jueves, 18 de octubre de 2018

JUEVES DE IGLESIA DE GUARDIA

Como cada jueves, hemos tenido en la capilla de Liñares, la Iglesia de Guardia. Nada especial, como un jueves cualquiera, pero poco a poco va formándose un grupito de personas que tenemos la inquietud de pasar un rato con el Señor, un rato de oración, de mirar en el interior. 

Hoy empezábamos con los acordes de la guitarra de Rubén de Lis, que cantaba "Nadie te ama como yo": 
"Cuánto he esperado este momento
Cuánto he esperado que estuvieras así
Cuánto he esperado que me hablaras
Cuánto he esperado que vinieras a mí
...."

Recordaba lo que dijo hoy D. Benito en la homilía: ¿Qué podemos hacer para que les guste esto a la gente?. Parecía un poco decepcionado. Como también San Pablo, en la lectura de hoy, se quejaba de que todos lo habían abandonado, menos Lucas y mostraba decepción, agradecimiento, reproche y fe en el Señor que nunca falla. 

Podríamos preguntarnos también hoy, que es lo que nos preocupa, que nos ilusiona, si nuestro deseo es vivir el Evangelio y compartir la buena noticia , o si abandonamos como abandonaron a Pablo. 

¿Como lo habría afrontado Pablo hoy?¿Cómo lo se lo diría hoy a Timoteo?

"Palabras de Pablo:
Querido Timoteo, a ver si vienes pronto. Dimas ha pasado de mí y se ha marchado a Tesalónica. Dice que esto del evangelio no es para él, que quiere vivir la vida. Y lo mismo ha hecho Crescente, aunque este se ha ido a Galacia, porque le han ofrecido trabajo allí. Solo se ha quedado conmigo Lucas, que es el más fiel. Y ya que vienes, tráete a Marcos, que es buenísimo anunciando la buena noticia. Tíquico tampoco está, le he mandado a Éfeso, que hay mucho que hacer por allí. Ah, y aprovechando el viaje, a ver si me puedes traer un abrigo que me dejé en casa de Carpo, que aquí hace un frío tremendo. Y tráeme también el disco duro, que tengo en él todas las cartas. Alejandro, el de las fotocopias, me ha tratado fatal. Ten cuidado con él, que creo que no le gusta nada lo que decimos. La verdad es que al principio, cuando me atacaron, nadie dio la cara. Yo creo que a todo el mundo le asusta un poco esto de anunciar el evangelio. Supongo que es por si les señalan, o les toman por ingenuos, o por si molesta decir la verdad, que mucha gente anda muy cómoda y prefiere no oírnos. Bueno, lo que te cuento, que me dejaron solo. Pero en fin, intento no enfadarme. Después de todo, Dios siempre me asiste y me da fuerzas para seguir adelante, y hablar más alto, para que lo oiga todo el mundo. No me voy a callar."

Rezandovoy (adaptación libre de 2Tim 4, 9-17)

No todo está perdido, aquí seguiremos animando a todo aquel que quiera acompañar al Señor un rato, y pidiéndole que nos de fuerzas para seguir. 

Nuestro lema: "Vente cuando puedas, vete cuando quieras"

miércoles, 17 de octubre de 2018

UN SIGNO

¿Qué más signo, Señor,
nos hace falta?
Los pobres, en su hambre,
señalan el amor como camino.
Los niños, en sus juegos,
eligen lo sencillo como escuela.
Los profetas, gritando,
reclaman tu verdad y tu justicia.
Las víctimas de guerras
aspiran a la paz como horizonte.
Los presos de un espejo
envuelven en sonrisas la tristeza.
Los ídolos de barro
sepultan bajo fango la belleza.
Los que se hacen preguntas
intuyen tu palabra en el silencio.
Los muertos, en su sueño,
piden la eternidad como respuesta.
¿Qué más signo, Señor,
necesitamos,
para volver
el tiempo sementera,
para apostar la vida al evangelio,
para buscar la tierra prometida,
para elegir tu senda?

José María R. Olaizola

domingo, 14 de octubre de 2018

D. DANIEL "DE OIA A OIA"



Hoy ha tomado posesión de sus parroquias el Reverendo D. Daniel Goberna Sanromán, nada menos que cuatro parroquias: Viladesuso, Mougás, Pedornes y Santa Maria de Oia con su anejo de San Xian. Es su primer destino parroquial desde que hace cinco años fue ordenado sacerdote en la Catedral de Tui por Monseñor Quinteiro. Antes estuvo perfeccionando estudios de canto y música en la Ciudad del  Vaticano en Roma, terminando sus estudios este año y pasando adscrito a la Diócesis.

En una ceremonia presidida por el Sr. Obispo, acompañado por varios sacerdotes y diáconos, se celebró la toma de posesión en la Iglesia del Monasterio de Santa María de Oia, con varios momentos emotivos, como fue la aceptación del cargo o su paso por la pila bautismal y confesonario. Eran muchos de sus parroquianos los que se acercaron a conocer a su nuevo pastor. La Iglesia se quedó pequeña y eso que casi es una catedral por su tamaño.

El Sr Obispo en la homilía le recordó como en el evangelio de hoy Jesús les dice a sus discípulos: "Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.", y  que hoy, era ese día para él, por lo tanto le invitaba a crear una  gran familia de cuatro parroquias, con sus dificultades, pero que la recompensa sería grande.

Cuando, D. Daniel tomó la palabra, nos comentó, que además de aceptar el cargo con entusiasmo, quería ser como ese barro que une las piedras que configuran todas las edificaciones de sus parroquias, algo tan pobre pero capaz de unir con fuerza todos los componentes para darle solidez, o como ese "Buen Pastor" que sepa guiar a su rebaño, encomendándose a la Virgen del Mar que le ayudara a éste fin, a la que se cantó la Salve Marinera como colofón del acto.

Desde la Parroquia de San Miguel de Oia, donde fue bautizado, le deseamos la mayor de las suertes en este ministerio, fundiéndonos en un abrazo con él y su familia y pidiéndole a San Miguel y la Virgen de los Liñares su intercesión para que le guíen en su acción pastoral.

Siempre estará en nuestras oraciones.


DOMINGO XXVIII ORDINARIO "VENDE TODO LO QUE TIENES Y SÍGUEME"


El Evangelio cuenta una historia que habla también de la sabiduría. Un hombre se acerca a Jesús. Está preocupado por alcanzar la vida eterna. Y pregunta a Jesús qué debe hacer. Había cumplido los mandamientos desde pequeño, y estaba lleno de ideales más altos y de aspiraciones más grandes. Porque era bueno y bien intencionado, quería superar la simple observancia de la ley, para no quedarse en una religión de obligaciones cumplidas.

De repente, Jesús le propone, con mucho amor, algo nuevo, impensado, le abre nuevos horizontes. Es llamado a un radicalismo para seguirle, ha de dejarlo todo, quedarse sin nada y centrarse en lo único que vale la pena: seguir a Jesús. Para emprender la aventura del Espíritu hay que ser capaz de dejar todo: riquezas, relaciones útiles, buen puesto en la sociedad. Vender los bienes materiales es adquirir la libertad interior, superar ataduras terrenas, abandonar privilegios confortables, para alcanzar la disponibilidad del corazón que hace al hombre pobre de espíritu y rico en Dios. 

Es un gran desafío. Porque para alcanzar la verdadera sabiduría hay que saber relativizar todo lo que se tiene, todo lo demás. No se encuentra la vida en las cosas que se poseen ni en cumplir todos los mandamientos. La verdadera sabiduría está en reconocer que todo es don, un regalo que Dios nos hace. Y sólo cuando nos volvemos a él con las manos vacías, somos capaces de acoger ese don enorme que es la felicidad o la vida eterna. 

A los ricos se les hace difícil entrar por ese camino. Están muy preocupados con las cosas que tienen. Pasan el día pensando en cómo tener más y en cómo defenderlas mejor. Los otros se les antojan amenazas. Los ven como ladrones que les quieren quitar lo que es suyo. Sólo si son capaces de liberarse de las cosas que tienen, descubrirán en el rostro del otro a un hermano o hermana y se darán cuenta de que la felicidad está en el encuentro fraterno con los demás. Todos como hermanos y hermanas entre nosotros y como hijos e hijas de Dios. 

El joven rico del evangelio (y nosotros también) es invitado a vivir un “éxodo” pasando del “tener” al “ser”, del “poseer” seguridades materiales al “ser” discípulo de Jesús. Es necesario descubrir a Dios como el gran tesoro, el sumo bien, la plena felicidad, para no hacer de las riquezas terrenas un “dios”, al que se rinde culto a cualquier precio. Lo que pide Cristo es valentía para saber dejar cosas y recibir el evangelio, hacerse pobre en el presente para ser rico en el futuro.



jueves, 11 de octubre de 2018

COLOQUIO DE UN DIOS QUE PIDE



Señor, no te canses de pedirme,
aunque tantas veces te haya dicho no.
No te canses de buscarme,
aunque tantas veces yo haya buscado otras cosas.
No te canses de llamarme,
aunque tantas veces me haya hecho el sordo.
No te canses, Señor,
porque cualquier día te daré todo lo que me pides,
cualquier día te encontraré para no dejarte jamás,
cualquier día mi corazón te dirá sí sin condiciones.
Pero quiero decirte que
solo será posible si cada día derramas sobre mí tu Espíritu.
Pídeme, búscame, llámame, Señor. No te canses de mí.

(Fermín Negre)

domingo, 7 de octubre de 2018

DOMINGO XXVII ORDINARIO "SERÁN LOS DOS UNA SOLA CARNE"


Dios no ha creado al hombre para vivir en soledad, sino en relación, en compañía; pues “no es bueno que el hombre esté solo”.  La compañía de los animales es buena, pero insuficiente (Gen 2,18). De ahí que la primera pala­bra del hombre en la Biblia sea de reconocimiento del otro y de comunión de amor. «¡Esta sí que es carne de mi carne!». El sentido de la vida está ligado a la experiencia del encuentro amoroso.

Pero la experiencia humana nos hace ver que tanto el hombre como la mujer pueden hacer fracasar el vínculo querido por Dios.

Ahí se sitúa la pregunta que los fariseos plantean a Jesús para ponerlo a prueba: "¿Le es lícito al varón divorciarse de su mujer?".

No se trata del divorcio tal como lo conocemos hoy, sino de la situación en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado por el varón.

La ley "machista", dada por Moisés que permitía a los hombres dar acta de repudio a sus mujeres se impuso en el pueblo por la "dureza de corazón" de los varones. Pero según Jesús de Nazaret, no se trata de plantear ¿qué es lícito?, sino de ¿cuál es el proyecto de Dios?

En el Evangelio, Jesús afirma la igualdad del hombre y la mujer. Y es clara la dimensión de fidelidad inquebrantable que comporta el matrimonio (“lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”).
Una advertencia para no destruir el proyecto de Dios: “que no se nos endurezca el corazón” por creernos superiores al otro, por envidias, egoísmos, ansias de dominar…

Un camino posible: Acoger a la persona como don de Dios. Ser como niños en  sencillez y agradecimiento acogiendo el Reino para que la relación mutua en este mundo sea ámbito de felicidad, vínculo gozoso, fiel e indisoluble entre dos seres humanos, donación amorosa e incondicional en la que es posible amarse más allá de las diferencias, de los conflictos de pareja, en la entrega sincera y el sincero te quiero. Amor en el que no falten las palabras: permiso, gracias, por favor, perdón, te quiero (como recordó el Papa Francisco 29.07.2016).

Ver la diferencia sexual como un bien  necesario para la complementariedad; un regalo, una bendición de Dios para "creced y multiplicaos” que en la relación amorosa entre el hombre y la mujer, es santificada por el matrimonio y elevada al esplendor de una comunión plena y eterna.




jueves, 27 de septiembre de 2018

SAN MIGUEL ARCÁNGEL


San Miguel es uno de los siete arcángeles y está entre los tres cuyos nombres aparecen en la Biblia. Los otros dos son Gabriel y Rafael.  Es el jefe de los ejércitos de Dios en las religiones judía, islámica y cristiana (Iglesias católica, ortodoxa, copta y anglicana).

Para los cristianos es el protector de la Iglesia y considerado abogado del pueblo elegido de Dios. La Iglesia Católica lo considera como patrono y protector de la Iglesia Universal.

La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los arcángeles y le llama "Príncipe de los espíritus celestiales", "jefe o cabeza de la milicia celestial". Ya desde el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios contra el demonio y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.
Muy apropiadamente, es representado en el arte como el ángel guerrero, el conquistador de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, o presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.

La cristiandad desde la Iglesia primitiva venera a San Miguel como el ángel que derrotó a Satanás y sus seguidores y los echó del cielo con su espada de fuego. La autoridad y virtudes de San Miguel, están reconocidas desde hace muchos siglos por las autoridades gubernamentales y eclesiásticas. Constantino (emperador Romano), atribuyó en su época la derrota de sus adversarios a San Miguel.

Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.

El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad.  Significa "Quién como Dios". Satanás tiembla al escuchar su nombre, ya que le recuerda el grito de noble protesta que este arcángel manifestó cuando se rebelaron los ángeles. San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia. Su fortaleza inspiró valentía en los demás ángeles quienes se unieron a su grito de nobleza: "¡¿Quién como Dios?!" Desde ese momento se le conoce como el capitán de la milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás ángeles obedecen.

Se cuenta que el 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII, experimento una visión horrible. Después de celebrar la Eucaristía, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedo sumido en una realidad que solo él veía. Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporó, levanto su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Que le sucede su Santidad? ¿Se siente mal? El respondió: "¡Oh, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII?  "Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo." También León XIII pudo comprender que si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamo al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entrego una hoja de papel y le ordeno que la enviara a todos los obispos del mundo indicando que bajo mandato tenía que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí él había escrito (y así se hizo, hasta el Concilio Vaticano II, cuando fue suprimida).

Esta oración es:
«San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y las acechanzas del diablo.
Que Dios manifieste sobre él su poder, esa es nuestra humilde súplica;
y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, con la fuerza que Dios te ha conferido,
arroja al infierno a Satanás y a demás espíritus malignos
que vagan por el mundo para la perdición de las almas.
Amén.»

Después del Concilio Vaticano II, el mandato de recitar esta oración al finalizar la misa fue revocado pero se puede continuar con esta práctica a manera de devoción.



domingo, 23 de septiembre de 2018

DOMINGO XXV ORDINARIO "EL QUE QUIERA SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO"

A lo largo del camino, Jesús va enseñando a los discípulos. Como cualquier estudiante en cualquier colegio del mundo, los discípulos no lo entienden todo a la primera. A veces, ni a la segunda. Pero Jesús, el buen maestro, no pierde la calma. Y repite la explicación. Eso es lo que se ve en el Evangelio de hoy. En camino a casa, Jesús hace por segunda vez una «predicción de su pasión». La primera fue entregada a los conmocionados discípulos en Cesarea de Filipo. Ahora Jesús les recuerda que el Hijo del Hombre (el título que Jesús usa para referirse a sí mismo para revelar que es el Mesías) pronto será entregado a los hombres que lo van a matar. Continúa para asegurarles que después de tres días en la tumba volverá a la vida.

Los discípulos lo escuchan hablar, pero no comprenden esta difícil declaración, mayormente la parte sobre volver a la vida después de estar muerto por tres días. Tienen confianza de que ellos siempre estarán con él y así podrán protegerlo si fuera necesario. Creo que el silencio de ellos aquí habla mucho sobre sus planes personales de proteger a Jesús de aquí en adelante.

Jesús hace una pregunta directa. «¿Qué venían discutiendo ustedes por el camino?». No hay ninguna respuesta. Jesús sabe que algunos en el grupo habían estado argumentando sobre quién entre ellos era el más importante a la vista de Jesús. ¿Quién era el más favorecido por el Señor?

Es fácil imaginar que cada uno se está preguntando quién, entre los tres, es el favorito de Jesús. Aquí, él es muy astuto, y responde a su propia pregunta, tomando a un niño, poniéndolo en medio de ellos, con la intención de enseñar a sus discípulos reunidos que quien reciba a un niño así, en su nombre, recibe no solo a Jesús sino también al Padre que lo envió.

Hoy nosotros seguimos necesitando escuchar esa lección de vez en cuando. Porque en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras comunidades, de vez en cuando hay brotes de violencia, de envidia, hay rencores que no nos dejan vivir en paz y que nos amargan la existencia, hay demasiadas aspiraciones a los primeros puestos, a ser importantes. Hoy nos viene bien que Jesús nos repita la lección: “El que quiera ser el primero...”


domingo, 16 de septiembre de 2018

DOMINGO XXIV ORDINARIO "¿Y VOSOTROS QUIEN DECÍS QUE SOY?"

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo el Señor pregunta a los Apóstoles sobre lo que piensa la gente sobre su identidad. ¿Quién es Jesús? Los discípulos habían recogido algunas de las opiniones más comunes: «Unos [dicen que tú eres] Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los pro­fetas».

Los grandes milagros que realizaba el Señor hacían pensar al común de la gente que se trataba de «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24, 19). Sin embargo, hay confusión en cuanto a su identidad, y al tratar de precisar quién es se equivocan completamente.

El Señor pregunta entonces a quienes lo conocen de cerca, a sus Apóstoles: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Pedro, en nombre de todos, responde: «Tú eres el Mesías», aquel Ungido por excelencia que Dios había prometido a su pueblo Israel, el descendiente de David, esperado por siglos, que vendría a restaurar el reinado definitivo de Dios en la tierra.

Admitida la respuesta como acertada, el Señor insta a sus Apóstoles a guardar su identidad en el más absoluto secreto. ¿Por qué? Porque si bien es cierto que Él era el Mesías, no se trataba de un Mesías político nacionalista que los judíos y también ellos, los Apóstoles, se habían imaginado y esperaban. Hacer público este anuncio sólo habría entorpecido la misión del Señor. Por tanto, antes de proclamar públicamente que Él era el Mesías, debía corregir la idea equivocada que del Mesías se habían hecho todos, debía instruirlos para que pudiesen despojarse de su idea profundamente enraizada sobre aquel Mesías poderoso y triunfante para reemplazarla por el Mesías humilde, que más bien se identificaba con el Siervo sufriente de Dios anunciado por Isaías (1ª. lectura). Así, pues, una vez que el Señor confirma que Él es el Mesías, empieza a enseñarles que tendrá que «padecer mucho… ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».

Ante este inesperado y sorpresivo anuncio Pedro, llevándoselo a un lado, se puso a increparlo. También el pensaba como todos los judíos de su tiempo: el Mesías traerá consigo la victoria política y la gloria para su pueblo, ¿cómo puede ahora Jesús decir que va a morir en manos de los dirigentes religiosos de su mismo pueblo, si Dios está con Él? ¡Eso no le puede suceder a Él! ¿Por qué anuncia tal cosa? Pedro, desconcertado, se cree con el deber de reprochar semejante disparate, y así lo hace discretamente, llevando a Jesús aparte.

El Señor, en respuesta, lo llama Satanás, el gran enemigo de Dios y de su Mesías.  Pedro, al censurar al Señor y mostrarse contrario a la realización de semejante anuncio, se convierte en portavoz y colaborador de Satanás, se convierte él mismo en adversario y enemigo de Dios, opositor a sus designios reconciliadores. En respuesta merece el más enérgico rechazo y corrección por parte del Señor, que en frente de todos le advierte que en vez de constituirse en obstáculo en su camino, debe ponerse detrás de Él como su seguidor.

Esta última enseñanza es para todos, por eso llama también a la gente y a sus discípulos para presentarles las exigencias del discipulado: quien quiera ser su seguidor debe renunciar a sí mismo, cargar su cruz y andar detrás de Él.

La imagen de cargar la cruz evocaba en sus oyentes una escena habitual: la de los condenados y sentenciados a morir por crucifixión. Era el método preferido que aplicaban los romanos para ejecutar la pena de muerte. Sin duda los judíos veían desfilar cortejos como éste con cierta frecuencia, filas más o menos largas de hombres que marchaban a su propia muerte cargando sobre sí sus propios instrumentos de tortura y ejecución. Se cuenta, por ejemplo, que al morir Herodes el Grande, Varo había hecho crucificar a dos mil judíos. La marcha de estos condenados a muerte era, pues, una imagen conocida. El discípulo de Cristo debía considerarse no un hombre destinado a la gloria humana y mundana, sino un condenado a muerte, un hombre que con su propia cruz a cuestas va siguiendo a Cristo que va a la cabeza de aquel cotejo.



domingo, 9 de septiembre de 2018

DOMINGO XXIII ORDINARIO "VIRGEN DE LOS LIÑARES"


¡Oh Virgen de los Liñares, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, desde este templo manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia, maestra del sacrificio escondido y silencioso, a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia; no nos sueltes de tu mano amorosa.
Concede a nuestros hogares la gracia de amar y respetar la vida que empieza, con el mismo amor con que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso. Protege a nuestra familias, para que estén siempre muy unidas y bendice la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos a volver a Él mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los Santos Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.
Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios, podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

domingo, 2 de septiembre de 2018

DOMINGO XXII ORDINARIO "TODAS LAS MALDADES SALEN DE DENTRO"


    “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.”

Dicen que las sociedades y grupos humanos crean tradiciones cuando se sienten felices. Las tradiciones son precisamente una forma de recordar y revivir esos momentos de felicidad, de plenitud, de comunión. Son recuerdos y celebraciones de un pasado feliz, que, gracias a de las tradiciones, van pasando de generación en generación.

      Lo malo es que a veces las tradiciones dejan de ser el recuerdo de un pasado feliz para convertirse en algo que hay que hacer porque sí. Entonces pierden su sentido. No son liberadoras. No nos ponen en conexión con nuestra historia, sino que nos oprimen y nos obligan a hacer cosas de las que desconocemos su sentido y razón. 

      En el Evangelio de hoy, Jesús reprocha a los judíos precisamente el haber convertido sus hermosas tradiciones en una pura ley que todos, sin excepción, se veían obligados a cumplir. Es casi seguro que el lavarse las manos antes de la comida era una forma de expresar que para el judío toda comida era en cierto sentido un momento de comunión con el Dios que les había regalado la tierra que habitaban y sus frutos. Pero con el tiempo se olvido el significado y quedó sólo la norma, la tradición desnuda de sentido. Llegó a ser un mero rito automático, un gesto sin sentido. Jesús les recuerda que el lavarse las manos no puede ser más que un signo de una pureza más profunda: la pureza de corazón. Para entrar en comunión con Dios lo que tenemos que purificar es el corazón. Las manos son sólo un signo de esa otra pureza necesaria. 

      Los cristianos podemos pensar que estamos libres de esas tentaciones que tuvo el mundo judío. No es verdad. ¿Para cuántos de nosotros la misa dominical es sólo una obligación que hay que cumplir porque sí? Sin embargo, en su origen no fue más que la expresión del gozo vivido y sentido de ser comunidad en torno a Jesús Resucitado. ¿Cómo no se iba a expresar esa alegría en la participación comunitaria en la Eucaristía? Pero hemos transformado en una obligación lo que es sólo una gozosa acción de gracias en comunión con los hermanos y hermanas. La Misa no es más que un ejemplo. Se podrían poner muchos otros. Ser cristiano no es cumplir con una serie de normas. Es vivir con gozo el amor que Dios ha puesto en nuestros corazones.