sábado, 15 de agosto de 2020

FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

La solemnidad de la Asunción fue celebrada en la Iglesia católica por muchos siglos sin una definición doctrinal formal. La doctrina de que María fue “asunta al cielo, en cuerpo y alma” es una proclamación oficial de la Iglesia del Papa Pío XII, con la Bula Munificentissimus Deus, en 1950. 

Para muchas personas de nuestro tiempo este dogma de celebrar la asunción al cielo en cuerpo y alma de la Virgen María suena raro y hasta incomprensible. Podemos decir, más allá de la motivación del Papa Pío XII, que es una fiesta que dignifica el cuerpo y el alma, es decir, la persona en su integralidad, pues es un regalo dado por Dios que hay que cuidar. 

Si existe algo que responde a los interrogantes más hondos de la vida es el amor. La Sagrada Escritura afirma que el amor es para siempre, que es semilla que da fruto al encontrar un corazón dispuesto a acogerle. Así fue la vida de María, que acogió, no sin temor, la palabra del Señor y su promesa de vida: “No temas, María, que gozas del favor de Dios. Mira, concebirás y darás a luz a un hijo, a quien llamarás Jesús”. 

La fiesta de hoy del “bienaventurado tránsito” de María es una señal de que aquellas preguntas fundamentales tienen una respuesta en lo que Dios hizo con la Madre de Jesús, haciéndola partícipe de la resurrección de la carne, al concederle la gloria celestial. Que el sí de María, es un sí a la vida hecha donación, entrega a los planes de Dios. 

Si un día María dijo sí a Dios, y acogió en su vida la Palabra, sin reservas, hoy celebramos el sí de Dios a la entrega de María, acogiéndola, en cuerpo y alma, es decir, integralmente, en su gloria. Somos invitados a leer esta fiesta a la luz de la resurrección, que celebra la humanidad acogida en Dios, a través de su Hijo Jesucristo y, con él, la Bienaventurada Virgen María.

FELIZ DÍA

 

domingo, 9 de agosto de 2020

DOMINGO XIX DEL ORDINARIO "¿PORQUÉ HAS DUDADO?

La Historia de Jesús caminando sobre el mar, sigue a la historia de la multiplicación de los panes. Jesús despide a la multitud y se va al monte a orar. Estar en el monte señala que éste es un momento importante para Jesús: Ya antes trató de buscar un momento de soledad, pero la multitud lo interrumpió. Ahora encuentra la oportunidad para orar, está apartado y solo.

Por segunda ocasión, los discípulos enfrentan una situación con la que ellos deben lidiar por si solos inicialmente, pero Jesús una vez más viene en su rescate y los salva a través de un acto soberano de autoridad. 

Jesús viene hacia ellos caminando sobre las aguas, los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un «fantasma». El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real para ellos es aquella fuerte tempestad. Jesús les dice las tres palabras que necesitan escuchar: «¡Ánimo! Soy yo. No temáis». Solo Jesús les puede hablar así. Son palabras de aliento no de reprimenda. 

Pedro comienza diciendo “Señor, si tú eres,”. El discípulo le está diciendo al maestro que hacer, si, en verdad, es el maestro y no un fantasma. Pide un mandato, y actúa cuando el maestro le da ese mandato. Para Pedro, este es un momento tanto de debilidad como de fortaleza. Duda, pero quiere creer. Teme, pero sale de la barca a enfrentar la tormenta. Comienza a caminar, pero se distrae por los fieros vientos. Cuando comienza a hundirse grita “¡Señor, sálvame!”, y con ello expresa su fe incluso a pesar de su miedo. 

Y él extenderá la mano, lo agarra, y le preguntará: «¿Por qué has dudado?» ¿Por qué tu miedo y tu angustia? No mires tanto a la tormenta y a las aguas: mírame a mí, y ven conmigo. 

Los discípulos adoraron a Jesús diciendo “Verdaderamente eres el Hijo de Dios”. El misterio de la persona de Jesús está comenzando a filtrarse. En este evangelio escuchamos proclamar la relación filial de Jesús, en la confesión de Pedro. 

Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de las crisis: apoyándonos no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos. 

No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos, como Pedro. Pero, lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: «Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?». 

FELIZ DOMINGO 



domingo, 2 de agosto de 2020

DOMINGO XVIII DEL ORDINARIO "COMIERON TODOS Y SE SACIARON"


El evangelio de hoy nos proclama un milagro de Jesús: la multiplicación de los panes. Es el mismo Jesús que nos pide que les demos de comer a las personas. Eso es un signo del Reino: la solidaridad. Se trata no solo de compartir nuestro pan, sino también nuestros conocimientos, medicinas, la vida misma. El Reino de Dios es compartir y no acumular. Y Jesús nos muestra lo mucho que desea involucrarnos en su trabajo de redención.

Él, que ha creado el cielo y la tierra de la nada, hubiese podido —de igual forma— haber fácilmente creado un opíparo banquete para saciar a aquella multitud. Pero prefirió hacer el milagro partiendo de lo único que sus discípulos podían entregarle. «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces», le dijeron. «Traédmelos», les respondió Jesús. Y el Señor llevó a cabo la multiplicación de tan exiguo recurso para dar de comer a unas 5000 familias.

El Señor procedió de igual forma en el festín de las bodas de Caná. Él, que creó todos los mares, podía fácilmente haber llenado con el vino más selecto aquellas tinajas de más de 100 litros, partiendo de cero. Pero, de nuevo, prefirió involucrar a sus criaturas en el milagro, haciendo que, primero, llenasen los recipientes de agua.

Y, el mismo principio, podemos apreciarlo en la celebración de la Eucaristía. Jesús empieza no de la nada, ni tampoco de cereales o de uvas, sino del pan y del vino, que ya conllevan en sí el trabajo de manos humanas.

Hoy, el Señor nos pide a nosotros, sus modernos discípulos, que “demos a las multitudes algo de comer”. No importa lo mucho o poco que tengamos: démoslo al Señor y dejemos que Él continúe a partir de ahí.

FELIZ DOMINGO

domingo, 26 de julio de 2020

DOMINGO XVII DEL ORDINARIO "EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE..."


En el Evangelio de hoy encontramos a alguien que tiene que discernir qué hacer cuando encuentra «por casualidad» un tesoro en un campo. Un comerciante que, "buscando" perlas finas, encuentra una especialmente valiosa. Y unos pescadores que, después de echar la red, tienen que «discernir» entre los peces buenos y los malos. Sirven a Jesús estos ejemplos para seguir hablando del Reino:

El Reino de Dios o de los cielos es «aquello que pertenece a Dios» y que se nos propone como proyecto, como sentido, como objetivo para nuestra existencia. Es todo un «contenedor» de valores que nos vienen de Dios... para que vayamos discerniendo y construyendo el andamio de nuestra vida personal y de nuestra sociedad aquí en la tierra.  

El Reino de Dios significa cómo son las cosas cuando Dios anda por medio, cómo son las personas cuando se dejan hacer y guiar por Dios. Es decir: cómo es el mundo cuando nada se opone a la voluntad de Dios. Por eso podemos identificar perfectamente el Reino con la persona de Jesús: alguien que es pura voluntad y obediencia al Padre.  

O sea que hablar del Reino es lo mismo que hablar de la «felicidad profunda» a la que aspira cualquier ser humano, y que Dios mismo ha tomado como su primera ocupación y su principal empeño y objetivo. Y nos importa mucho conocer cómo es ese Reino de Dios, cómo es ese proyecto de Dios, cómo puedo encontrarme con el Dios que me busca y se preocupa por mi plenitud/felicidad aquí, y también después. ¡Esto sí que es un tesoro, o una perla preciosa!

Para conseguir el tesoro o la perla especial... hay que deshacerse, renunciar, prescindir: sólo puedo «comprar» si me deshago de lo que tengo (y que vale menos). Y que lo que encuentro tan valioso... y me hace renunciar a todo... no lo vivo como una renuncia, pues, me llena de alegría, precisamente porque es lo más valioso.

Importa que caigamos en la cuenta de la relevancia de las elecciones (u omisiones) que vamos haciendo en nuestro seguimiento del Señor, en la búsqueda de su voluntad. Lo que voy eligiendo me va «haciendo» o me va «alejando» de lo que estoy llamado a ser. Y es que hay tanto reino escondido por esos campos de Dios... incluido el campo que yo soy...

“El reino de los cielos se parece a aquel enfermo que, en medio de la crisis del Covid-19, llenó de esperanza a todos los que tenía a su alrededor”.
“El reino de los cielos se parece a aquella madre que saca adelante a sus hijos ella sola”.
“El reino de los cielos se parece a aquella misionera que, a pesar de sus años, atiende como enfermera a las personas de un poblado de África”.
“El reino de los cielos se parece a aquella empresaria generosa que actúa más con el corazón que con los criterios de la empresa”.
“El reino de los cielos se parece a tantos capellanes que, a pesar del riesgo de contagio, no dejaron a un lado a los enfermos de Covid-19”.
………

Enrique Martínez de la Lama-Noriega

FELIZ DOMINGO

domingo, 19 de julio de 2020

DOMINGO XVI DEL ORDINARIO "¿DE DONDE SALE LA CIZAÑA?"

Jesús había comenzado su tarea hablando del Reino y de la felicidad que él supone y que ya está presente (bienaventuranzas y sermón del Monte). En la cabeza de la gente y de los mismos discípulos, había muchos sueños, ideas y deseos sobre la acción de Dios en el mundo, alimentadas a veces por los mismos profetas. Pero... después de un cierto tiempo... el resultado es desalentador. 
Jesús quiere centrarles, aclararles las cosas, invitarles a la responsabilidad, a la esperanza y a la paciencia. Para ello se sirve de algunas parábolas:
En el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros conviven el bien y el mal. Todos tenemos sembrada semillas buenas, pero un enemigo ha sembrado también cizaña. Y se nota que ambas crecen juntas. ¿Hacemos una buena limpieza y quitamos estorbos para que el resultado sea mejor? Pues no. No tenemos datos ni criterios suficientes para actuar de jueces: tarea que sólo corresponde a Dios. Y de hacerlo, tendríamos el riesgo de arrancar también lo bueno. El sembrador prefiere seguir haciendo caer su lluvia sobre malos buenos... hasta el momento de la siega... confiando incluso que las malas yerbas se «conviertan» y produzcan frutos.
En segundo lugar Jesús compara el Reino no con los grandes cedros del Líbano, con un ciprés o algún otro árbol majestuoso. Se sirve del humilde árbol de mostaza, que puede llegar a medir hasta tres metros en el mejor de los casos, pero es pequeño. Sin embargo tiene capacidad de acoger a todos los pájaros que busquen refugio. Es la grandeza de lo pequeño. Desmonta así los deseos de grandeza, de grandiosidad, de triunfo espectacular, de ser muchos, de arrasar con su poder. No son esos los caminos de Dios. Sino crecer, desarrollarse y acoger a los hermanos que quieran refugiarse en sus ramas. Han sido ésas grandes tentaciones de la Iglesia de todos los tiempos. También de hoy. Pero no por ser grandes, no por tener muchos recursos o buenos contactos y pactos, no por ser muchos... se cumplen mejor los proyectos de Dios. Puede que todo lo contrario. Cuidar la comunidad, las relaciones, la acogida, en cambio, sí que le importa al Señor. Es lo que conviene ser. 
Por último, la parábola de la «desproporción». Tres medidas de harina vendrían a ser 22 litros... menudo pedazo de pan resulta con un poco de levadura. La masa es mucha, como el mundo, y seguirá siendo masa... pero la presencia discreta y mínima, pero muy potente, de la levadura, hace posible el pan para comer, lo cambia todo. Así también el Reino, la comunidad cristiana, la Palabra de Jesús... «poca cosa», ni se ve, pero su tarea es que todo sea distinto. Así ha sido, por ejemplo, la presencia callada de la Iglesia y de muchas personas buenas aliviando esta situación terrible del coronavirus. Acompañando, ofreciendo comida, orando, dando refugio en sus locales, y también esperanza. Sin hacer ruido, sin que se note, sin que una inmensa mayoría se entere. Ha sido levadura. Es lo que tenía que ser, convenía actuar así. Lo sabemos porque Jesús nos lo había dejado claro. 

FELIZ DOMINGO 

domingo, 12 de julio de 2020

DOMINGO XV DEL ORDINARIO "EL QUE TENGA OÍDOS QUE OIGA"


Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.

El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma.

La experiencia nos dice que bastantes hermanos llegan a las celebraciones en medio de la Liturgia de la Palabra, y mientras se centran y prestan atención... se les ha escapado esa Palabra. O la han escuchado, pero no se les ha quedado casi nada. O no la entienden en su mayor parte (no es un libro fácil, la verdad). La Liturgia de la Palabra parece como una especie de «introducción» a la parte «importante» de la Misa. Pocos son los que se toman el trabajo de repasarla antes o después en casa, o tenerla en cuenta a lo largo de la semana. A menudo quienes salen a leerla no se la han preparado adecuadamente para leerlas con un mínimo de corrección: cualquier espontáneo, vale. Y, también hay que decirlo, las homilías no siempre se preparan estudiando y orando el texto y no ayudan lo que debieran a comprender y aterrizar esa Palabra.

Es verdad que se ha reducido enormemente nuestra capacidad de escucha: tanta verborrea, tanto estímulos visuales y auditivos, tantos mensajes, tanta indigerible información... nos embotan. Y nuestras agendas superocupadas apenas tienen sitio para una reflexión serena sobre la propia vida, los acontecimientos...

Pero fijémonos en las disposiciones del terreno que recibe la semilla, tal como las describe Jesús, para entender por qué la poderosa Palabra de Dios... puede quedar estéril: 

•  Existe el corazón duro. El terreno, a base de pisarlo y pisotearlo, se va endureciendo, y no hay manera de que pueda recibir la semilla y el agua que la haría germinar. Y esto ocurre cuando el ambiente social, otros valores, otros intereses, otras voces... van machacando y anulando una tierra que habría podido producir algo. Pero queda «uniformada», la semilla rebota, no nos dice nada, no la entendemos, no va con nosotros, acaba al borde del camino, fuera de nuestra vida. Y la semilla «nos la roban» sin que nos demos por enterados. Es la pasividad y la indiferencia ante la semilla. No me interesa.

• Está también el corazón inconstante, De primeras se ilusiona, tiene sinceras ganas de cambiar, de mejorar, de tomarse las cosas en serio... Pero si no dispone de «medios», herramientas concretas que mantengan esa ilusión... al poco tiempo estamos como antes. Después de estos confinamientos que nos han venido encima, hay quienes se han replanteado muchas cosas de su vida, quieren vivir de otra manera. Pero si no concretan y escalonan unos objetivos, si no miden sus fuerzas, si no buscan algún tipo de acompañamiento espiritual y algunos apoyos necesarios... esa sincera ilusión acaba en desánimo, y vuelven tristes a lo de siempre.

•  También hay corazones llenos de abrojos, de hierbajos, de malas hierbas, terrenos superficiales que se dejan enredar más de la cuenta por asuntos cotidianos, por valores y estilos de vida incompatibles con el Evangelio de Jesús, que ahogan el trigo bueno. Jesús subraya expresamente la seducción de las riquezas. Pero también ciertas ideologías políticas, filosóficas, e incluso teológicas... filtran tanto la semilla, la condicionan tanto... que es imposible que eche raíces y produzca nada. Y esos estilos de vida acelerados, superocupados, atolondrados....

•  Por último, el corazón bueno capaz de producir ciento, sesenta o treinta por uno. Es el terreno que hace un sano ejercicio de «ecología auditiva» para no dejarse atontar con tantos ruidos. Que presta atención a la Palabra que Dios le dirige personal y comunitariamente, que está en disposición de ir cambiando lo necesario, que busca espacios de silencio, que hace con frecuencia su examen de conciencia descubriendo retos, procurando hacer crecer sus talentos, que «abona» su vida de fe y se arrima a otros que también intentan crecer, construyendo el Reino con ellos. Puede que no sean muchos, pero no tienen que desanimarse por ello: el Reino no es cuestión de números, de multitudes, de grandes medios... sino de que cada cual produzca lo que pueda: cien... o treinta. Lo que pueda. El sembrador, por su parte, no deja cada día de depositar en nosotros nuevas semillas... y tarde o temprano brotan.

«No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).

FELIZ DOMINGO

domingo, 5 de julio de 2020

DOMINGO XIV DEL ORDINARIO "MI YUGO ES LLEVADERO Y MI CARGA LIGERA"



El Evangelio de hoy nos sorprende hablando de los sentimientos de Jesús, que se conmueve ante gente descarriada, o ante los enfermos, paralíticos, paganos, o de mal vivir. Alaba y da gracias a Dios porque el mensaje es comprendido por sus destinatarios, los que están preparados para dejarse sorprender por Dios y sus criterios de liberación universal.

Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los "sabios y entendidos", que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la "gente sencilla", sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

El Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley.

Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

José Luis Sicre Díaz

FELIZ DOMINGO

domingo, 28 de junio de 2020

DOMINGO XIII DEL ORDINARIO "EL QUE OS RECIBE A VOSOTROS, ME RECIBE A MI"


La primera lectura de este domingo nos cuenta la historia de una mujer que hizo sitio en su casa para acoger a un caminante. No se dice que la mujer supiese que era un profeta. Eliseo simplemente pasaba por allá. La mujer le ofrece lo que tiene: un cuarto para descansar y comida para reponer las fuerzas. La ley de la hospitalidad es una antigua ley en muchas culturas y también en nuestra cultura. Es un valor que no hay que perder sino cultivar y reforzar. 

Las palabras de Jesús en el Evangelio nos dan la razón profunda por la que la hospitalidad se convierte para el cristiano en algo más que una norma o una tradición. Jesús nos dice que recibir al que se acerca a nosotros, abrirle nuestra casa y nuestra amistad es como recibirle a él. Esa es la clave. Jesús mismo es el que pasa por delante de nuestra puerta y de nuestra vida. Jesús es el que nos llama y nos pide albergue. 

En nuestro mundo, sin embargo, la hospitalidad se va perdiendo. A los otros, a los desconocidos, que son la inmensa mayoría, los vemos, casi por principio, como una amenaza para nuestra tranquilidad, para nuestra paz. Los periódicos están llenos de noticias de asesinatos, robos y otras fechorías. La televisión nos trae también casi a diario imágenes preocupantes. Todo contribuye a crear un ambiente en el que nos parece lo más natural desconfiar del desconocido que se nos acerca. Valoramos mucho, quizá demasiado, nuestra seguridad, nuestra paz, nuestras cosas. No nos damos cuenta de que en el fondo así no hacemos más que poner de manifiesto nuestra propia inseguridad.

Jesús nos invita a no vivir tan centrados en nosotros mismos. Eso es lo que quiere decir cuando habla de que debemos “perder nuestra vida”. Jesús nos pide que dejemos de mirarnos a la punta de nuestra nariz, a nuestros problemas y abramos la mano al vecino, aunque piense diferente, sea de otra raza, lengua o religión. Nos encontraremos con una persona, con parecidos problemas a los nuestros, y descubriremos que juntos podemos ser más felices que separados por barreras y armas. Pero hay algo más. Desde nuestra fe, sabemos que ése que tenemos enfrente, por amenazador que parezca, es nuestro hermano. Es Cristo mismo.

FELIZ DOMINGO



domingo, 21 de junio de 2020

DOMINGO XII DEL ORDINARIO "NADA HAY CUBIERTO QUE NO LLEGUE A DESCUBRIRSE"


Las personas y los pueblos a veces se sienten dominados por el miedo, por el temor. Sentimos miedo ante lo desconocido. En el Evangelio de hoy Jesús nos invita a cambiar de actitud. Invitó a los apóstoles, que eran los que escucharon sus palabras en aquel momento, a que fuesen por los pueblos y ciudades de Palestina a anunciar el Reino de Dios sin miedo, aunque Jesús les dijo muy claramente que podían morir incluso. Pero que no hay que tener miedo a los que pueden matar el cuerpo pero no el alma. Porque el Padre del cielo estaba de su parte.

Nos puede parecer que es un mensaje duro y difícil de vivir en la práctica. Todos tenemos miedo a algo, pero quizá más que todo tenemos miedo a la muerte. Pero Jesús nos invita a situarnos en una perspectiva diferente. ¿Qué es la muerte sino el paso necesario para encontrarse con Dios, nuestro Padre? Él nos está esperando con los brazos abiertos. Además siendo él nuestro Padre, no dejará que nos suceda nada malo. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. 

      Al final, todos nos tendremos que enfrentar al momento de la muerte por mucho que no nos guste hablar de ello. Lo que Jesús nos invita es a vivir ese momento con la confianza puesta en Dios. Ese momento y toda nuestra vida. Porque así viviremos de un modo diverso. Con una actitud diferente. Sentiremos la alegría de vivir y disfrutar de este inmenso regalo que Dios nos ha hecho. Cada uno de sus minutos y segundos. Y comunicaremos a los que viven cerca de nosotros esa alegría y esa confianza. Tendremos fuerza para luchar con las dificultades que nos vayamos encontrando, porque Dios, estamos convencidos, está con nosotros. 

      Eso fue lo que Jesús dijo a los discípulos. No debían tener miedo porque Dios Padre estaba con ellos. Y porque difícilmente se puede anunciar un mensaje tan alegre como el del Reino si el que lo anuncia vive atemorizado. Hoy somos nosotros los portadores de ese mensaje. Y nadie nos creerá si no nos ve vivir con alegría y confianza. Porque sabemos que nuestra alegría y nuestra confianza se apoyan en Dios mismo. Esa es la verdadera alegría. La eucaristía de cada domingo nos recuerda que Dios está con nosotros, que no nos abandona y que se hace alimento para nuestra vida. Para que encontremos la verdadera alegría y perdamos el temor.

FELIZ DOMINGO


domingo, 14 de junio de 2020

DOMINGO DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

La experiencia del pueblo de Israel en el desierto es el punto de partida de las lecturas de este día tan importante. Allí el pueblo aprendió que su vida estaba en las manos generosas de Dios, que no dependía de sus propias fuerzas. El pueblo pasó hambre, se sintió desfallecer, se vio perseguido y acosado. Pero allí también experimentó el poder de Dios que con brazo fuerte y mano poderosa los libró de los enemigos, los alimentó y los llevó a la tierra prometida. Nada sucedió porque el pueblo fuese poderoso. Fue la pura gracia de Dios que les sacó de la esclavitud y les alimentó con el maná. 

La comunidad cristiana se sabe hoy también en camino. Peregrinamos en busca de la morada definitiva. Cada uno, cada familia, sabe de las penurias y dificultades, de los momentos de gozo pero también de los muchos momentos de dolor y desesperanza. Sabemos por experiencia que nuestras fuerzas son pequeñas, que estamos muy limitados. Pero en medio de nuestro caminar siempre podemos hacer un alto. Una parada en el camino. Para celebrar con los hermanos y hermanas la Eucaristía. Es un tiempo de encuentro solidario. Los rostros de los otros al entrar en la iglesia se nos hacen amables. Brota el saludo. Allí vamos a experimentar la comunidad y, lo más importante, al que es el vínculo de unión de la comunidad, el que anima nuestra esperanza y da fuerza a nuestro caminar: Jesús. Juntos cantamos y alabamos, juntos escuchamos y meditamos su palabra, juntos damos gracias y compartimos su cuerpo y su sangre. Juntos celebramos la Eucaristía sabiéndonos miembros de una inmensa comunidad que está extendida por todo el mundo. 

En la Eucaristía, en la misa, aprendemos que nuestro caminar tiene sentido, que a pesar del cansancio vale la pena seguir esforzándose. En la Eucaristía descubrimos que no estamos solos, que los hermanos y hermanas que nos rodean están comprometidos en el mismo camino, que Dios está con nosotros, porque se ha hecho alimento, el pan y el vino que dan la verdadera vida. “El que come de ese pan vivirá para siempre” dice Jesús en el Evangelio. Ahora ya sabemos que no sólo de pan vivimos. Sabemos que nuestro pan, nuestros esfuerzos, vale poco. Y reconocemos que en el pan de la Eucaristía, el cuerpo mismo del Señor, hallamos la vida verdadera, la que no se acaba, la que nos orienta en nuestro caminar. 

Al salir cada domingo de la Eucaristía hemos recuperado las fuerzas. Los problemas afuera, en el trabajo, en la familia, en la ciudad, son los mismos. No han cambiado. Pero nosotros hemos recibido la visita de Dios en nuestros corazones. Y sentimos su gracia y su fuerza. Y seguimos caminando. 

FELIZ DÍA DEL CORPUS CHISTI


domingo, 7 de junio de 2020

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Este domingo de la Trinidad se puede decir que marca el final de las celebraciones más importantes del año litúrgico. Adviento y Navidad traen consigo la primera pascua: el Nacimiento de Jesús. Cuaresma y Semana Santa nos llevan a la segunda pascua: la Resurrección de Jesús. Y los cincuenta días de Pascua nos guían hacia Pentecostés, la tercera pascua, la venida del Espíritu Santo. Se ha culminado así el proceso de la revelación de Dios, que se nos ha manifestado en Jesús. A través de sus palabras, de sus acciones y de su estilo de vida, nos ha revelado al Padre. Y cuando él desaparece de este mundo, nos envía su Espíritu Santo para que siga alentando en nuestros corazones el mismo fuego que nos dejó su presencia. 

Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es cuestión de entrar en discusiones teológicas. Pero sí de dejar que llegue a nuestro corazón un mensaje claro: Dios es amor. Y no es otra cosa. Padre, Hijo y Espíritu Santo son relación de amor entre ellos. Y en ese amor viven en la más perfecta unidad que imaginarse pueda. Tanto que son un solo Dios. 

Y lo que es más: ese amor se vuelve hacia nosotros. En Jesús se nos revela el amor del Padre y el Espíritu nos ayuda a reconocerlo con nuestra mente y con nuestro corazón. Hay que volver a leer el texto del evangelio de Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Es decir, se entregó a sí mismo. Se dio totalmente por nosotros. Sin medida. Sin condiciones. ¿Cómo es posible que haya gente que todavía piense que Dios anda persiguiéndonos para castigarnos, para ponernos dificultades y piedras en el camino, para condenarnos incluso? Hay que repetir muchas veces ese texto: “Tanto amó Dios al mundo...” Y dejar que nos llegue adentro ese cariño inmenso de Dios y darnos cuenta de la incongruencia que supone pensar que Dios pueda estar planificando nuestra condenación o que pueda tener pensada la destrucción de este mundo y de sus hijos. Dios, lo dice también el evangelio de hoy, quiere que “el mundo se salve”. 

Pero, ¿nos dejaremos salvar? Porque también es verdad lo que dice la primera lectura del libro del Éxodo: que somos un pueblo de cerviz dura, que a veces no somos capaces de aceptar la mano que Dios nos tiende para salvarnos. Hoy es tiempo de volver nuestros ojos a lo alto y reconocer que Dios está ahí, siempre deseoso de echarnos una mano, de ayudarnos, de estar a nuestro lado, de acogernos, de enseñarnos a perdonar (generalmente nos cuesta mucho perdonarnos a nosotros mismos y por eso nos cuesta también aceptar el perdón de Dios). Levantemos los ojos y nos daremos cuenta de que el Dios del amor y de la paz está con nosotros. Para siempre. ¿No es tiempo de darle las gracias?

FELIZ DOMINGO