domingo, 30 de junio de 2019

DOMINGO XIII DEL ORDINARIO "SÍGUEME"


La lectura del evangelio expone una ocasión clave de la vida de Jesús. Es el momento de ir a Jerusalén; es el comienzo del “viaje hacia la ciudad Santa” El texto de hoy está formado por dos narraciones: la repulsa de Jesús en Samaría y las exigencias del discipulado. Él no hizo discípulos enseñándoles una doctrina, como los rabinos, sino enseñándoles a vivir de otra forma y manera.

La renuncia a la violencia que propugnan los hijos del Zebedeo porque no ha sido Jesús recibido en Samaría es ya una declaración de intenciones. Lo es también que el profeta galileo vaya a Jerusalén pasando por el territorio de los herejes samaritanos para anunciarles también el mensaje del Reino. Son rechazados y Jesús cuenta con ello, pero no se le ocurre incitar a la condena y a la violencia. Éste es un aspecto determinante del “seguimiento” de Jesús según Lucas.

Por eso, inmediatamente después de la decisión de Jesús, se nos presenta el conjunto de las llamadas de Jesús a seguirle. La idea de seguir a Jesús nos hace pensar en la vocación. Todos somos llamados por Jesús a seguirle. Por otra parte es cierto que sólo a algunos se les invita a cambiar de estilo de vida, a asumir una nueva forma de vida en la Iglesia con respecto a la que tenían. 

 ¿Qué significa seguir a Jesús para los cristianos en general? En el Evangelio de hoy parece que Jesús pone las cosas difíciles a los que quieren seguirlo. A uno le promete vivir en la más total de las pobrezas –“las zorras tiene madriguera pero el Hijo no tiene donde reposar la cabeza”–, a otro le pide que abandone a su familia sin siquiera enterrar a su padre –para los judíos enterrar a los muertos es uno de los más sagrados deberes, cuánto más al padre–, a otro le impide incluso despedirse de su familia. La llamada de Jesús es una llamada radical que descoloca a las personas de su vida para ponerlas al servicio del Reino.

¿Para qué seguir a Jesús? ¿Por qué romper con las ideologías familiares? ¿Por qué no mirar hacia atrás? Porque la tarea del Reino de Dios exige una mentalidad nueva, liberadora. Los seguidores de Jesús tienen que estar en camino, como Él; el camino es la vida misma desde una experiencia de fraternidad.

El discípulo de Jesús se abre a un horizonte nuevo, a una familia universal, a una religión de vida y no de muerte. Las palabras del seguimiento son rupturistas, pero no angustiosas; son radicales, utópicas si queremos, porque van a la raíz de la vida y porque son las que transformas nuestra vida y nuestro entorno social y religioso. Jesús quiere que le sigamos para hacer presente el reinado de Dios en este mundo. Y el Reino de Dios es lo único que puede traer la libertad a quien la anhela.


domingo, 23 de junio de 2019

DOMINGO DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


La solemnidad del Corpus Christi se remonta a 1246, que comenzó a celebrarse en Lieja (Bélgica). Años después, en 1264, el Papa Urbano IV extendió la conmemoración por toda la cristiandad. Vemos pues, que desde hace siete siglos el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad ha sido dedicado a una especial veneración de la Santísima Eucaristía. Es el día en que se celebra la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Se celebra el jueves, por ser éste el día en que el Señor instituyó la santa Eucaristía la noche de la Última Cena. Por razones pastorales, esta fiesta en algunos lugares se traslada al siguiente Domingo. También, hoy celebramos el “Día de Caridad”. Caridad es amor. Y hemos de afanarnos en el cuidado de nuestros hermanos que más lo necesitan, en lo espiritual y en lo material.

En nuestra parroquia, la celebramos el Domingo, y para darle toda la solemnidad que merece el día, nos ha acompañado en la celebración la Coral Polifónica Lira de San Miguel, los niños de Primera Comunión estaban invitados para acompañar a Nuestro Señor vestidos con su traje y la procesión ha discurrido por alfombras florales realizadas para la ocasión.

Estamos ante un dogma central de nuestra fe que es la Presencia real del Señor Jesús en el pan y el vino eucarístico. La expresión cuerpo y sangre es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona. En las especies eucarísticas, el Señor Jesús está presente todo entero en cada una de las especies y en cada parte de ellas.

El día que celebramos la fiesta del Corpus Christi el Señor realmente Presente en el pan y vino consagrados no permanece en nuestras iglesias, «sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena. Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos pueden tener en sí la vida» (SS Juan Pablo II)

Nuestra procesión llegó hasta el Cruceiro, donde se impartió la bendición a los cuatro puntos cardinales de nuestra parroquia, recordando a la gente del mar, el monte, los enfermos que no pudieron asistir y por todos aquellos que pudiendo no quisieron acompañar al Señor.
En el templo, en la procesión, Jesús nos mira desde la Custodia. El milagro grande de nuestra fe nos está haciendo vivir todo el amor de Dios presente en Jesús sacramentado.

GUÍANOS, SEÑOR, CON LA FUERZA DE LA EUCARISTÍA!
Convierte nuestras almas en una morada para tu presencia
Ilumina nuestros corazones con la luz de tu verdad
Abre nuestros ojos con el resplandor de tu Cuerpo
Dirige nuestros pies por los senderos de tu Verdad
Fortalece nuestro interior
cuando, tantas fuerzas externas e idólatras,
nos pruebas, nos persigues o nos rechazan.
Amén


domingo, 16 de junio de 2019

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo». Hemos pasado ya las celebraciones más importantes del año litúrgico. El Adviento nos llevó de la mano hacia la Navidad, la celebración del nacimiento de Jesús, la primera Pascua. Un poco más adelante, la Cuaresma nos invitó a seguir a Jesús hasta Jerusalén. Allí hicimos memoria de su muerte y resurrección, la segunda Pascua. Al terminar la celebración de la Pascua, hace pocos días, hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, el comienzo de la historia de la Iglesia, de esta aventura de llevar a todos los hombres y mujeres la buena nueva de la salvación, del amor y la misericordia de Dios. Al final, a modo de conclusión y coronamiento, celebramos esta solemnidad de la Trinidad.

El Evangelio de este Domingo trae un pasaje en el que habla de este misterio divino. Dice el Señor Jesús a sus Apóstoles la noche de la Última Cena: «Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora». Más que a cosas nuevas, se refiere el Señor a la iluminada y progresiva comprensión de todo lo que Él les había enseñado mientras estuvo con ellos. Para ello recibirán un Don de lo Alto, por lo que añade: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena». ¿Quién es este misterioso “Espíritu de la verdad”, prometido por el Señor? El Señor habla de Él como de una Persona enviada, del mismo modo que Él fue enviado por el Padre: «No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga… Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes». En efecto, el Señor mismo proclamó que Él no hablaba por su cuenta, «sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar… Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí». El Señor cumplió su misión de hablar lo que había escuchado del Padre, mas sería otro el que luego de su partida ayudase a sus discípulos a comprender lo que Él les había enseñado: el Espíritu los guiará hasta la verdad completa.

Concluye el Señor diciendo: «Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes». De este modo habla de una íntima unidad, comunión y comunicación existente entre las tres divinas Personas. La divinidad del Padre pertenece también al Hijo, así como la divinidad del Hijo pertenece al Espíritu Santo.

Por lo que Cristo ha revelado y por la luz del Espíritu que llevó a los Apóstoles a la verdad completa, los cristianos profesamos que el Padre es Dios, que el Hijo es el mismo y único Dios y que el Espíritu Santo es el mismo y único Dios. Y aun cuando son tres Personas distintas, es un solo Dios.


domingo, 9 de junio de 2019

DOMINGO DE PENTECOSTÉS "RECIBID EL ESPÍRITU SANTO"

Al final de la Pascua, llega la fiesta de Pentecostés, la gran Pascua del Espíritu, la celebración de una historia en la que el Espíritu de Dios es el guía e inspirador. Hoy no hay que mirar sólo a aquel momento inicial que se nos relata en los Hechos de los Apóstoles, cuando los discípulos experimentaron con fuerza nunca sentida antes la presencia del Espíritu de Dios que les animaba a salir del cuarto cerrado en que se habían metido por miedo a los judíos y a predicar la buena nueva a todos los hombres y mujeres, en todas las lenguas y en todas las culturas. Porque el amor y la salvación de Dios son para todos.

El evangelio de hoy, Juan, nos viene a decir que desde el mismo día en que Jesús resucitó de entre los muertos su comunicación con los discípulos se realizó por medio del Espíritu. El Espíritu que «insufló» en ellos les otorgaba discernimiento, alegría y poder para perdonar los pecados a todos los hombres.

El hombre por sí mismo no es nada, pero es bastante con el Espíritu Santo. El hombre es totalmente terrestre y animal; sólo el Espíritu Santo puede elevar su alma y llevarlo hacia arriba. Como esos anteojos que hacen grandes los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal en grande. Con el Espíritu Santo, vemos todo en grande: vemos la grandeza de las mínimas acciones hechas para Dios, y la grandeza de las faltas más mínimas. Como un relojero con sus anteojos puede distinguir los más pequeños engranajes de un reloj, con las luces del Santo Espíritu distinguimos todos los detalles de nuestra pobre vida. Sin el Santo Espíritu, todo es frío: cuando sentimos que el fervor se pierde, ¡debemos hacer rápidamente una novena al Santo Espíritu para pedir la fe y el amor!

Los dones espirituales, los carismas, no son algo solamente estético, pero bien es verdad que si no se viven con la fuerza y el calor del Espíritu no llevarán a la comunión. Y una comunidad sin unidad de comunión, es una comunidad sin el Espíritu del Señor. Así se hace el “cuerpo” del Señor, desde la unidad en la pluralidad. Eso es lo que sucede en nuestro propio cuerpo: pluralidad en la unidad ¿Quién garantiza esa unidad? ¡Desde luego, el Espíritu!

Pentecostés es como la representación decisiva y programática de cómo la Iglesia, nacida de la Pascua, tiene que abrirse a todos los hombres. Esta es una afirmación que debemos sopesarla con el mismo cuidado con el que San Juan nos presenta la vida de Jesús de una forma original y distinta. Pero las afirmaciones teológicas no están desprovistas de realidad y no son menos radicales. La verdad es que el Espíritu del Señor estuvo presente en toda la Pascua y fue el auténtico artífice de la iglesia primitiva desde el primer día en que Jesús ya no estaba históricamente con ellos. Pero si estaba con ellos, por medio del Espíritu que como Resucitado les había dado.




sábado, 8 de junio de 2019

VIGILIA DE PENTECOSTÉS: LA ESPERA



Vigilia viene del verbo "velar", "estar despierto". Una vigilia es fundamentalmente una noche de vela, una noche de oración, de espera, de preparación de un acontecimiento. La tarde-noche tiene algo especial para la oración. Jesús mismo pasaba las noches en oración, o se levantaba al amanecer. 

En la Iglesia hay tres vigilias fundamentales: La Vigilia Pascual, la Vigilia de Navidad y la de Pentecostés. Además, se extiende la costumbre en muchas Iglesias de celebrar la Vigilia de la Inmaculada. 

Lo fundamental de la Vigilia es escuchar la Palabra de Dios, la meditación y la oración durante un tiempo considerable. De esta manera el pueblo cristiano se prepara para celebrar acontecimientos de salvación. En la oración nos abrimos para acoger la acción de Dios y para disponernos a secundar lo que Dios nos pide. 

La vigilia de Pentecostés es culminación del tiempo pascual. Jesús resucitado deja su Espíritu y la Iglesia naciente inicia una nueva etapa continuando la obra emprendida por su Señor. 

Pentecostés no es una fiesta aislada. La Pascua dura cincuenta días. Pentecostés es tiempo de plenitud, de tomar conciencia de lo que somos por la fuerza del Espíritu. En este tiempo, María tiene también un sitio. Ella estaba allí, reunida con los Apóstoles asistiendo al nacimiento de la Iglesia. 

Nosotros siguiendo esta tradición de la Iglesia hemos tenido nuestra Vigilia de Pentecostés. Antes de la Vigilia celebramos la cena de los apóstoles, muchos los llamados pero pocos asistentes. 

Tuvimos la suerte que nos acompañaron cinco jóvenes madrileños, pertenecientes a JUFRA, (Juventud Franciscana), que dieron testimonio de su amor a Cristo, nos contaron como fue esa llamada al encuentro de San Francisco, como cambió su vida desde entonces y lo que significa vivir con un compromiso de vida y de formación permanente. Nos asombró la facilidad de palabra y la naturalidad con la nos contaban sus experiencias. 

Los acompañaba su responsable nacional perteneciente a la OFS (Orden Franciscana Seglar), Cloti, una mujer sevillana, madre de cuatro hijos, tres nietos y una pierna totalmente reconstruida, que no dudó en viajar desde Sevilla a Santiago para asistir a un Consejo de la OFS de la zona de Galicia y después aceptar la invitación de unirse a nuestra celebración. Una mujer admirable que nos hizo ver la necesidad de atraer a la juventud, en sus palabras “por la escucha”, porque la juventud tiene mucho que decir y estos jóvenes nos lo han demostrado. 
La vigilia comenzó en el exterior con unas breves reflexiones, para a continuación entrar detrás de la Virgen de Fátima, que nos acompañó durante la cena. Una vez dentro encendimos las velas en el cirio pascual, como signo del Espíritu para que nos haga ser llamas vivas que llenan de luz nuestra existencia y para convertirnos en profetas. Después la lectura de la Palabra y una homilía. Presentamos los siete dones representados en unos carteles y encendiendo una vela en nuestro monumento por cada don. Después de los testimonios de varios colaboradores parroquiales y una oración comunitaria finalizamos la Vigilia saliendo al exterior de nuevo con el Cirio Pascual, donde fue apagado, (fuera lo encendimos, fuera lo apagamos), dando por finalizado el tiempo pascual. Solo volverá a encenderse en funerales, bautizos y en algunas celebraciones especiales. 

Llenos del Espíritu Santo caminamos hacia Pentecostés.

domingo, 2 de junio de 2019

VII DOMINGO DE PASCUA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Entre la Pascua de Resurrección y la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, la Iglesia sitúa la solemnidad de la Ascensión. Es un momento más del proceso por el que pasan los discípulos después de la muerte de Jesús. Los que salieron corriendo, llenos de miedo, cuando Jesús fue detenido, juzgado y clavado en la cruz, fueron confortados por el encuentro con el Señor resucitado. Ahora, suficientemente firmes en la fe, Jesús se despide de ellos. Pero les deja una nueva promesa: la promesa del Espíritu Santo.

La comunidad de discípulos del Señor estaba inquieta. Después de los malos momentos vividos durante la pasión y, de manera particular, los vividos en aquel par de días de ausencia del Maestro en el que se le derrumbó la esperanza, se había acostumbrado a tenerlo de nuevo a su lado disfrutando de su enseñanza y su compañía. Las apariciones del Señor Resucitado habían rehecho la fe titubeante de algunos, remendado la esperanza de no pocos y ensanchado la ilusión por la misión y el Reino en muchos. Sin embargo, las últimas palabras del Maestro, un tanto crípticas, les confundía y les volvía a generar un sentimiento de orfandad como el que experimentaron la tarde del viernes en que fue crucificado. “Os conviene que me vaya…”, “El Padre os enviará un Defensor…”.

 Podríamos decir que esta fiesta nos habla de la pedagogía de Dios con los hombres. Jesús tomó a unos pescadores ignorantes. Los fue enseñando a lo largo de tres años. Así nos lo relatan los Evangelios. No fue suficiente. A la hora de la cruz, todos, menos Juan y unas pocas mujeres, salieron corriendo. Después, los discípulos pasaron por la experiencia de la resurrección. No les fue fácil al principio aceptar que Jesús estaba vivo. Necesitaron su tiempo. Ahora hasta aquella presencia misteriosa desaparece. Jesús les promete el Espíritu, pero por un tiempo tienen que aprender a estar solos. A tener la responsabilidad de su fe en sus manos. Hasta que llegue el Espíritu que les dará la fuerza para ser testigos del Reino. 

El Espíritu les enseñará la verdad y les dará la fuerza para ser testigos y anunciar, a tiempo y a destiempo, que el Mesías, a quien los jefes del pueblo entregaron a una muerte ignominiosa, ha resucitado de entre los muertos y en su nombre se predica la conversión y el perdón.

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús, los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.


miércoles, 29 de mayo de 2019

TALLER DE ORACION Y VIDA “APRENDER A ORAR PARA APRENDER A VIVIR”

Finalizó el Taller de Oración y Vida, que durante quince semanas se ha venido desarrollando en los locales parroquiales. Quince semanas, quince sesiones en las que hemos aprendido a orar, a entablar un diálogo con Dios, a entrar en una relación personal con el Señor, a llegar a una paz interior que nos ha hecho desaparecer la tristeza y recuperar la alegría de vivir, nos han proporcionado una gran serenidad, sanando las heridas del corazón y sofocando las angustias del alma. Estos eran los retos: “ORANDO, SE APRENDE A ORAR”.

Poco a poco en este tiempo hemos llegado a ser personas más pacientes, humildes y comprensivas como Jesús, “¿qué haría Jesús en mi lugar?” nos preguntamos ante los problemas que nos surgen a diario. 

Mediante las sesiones semanales hemos aprendido a orar siguiendo la metodología propia del taller. Mediante la práctica de diversas modalidades de oración y la meditación de la Palabra, nos hemos introducido progresivamente en la relación personal con Dios, así como en la oración litúrgica de una manera ordenada, variada y progresiva “¿qué me está diciendo Dios?” y en la vida sacramental y cristiana. Ello nos compromete en tres dimensiones: con Dios, con nosotros mismos y con los demás. 

Cada sesión tiene dos fases, una descendente: Dios habla al hombre y una ascendente: el hombre habla (responde a Dios), y para desarrollar estas fases la sesión se divide en varias partes. La primera de ellas es la palabra, textos de la Biblia para reflexionar cada día de la semana y que se comentan al inicio de cada sesión. Después lectura de un texto evangélico, meditación y comentario. Esta sería la parte descendente, Dios nos habla por la palabra. Para la parte ascendente contamos con la Modalidad (práctica) para ejercitar durante la sesión y que practicamos a lo largo de la semana. Diferentes modalidades, diferentes formas de responder a Dios. Finalizamos las sesiones con un mensaje de Padre Larrañaga relacionado con la Modalidad que se ha desarrollado en la sesión. 

La última sesión se desarrolló en el colegio de las Hijas de María Inmaculada, donde realizamos un desierto espiritual. 

Ha sido una experiencia muy positiva, porque, si bien, cuando se trabaja en los grupos parroquiales es algo que hacemos para la comunidad, algo para los demás, en estos talleres se trabaja para uno mismo, es algo para nuestra paz interior, algo que desde una perspectiva personal podemos agradecer y que gracias a este taller poder servir mejor a la comunidad con un compromiso más activo y decidido de la actividad parroquial. “Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido” (1Pe 4,10) 

No hay que olvidar que los Talleres de Oración y Vida son una nueva forma de Evangelización mas viva y con una visión mas positiva de lo que ha mostrado siempre. Es una presentación más vibrante y activa de Jesús que posee una mayor adaptación a las necesidades de la sociedad actual y a lo que realmente las personas necesitan. 

“Todo lo acepto con amor 
Que se haga tu voluntad 
En tus manos me entrego 
Con silencio y paz” 

Todo nuestro agradecimiento a Ramón, nuestro tallerista, por su entrega desinteresada, que nos ha guiado en este taller para sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Siempre estarás en nuestras oraciones. 

Os invito a que, si en un futuro próximo se vuelve a convocar otro taller, no dudéis en apuntaros, es una experiencia muy grata y merece la pena, porque “si algún bien tengo, es de Dios” 


Los Talleres de Oración y Vida fueron creados por el Padre Ignacio Larrañaga (1928-2013) sacerdote franciscano, capuchino, originario de España (Azpeitia (Guipúzcoa)), en 1984 y aprobados por la Santa Sede en 1997 con el lema “DEL ENCANTO DE DIOS, AL ENCANTO DE LA VIDA”

domingo, 26 de mayo de 2019

PASCUA DEL ENFERMO "DAD GRATIS"


La Iglesia en España celebra el domingo 26 de mayo la Pascua del Enfermo. El lema, “Gratis habéis recibido, dad gratis”, el mismo de la Jornada Mundial del Enfermo 2019 que se celebró el 11 de febrero.
La Campaña se centra en el voluntariado en la Pastoral de la Salud y pretende reconocer el valor de la gratuidad en la entrega al cuidado de los enfermos.

La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano.” “El voluntario es un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones; a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en un sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza, y mejor dispuesto para aceptar las terapias.” Papa Francisco

Es necesario hacer una reflexión en la importancia del voluntariado y la necesidad de animar a más personas que deseen trabajar llevando el consuelo de Cristo a los enfermos.

La Iglesia española se acerca tradicionalmente en este domingo, en el seno de sus comunidades parroquiales, al mundo de los enfermos, sus familias y los profesionales sanitarios, así como mostrando el rostro de Cristo curando y acompañándolos, y por eso hoy rezamos por nuestros enfermos y sus cuidadores, por los que sufren el misterio del dolor, por los ancianos y mayores de residencias y por todos los hospitalizados. Oremos también por nos profesionales de la sanidad y por los voluntarios que trabajan en los equipos de pastoral de la salud.

Jesús nos exige y reclama que la disponibilidad a acompañar, escuchar, aliviar, a cada enfermo o sus familiares, sea obra de la gracia, de su amor en nosotros. Lo que llevamos en la visita a un enfermo no somos nosotros, sino al Señor. 

ORACIÓN:
Estuve enfermo y me visitaste, me llamaste por mi nombre, y venías cada mañana sonriente a decirme: buenos días. Fui para ti alguien, y no algo, aceptaste con paciencia mis impaciencias, y siempre que venías a verme me dabas paz. Yo me encontraba con miedo, asustado; tú me acogiste con serenidad y con cariño, y diste la vuelta a mi almohada para que me sintiera mejor. Me trataste con competencia y me diste lo que más necesitaba: cariño, comprensión, escucha y amor. Y con todo ello me diste a Dios.

FELIZ PASCUA DEL ENFERMO

VI DOMINGO DE PASCUA "EL QUE ME AMA, GUARDARA MI PALABRA"

El Señor enseña a sus Apóstoles la noche de la Última Cena: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo ama­rá, y vendremos a él y haremos morada en él».

Promete el Señor: «haremos morada en él». Sabe perfectamente el Señor Jesús que en lo profundo del corazón humano existe una necesidad o “hambre” de amor y comunión. Sabe también que esta profunda necesidad no hallará su plena satisfacción sino en la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Quien ha creado al ser humano para la comunión en el amor, es en sí mismo Comunión de Amor. Sólo Él puede resolver esa profunda necesidad que experimenta su criatura humana. Sólo en la comunión de amor con Dios el ser humano puede alcanzar su completa realización y felicidad.

Mas esta comunión a la que está invitada la criatura humana no es una comunión que excluya la comunión con todos aquellos que han sido rescatados por la Sangre del Cordero. La comunión a la que está llamada la criatura humana no es “entre Dios y yo solamente”.

¿Pero cómo llega el ser humano a hacerse merecedor de esta promesa? Amando a Cristo, con un amor que se verifica en la obediencia a sus enseñanzas. En efecto, advierte Él mismo que quien lo ama necesariamente guarda sus palabras. No hay un verdadero amor a Jesús donde no hay un serio y sostenido esfuerzo por conocer y seguir sus enseñanzas. Hacer lo que Él dice es la manifestación de un auténtico amor al Señor Jesús.

Continúa diciendo el Señor: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nom­bre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que les he dicho». El Señor promete a los Apóstoles, a la Iglesia, el don del Espí­ritu. Su misión será la de enseñar y recordar sus palabras a la comunidad de los discípulos. El Espíritu San­to es quien ayudará a los discípulos a com­prender a fondo el Evangelio, a encar­narlo en la propia existencia y a hacerlo vivo y operante a través de su testimonio per­sonal.

Dice finalmente el Señor: «Me voy y volveré a ustedes». Sus palabras encierran, de manera sintética, el acontecimiento pascual: su partida mediante la muerte en Cruz y su vuelta por la Resurrección. Pero también anuncian que cuarenta días después de la Resurrección se separará visiblemente de sus Apóstoles para volver al Padre. Esta partida será al mismo tiempo la condición para una nueva presencia en su Iglesia: por el Espíritu Santo Él permanecerá en y con su Iglesia «todos los días hasta el fin del mundo».

domingo, 19 de mayo de 2019

V DOMINGO DE PASCUA "AMAR COMO EL NOS AMA"


     Jesús está a punto de despedirse de sus discípulos y les deja un mandamiento nuevo que es como su testamento. Les dice que se amen unos a otros como él les ha amado. Ésa será la señal por la que conocerán que somos discípulos de Jesús. Así pues, lo más distintivo de los cristianos no es que nos reunamos los domingos para celebrar la misa. Tampoco el que tengamos una jerarquía con un papa, obispos y sacerdotes. Ni siquiera es nuestra característica el que celebremos siete sacramentos. Jesús no deseaba que fuésemos conocidos por ninguna de esas cosas. Jesús deseaba que los que no perteneciesen a nuestra comunidad nos conociesen por otra señal, más humilde si se quiere, pero más importante y mucho más humana: por el modo como nos tratamos unos a otros, por el modo como nos amamos y amamos a todos sin distinción. Jesús quería que nos amásemos como él nos había amado. 

      Ése es el signo que hará descubrir a los que no son cristianos que la comunidad cristiana es la semilla de un nuevo mundo. Porque sólo Dios es capaz de dar vida a ese amor fraterno que hace que todo se comparta y que todos vivan más en plenitud. Cuando los que no son cristianos nos vean amar de verdad, necesariamente han de pensar que Dios está presente en nuestra comunidad, porque las personas, por nuestras solas fuerzas, no podemos amar de esa manera. 

      ¿Es que los cristianos estamos hechos de otra madera? ¿Es que somos superiores a los demás? En absoluto. Somos iguales. Pero la presencia de Dios está con nosotros. Y cuando le dejamos actuar en nuestros corazones, experimentamos que un amor mayor que nuestras fuerzas brota de dentro de nosotros. Es el amor de Dios. Es el amor que es signo de la tierra nueva y del cielo nuevo. Es, por ejemplo, el amor con que la madre Teresa de Calcuta amó a los enfermos y moribundos. Es el amor con que muchos padres aman a sus hijos. Sin medida, sin tiempo, sin límite, con absoluta generosidad. 

      Pero como no somos superiores a los demás, a los que no son cristianos, como cometemos errores y a veces nos hacemos daño unos a otros, hay una dimensión del amor que la comunidad cristiana debe saber vivir de una manera especial. Es la dimensión del perdón, de la reconciliación. Perdonar a los hermanos –y perdonarme– es una forma de amar que reconocer la limitación propia y la supera porque el amor va más allá de los límites que marca nuestra debilidad. Vivir el perdón y la reconciliación en la comunidad cristiana es la mejor forma de dar testimonio del amor que nos une. 



domingo, 12 de mayo de 2019

IV DOMINGO DE PASCUA "MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ"


  El principal instrumento para construir la comunidad cristiana es la predicación de la Palabra. Así lo podemos ver en la lectura de los Hechos de los Apóstoles donde se nos relata parte del primer viaje apostólico de Pablo. Cuando llegan a una ciudad, comienzan predicando en la sinagoga y luego predican a toda la ciudad. El fruto de esa predicación es la creación de una comunidad. Aunque, según la lectura, Pablo y Bernabé son expulsados de la ciudad, los discípulos quedan llenos de alegría y de Espíritu Santo. Consecuencia de esa predicación es la gran muchedumbre que compone la Iglesia.

      Pero el Evangelio nos habla de una realidad que es más importante que la predicación. Si la comunidad cristiana nace de la predicación de la Palabra, esa predicación no es más que el instrumento que nos abre los ojos a otra realidad más profunda. La verdad, la más importante verdad de nuestras vidas, es que somos familia de Dios. Para usar la comparación que nos ofrece Jesús, somos ovejas del rebaño del Padre. Hay una relación especial de conocimiento, de ternura, de amor, entre el Padre y Jesús y cada una de las ovejas. Tanto que, según dice Jesús, nadie puede arrebatar las ovejas de la mano del Padre. 

      En un mundo secularizado, en el que prima la imagen sobre la palabra, la pregunta no es tanto ¿quién escucha hoy la voz de Dios?, como ¿qué voz, o a qué voz, escuchan hoy la mayoría de nuestros contemporáneos? La escucha, como la contemplación, tienen que ver con la serenidad y con el interior, con la vida profunda e íntima de nuestro yo auténtico, con ese lugar y momento que es capaz de conmovernos hasta las entrañas. El reto no es buscar fuera, sino caminar hacia dentro de nosotros mismos, sin caer en el egotismo. Si soy capaz de escucharme, puede que sea capaz de escuchar a Dios, a los otros y a la creación.

      Nunca ha sido fácil para un cristiano vivir con credibilidad y coherencia el seguimiento a Cristo. Nos ha tocado vivir, en una cultura donde lo cristiano se difumina cada día más; lejos van quedando los tiempos de la cristiandad, en la buena parte de la realidad estaba permeada de ‘lo cristiano’. La secularización nos sitúa en otro escenario. La vivencia de la fe está dejando de ser un hecho social y cultural de masas para pasar a ser un hecho existencial y de comunidades más reducidas. Nuestros templos se vacían y van cerrando poco a poco. El reto es no caer por ello, como el pueblo de Israel en el desierto, en el desaliento, sino el explorar nuevos caminos, el buscar nuevas rutas. Dios sigue comunicando porque su corazón sigue latiendo.

      La experiencia del encuentro con la voz de Dios es individual, pero la salvación ofrecida por Dios es universal. Persona y comunidad, individuo y totalidad humana, se entrecruzan porque no podemos vivir incomunicados ni desconectados. Los cristianos tenemos como fundamento de lo que somos la vida de Jesús, confesado como el Cristo, y un proyecto que realizar: ir construyendo con su aliento y Espíritu el Reino de Dios. La voz de Jesús es la misma que la del Padre eterno, “Yo y el Padre somos una sola cosa”, y está, sobre todo, en su Palabra proclamada en la Iglesia en cada celebración y contenida, de modo eminente, en la Biblia, Palabra de Dios. Ojalá escuchemos hoy su voz de resucitado y no endurezcamos nuestros oídos perdidos en el mundanal ruido.