil de felicidad, utilizando incluso la religión como un medio más para el disfrute o la satisfacción de los deseos inmediatos, es desvirtuar la cruz y falsear el cristianismo.

Pero poner la cruz de Cristo en el centro de la vida cristiana no significa centrar el cristianismo en el sufrimiento, renunciando a toda búsqueda de felicidad. La cruz, como no es negación de la aspiración del hombre a la felicidad, ni tampoco resignación o aceptación masoquista del dolor como único camino para merecer una felicidad que se situaría exclusivamente en la otra vida.

El mensaje “cruz aquí y felicidad en el más allá” falsea el núcleo de la buena noticia de Jesucristo. Porque el anuncio cristiano no se reduce a ofrecer una salvación para la otra vida, y a exigir aquí, para merecerla, el sacrificio y la represión de las tendencias a la felicidad inmediata. Es en esta vida donde el ser humano anhela ya la felicidad y la echa de menos, y es en esta vida donde Jesucristo «convoca a la bienaventuranza» (Mt 5,3-12) por el camino acertado, e invita ya a acoger el reino de Dios, que es reino de verdad, de justicia, de amor fraterno y de paz dentro de las limitaciones y fragilidad de este mundo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

DOMINGO XXII DEL ORDINARIO "AMIGO, SUBE MAS ARRIBA"


En el evangelio Jesús se dirige a los fariseos. Ellos se sentían religiosamente buenos, socialmente importantes y más perfectos que el resto de la gente. Les invita a ser más humildes. Les cuenta una historia muy sencilla. Les habla de los invitados a un banquete. Entre ellos algunos buscan los primeros puestos. Y les habla de lo que le pasa a uno que se había sentado en el mejor lugar y al que le terminan rebajando al último porque llega otro invitado que es más amigo del amo de la casa. Luego les recomienda que cuando tengan que organizar un banquete no inviten a los poderosos sino a los pobres y a los que no tienen nada. Así es Dios que prefiere a los últimos y a los humildes. 

Como cristianos no estamos llamados a ocupar los primeros puestos en el banquete sino a servir y preparar el gran banquete de la familia de Dios. E invitar a todos, abrir las puertas de par en par para que nadie se sienta excluido. Los creyentes somos los camareros de ese banquete, los que ayudamos a Dios para que todos se sientan acogidos. Lo nuestro no es ocupar los puestos de privilegio sino servir a la mesa. La fe en Jesús nos lleva a vivir en actitud de servicio y acogida, de cariño, a todos los que necesitan experimentar el amor de Dios. Lo nuestro no es imponer sino servir, ayudar, curar, sanar, perdonar, compartir.

Jesús nos propone vivir no en la grandiosidad, no apoyándonos en el poder sino en la humildad. Jesús nunca defendió sus derechos. Vivió una vida sencilla, enseñando a sus discípulos y a los que le querían escuchar. Se hizo cercano a los pobres y a los sencillos. No despreció a nadie. Y habló siempre del amor de un Dios que se hacía pequeño para ponerse a nuestro nivel, para escuchar nuestras penas y compartir nuestras alegrías. Como dice la segunda lectura, la comunidad cristiana no se apoya en el poder ni la fuerza. Somos parte de la ciudad del Dios vivo, de la familia de Dios, de un Dios que acoge a todos sin distinción. Y por eso también nosotros debemos acoger a todos. 

https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/comentario-homilia/?f=2019-09-01