domingo, 28 de julio de 2019

DOMINGO XVII DEL ORDINARIO "ENSÉÑANOS A REZAR"


El evangelio de Lucas nos ofrece hoy uno de los pasajes más bellos y entrañables de ese caminar con Jesús y de la actitud del discipulado cristiano. En Lucas, el Padrenuestro se halla dentro del marco de un catecismo sobre la oración. Está dividido en cuatro partes y abarca: la petición «¡Enséñanos a orar!», juntamente con el Padrenuestro; la parábola del amigo que viene a pedir, y que Lucas entiende como exhortación a ser constantes en la oración; una invitación a orar y la imagen del padre generoso, que es una invitación a tener confianza en que se nos va a escuchar.

Cuando Jesús está orando, los discípulos quieren aprender. Sienten que Jesús se transforma. Jesús, en el evangelio de Lucas, ora muy frecuentemente. No se trata simplemente de un arma secreta de Jesús, sino de una necesidad que tiene como hombre de estar en contacto muy personal con Dios, con Dios como Padre. Todos conocemos cuál es la oración de Jesús, y cómo esa oración no se la guarda para sí, sino que la comunica a los suyos. Por lo mismo, la predicación de Jesús ha de revelar el sentido del Padrenuestro. Este es el primer fundamento en que se basa la explicación que se ha de dar. Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús. Y sólo sabrá rezarlo quien sepa escuchar primeramente la predicación de Jesús.

Debemos notar que el Padre es "la oración específica del discípulo de Jesús", ya que Lucas nos dice con claridad que los discípulos se lo han pedido y él les ha enseñado. Y los discípulos se lo pidieron para que ellos también tuvieran una oración que los identificara ante los demás grupos religiosos que existían. En consecuencia, es una oración destinada para aquellos que "buscaron" el Reino de Dios, con plena entrega de vida; para aquellos que convirtieron el Reino de Dios en el contenido exclusivo de su vida. Pues cuando Jesús nos enseña cómo y qué es lo que hemos de orar, entonces nos está enseñando implícitamente cómo deberíamos ser y vivir, para poder orar de esta manera.

¿Qué significa Padre (Abba)? No es un nombre de tantos para designar a Dios, como ocurría en las plegarias judías. Era la expresión de los niños pequeños, con la significación genuina de "Padre querido". Así, pues, Jesús habla con Dios en una atmósfera de intimidad verdaderamente desacostumbrada. Y enseña a sus discípulos a hacer otro tanto. Toda la predicación de Jesús está confirmando esto mismo. Jesús, con palabras estimulantes, alienta a que los discípulos estén persuadidos previamente en la oración de una confianza sin límites. No se trata, pues, de un título más, frío o calculado, sino de la primera de las actitudes de la oración cristiana. Si no tenemos a Dios en nuestras manos, en nuestros brazos, como un padre o una madre, tienen a su pequeño, no entenderemos para qué vale orar a Dios.


domingo, 21 de julio de 2019

DOMINGO XVI DEL ORDINARIO "MARTA Y MARÍA"


El evangelio de Lucas nos presenta a Jesús, en su camino a Jerusalén, que hace una pausa en casa de Marta y María. Ya es sintomático que se nos describa esta escena en la que el Señor entra en casa de unas mujeres, lo que no podía ser bien visto en aquella sociedad judía. Pero el evangelista Lucas es el evangelista de la mujer y pone de manifiesto aquellos aspectos que deben ser tenidos en cuenta en la comunidad cristiana. Sin la cooperación de la mujer, el evangelio hubiera sido excluyente. Muchos pensaron que se trataba de defender la vida contemplativa respecto de la vida activa o apostólica. La polémica entre la vida activa y la vida contemplativa sería empequeñecer el mensaje de hoy, porque debemos armonizar las dos dimensiones en nuestra vida cristiana.

Lo que Lucas subraya con énfasis es la actitud de escuchar a Jesús, al Maestro, quien tiene lo más importante que comunicar. No quería decir Jesús que “un solo plato basta”, como algunos han entendido, sino que María estaba eligiendo lo mejor en ese momento que él las visita. Este episodio, todavía hoy, nos sugiere la importancia de la escucha de la Palabra de Dios, del evangelio, como la posibilidad alternativa a tantas cosas como se dicen, se proponen y se hacen en este mundo. Jesús es la palabra profética, crítica, radical, que llega a lo más hondo del corazón, para iluminar y liberar. Ya es sintomático, como hemos apuntado antes, el detalle que Lucas quiera poner de manifiesto el sentido del discipulado cristiano de una mujer en aquél ambiente.

Tampoco se debería juzgar que Marta es desprestigiada, ¡ni mucho menos!, ¡está llevando a cabo un servicio!, pero tiene que saber elegir. Muchas veces, actitudes contemplativas pueden ocultar ciertos egoísmos o inactividad de servicio que otros deben hacer por nosotros. Porque Jesús, camino de Jerusalén, ha pasado por su lado y es posible que en su afán no supiera, como María, que tenía que dejar huella en su vida. María se siente auténtica discípula de Jesús y se pone a escuchar como la única cosa importante en ese momento. Y de eso se trata, de ese ahora en que Dios, el Señor, pasa a nuestro lado, por nuestra vida y tenemos que acostumbrarnos a elegir lo más importante: escucharle, acogerle en lo que tiene que decir, dejando otras cosas para otros momentos. Lucas, sin duda, privilegia a María como oyente de la palabra y eso, en este momento de subida a Jerusalén, es casi decisivo para el evangelista. Se quiere subrayar cómo debemos, a veces, sumergirnos en los planes de Dios. De eso es de lo hablaba Jesús camino de Jerusalén (según Lucas) y María lo elige como la mejor parte. Marta… no ha podido desengancharse… y ahora debiera haberlo hecho.


domingo, 14 de julio de 2019

DOMINGO XV ORDINARIO "¿QUIEN ES MI PRÓJIMO?


En este domingo Jesús nos cuenta la parábola del buen samaritano, cuando va acompañado con sus discípulos de Cafarnaúm a Jerusalén. La narración tiene una intencionalidad: enseñarnos a identificar a nuestro prójimo, y como actuamos con él, especialmente si este se encuentra en situación de necesidad.

Los maestros de la Ley, también conocidos como escribas o legistas y llamados con el título de Rabbí eran varones judíos que por amor a Dios consagraban su vida al estudio, conservación, aplicación y transmisión de la Ley mosaica. Eran, por tanto, hombres muy instruidos en esta materia.

En el Evangelio de Lucas leemos que uno de estos maestros de la Ley «se levantó» para hacerle una pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Probablemente estaba sentado entre sus discípulos, escuchando a Jesús, su doctrina y enseñanza. Con esta pregunta, según anota el evangelista, el legista tenía la intención de probar a Jesús.
El Señor responde al experto en la Ley con otra pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley?” y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». El Señor entonces da por concluida la cuestión: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna».

Quizá nos preguntamos por qué este hombre instruido hace una pregunta cuya respuesta es tan evidente y que él mismo ya conoce. El legista busca justificarse y justificar su pregunta planteando otra cuestión, al parecer bastante discutida entre los maestros de la Ley: «¿Quién es mi prójimo?». Los más radicales sostenían que sólo había que considerar como prójimos a los hijos de Abraham y herederos de la Alianza, mas no a los miembros de otros pueblos, como por ejemplo los samaritanos, quienes merecían más bien el odio y desprecio por parte de los judíos. Tampoco entrarían dentro de la categoría de “prójimos” los publicanos y las gentes de mala vida. Por tanto, el mandamiento del amor al prójimo no obligaría sino tan solo para con todo judío que no fuese un pecador público.

La respuesta del Señor vendrá mediante una parábola. La escena propuesta por el Señor se desarrolla en algún lugar del camino de Jerusalén a Jericó: un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue emboscado, asaltado y dejado medio muerto a la vera del camino.

El Señor no especifica si el hombre asaltado y malherido es un judío o no, por tanto, podría representar a cualquier persona. Sin embargo, al decir que venía de Jerusalén, nadie pensaría que se trataba de un samaritano, sino más bien de un judío, y que por lo tanto debía ser considerado como “prójimo” por los judíos.

El sacerdote y el levita que pasan por el camino son ambos judíos al servicio del Templo, hombres que pensaban que dedicándole sus vidas amaban a Dios por sobre todas las cosas. El Señor no ha podido escoger mejor a sus personajes para proponer su parábola. Un sacerdote y un levita, al ver al malherido, dan un rodeo y pasan de largo. ¿No era éste su prójimo? ¿No debía esperar de ellos compasión y auxilio? Es paradójico que sean justamente ellos, quienes se dedican al servicio de Dios, los que dan un rodeo y pasan de largo sin ofrecer auxilio alguno al prójimo malherido.

Más paradójico aún resulta que sea un samaritano quien se compadece de él y lo auxilia, dedicándole su tiempo y gastando todo lo necesario para ayudarlo en su recuperación. Recordemos que entre judíos y samaritanos había una fuerte hostilidad. Y es precisamente un samaritano el que, en vez de endurecer el corazón y pasar de largo, se conmueve ante el sufrimiento y abandono de aquel hombre.

Más que discutir a quién ayudar y a quién no, quién es el prójimo a quien hay que amar o quién no, la parábola es una invitación al legista y a todos sus discípulos a hacerse próximo de todos aquellos a quienes ve en necesidad, a no pasar de largo ante el sufrimiento ajeno, sino a vivir con todos la compasión y misericordia. Queda claro que para el Señor no cabe distinción alguna: todo ser humano debe ser considerado como prójimo, porque lo importante es saber hacerse prójimo de los demás, o lo que es lo mismo, prestar esa ayuda concreta y real que los otros están necesitando.

Y la verdad es que la «lista» de quienes necesitan que se les eche una mano es cada vez mayor. Pero nuestra fe cristiana sigue siendo una fe de esperanza, de valentía, de encarnación. Si tratamos de vivir así, seguro que nos estaremos haciendo prójimos.



domingo, 7 de julio de 2019

DOMINGO XIV ORDINARIO "VAYAN Y ANUNCIEN"


En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús designa «a otros setenta y dos» para enviarlos «por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él». Dice «otros» porque el Señor ya había enviado anteriormente a los doce Apóstoles en una misión semejante. Las instrucciones dadas tanto a los Apóstoles como a los setenta y dos son iguales. También lo es el contenido del anuncio: proclamar el Reino de Dios.

Al enviar a sus doce Apóstoles los instruyó a dirigirse no a los pueblos gentiles o samaritanos sino «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Doce era el número de las tribus de Israel. Es un signo evidente de que la misión primaria de Jesús y la proclamación de su Evangelio se dirige en primer lugar al pueblo de Israel, porque a ellos había sido prometida la salvación por medio de los profetas.

¿Y por qué el Señor en un segundo momento envió a setenta y dos discípulos? En este caso el número elegido por el Señor significa la totalidad de las naciones de la tierra. El origen de esta relación la encontramos en el capítulo diez del Génesis. Allí se dice que cada uno de los hijos de Sem, Cam y Jafet, hijos a su vez de Noé, dio origen a una nación de la tierra.

Según la versión de los Setenta, antigua traducción de la Escritura hebrea al griego, conocida y utilizada por el Señor Jesús y los Apóstoles, el número de estos hijos era de setenta y dos. El envío de setenta y dos discípulos significa por lo mismo que el anuncio del Reino de Dios se dirige ya no sólo a Israel sino también a todas las naciones de la tierra, y es por tanto universal.

Los envió el Señor delante de sí, «a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él». La misión de estos discípulos es la de preparar el camino, disponer los corazones para el encuentro pleno con el Señor Jesús. Para demostrar la verdad de su anuncio el Señor les confiere el poder de curar enfermos, arrojar demonios y hasta resucitar muertos. Por Él son revestidos de autoridad, para actuar en su Nombre.

Antes de ponerse en marcha el Señor les advierte que no siempre serán bien recibidos. Él los envía «como corderos en medio de lobos». Mediante esta comparación los prepara para encarar la extrema hostilidad y el rechazo de muchos.

Asimismo, les da instrucciones precisas: «No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no se detengan a saludar a nadie por el camino…». No saludar a nadie por el camino implica la urgencia del anuncio. En oriente el saludo entre caminantes podía prolongarse por horas, considerándose incluso un acto de buena educación. El enviado no tiene tiempo que perder, se ve urgido a dedicar todo su tiempo al cumplimiento de la misión.

En caso de no ser acogidos por los habitantes de algún pueblo, debían sacudir públicamente el polvo de los pies. Ni siquiera el polvo de ese pueblo merecía ser llevado en sus pies, pues era el polvo de una tierra pagana, habitada por hombres que rechazan la salvación que Dios les ofrece, que rechazan a Dios mismo.

Finalmente, el Señor les especifica su misión: anunciar a todos el Reino de Dios.

El Evangelio relata también el retorno de los setenta y dos: éstos volvieron gozosos de su experiencia apostólica. Mas antes que alegrarse por la espectacularidad de los signos realizados, el Señor los invita a alegrarse de que sus nombres estén inscritos en el Cielo. No es el poder someter al demonio lo que debe ser causa de gozo, sino el hecho de estar destinados a participar de la vida y comunión divina gracias a la «nueva creación» que el Señor Jesús ha venido a realizar por su Cruz y Resurrección.



domingo, 30 de junio de 2019

CIEN AÑOS DE LA CONSAGRACIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS


El 30 de mayo de 1919, en el Cerro de los Ángeles (Getafe), centro geográfico de España, se congregaron las autoridades religiosas, civiles y militares, con gran multitud de fieles, junto al recién construido monumento al Sagrado Corazón de Jesús.

El nuncio de Su Santidad, Francesco Ragonesi, lo bendijo. Luego, el arzobispo de Madrid, Prudencio Melo, presidió la santa misa. Antes de la bendición final se leyó́ un telegrama del papa Benedicto XV. El nuncio impartió́ la bendición papal y, a continuación, se expuso solemnemente el Santísimo Sacramento. Estando entonces arrodillados todos los presentes, el rey Alfonso XIII, de pie, en nombre del pueblo español, hizo lectura solemne de la oración mediante la cual se expresaba públicamente la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús: “España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante ese trono de tus bondades que para Ti se alza en el centro de la Península… Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de las ciencias y de las letras y en nuestras leyes e instituciones patrias”.

En la columna que sostiene la imagen de Jesucristo se leen las siguientes palabras: Reino en España. Se daba así́ cumplimiento a la promesa hecha por el Sagrado Corazón de Jesús al beato Bernardo de Hoyos –“Reinaré en España”–, a la vez que se materializaba en nuestra nación la petición del papa León XIII al consagrar el género humano al Corazón de Cristo (11 de junio de 1889), expuesta en la encíclica Annum sacrum.
La validez de cuanto tuvo lugar aquel 30 de mayo de 1919 ha quedado confirmada por los innumerables frutos de santidad, no exentos de persecución, que se han producido en este tiempo.

Al inicio de la Guerra Civil, el 23 de julio de 1936, cinco jóvenes fueron asesinados por defender y guardar el monumento de posibles atentados.  Días después de los asesinatos, el 7 de agosto, milicianos del bando republicano llevaron a cabo una "ceremonia" por ellos mismos fotografiada, de fusilar la imagen de Jesús; tras ello, procedieron a la destrucción de las esculturas, primeramente "a mano" y por último, dada la dureza de su material, recurrieron a la dinamita hasta lograr reducirlo a ruinas. La prensa del Frente Popular publicó en portada y en primera página las fotografías del "fusilamiento" y comentó favorablemente el hecho ("Desaparición de un estorbo"). El Ayuntamiento de Getafe, en decisión refrendada por el Gobierno de la República, cambió el nombre cerro de los Ángeles por el de "cerro Rojo", nombre que conservó hasta el final de la guerra civil.

Terminada la guerra, el régimen de Franco recuperó su nombre original y dio orden de construir un nuevo monumento, réplica del anterior, que comenzó a edificarse en 1944. Este nuevo monumento fue inaugurado en el año 1965. Se conserva lo que quedó del anterior monumento (la base y el arranque del pedestal). Dichas ruinas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan para dejar despejado el solar para la nueva construcción. El nuevo monumento se levantó en el mismo lugar que ocupaba el original.

Cien años mas tarde, más de 12.000 fieles católicos presentes en la explanada del Santuario del Cerro de los Ángeles (Getafe), junto a cuatro cardenales y más de una veintena de obispos, han renovado la Consagración de España al Sagrado Corazón, en una ceremonia celebrada a los pies del monumento dedicado al Corazón de Cristo, el mismo lugar en el que se hizo por primera vez en 1919, coincidiendo entonces con su inauguración.

Cien años después, D. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe y anfitrión del acto, dio la bienvenida a los fieles venidos desde distintos puntos de la geografía española. El pastor getafense manifestó durante sus palabras de bienvenida que en estos últimos cien años “muchas cosas han cambiado, pero que, si algo permanece, es el Amor del Corazón de Cristo”.

En la celebración también estuvo presente el hasta ahora Nuncio de Su Santidad, D. Renzo Fratini, quien ha transmitido la bendición del papa Francisco, animando a los fieles a que sean “testigos de Cristo para que su Amor reine en todos los hogares”.

La Santa Misa fue presidida por el cardenal arzobispo de Madrid, D. Carlos Osoro, quien en su homilía aseguró que los católicos somos “el Pueblo de Dios”. “Este Pueblo que camina en España quiere renovar y consagrarse, y consagrar a España una vez más, al Corazón de Jesús. Somos el Pueblo de Dios que vive entre el pueblo que camina en España. Sentimos el gozo de sabernos hermanos de todos los hombres. Asumimos con toda nuestra vida la misión que nos ha confiado el Señor y también la responsabilidad en la misión que nos dio Él, de no desentendernos de nada que afecte al ser humano ni de nadie. A todos los ponemos junto al Señor sabiendo que quien cuida a todos es Él”, dijo el cardenal arzobispo de Madrid

“Solamente un pueblo crece si se preguntan todos los que pertenecen a él, aunque sea desde perspectivas distintas, pero con convicción profunda, ‘quién es mi prójimo’. Cuando olvidamos esta pregunta habrá grupos, pero no hay pueblo. Esto es precisamente lo que nos enseña el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Jesús”, añadió.

Tras la celebración, todos los presentes recitaron la oración con la que se renovó la Consagración de España al Corazón de Cristo: “Señor Jesucristo, Salvador del mundo, al cumplirse el centenario de la Consagración de España a tu Sagrado Corazón, los fieles católicos volvemos a postrarnos en este lugar, donde se levanta este trono de tus bondades, para expresar nuestra inmensa gratitud por los bienes innumerables que has derramado sobre este pueblo de tu herencia y de tus predilecciones”, rezaba la oración.

https://corazondecristo.org/la-consagracion-de-espana-renovada-cien-anos-despues/

https://es.wikipedia.org/wiki/Monumento_al_Sagrado_Coraz%C3%B3n_de_Jes%C3%BAs_del_Cerro_de_los_%C3%81ngeles

DOMINGO XIII DEL ORDINARIO "SÍGUEME"


La lectura del evangelio expone una ocasión clave de la vida de Jesús. Es el momento de ir a Jerusalén; es el comienzo del “viaje hacia la ciudad Santa” El texto de hoy está formado por dos narraciones: la repulsa de Jesús en Samaría y las exigencias del discipulado. Él no hizo discípulos enseñándoles una doctrina, como los rabinos, sino enseñándoles a vivir de otra forma y manera.

La renuncia a la violencia que propugnan los hijos del Zebedeo porque no ha sido Jesús recibido en Samaría es ya una declaración de intenciones. Lo es también que el profeta galileo vaya a Jerusalén pasando por el territorio de los herejes samaritanos para anunciarles también el mensaje del Reino. Son rechazados y Jesús cuenta con ello, pero no se le ocurre incitar a la condena y a la violencia. Éste es un aspecto determinante del “seguimiento” de Jesús según Lucas.

Por eso, inmediatamente después de la decisión de Jesús, se nos presenta el conjunto de las llamadas de Jesús a seguirle. La idea de seguir a Jesús nos hace pensar en la vocación. Todos somos llamados por Jesús a seguirle. Por otra parte es cierto que sólo a algunos se les invita a cambiar de estilo de vida, a asumir una nueva forma de vida en la Iglesia con respecto a la que tenían. 

 ¿Qué significa seguir a Jesús para los cristianos en general? En el Evangelio de hoy parece que Jesús pone las cosas difíciles a los que quieren seguirlo. A uno le promete vivir en la más total de las pobrezas –“las zorras tiene madriguera pero el Hijo no tiene donde reposar la cabeza”–, a otro le pide que abandone a su familia sin siquiera enterrar a su padre –para los judíos enterrar a los muertos es uno de los más sagrados deberes, cuánto más al padre–, a otro le impide incluso despedirse de su familia. La llamada de Jesús es una llamada radical que descoloca a las personas de su vida para ponerlas al servicio del Reino.

¿Para qué seguir a Jesús? ¿Por qué romper con las ideologías familiares? ¿Por qué no mirar hacia atrás? Porque la tarea del Reino de Dios exige una mentalidad nueva, liberadora. Los seguidores de Jesús tienen que estar en camino, como Él; el camino es la vida misma desde una experiencia de fraternidad.

El discípulo de Jesús se abre a un horizonte nuevo, a una familia universal, a una religión de vida y no de muerte. Las palabras del seguimiento son rupturistas, pero no angustiosas; son radicales, utópicas si queremos, porque van a la raíz de la vida y porque son las que transformas nuestra vida y nuestro entorno social y religioso. Jesús quiere que le sigamos para hacer presente el reinado de Dios en este mundo. Y el Reino de Dios es lo único que puede traer la libertad a quien la anhela.


domingo, 23 de junio de 2019

DOMINGO DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


La solemnidad del Corpus Christi se remonta a 1246, que comenzó a celebrarse en Lieja (Bélgica). Años después, en 1264, el Papa Urbano IV extendió la conmemoración por toda la cristiandad. Vemos pues, que desde hace siete siglos el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad ha sido dedicado a una especial veneración de la Santísima Eucaristía. Es el día en que se celebra la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Se celebra el jueves, por ser éste el día en que el Señor instituyó la santa Eucaristía la noche de la Última Cena. Por razones pastorales, esta fiesta en algunos lugares se traslada al siguiente Domingo. También, hoy celebramos el “Día de Caridad”. Caridad es amor. Y hemos de afanarnos en el cuidado de nuestros hermanos que más lo necesitan, en lo espiritual y en lo material.

En nuestra parroquia, la celebramos el Domingo, y para darle toda la solemnidad que merece el día, nos ha acompañado en la celebración la Coral Polifónica Lira de San Miguel, los niños de Primera Comunión estaban invitados para acompañar a Nuestro Señor vestidos con su traje y la procesión ha discurrido por alfombras florales realizadas para la ocasión.

Estamos ante un dogma central de nuestra fe que es la Presencia real del Señor Jesús en el pan y el vino eucarístico. La expresión cuerpo y sangre es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona. En las especies eucarísticas, el Señor Jesús está presente todo entero en cada una de las especies y en cada parte de ellas.

El día que celebramos la fiesta del Corpus Christi el Señor realmente Presente en el pan y vino consagrados no permanece en nuestras iglesias, «sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena. Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos pueden tener en sí la vida» (SS Juan Pablo II)

Nuestra procesión llegó hasta el Cruceiro, donde se impartió la bendición a los cuatro puntos cardinales de nuestra parroquia, recordando a la gente del mar, el monte, los enfermos que no pudieron asistir y por todos aquellos que pudiendo no quisieron acompañar al Señor.
En el templo, en la procesión, Jesús nos mira desde la Custodia. El milagro grande de nuestra fe nos está haciendo vivir todo el amor de Dios presente en Jesús sacramentado.

GUÍANOS, SEÑOR, CON LA FUERZA DE LA EUCARISTÍA!
Convierte nuestras almas en una morada para tu presencia
Ilumina nuestros corazones con la luz de tu verdad
Abre nuestros ojos con el resplandor de tu Cuerpo
Dirige nuestros pies por los senderos de tu Verdad
Fortalece nuestro interior
cuando, tantas fuerzas externas e idólatras,
nos pruebas, nos persigues o nos rechazan.
Amén


domingo, 16 de junio de 2019

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo». Hemos pasado ya las celebraciones más importantes del año litúrgico. El Adviento nos llevó de la mano hacia la Navidad, la celebración del nacimiento de Jesús, la primera Pascua. Un poco más adelante, la Cuaresma nos invitó a seguir a Jesús hasta Jerusalén. Allí hicimos memoria de su muerte y resurrección, la segunda Pascua. Al terminar la celebración de la Pascua, hace pocos días, hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, el comienzo de la historia de la Iglesia, de esta aventura de llevar a todos los hombres y mujeres la buena nueva de la salvación, del amor y la misericordia de Dios. Al final, a modo de conclusión y coronamiento, celebramos esta solemnidad de la Trinidad.

El Evangelio de este Domingo trae un pasaje en el que habla de este misterio divino. Dice el Señor Jesús a sus Apóstoles la noche de la Última Cena: «Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora». Más que a cosas nuevas, se refiere el Señor a la iluminada y progresiva comprensión de todo lo que Él les había enseñado mientras estuvo con ellos. Para ello recibirán un Don de lo Alto, por lo que añade: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena». ¿Quién es este misterioso “Espíritu de la verdad”, prometido por el Señor? El Señor habla de Él como de una Persona enviada, del mismo modo que Él fue enviado por el Padre: «No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga… Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes». En efecto, el Señor mismo proclamó que Él no hablaba por su cuenta, «sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar… Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí». El Señor cumplió su misión de hablar lo que había escuchado del Padre, mas sería otro el que luego de su partida ayudase a sus discípulos a comprender lo que Él les había enseñado: el Espíritu los guiará hasta la verdad completa.

Concluye el Señor diciendo: «Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes». De este modo habla de una íntima unidad, comunión y comunicación existente entre las tres divinas Personas. La divinidad del Padre pertenece también al Hijo, así como la divinidad del Hijo pertenece al Espíritu Santo.

Por lo que Cristo ha revelado y por la luz del Espíritu que llevó a los Apóstoles a la verdad completa, los cristianos profesamos que el Padre es Dios, que el Hijo es el mismo y único Dios y que el Espíritu Santo es el mismo y único Dios. Y aun cuando son tres Personas distintas, es un solo Dios.


domingo, 9 de junio de 2019

DOMINGO DE PENTECOSTÉS "RECIBID EL ESPÍRITU SANTO"

Al final de la Pascua, llega la fiesta de Pentecostés, la gran Pascua del Espíritu, la celebración de una historia en la que el Espíritu de Dios es el guía e inspirador. Hoy no hay que mirar sólo a aquel momento inicial que se nos relata en los Hechos de los Apóstoles, cuando los discípulos experimentaron con fuerza nunca sentida antes la presencia del Espíritu de Dios que les animaba a salir del cuarto cerrado en que se habían metido por miedo a los judíos y a predicar la buena nueva a todos los hombres y mujeres, en todas las lenguas y en todas las culturas. Porque el amor y la salvación de Dios son para todos.

El evangelio de hoy, Juan, nos viene a decir que desde el mismo día en que Jesús resucitó de entre los muertos su comunicación con los discípulos se realizó por medio del Espíritu. El Espíritu que «insufló» en ellos les otorgaba discernimiento, alegría y poder para perdonar los pecados a todos los hombres.

El hombre por sí mismo no es nada, pero es bastante con el Espíritu Santo. El hombre es totalmente terrestre y animal; sólo el Espíritu Santo puede elevar su alma y llevarlo hacia arriba. Como esos anteojos que hacen grandes los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal en grande. Con el Espíritu Santo, vemos todo en grande: vemos la grandeza de las mínimas acciones hechas para Dios, y la grandeza de las faltas más mínimas. Como un relojero con sus anteojos puede distinguir los más pequeños engranajes de un reloj, con las luces del Santo Espíritu distinguimos todos los detalles de nuestra pobre vida. Sin el Santo Espíritu, todo es frío: cuando sentimos que el fervor se pierde, ¡debemos hacer rápidamente una novena al Santo Espíritu para pedir la fe y el amor!

Los dones espirituales, los carismas, no son algo solamente estético, pero bien es verdad que si no se viven con la fuerza y el calor del Espíritu no llevarán a la comunión. Y una comunidad sin unidad de comunión, es una comunidad sin el Espíritu del Señor. Así se hace el “cuerpo” del Señor, desde la unidad en la pluralidad. Eso es lo que sucede en nuestro propio cuerpo: pluralidad en la unidad ¿Quién garantiza esa unidad? ¡Desde luego, el Espíritu!

Pentecostés es como la representación decisiva y programática de cómo la Iglesia, nacida de la Pascua, tiene que abrirse a todos los hombres. Esta es una afirmación que debemos sopesarla con el mismo cuidado con el que San Juan nos presenta la vida de Jesús de una forma original y distinta. Pero las afirmaciones teológicas no están desprovistas de realidad y no son menos radicales. La verdad es que el Espíritu del Señor estuvo presente en toda la Pascua y fue el auténtico artífice de la iglesia primitiva desde el primer día en que Jesús ya no estaba históricamente con ellos. Pero si estaba con ellos, por medio del Espíritu que como Resucitado les había dado.




sábado, 8 de junio de 2019

VIGILIA DE PENTECOSTÉS: LA ESPERA



Vigilia viene del verbo "velar", "estar despierto". Una vigilia es fundamentalmente una noche de vela, una noche de oración, de espera, de preparación de un acontecimiento. La tarde-noche tiene algo especial para la oración. Jesús mismo pasaba las noches en oración, o se levantaba al amanecer. 

En la Iglesia hay tres vigilias fundamentales: La Vigilia Pascual, la Vigilia de Navidad y la de Pentecostés. Además, se extiende la costumbre en muchas Iglesias de celebrar la Vigilia de la Inmaculada. 

Lo fundamental de la Vigilia es escuchar la Palabra de Dios, la meditación y la oración durante un tiempo considerable. De esta manera el pueblo cristiano se prepara para celebrar acontecimientos de salvación. En la oración nos abrimos para acoger la acción de Dios y para disponernos a secundar lo que Dios nos pide. 

La vigilia de Pentecostés es culminación del tiempo pascual. Jesús resucitado deja su Espíritu y la Iglesia naciente inicia una nueva etapa continuando la obra emprendida por su Señor. 

Pentecostés no es una fiesta aislada. La Pascua dura cincuenta días. Pentecostés es tiempo de plenitud, de tomar conciencia de lo que somos por la fuerza del Espíritu. En este tiempo, María tiene también un sitio. Ella estaba allí, reunida con los Apóstoles asistiendo al nacimiento de la Iglesia. 

Nosotros siguiendo esta tradición de la Iglesia hemos tenido nuestra Vigilia de Pentecostés. Antes de la Vigilia celebramos la cena de los apóstoles, muchos los llamados pero pocos asistentes. 

Tuvimos la suerte que nos acompañaron cinco jóvenes madrileños, pertenecientes a JUFRA, (Juventud Franciscana), que dieron testimonio de su amor a Cristo, nos contaron como fue esa llamada al encuentro de San Francisco, como cambió su vida desde entonces y lo que significa vivir con un compromiso de vida y de formación permanente. Nos asombró la facilidad de palabra y la naturalidad con la nos contaban sus experiencias. 

Los acompañaba su responsable nacional perteneciente a la OFS (Orden Franciscana Seglar), Cloti, una mujer sevillana, madre de cuatro hijos, tres nietos y una pierna totalmente reconstruida, que no dudó en viajar desde Sevilla a Santiago para asistir a un Consejo de la OFS de la zona de Galicia y después aceptar la invitación de unirse a nuestra celebración. Una mujer admirable que nos hizo ver la necesidad de atraer a la juventud, en sus palabras “por la escucha”, porque la juventud tiene mucho que decir y estos jóvenes nos lo han demostrado. 
La vigilia comenzó en el exterior con unas breves reflexiones, para a continuación entrar detrás de la Virgen de Fátima, que nos acompañó durante la cena. Una vez dentro encendimos las velas en el cirio pascual, como signo del Espíritu para que nos haga ser llamas vivas que llenan de luz nuestra existencia y para convertirnos en profetas. Después la lectura de la Palabra y una homilía. Presentamos los siete dones representados en unos carteles y encendiendo una vela en nuestro monumento por cada don. Después de los testimonios de varios colaboradores parroquiales y una oración comunitaria finalizamos la Vigilia saliendo al exterior de nuevo con el Cirio Pascual, donde fue apagado, (fuera lo encendimos, fuera lo apagamos), dando por finalizado el tiempo pascual. Solo volverá a encenderse en funerales, bautizos y en algunas celebraciones especiales. 

Llenos del Espíritu Santo caminamos hacia Pentecostés.

domingo, 2 de junio de 2019

VII DOMINGO DE PASCUA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Entre la Pascua de Resurrección y la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, la Iglesia sitúa la solemnidad de la Ascensión. Es un momento más del proceso por el que pasan los discípulos después de la muerte de Jesús. Los que salieron corriendo, llenos de miedo, cuando Jesús fue detenido, juzgado y clavado en la cruz, fueron confortados por el encuentro con el Señor resucitado. Ahora, suficientemente firmes en la fe, Jesús se despide de ellos. Pero les deja una nueva promesa: la promesa del Espíritu Santo.

La comunidad de discípulos del Señor estaba inquieta. Después de los malos momentos vividos durante la pasión y, de manera particular, los vividos en aquel par de días de ausencia del Maestro en el que se le derrumbó la esperanza, se había acostumbrado a tenerlo de nuevo a su lado disfrutando de su enseñanza y su compañía. Las apariciones del Señor Resucitado habían rehecho la fe titubeante de algunos, remendado la esperanza de no pocos y ensanchado la ilusión por la misión y el Reino en muchos. Sin embargo, las últimas palabras del Maestro, un tanto crípticas, les confundía y les volvía a generar un sentimiento de orfandad como el que experimentaron la tarde del viernes en que fue crucificado. “Os conviene que me vaya…”, “El Padre os enviará un Defensor…”.

 Podríamos decir que esta fiesta nos habla de la pedagogía de Dios con los hombres. Jesús tomó a unos pescadores ignorantes. Los fue enseñando a lo largo de tres años. Así nos lo relatan los Evangelios. No fue suficiente. A la hora de la cruz, todos, menos Juan y unas pocas mujeres, salieron corriendo. Después, los discípulos pasaron por la experiencia de la resurrección. No les fue fácil al principio aceptar que Jesús estaba vivo. Necesitaron su tiempo. Ahora hasta aquella presencia misteriosa desaparece. Jesús les promete el Espíritu, pero por un tiempo tienen que aprender a estar solos. A tener la responsabilidad de su fe en sus manos. Hasta que llegue el Espíritu que les dará la fuerza para ser testigos del Reino. 

El Espíritu les enseñará la verdad y les dará la fuerza para ser testigos y anunciar, a tiempo y a destiempo, que el Mesías, a quien los jefes del pueblo entregaron a una muerte ignominiosa, ha resucitado de entre los muertos y en su nombre se predica la conversión y el perdón.

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús, los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.